Parte IV · El siglo XIX
de Bentham a Nietzsche
Pocas épocas han confiado en sí mismas tanto como el siglo XIX. Fue el siglo del ferrocarril y de la máquina de vapor, de las grandes fábricas y de los descubrimientos que se sucedían sin pausa; un siglo convencido de que el progreso no tenía freno y de que la razón, a la que la Ilustración había proclamado mayor de edad, estaba a punto de completar su obra y conducir a la humanidad hacia un futuro mejor. Y, sin embargo, en ese mismo siglo —y a menudo en las mismas décadas— nació la sospecha más honda que se haya dirigido jamás contra esa confianza. Unos pocos pensadores empezaron a preguntarse si, bajo nuestra razón clara y soberana, no se escondería otra cosa que la mueve sin que lo sepamos: un interés, un instinto, una voluntad. El siglo XIX es, a la vez, el que corona la confianza moderna en la razón y el que comienza a desconfiar de ella. Todavía vivimos entre esas dos herencias.
Un siglo acelerado
El pensamiento de esta parte no se entiende sin el suelo material del que brota: un mundo que cambia a una velocidad desconocida hasta entonces. No lo desarrollaremos aquí en detalle —asoma, como contexto, en varios de los temas—, pero conviene tenerlo presente como el escenario de todo lo demás.
La Revolución Industrial. A lo largo del siglo, la máquina de vapor, el ferrocarril y la fábrica transforman de raíz la manera de producir, de trabajar y de vivir. El campo se vacía y las ciudades se llenan; la producción se dispara; el ritmo del cambio se acelera. Por primera vez, una generación vive en un mundo materialmente distinto del de sus padres, y la sensación de avance imparable se vuelve parte del aire que se respira.
Una sociedad nueva y desigual. De esa transformación nace una sociedad inédita. La burguesía, triunfante tras las revoluciones que siguieron a 1789, consolida un orden liberal hecho a su medida; y frente a ella crece una clase nueva y enorme, el proletariado industrial, que malvive en las fábricas y los suburbios. La distancia entre la riqueza de unos y la miseria de otros se convierte en el gran problema del siglo —la cuestión social—, y la tensión entre la libertad que reclama el liberalismo y la igualdad que exige el socialismo organiza buena parte de su política.
La herencia de 1789. La Revolución Francesa, cuyo eco no se apaga, mantiene al siglo en ebullición política: a las nuevas oleadas revolucionarias de 1830 y 1848 se suman el auge de los nacionalismos y de los Estados-nación, y una lenta y disputada ampliación de los derechos —del sufragio, de los trabajadores, de las mujeres— que avanza entre conquistas y retrocesos. La política deja de ser asunto de unos pocos y se convierte en un campo de lucha abierto.
La ciencia triunfante. La ciencia, que en los siglos anteriores había conquistado la naturaleza, extiende ahora su mirada a la vida y a la sociedad. En 1859, Darwin muestra que el ser humano es un animal más, surgido por evolución como los demás seres vivos: un golpe nuevo a la imagen religiosa del mundo y un paso más en la secularización que venía de lejos. El prestigio de la ciencia llega a ser tal que se erige en modelo de todo saber digno de ese nombre, y la fe en el progreso parece, por un momento, simple sentido común.
Confianza y sospecha
La Ilustración, que cerró la parte anterior, había hecho una apuesta: que la razón humana, libre de tutelas, basta para conocer el mundo y para ordenar la convivencia. El siglo XIX es donde esa apuesta alcanza a la vez su punto más alto y su crisis, y lo notable es que ambas cosas ocurren juntas, en dos líneas de pensamiento que conviven en las mismas décadas.
La confianza: la razón culmina. Una línea prolonga y corona la confianza ilustrada. El positivismo de Comte (§54) proclama que la ciencia es el único conocimiento válido y que también la sociedad puede estudiarse científicamente: nace así la sociología, y con ella la promesa de ordenar racionalmente la vida en común. El utilitarismo de Bentham y Mill (§53) levanta sobre el cálculo de la mayor felicidad una ética y una política de reforma —la cara moral del nuevo orden liberal e industrial—. Y el evolucionismo de Darwin extiende a la vida misma la confianza en la explicación científica. Ciencia, progreso, reforma: la razón parece a punto de completar su tarea.
La sospecha: la razón bajo sospecha. Otra línea, en el mismo siglo, vuelve la razón contra sí misma. Son los filósofos de la sospecha (§55) —Marx, Nietzsche y Freud, según la fórmula con que más tarde los reunió Ricoeur—, que enseñan a desconfiar de la conciencia: lo que tomamos por pensamiento libre y verdadero esconde, dicen, otra cosa que lo determina. Para Marx (§57–§58), una ideología al servicio de los intereses de una clase. Para Nietzsche (§59–§61), una voluntad de poder y unos valores con una genealogía nada inocente. Para Freud (§56), unas pulsiones inconscientes que el yo ni gobierna ni conoce. Bajo la razón soberana late, en los tres, algo que la mueve y la desmiente.
No se trata, pues, de dos siglos distintos, sino de las dos caras de uno solo. La misma época que confía en la ciencia hasta el entusiasmo es la que aprende a sospechar de sí misma; y esa tensión —entre coronar la razón y desenmascararla— es la herencia que el siglo XIX deja al XX, que la vivirá ya como crisis abierta.
El recorrido de esta parte
El camino de esta parte recorre las dos caras por orden. Empezaremos por la confianza en su versión moral: la distinción entre las éticas de la felicidad y las del deber y, sobre todo, el utilitarismo de Bentham y Mill, la ética de la nueva sociedad liberal e industrial (Tema 13, §52–§53). Pasaremos luego al Tema 14, que reúne las dos caras en un mismo capítulo: el positivismo de Comte, cima de la confianza en la ciencia, y, frente a él, el marco de los tres filósofos de la sospecha, con el desarrollo propio de Freud (§54–§56). Después, las dos grandes sospechas reciben capítulo aparte: Marx, con su crítica de la alienación y su materialismo histórico (Tema 15, §57–§58), y Nietzsche, con su crítica de la moral, su perspectivismo y su afirmación de la vida (Tema 16, §59–§61).
Conviene terminar con la mirada puesta en lo que viene. La crisis que el siglo XIX abre —la sospecha sobre la razón, la «muerte de Dios», el desenmascaramiento de la conciencia— no se resuelve dentro de él: se hereda. El siglo XX tendrá que pensar a la intemperie, sin los fundamentos que la modernidad daba por seguros, y de ese esfuerzo nacerán el existencialismo, la teoría crítica y buena parte del pensamiento contemporáneo. Pero esa es ya la historia de la última parte.