Parte III · Edad Moderna

ss. XV – XVIII · de Descartes a Kant

Imagina que decides no dar nada por cierto hasta comprobarlo por ti mismo. Nada: ni lo que dicen los libros, ni lo que enseñan los maestros, ni lo que afirma la autoridad más venerable. Solo admitirás aquello que tu propia razón sea capaz de sostener. Ese gesto —que a ti te parecerá casi de sentido común, y que entonces fue una revolución— es el que define la época en que ahora entramos. Durante los mil años anteriores, la verdad última sobre la realidad venía dada de antemano y se garantizaba por una autoridad exterior; en la Edad Moderna, el ser humano se propone buscarla por su cuenta, con la sola fuerza de la razón. El centro de gravedad del pensamiento se desplaza: del cielo a la tierra, de Dios al ser humano, de lo recibido a lo examinado. Esta parte recorre ese desplazamiento, desde quienes lo iniciaron hasta Kant, que le dio su forma más madura.

Un mundo que cambia de centro

La Edad Moderna se extiende, a grandes rasgos, entre los siglos XV y XVIII, y no llega de golpe: la prepara una sacudida de transformaciones que cambian, una tras otra, la imagen que el europeo tenía del mundo y de sí mismo. No las desarrollaremos aquí —son la materia del primer tema de esta parte (§30)—, pero conviene tenerlas presentes como el suelo del que brota todo lo demás.

El ser humano vuelve al centro. El humanismo del Renacimiento recupera la cultura grecolatina y, con ella, una mirada que vuelve a poner al ser humano —su dignidad, su capacidad, su obra— en el primer plano que durante siglos había ocupado lo divino. El hombre deja de verse solo como una criatura de paso hacia la otra vida y empieza a afirmarse como protagonista de esta.

La unidad rota. La Reforma protestante quiebra en el siglo XVI la unidad religiosa de Occidente. Donde había una sola Iglesia, surgen varias confesiones enfrentadas; y de esa fractura, tras guerras atroces, irá naciendo poco a poco una idea nueva y decisiva: que en materia de creencias cabe la discrepancia, y que la conciencia individual tiene algo que decir frente a la autoridad establecida.

Un mundo que se explica solo. Sobre todo, la revolución científica transforma la manera de conocer la naturaleza. Copérnico saca a la Tierra del centro del cosmos; Galileo y Newton muestran que el universo se rige por leyes matemáticas que podemos descubrir observando y midiendo, sin necesidad de apelar a causas sobrenaturales. La naturaleza se convierte en un sistema legible por la razón humana. Y ese éxito deslumbrante de la ciencia será el modelo —y la envidia— de toda la filosofía moderna.

A estas hay que sumar otras fuerzas de fondo: la imprenta, que multiplica y difunde el saber fuera del control de unos pocos; los grandes viajes, que ensanchan de pronto el mundo conocido; el nacimiento de los Estados modernos y el ascenso de una nueva clase, la burguesía. De todo ello resulta un cambio de mentalidad que está en la raíz de la filosofía que vamos a leer: la secularización —la costumbre de explicar el mundo, la sociedad y la moral sin recurrir a Dios— y, con ella, la autonomía de la razón, que ya no acepta tutores y reclama el derecho a juzgarlo todo por sí misma.

Las dos grandes preguntas de la modernidad

Si tuviéramos que resumir en qué se ocupó la filosofía moderna, podríamos decir que en dos grandes preguntas, una sobre el conocimiento y otra sobre la convivencia. No son nuevas —la filosofía las había planteado ya—, pero la modernidad las replantea desde cero y les da un giro que todavía es el nuestro.

¿Qué podemos conocer? La primera es la pregunta por el conocimiento, y la modernidad la coloca antes que ninguna otra. Frente al ejemplo de la nueva ciencia, que avanzaba segura mientras la vieja metafísica se enredaba en disputas interminables, los modernos deciden que, antes de afirmar nada sobre el mundo, hay que averiguar qué puede de verdad conocer la mente humana y con qué garantías. La teoría del conocimiento pasa así al primer lugar de la filosofía. Y en torno a ella se libra la gran disputa de la época: la del racionalismo, que confía en la razón y sus ideas como fuente del saber seguro —su figura mayor es Descartes (§34–§37)—, y la del empirismo, que sostiene que todo conocimiento procede de la experiencia y desemboca, con Hume, en una crítica demoledora de la metafísica (§38–§39). Las dos corrientes comparten un mismo punto de partida, tan característico que define a la época: el sujeto. Ya no se pregunta tanto qué son las cosas cuanto qué puede la mente que las piensa; el yo que conoce se convierte en el cimiento sobre el que se quiere reconstruir todo lo demás.

¿Cómo debemos vivir juntos? La segunda gran pregunta es la del orden político y moral. Si el poder ya no desciende de Dios, ¿de dónde nace la autoridad y por qué debemos obedecerla? La respuesta moderna es igual de audaz que la anterior: el orden social no es un dato natural ni un designio divino, sino un artificio que los seres humanos construimos y que, por tanto, podemos examinar y reformar. De ahí la gran teoría del contrato social —Hobbes, Locke y Rousseau (§41–§45)—, la proclamación de unos derechos del hombre iguales para todos (§48) y el nacimiento del liberalismo político (§46). La misma confianza en la razón que reorganizaba el conocimiento se aplica ahora a rehacer, desde sus cimientos, la vida en común.

Las dos preguntas no corren por separado: confluyen. Lo hacen, primero, en la Ilustración (§47), el momento en que la época toma conciencia de sí misma y convierte el uso libre de la razón en un programa para emancipar a la humanidad entera. Y se reúnen, sobre todo, en Kant (§50–§51), que se enfrenta a las dos a la vez —qué podemos conocer y qué debemos hacer— y cierra con ellas el edificio de la filosofía moderna.

El recorrido de esta parte

El camino que vamos a seguir reproduce ese orden. Empezaremos por el nacimiento de la modernidad —humanismo, Reforma y revolución científica—, que pone el escenario (Tema 7, §30–§33). Entraremos luego en la pregunta por el conocimiento, primero con el racionalismo de Descartes, que busca un punto de partida absolutamente seguro (Tema 8, §34–§37), y después con el empirismo, que lo discute desde la experiencia hasta llegar a Hume, y con el materialismo (Tema 9, §38–§40). Pasaremos a la pregunta política, recorriendo el contrato social y el liberalismo (Tema 10, §41–§46). Llegaremos a la Ilustración y a su confianza en la razón emancipadora, con las primeras voces que exigieron extenderla a las mujeres (Tema 11, §47–§49). Y terminaremos en Kant, donde las dos grandes preguntas de la modernidad encuentran su respuesta más rigurosa (Tema 12, §50–§51).

Conviene retener una idea de conjunto antes de empezar. Todo lo que sigue está sostenido por una misma apuesta: que la razón humana, libre de tutelas, basta para conocer el mundo y para ordenar la convivencia. Esa apuesta alcanzará en esta parte su punto más alto. Pero será también, andando el siglo XIX, el blanco de quienes empiecen a sospechar de ella; y esa es ya otra historia, la que cuenta la parte siguiente.