La comparación entre autores

Método para la opción 1.2.A (3 puntos, máximo 250 palabras): comparar críticamente un aspecto del texto con un tema de la historia de la filosofía.

¿Cuál dirías que es la pregunta más nueva de este examen? La 1.2.A, sin duda: apareció en 2026 y no existía antes con ese nombre. ¿Y cuál dirías que es la destreza más vieja? También la suya. La prueba anterior tenía una pregunta, la 2.3, que en las ochenta ocasiones en que se planteó pedía siempre lo mismo: salir del texto hacia otro autor o hacia otra corriente. Ni una sola vez preguntó por el autor que el alumno acababa de comentar. Aquella pregunta desapareció en 2025 con el formato antiguo, y lo que evaluaba reapareció al año siguiente repartido entre la 1.2.A y el ejercicio 3. De modo que lo que aquí se te pide no es un capricho de la última reforma. Es lo único que la prueba lleva evaluando sin interrupción desde que existe.

Qué pide exactamente la pregunta

Que pongas dos posiciones a dialogar sobre un mismo problema. Y conviene que veas enseguida lo que no es, porque el error de partida es tan frecuente que casi es la norma: exponer al autor del texto y, a continuación, exponer al otro. Dos exposiciones seguidas no son una comparación por muy correctas que sean las dos. Falta lo único que la pregunta valora, que es el cruce. Comparar es identificar el problema del que ambos hablan, poner una tesis frente a la otra y explicar en qué se separan y por qué.

Y hay tres cosas que no te piden. No te piden biografía. No te piden la corriente entera del autor con el que comparas. Y no te piden tu opinión personal en primera persona: eso es la disertación, y se corrige con otra rúbrica (capítulo 6). Aquí la rúbrica mira cinco ejes —comprensión, calidad de la comparación, vocabulario filosófico, estructura argumentativa y gramática—, y el adjetivo que separa la banda alta de la media es crítica: piden una comparación «crítica, matizada y filosóficamente significativa» (capítulo 2).

Cuatro enunciados conocidos, y dos maneras distintas de preguntar. De la prueba vigente conocemos cuatro 1.2.A: las de los dos modelos oficiales y las de las dos convocatorias de 2026 Tabla 4. Míralas con atención, porque no todas preguntan igual.

Las cuatro 1.2.A conocidas: dos enunciados dan nombres y dos dan un tema.
Examen Texto Qué pide la 1.2.A Modo
Modelo I Beauvoir, «Conclusión» comparar con Kant, Gouges o Wollstonecraft nombres
Modelo II Descartes, Método IV comparar con el racionalismo y el empirismo tema
Ordinaria 2026 Descartes, Método IV «en lo que respecta al origen y la construcción del conocimiento, compare críticamente el texto […] con las propuestas de Kant, Friedrich Nietzsche, Simone de Beauvoir u otro autor» nombres, abiertos
Extraordinaria 2026 Beauvoir, «Conclusión» «a partir del texto […], analice críticamente el papel de la mujer en la cultura y filosofía griega y medieval» tema

Y ahora fíjate en la última fila, que enseña la lección más útil del capítulo. La extraordinaria de 2026 pidió el papel de la mujer en la cultura y la filosofía griega y medieval. ¿Dónde está eso en los cinco textos que trabajas? En ninguno: ni Platón, ni Descartes, ni Kant, ni Nietzsche, ni Beauvoir tratan ese asunto en los tramos que la prueba usa. Quien solo hubiera preparado las cinco lecturas se quedó mirando el papel en blanco. El material estaba en el manual —Hipatia de Alejandría en §24 (tema 5), Hildegard von Bingen en §29 (tema 6)—, y de ahí sale la conclusión práctica: la despensa de esta pregunta no es este cuaderno, es el manual. Aquí aprendes el procedimiento; el contenido con el que lo llenas lo estudiaste durante el curso.

Lo que cambió en 2026: el destino lo eliges tú

Antes lo ponía el examen. La pregunta antigua decía «explique la crítica de Nietzsche al cristianismo»: el destino venía dado, y bastaba con haberlo trabajado. La 1.2.A de 2026 dice «Kant, Nietzsche, Beauvoir u otro autor». Esas tres palabras cambian la naturaleza del ejercicio.

A la destreza de comparar se le suma la de elegir. Y la de justificar la elección en una línea. Es trabajo extra, no te lo voy a vender de otro modo; pero es también la mejor noticia del formato nuevo, porque puedes llevarte el enunciado a un terreno que domines en vez de responder desde el que te toque.

Cuidado con el espejismo de las tres puertas. Que el enunciado te ofrezca tres nombres no significa que haya tres respuestas buenas y equivalentes esperándote. Significa que hay tres puertas y que tú vas a entrar por una sola. Elegir bien vale más que saber mucho: una comparación bien cruzada con un autor modesto puntúa por encima de una yuxtaposición con el autor más brillante del temario.

Cómo se elige el término de comparación

Entra por el problema, no por el autor. «¿Con quién comparo?» es la pregunta equivocada, y es la primera que a todo el mundo se le viene a la cabeza. La buena es otra: «¿de qué problema habla este texto?». Solo cuando tienes el problema formulado —el origen del conocimiento, la libertad, el fundamento de la moral, la construcción del género— tiene sentido buscar quién más lo trató y qué respondió. Fíjate en que el enunciado de 2026 ordinaria lo hace por ti: nombra el problema, «el origen y la construcción del conocimiento», antes de nombrar a nadie.

Tres condiciones de una comparación que funciona. La primera, que los dos autores estén respondiendo a la misma pregunta, no a dos preguntas parecidas. La segunda, que sus tesis sean realmente distintas, o que lleguen a lo mismo por caminos incompatibles, que también sirve; si coinciden sin más, no hay nada que cruzar. Y la tercera, que puedas decir por qué difieren: señalar el punto donde se separan sus razones, y no solo sus conclusiones. Esa tercera es la que te da la banda alta, y es la que casi nadie escribe.

Y un criterio práctico, poco elegante y muy rentable. Elige el autor del que puedas escribir cien palabras seguidas sin dudar. No el que suena más ambicioso, no el que citaste una vez en clase: el que tienes trabajado. Una comparación se hunde mucho antes por falta de contenido que por falta de audacia.

Las dos puertas de entrada

El almacén de esta pregunta tiene dos puertas, y conviene que sepas dónde está cada una antes de necesitarlas: la primera está en la Parte IV de este cuaderno y la segunda, al final del manual. Cuál te conviene depende de lo que ya sepas cuando leas el enunciado.

Si sabes el autor del texto, entra por «Comparar a través de los bloques». Está en la Parte IV, unas páginas más adelante, organizado por los cinco autores de lectura: para cada uno te da las salidas que su texto admite, con el problema que abre cada una. Es el atajo cuando el enunciado no te nombra el problema. Ahí encontrarás también el procedimiento en cuatro pasos, que no se repite aquí porque está bien donde está.

Si sabes el problema, entra por «Perspectivas enfrentadas». Ese es el apéndice que cierra el manual, después del tema 22, y está organizado por preguntas —¿cómo conocemos?, ¿somos libres o estamos determinados?, ¿sexo o género?—: cada una trae las dos posiciones opuestas, la vía media cuando existe y una pista para actualizar el problema al presente. Localiza tu pregunta en el cuadro de conjunto y lee debajo el debate desarrollado: ahí tienes las dos tesis ya enfrentadas, que es la mitad del trabajo.

Que la segunda puerta esté en el otro libro te dice algo del examen. Los veintiún debates de ese apéndice son filosofía y seguirían siendo verdad aunque la prueba no existiera, así que viven donde vive la filosofía. Este cuaderno no los copia: te dice cuándo abrir esa página y qué buscar en ella. Es la misma división de trabajo que ya viste con Hipatia y Hildegard, y vas a encontrártela en todo el libro.

De las dos puertas se sale al mismo sitio. Los números § que verás en una y en otra son secciones del manual, y ahí es donde cada posición está desarrollada de verdad. Este cuaderno los cita con el autor y el tema al lado —«§39 (Hume, tema 9)»— para que los encuentres sin pelearte con el índice. Ese es el recorrido completo: el cuaderno te dice qué comparar y cómo; el manual te da con qué.

Y cuando ninguna de las dos llegue. Llegará ese momento, así que más vale que sepas qué hacer. La 1.2.A de la extraordinaria de 2026 —la mujer en la filosofía griega y medieval— no aparece en ninguna de las dos, y no por descuido: ningún repertorio cubre todo lo que un enunciado puede pedir. El recurso entonces es el índice del manual, y funciona porque el enunciado casi siempre te acota una época —«griega y medieval», «en la filosofía moderna»— y el manual está ordenado justamente así, por partes y por temas. Vete a la parte que te nombran y busca dentro. Que el repertorio se quede corto alguna vez es la prueba de que no es un pronóstico.

Del método al papel: las 250 palabras

Doscientas cincuenta palabras son pocas, y es el único límite duro de todo el examen. Aquí se pierden más puntos por mala administración que por ignorancia: gente que sabe de sobra y llega al final sin haber cruzado nada porque gastó ciento veinte palabras presentando a Kant. Lleva el reparto decidido de casa Tabla 5.

El reparto de las 250 palabras: un presupuesto orientativo, no una plantilla rígida.
Tramo Palabras Qué hace Eje de la rúbrica
El problema ~30 Nombrar la pregunta común a los dos autores comprensión
La tesis del texto ~50 Qué responde el autor del texto, con una cita breve comprensión · vocabulario
La tesis del otro ~60 Qué responde el otro, sin contar su sistema entero vocabulario
El cruce ~80 Dónde chocan y por qué: el punto en que se separan sus razones comparación · estructura
El cierre ~30 Qué se juega en la diferencia; actualización si cabe comparación

Si el destino lo eliges tú. Reserva veinte palabras más al principio para justificar la elección, y sácalas del cierre, nunca del cruce. Son las veinte palabras mejor pagadas de la respuesta, porque son las que demuestran que has elegido en vez de acertar.

Errores que cuestan puntos

  1. Yuxtaponer en vez de cruzar. Un párrafo sobre uno, un párrafo sobre otro y ningún puente entre ellos. Es el error mayoritario y el más caro: sin cruce no hay comparación, y el eje que más pesa se queda sin cubrir.
  2. Comparar por cronología. «Descartes es anterior a Kant, que lo corrigió» no es una comparación filosófica: es una relación de fechas. Se compara sobre un problema, no sobre una línea del tiempo.
  3. Contar la corriente entera. Te preguntan por un aspecto del texto, no por el empirismo británico de 1690 a 1748. Todo lo que no sirva al cruce te está robando palabras que necesitas.
  4. Elegir un autor de oídas. Si tu conocimiento del autor de destino cabe en una frase, quien te corrige lo verá en la segunda.
  5. Olvidar el «críticamente». Está en el enunciado y está en la rúbrica. Exponer dos posiciones sin valorar la diferencia te deja en la banda media por bien escrito que esté.
  6. Pasarte de 250. Aquí sí importa. Es el único sitio del examen donde la extensión es un límite y no una orientación.

Dos comparaciones desarrolladas

Las dos responden al mismo enunciado, el de la ordinaria de 2026 sobre el texto del cogito: «En lo que respecta al origen y la construcción del conocimiento, compare críticamente el texto de René Descartes con las propuestas de Kant, Friedrich Nietzsche, Simone de Beauvoir u otro autor». La primera toma un destino que el enunciado te pone; la segunda, uno elegido. Léelas seguidas y verás la diferencia.

Primera: el destino puesto (Kant)

El texto sitúa el origen del conocimiento enteramente del lado del sujeto que piensa. Descartes puede fingir que no tiene cuerpo y que no hay mundo, pero no que no piensa; y de esa única certeza que resiste la ficción extrae la regla general de que es verdadero todo lo que se concibe «clara y distintamente», un criterio que no le pide nada a la experiencia. Kant comparte el giro hacia el sujeto —también para él las condiciones del conocer están en quien conoce— pero le impone un límite que Descartes no aceptaría: el sujeto pone la forma del conocimiento, esto es, el espacio, el tiempo y las categorías, pero nunca su contenido, que ha de venir de la experiencia. «Los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos, ciegas». De ahí sale una crítica directa al paso decisivo del texto: cuando Descartes concluye que es «una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar», está aplicando la categoría de sustancia más allá de toda experiencia posible, y eso es justamente lo que Kant declara ilegítimo. Del «pienso» se sigue que hay una unidad que acompaña a mis representaciones, no que yo sea una cosa pensante e independiente del cuerpo. Kant continúa a Descartes y lo recorta a la vez: le conserva el giro al sujeto y le retira la metafísica que había fundado sobre él.

Poco más de doscientas veinte palabras. Mira dónde está el peso: el cruce ocupa más que las dos tesis juntas, y no se limita a decir que discrepan, sino que localiza el punto exacto de la discrepancia —la aplicación de la categoría de sustancia— y lo cita del texto. El material para prepararla está en §36 (Descartes, tema 8) y §50 (Kant, tema 12).

Segunda: el destino elegido (Hume)

Elijo a Hume, que el enunciado no nombra, porque es quien discute el punto exacto del texto: si el conocimiento nace de la razón o de la experiencia. Descartes levanta su certeza sin salir del pensamiento —puede fingir que no hay mundo y aun así sabe que es— y hace de la claridad y la distinción el criterio de toda verdad. Hume invierte el orden: nada hay en la mente que no proceda de una impresión anterior, y cada idea vale exactamente lo que valga la experiencia de la que nace. Aplicado a este texto, el resultado es demoledor en dos puntos. El primero, la sustancia: Descartes concluye que es «una sustancia cuya esencia toda es pensar», pero de una sustancia no tenemos impresión alguna, solo del haz de cualidades que le atribuimos. El segundo, el yo: cuando Hume mira hacia dentro buscando ese yo permanente, no encuentra más que percepciones sucediéndose —un frío, una luz, un deseo—, nunca a quien las tiene; el «yo» de la primera certeza cartesiana sería entonces una ficción útil cosida por la memoria. La comparación no enfrenta dos escuelas: enfrenta un fundamento y su disolución. Y ninguno convencería al otro, porque su desacuerdo es previo: discrepan sobre qué cuenta como prueba.

Poco más de doscientas palabras, y las veintiocho primeras son la justificación de la elección. Compensa: dejan claro desde la línea uno que detrás hay un criterio y no una casualidad. Para prepararla tienes en el manual §34 y §36 (Descartes, tema 8), §38 y §39 (Hume, tema 9), y la tabla «Racionalismo y empirismo», que enfrenta las dos corrientes criterio a criterio y es, ella sola, el esqueleto de una respuesta a esta pregunta.