Parte V · Siglos XX y XXI

de Heidegger al presente

El siglo XX heredó del XIX una sospecha y la convirtió en catástrofe. Las dos guerras mundiales, los campos de exterminio y la bomba atómica mostraron de qué era capaz la razón que la modernidad había proclamado soberana, y dejaron a la filosofía sin los cimientos que durante siglos había dado por seguros: ni un Dios garante, ni una Naturaleza ordenada, ni un progreso inevitable hacia lo mejor. Pensar, a partir de entonces, fue pensar a la intemperie, sin techo bajo el que guarecerse. Y, sin embargo, pocas épocas han pensado tanto ni con tanta urgencia: precisamente porque ya no había respuestas dadas de antemano, el siglo se vio obligado a replanteárselo casi todo —qué es la libertad, qué es la razón, qué es una vida justa, qué somos— y de ese esfuerzo nacieron el existencialismo, la teoría crítica, el giro al lenguaje y la posmodernidad. Esta última parte recorre las respuestas que un siglo sin suelo firme dio a una sola pregunta de fondo: cómo vivir y pensar cuando ya no quedan certezas heredadas. Una pregunta que, lejos de cerrarse, sigue siendo la nuestra.

Un siglo a la intemperie

El pensamiento de esta parte no se entiende sin el suelo del que brota; y ese suelo fue, antes que nada, una sucesión de sacudidas sin precedentes. No lo desarrollaremos en detalle —asoma, como contexto, en varios de los temas—, pero conviene tenerlo presente como el escenario de todo lo demás.

Las guerras y los totalitarismos. El siglo se parte en dos por las guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945), que llevaron la muerte a una escala industrial nunca vista y dejaron a Europa entre ruinas. De su convulsión surgieron los totalitarismos —el fascismo, el nazismo, el estalinismo—, regímenes nuevos que no se contentaban con mandar, sino que aspiraban a absorber por completo al individuo, su pensamiento y su vida, sin dejar resquicio para la libertad. La política dejó de ser, para millones de personas, un asunto opinable, y se volvió cuestión de supervivencia.

Auschwitz y la bomba. Dos hechos marcan el límite. El exterminio sistemático de millones de personas en los campos nazis mostró que la organización, la técnica y la burocracia más modernas podían ponerse fríamente al servicio de la barbarie; y la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en 1945 puso por primera vez en manos de la humanidad el poder de destruirse a sí misma. Después de eso, la vieja ecuación que igualaba progreso técnico, razón y bien quedó rota: la misma razón que prometía emancipar podía, se vio, conducir al horror.

Un mundo nuevo tras 1945. De las ruinas nació otro orden. El planeta quedó dividido por la Guerra Fría entre dos bloques; los antiguos imperios se deshicieron en un proceso de descolonización que alumbró decenas de naciones nuevas; y en el Occidente próspero se levantó el Estado de bienestar, un pacto que combinaba el capitalismo con amplios derechos sociales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) intentó fijar, tras el desastre, un suelo moral común para toda la humanidad.

El vuelco digital y global. En las últimas décadas del siglo y las primeras del nuevo, el ritmo se acelera otra vez: cae el Muro (1989), la globalización entrelaza las economías de todo el mundo, internet transforma de raíz la comunicación y la vida cotidiana, y la crisis ecológica deja de ser una advertencia lejana para convertirse en el gran problema del presente. Es el mundo que el último tema de esta parte se atreve a diagnosticar.

La razón sin fundamentos

Perdidos los cimientos, la gran cuestión de fondo del siglo es una sola: ¿cómo se piensa, y cómo se vive, sin los fundamentos seguros que la modernidad daba por descontados? Las respuestas son muy distintas entre sí —ahí está la riqueza de la parte—, pero pueden ordenarse en unos pocos gestos.

Asumir la intemperie. Una primera respuesta consiste en aceptar la pérdida y explorar qué significa. El existencialismo (§62) hace de ello su punto de partida: si el ser humano no tiene una esencia dada de antemano, está «condenado a ser libre», obligado a inventarse sin barandilla a la que agarrarse. Otros van más lejos y vuelven la sospecha contra la propia razón ilustrada: la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort (§68) denuncia que esa razón se ha degradado en mero instrumento de dominio, y que de esa deriva forman parte tanto la sociedad de consumo como, en su extremo, los campos de exterminio.

Refundar la razón. No todos, sin embargo, están dispuestos a tirar la razón por la borda. Frente a quienes solo desenmascaran, otra línea trata de reconstruirla sobre bases nuevas y más modestas: una ciencia que ya no se cree infalible sino siempre revisable, un diálogo entre iguales como fuente de acuerdos legítimos, una idea renovada de justicia para las sociedades democráticas (§70-§71). La confianza en la razón no se da por muerta, pero sí por herida y necesitada de cimientos distintos.

Disolver los fundamentos. Un tercer gesto, el más radical, niega que haya fundamentos que refundar. La posmodernidad (§75) proclama el fin de los «grandes relatos» —esas explicaciones totales, como el progreso o la emancipación, que pretendían dar sentido a toda la historia— y desconfía de toda Razón con mayúscula que se presente como universal: solo quedan, dice, relatos parciales y juegos plurales, y conviene sospechar de quien hable en nombre de todos.

Ensanchar el «nosotros». Atravesando todo lo anterior corre una pregunta que el siglo no deja de ampliar: la de quién había quedado fuera de aquello que la filosofía llamaba «el ser humano». El feminismo y la obra de Beauvoir (§76-§77) muestran que ese sujeto se había pensado, calladamente, en masculino; y los frentes del nuevo siglo —el género, la ecología, la diversidad— prolongan ese ensanchamiento hasta abarcar a quienes, y a aquello que, nunca habían contado del todo.

El recorrido de esta parte

El camino sigue, a grandes rasgos, ese orden. Comienza por la respuesta más inmediata a la intemperie: el existencialismo, que hace de la libertad sin esencia el núcleo de la condición humana, con Heidegger y Sartre (Tema 17, §62-§64). Le sigue el pensamiento español de esa misma hora —Unamuno, Ortega y Zambrano—, que reivindica la vida y la existencia concretas frente a la razón abstracta (Tema 18, §65-§67). El Tema 19 reúne las grandes respuestas sociales y políticas del siglo: la Escuela de Fráncfort y su crítica de la razón instrumental, el análisis del totalitarismo de Arendt y los intentos de refundar la razón y la justicia de Popper, Habermas y Rawls (§68-§71). El Tema 20 lleva la filosofía al lenguaje —Wittgenstein, y desde el euskera Txillardegi y Azurmendi— y desemboca en la posmodernidad y su anuncio del fin de los grandes relatos (§72-§75). Los dos últimos temas abren el plano a quienes la tradición había dejado al margen: Beauvoir y el pensamiento feminista (Tema 21, §76-§77) y los retos del siglo XXI —globalización, mundo virtual, ecologismo y cuestión de género— con que se cierra el libro (Tema 22, §78-§79).

A diferencia de las partes anteriores, esta no desemboca en otra: desemboca en el presente. Los problemas que plantea no están resueltos ni archivados, sino abiertos sobre la mesa, y muchos de sus protagonistas viven todavía. Conviene leerla, por eso, menos como el final de una historia que como el punto en que esa historia se vuelve, al fin, contemporánea de quien la estudia.