Parte I · Antigüedad
ss. VI a. e. c. – V e. c. · de Tales de Mileto a Hipatia de Alejandría
Tienes en la cabeza un montón de ideas, y casi ninguna la has inventado tú. Lo que piensas sobre la justicia, sobre la felicidad, sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre qué es real y qué no, lo has recibido: de tu familia, de tus profesores, de la lengua misma en que aprendiste a pensar. Esas ideas tienen una historia, a menudo larguísima, y muchas nacieron hace dos mil quinientos años en un rincón del Mediterráneo. Este libro es un viaje hasta su origen y de vuelta. Empezamos por el principio, en la Grecia antigua, donde por primera vez unas cuantas personas decidieron dejar de aceptar las explicaciones heredadas y empezar a preguntar, con la sola fuerza de la razón, qué son las cosas y por qué.
Un mundo junto al mar
La filosofía nace en Grecia, pero conviene entender desde el principio qué era «Grecia», porque no se parecía a un país de los de hoy. No había un Estado griego, ni una capital, ni un gobierno común. Había, en cambio, centenares de ciudades independientes, las poleis, que compartían una lengua, unos dioses y unas costumbres, y que se sentían un mismo pueblo frente a los «bárbaros», los que no hablaban griego. Esas ciudades no se apiñaban en un solo territorio: se desperdigaban por las costas de medio Mediterráneo, como —en la imagen antigua— «ranas alrededor de una charca». Desde la Grecia continental y sus islas, los griegos habían fundado colonias en las costas de Asia Menor (la actual Turquía), en el sur de Italia y Sicilia, en el norte de África y hasta en las orillas del mar Negro. Era un mundo de marinos y comerciantes, abierto, móvil y en contacto constante con otras culturas más antiguas: Egipto, Fenicia, Babilonia.
Dónde y cuándo. No es casual que la filosofía no brotara en el corazón de Grecia, sino en sus márgenes, en las prósperas ciudades comerciales de la costa jonia, en Asia Menor. Allí, en Mileto, hacia el siglo VI antes de la era común, situamos a su primer nombre, Tales (h. 624-h. 546 a. e. c.). Y desde allí, esa nueva manera de pensar se extendió y viajó durante casi mil años: cruzó a las colonias de Italia, floreció en la Atenas de los siglos V y IV a. e. c. —la de Sócrates, Platón y Aristóteles—, se transformó tras las conquistas de Alejandro y acabó refugiándose en las grandes ciudades del mundo helenístico y romano, sobre todo en Alejandría de Egipto. Allí, ya en el siglo V de la era común, cerramos esta primera parte con Hipatia (h. 355-415 e. c.), maestra y matemática cuyo final simboliza el ocaso del mundo antiguo. De Tales a Hipatia: más de un milenio que recorre el Mediterráneo entero1.
Por qué allí. ¿Qué tenían aquellas ciudades para que en ellas, y no antes ni en otra parte, surgiera la filosofía? No una sola cosa, sino un cruce de circunstancias: la riqueza del comercio, que dejaba tiempo libre para pensar; el trato con pueblos de creencias distintas, que enseñaba a relativizar las propias; la ausencia de una casta de sacerdotes todopoderosa que impusiera una verdad única; y, sobre todo, una forma política nueva, la ciudad de ciudadanos libres que discutían en la plaza sus propios asuntos. Donde se aprende a debatir las leyes, se aprende a debatirlo todo. Cómo se dio exactamente ese paso —de las explicaciones de los viejos mitos a las primeras explicaciones racionales— es la historia con que se abre el Tema 1, y no la adelantaremos aquí. Baste, por ahora, situar el escenario: un mundo de ciudades junto al mar, curioso y discutidor, dispuesto a preguntar.
Por qué la filosofía tiene historia
Quizá te asalte una duda razonable antes de empezar: ¿para qué estudiar lo que unos señores pensaron hace siglos, cuando casi nada de su mundo se parece al nuestro? Es una buena pregunta, y merece una respuesta antes de seguir, porque de ella depende el sentido de todo el curso. La respuesta tiene dos caras, y conviene retener las dos.
Preguntas que no caducan. La primera es que los grandes problemas de los que se ocupa la filosofía son, en el fondo, los nuestros. Cambian los siglos, las ropas y las herramientas, pero no las preguntas de fondo. Qué es una vida buena y cómo conviene vivir; qué podemos saber de verdad y qué solo creemos; qué es justo y qué no; qué somos, y qué sentido tiene que suframos y muramos: a eso se enfrentaron los griegos, y a eso te enfrentas tú. Por debajo de lo que nos separa de un ateniense del siglo V a. e. c. hay algo más hondo que compartimos, y es nuestra propia condición humana. Por eso sus respuestas, aunque vengan de tan lejos, todavía nos hablan: no son piezas de museo, sino posiciones vivas en una conversación que sigue abierta y en la que tú también participas.
Respuestas con fecha. La segunda cara es la contraria, y igual de importante. Esas respuestas, aunque las preguntas sean eternas, nacieron en un momento y un lugar concretos, y llevan su marca. Cada filósofo pensó desde su época, con los conocimientos, los miedos y las herramientas de su tiempo: se entiende mejor a Platón sabiendo que vivió la crisis de la democracia ateniense, y a los estoicos sabiendo que escribieron cuando las pequeñas ciudades habían perdido su libertad bajo los grandes imperios. Las ideas tienen, pues, historia: nacen, se discuten, se transforman, a veces se abandonan y a veces resucitan. Estudiar la historia de la filosofía es seguir ese hilo, y es también una forma de arqueología de nuestra propia mente: descubrir de dónde vienen muchas de las ideas que creías tuyas, y hasta qué punto eres heredero de discusiones que empezaron hace milenios.
Una conversación, no una lista. De ahí el modo en que está pensado este libro. No es un catálogo de autores sueltos que se memorizan y se olvidan, sino el relato de una larga conversación en la que cada pensador responde a los anteriores. Por eso verás que los autores reaparecen: Aristóteles discutiendo a Platón, los medievales reinterpretando a Aristóteles, los modernos rebelándose contra todos ellos. A lo largo del texto encontrarás continuas remisiones de unas secciones a otras —«como vimos en…»— que cosen esos hilos: conviene seguirlas, porque la filosofía no se entiende en trozos aislados, sino en diálogo. Aprender su historia no es, al final, acumular nombres y fechas, sino aprender a pensar mejor en compañía de quienes mejor lo han hecho, para quedarte con lo que te convenza y rechazar con razones lo que no.
Empecemos, pues, por el principio de esa conversación. Antes de que nadie razonara sobre la naturaleza o la justicia, el ser humano ya se explicaba el mundo de otra manera, con relatos de dioses y de héroes: el mito. El primer paso de nuestra historia es entender cómo, en aquellas ciudades griegas junto al mar, unos pocos empezaron a buscar un tipo de explicación distinto, y nació con ellos la filosofía (Tema 1).
Las fechas, sobre todo las más antiguas, son aproximadas y discutidas.↩︎