La ordinaria de 2026, resuelta y comentada
Seis ejercicios, seis respuestas, y una de ellas escrita tres veces. Es el único examen que va resuelto en este volumen y el que abre la parte, porque cubre por sí solo los seis tipos de pregunta. Lee las respuestas como lo que son —lo que puede escribir alguien de tu edad que se ha preparado bien, no lo que escribiría un profesor— y presta más atención a los comentarios que van debajo que a las respuestas mismas.
El texto
Descartes (1596-1650), Discurso del método, cuarta parte. Fue texto único: no había otra opción.
Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que yo me encontrase, pero que no podía fingir por eso que no fuese, sino al contrario, por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy cierta y evidentemente que yo era, mientras que, con solo dejar de pensar, aunque todo lo demás que había imaginado fuese verdad, no tenía ya razón alguna para creer que yo era, conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar, y que no necesita, para ser, de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suerte que este yo, es decir, el alma por la cual yo soy el que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más fácil de conocer que este, y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser lo que es. Después de esto consideré, en general, lo que se requiere en una proposición para ser verdadera y cierta, pues ya que acababa de hallar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consiste esa certeza. Y habiendo notado que en la proposición «yo pienso, luego soy», no hay nada que me asegure que digo verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser, juzgué que podía admitir esta regla general: que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, pero que solo hay alguna dificultad en notar cuáles son las que concebimos distintamente.
Es el texto más largo que la prueba ha puesto de este autor, y aquí está la razón de que lo leas entero. El capítulo 9 analiza paso a paso el cogito y avisa de que esta convocatoria no cortó ahí: siguió ciento ochenta palabras más, hasta la sustancia pensante, el dualismo de alma y cuerpo y la regla general de la evidencia. Ese final no es un añadido decorativo. Es donde el texto se vuelve sobre sí mismo, y tres de las seis respuestas de abajo se juegan justamente ahí.
1.1 · El resumen
El enunciado. «Elabore un resumen de las ideas principales y la estructura argumental del texto». Un punto.
El texto avanza en tres movimientos. En el primero, Descartes examina qué es él y ensaya una supresión: puede fingir que no tiene cuerpo y que no hay mundo, pero no puede fingir que él no sea, porque para dudar hay que pensar y para pensar hay que ser; y lo confirma por el reverso, ya que si dejara de pensar no le quedaría razón alguna para creerse existente. En el segundo, interpreta lo que ha encontrado: si su existencia depende solo del pensar, entonces es una sustancia cuya esencia toda es pensar, que no necesita lugar ni depende de nada material, de modo que su alma es distinta del cuerpo y más fácil de conocer que él. En el tercero, en lugar de seguir adelante, vuelve sobre su propio hallazgo y pregunta qué hacía cierta aquella proposición; y al ver que lo único que la garantiza es que concibe con claridad que para pensar hay que ser, generaliza el criterio y admite como regla que todo lo que concebimos clara y distintamente es verdadero.
Ciento setenta y cinco palabras contra las doscientas setenta del texto: dentro de la regla, y con margen. La banda alta pide todas las ideas importantes, exactitud y cierta riqueza sintáctica, y las tres cosas se sostienen aquí sobre una sola decisión: entregar la estructura en la primera frase y no al final. Lo que separa esta respuesta de la mayoría es el tercer movimiento, que casi nadie recoge porque parece un apéndice y es en realidad el giro del texto: Descartes deja de buscar certezas para preguntarse qué es una certeza. Método en el capítulo 3.
1.2.A · La comparación, y por qué va en tres niveles
El enunciado. «En lo que respecta al origen y la construcción del conocimiento, compare críticamente el texto de René Descartes con las propuestas de Kant, Friedrich Nietzsche, Simone de Beauvoir u otro autor». Tres puntos, doscientas cincuenta palabras como máximo.
Esta es la única pregunta del libro que vas a ver resuelta tres veces: al nivel de 10, al de 7 y al de 5 con su reparación. No está aquí por ser la más difícil, sino porque es la que mejor enseña a leer una rúbrica. Las tres respuestas cruzan el texto con Friedrich Nietzsche (1844-1900), que el enunciado nombra. Si quieres verla cruzada con Kant y con Hume —uno puesto por el enunciado y otro elegido—, están desarrolladas en el capítulo 4, y conviene leerlas antes de seguir.
Recuerda con qué se corrige. Cinco ejes, combinados por bandas y no sumados por separado: comprensión del texto y del asunto, calidad de la comparación, vocabulario filosófico, estructura argumentativa y gramática. La banda alta —de 2,5 a 3— pide una comparación «crítica, matizada y filosóficamente significativa» (capítulo 2). Ten a mano esos adjetivos mientras lees las tres.
1.2.A · La respuesta de 10
Los dos textos responden a la misma pregunta: de dónde viene el conocimiento y sobre qué se sostiene. Descartes contesta que su origen está entero en el sujeto que piensa. Puede fingir que no tiene cuerpo y que no hay mundo, y aun así sabe que es; y de esa única certeza que resiste la ficción extrae una regla general que no le pide nada a la experiencia: es verdadero todo lo que concebimos «clara y distintamente». Nietzsche discute las dos cosas, el origen y la regla. Para él no hay hechos desnudos que un sujeto neutral registre, sino interpretaciones hechas desde una perspectiva, y toda perspectiva es la de alguien que vive y necesita; conocer no es reflejar el mundo, es organizarlo para poder habitarlo. De ahí que su pregunta no sea si el cogito es evidente, sino otra: de dónde sale nuestra confianza en la evidencia. Y el choque tiene un punto exacto, que es el paso del texto de «pienso» a «yo era una sustancia cuya esencia toda es pensar». Nietzsche concede que hay pensamiento y niega que de ahí se siga un yo que lo posea: un pensamiento viene cuando quiere, no cuando yo quiero, y el «yo» que ponemos delante es una exigencia de la gramática convertida en metafísica. Descartes hace de la evidencia el tribunal último; Nietzsche pregunta a quién sirve ese tribunal. No discrepan sobre la conclusión: discrepan sobre qué autoriza a sacarla.
Doscientas cuarenta palabras, y mira dónde están. El problema queda nombrado en la primera línea, las dos tesis ocupan menos de la mitad entre las dos, y el cruce se lleva el resto. Eso no es una preferencia estilística: es el reparto que la rúbrica paga (capítulo 4).
- Comprensión. Banda alta. No solo entiende el texto: distingue dentro de él el hallazgo y la inferencia que Descartes saca del hallazgo, y esa distinción es la que hace posible el cruce.
- Comparación. Banda alta, y es aquí donde se decide la nota. Localiza el punto exacto del desacuerdo —el paso del pensar a la sustancia pensante—, lo cita del texto y explica por qué se separan, no solo en qué. La última frase hace lo que la rúbrica llama matizar: reconoce que el desacuerdo es previo a la conclusión.
- Vocabulario. Banda alta. Perspectiva, interpretación, sustancia, evidencia: cuatro términos, todos trabajando y ninguno de adorno.
- Estructura. Banda alta. Problema, tesis, tesis, cruce, cierre. Se lee el andamio sin que haya que anunciarlo con «en primer lugar».
- Gramática. Banda alta, con una cautela: las frases son largas. Si no controlas la subordinación, escribe más corto y no pierdas la banda por un anacoluto.
Material para prepararla: §34 y §36 (Descartes, tema 8) y §59-§61 (Nietzsche, tema 16); el marco de la sospecha, en §55 (tema 14).
1.2.A · La respuesta de 7
El texto de Descartes trata sobre el origen del conocimiento. Descartes duda de todo para encontrar algo seguro y descubre que, aunque pueda fingir que no tiene cuerpo ni mundo, no puede fingir que no existe, porque para dudar tiene que pensar. De ahí concluye que es una sustancia pensante y establece como regla que lo que concebimos clara y distintamente es verdadero. Su método es racionalista: la razón basta y la experiencia no hace falta. Nietzsche, en cambio, desconfía profundamente de esa idea. Para él no existen verdades absolutas ni hechos objetivos, sino interpretaciones, porque siempre conocemos desde una perspectiva determinada. La verdad de la que hablan los filósofos es más bien una construcción útil que hemos acabado tomando por verdad, y con su método genealógico se pregunta de dónde vienen los valores que damos por evidentes, igual que hizo con la moral cristiana al mostrar que nació del resentimiento. Los dos autores representan por tanto dos posiciones muy distintas sobre el conocimiento: Descartes busca un fundamento absoluto y Nietzsche niega que ese fundamento exista. Mientras el primero confía plenamente en la razón, el segundo la considera un instrumento al servicio de la vida. Podemos decir que Nietzsche critica todo el proyecto que Descartes inaugura, y que entre los dos hay un cambio de época en la manera de entender qué es conocer.
Doscientas veinticuatro palabras, y todo lo que dice es verdad. Esta es la respuesta que más se parece a la tuya, y por eso merece más atención que las otras dos.
- Comprensión. Banda alta. El texto está bien entendido y bien resumido, incluida la regla de la evidencia.
- Comparación. Banda media, y aquí se pierden las décimas. Cruza, pero solo en las conclusiones: dice que uno busca fundamento y el otro lo niega, que es cierto y es lo primero que se le ocurre a cualquiera. No llega al punto donde sus razones se separan, y en particular deja pasar de largo el «yo era una sustancia», que es la frase del texto que Nietzsche habría subrayado. Sin ese aterrizaje, la comparación es correcta y genérica: valdría casi igual para otro texto del mismo autor.
- Vocabulario. Banda alta. Racionalista, perspectiva, genealógico: bien usados.
- Estructura. Banda alta, con un desvío. Las líneas sobre la moral cristiana y el resentimiento son un paseo: interesantes, ciertas y ajenas al problema que el enunciado ha nombrado.
- Gramática. Banda alta.
Lo que separa este 7 del 10 no es saber más. Es gastar treinta palabras en otro sitio: quitar la digresión de la moral y el cierre de «cambio de época» —que no dice nada que las líneas anteriores no hayan dicho— y meter con ellas el paso del pensar a la sustancia. La misma cantidad de conocimiento, colocada donde la rúbrica mira.
1.2.A · La respuesta de 5, y cómo se repara
René Descartes fue un filósofo francés del siglo XVII, considerado el padre del racionalismo y de la filosofía moderna. En este texto explica su famoso «pienso, luego existo». Descartes examina lo que él es y se da cuenta de que puede fingir que no tiene cuerpo y que no existe el mundo, pero que no puede fingir que él no exista, porque por el hecho mismo de dudar se sigue con toda evidencia que él es. Por eso concluye que es una sustancia cuya esencia es pensar y que no necesita ningún lugar ni ninguna cosa material para existir, de manera que el alma es distinta del cuerpo y más fácil de conocer que él. Al final se pregunta qué hace que una proposición sea verdadera y responde que son verdaderas las cosas que concebimos clara y distintamente. Por otro lado tenemos a Friedrich Nietzsche, filósofo alemán del siglo XIX, uno de los llamados maestros de la sospecha junto con Marx y Freud, y autor de la célebre frase «Dios ha muerto». Nietzsche piensa que no hay verdades absolutas, que todo es relativo y que cada uno interpreta la realidad a su manera según su perspectiva. También critica la moral tradicional y propone la transvaloración de todos los valores y la figura del superhombre. Como podemos ver, se trata de dos autores con concepciones del conocimiento muy diferentes entre sí.
Doscientas treinta palabras, bien escritas, ordenadas y sin una sola falta. Insisto en esto porque quien escribe así suele salir del examen convencido de haberlo hecho bien. Y ha hecho lo que hace la mayoría.
- Comprensión. Banda alta en la primera mitad. El texto está entendido; de hecho está demasiado entendido, en el sentido de que la respuesta lo recorre entero como si la pregunta fuera la 1.1.
- Comparación. Banda baja, y arrastra la nota entera. No hay comparación: hay dos exposiciones seguidas unidas por «por otro lado». La última frase anuncia la conclusión que tendría que haber sido el cuerpo de la respuesta —que sus concepciones difieren— y no dice en qué difieren ni por qué. El eje que más pesa se queda vacío.
- Vocabulario. Banda media. Los términos están, pero varios son etiquetas sueltas: transvaloración y superhombre aparecen sin hacer nada, y «todo es relativo» no es lo que sostiene Nietzsche, sino su caricatura más extendida.
- Estructura. Banda media. Dos bloques y ningún puente.
- Gramática. Banda alta, sin discusión.
Y ahora lo que importa, que es la reparación. Fíjate en que no hace falta estudiar nada nuevo: todo lo que necesita esta respuesta ya está dentro de ella, mal colocado. Hay que hacer tres cosas. Primera: borrar las dos biografías —«filósofo francés del siglo XVII», «filósofo alemán del siglo XIX», la lista de los maestros de la sospecha, «Dios ha muerto»— y con ellas el paseo por la transvaloración y el superhombre. Son unas setenta palabras que no responden a nada. Segunda: cortar el recorrido del texto por la mitad, quedándose con lo que hace falta para el cruce: la certeza que resiste y la sustancia pensante. Otras cuarenta libres. Tercera: gastar esas ciento diez palabras en escribir el cruce que falta, y empezarlo nombrando el problema —el origen y la construcción del conocimiento, que el propio enunciado te regala— para acabar en el punto de choque. Con eso la respuesta pasa de banda baja a banda alta en el eje que decide, y el salto no ha costado ni una hora de estudio.
1.2.B · La explicación
El enunciado. «Explique, de forma argumentada, por qué Descartes afirma en el texto: “podía fingir que no tenía cuerpo alguno (…), pero que no podía fingir por eso que no fuese”». Tres puntos, doscientas cincuenta palabras como máximo.
La frase es el gozne del texto: el punto donde la duda deja de destruir y empieza a probar. Descartes la afirma contra el escepticismo, al que no rebate con argumentos, sino que lleva hasta el final para ver qué queda en pie; y contra la escolástica, que hacía de los sentidos el origen de todo conocimiento. Sus razones se encadenan en tres pasos. El primero está en el verbo fingir, que no significa afirmar sino pensar algo sin contradecirse: puede pensar sin contradicción que no tiene cuerpo y que no hay mundo, porque de ambos solo tiene noticia por unos sentidos de los que ya ha desconfiado. El segundo es que esa misma operación falla cuando se aplica a sí mismo, y falla por una razón precisa: fingir es pensar, pensar exige ser, y por tanto el intento de suprimirse se destruye en el acto de intentarlo. Precisamente «por lo mismo» que duda, se sigue que es. El tercero lo confirma por el reverso: si dejara de pensar, ya no tendría motivo para creerse existente, aunque todo lo demás resultara verdadero. Su existencia queda amarrada al pensar y solo al pensar. De esta frase depende después todo el texto: sin ella no hay sustancia pensante, no hay alma distinta del cuerpo y no hay regla de la evidencia, porque la regla se extrae observando qué hacía cierta a esta primera certeza. Si cayera, quedaría el escepticismo intacto.
Doscientas treinta y ocho palabras, y ni una dedicada a copiar la frase. El enunciado ya la trae y el corrector ya la ha leído. Tres cosas que hacen banda alta y que casi nadie hace: situar la frase antes de explicarla, decir contra qué se afirma —sin eso, una razón no es razón— y cerrar diciendo qué se derrumba sin ella, que es donde vive el «críticamente» de la rúbrica. Método en el capítulo 5; el paso a paso del fragmento, en el capítulo 9.
2 · La disertación
El enunciado. «Quien haya conocido la idea de bien, actuará con seguridad con sentido común (= bien)». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.
El bien de quién
¿Basta con conocer el bien para obrar bien? La tesis lo afirma, y con ella una idea consoladora: que el mal es ignorancia y se curaría enseñando. Pero antes conviene preguntar lo que la tesis da por resuelto: ¿de dónde sale eso que llamamos «el bien»?
A favor está Platón. En la República la idea de bien es lo que hace inteligible todo lo demás, como el sol permite ver: quien ha salido de la caverna no puede volver a confundir las cosas con sus sombras. Conocer el bien no es informarse de una norma, sino transformarse de tal modo que preferir lo peor deje de ser posible. Si la tesis se entiende así, es fuerte.
En contra está Nietzsche, que no discute el paso del saber al hacer, sino el objeto: «no hay fenómenos morales, sino solo una interpretación moral de fenómenos». Lo que una época llama bien tiene una historia y a menudo un beneficiario. Quien «conoce el bien» puede estar obedeciendo con total seguridad un bien fabricado por otro, y su seguridad es entonces el problema y no la solución.
En mi opinión, la tesis acierta en el orden y falla en lo que omite. Sin alguna idea del bien no cabe ni intentar obrar bien; pero da por hecho lo más difícil, que es saber cuál es. Ocurre hoy con la huella de carbono: se nos enseñó que lo correcto era reciclar y apagar luces, mientras quedaba fuera del cuadro quien decide cómo se produce. Había conocimiento del bien y seguridad al aplicarlo; faltaba preguntar a quién convenía ese bien.
Concluyo que conocer el bien no garantiza obrar bien porque antes hay que averiguar de qué bien hablamos. La certeza moral es útil cuando llega después de la sospecha, y peligrosa cuando la sustituye.
Trescientas dos palabras contando el título, dos por encima de la orientación y sin penalización por ello (capítulo 2), y la lista de comprobación cubierta punto por punto. Título sugerente, los cuatro bloques de la estructura pedida con la opinión en primera persona, dos autores con argumentos —no mencionados: argumentados—, una cita integrada, dos preguntas que abren y una actualización que no es un adorno pegado al final, sino el ejemplo de la propia tesis. Los dos bloques de argumentos pesan casi lo mismo, que es lo que la rúbrica quiere ver cuando pide distinguir con claridad el a favor del en contra.
Y hay algo de este examen que conviene que veas, porque se repite. La tesis es platónica —la idea de bien, del mismo pasaje de la República que ha sido texto de examen otras veces— mientras que el texto que te ponen delante es de Descartes. El cruce es deliberado: la disertación no sale del texto y no hay que buscarla ahí (capítulo 6). El capítulo 6 resuelve esta misma tesis por otro camino, atacando el paso del conocer al hacer con la akrasia de Aristóteles; léelas seguidas, porque son dos respuestas legítimas a lo mismo y ninguna de las dos es «la» respuesta.
Material: §09-§13 (Platón, tema 3) y §59-§61 (Nietzsche, tema 16).
3.A · Las aportaciones del pensamiento feminista
El enunciado. «Exponga de forma argumentada las aportaciones del pensamiento feminista». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.
El pensamiento feminista es la corriente que examina filosóficamente la desigualdad entre hombres y mujeres, y su aportación se entiende mejor como una trayectoria que como una lista. Empieza en la Ilustración, cuando la contradicción se vuelve visible: si los derechos son del hombre en cuanto racional, no hay razón para excluir a la mitad. Olympe de Gouges (1748-1793) lo escribe en la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (1791), calcada artículo por artículo sobre la de 1789 para que el recorte quede a la vista; y Mary Wollstonecraft (1759-1797), en la Vindicación de los derechos de la mujer (1792), sostiene que la supuesta inferioridad femenina no es natural sino el resultado de una educación que la produce. Esa es la primera aportación, y es de método: mostrar que un universal puede estar recortado sin que nadie lo note. La segunda llega con Simone de Beauvoir (1908-1986) en El segundo sexo (1949). Su tesis —«no se nace mujer: llega una a serlo»— separa el dato biológico de la construcción cultural, y con ella la mujer aparece definida como «lo Otro», como aquello que se piensa por referencia a un sujeto que se toma por norma. De ahí la tercera, la más general: aplicar la sospecha a lo que se presenta como naturaleza, porque mucho de lo que llamamos natural resulta ser historia. Que hoy distingamos sin esfuerzo entre sexo y género es herencia directa de este recorrido, y esa distinción es la que permite discutir si una desigualdad es inevitable o reformable.
Doscientas cincuenta y siete palabras y la lista de comprobación del capítulo 7, cubierta. Corriente nombrada y definida, tres autoras con sus fechas y sus obras exactas, conceptos característicos trabajando —lo Otro, sexo y género, el universal recortado—, argumentación puesta en la trayectoria y no en el inventario, y un cierre que actualiza sin opinar. Fíjate en lo que hace la respuesta con la palabra «aportaciones»: en vez de enumerar logros, muestra qué herramienta filosófica añadió cada paso, que es lo que convierte una enumeración en una exposición argumentada.
3.B · Las críticas de Sócrates y Platón a los sofistas
El enunciado. «Exponga las críticas de Sócrates y Platón a los sofistas». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.
Los sofistas fueron maestros itinerantes de la Atenas del siglo V a. e. c. que cobraban por enseñar a persuadir en la asamblea y en el tribunal, y su doctrina acompañaba a su oficio: si «el hombre es la medida de todas las cosas», como sostenía Protágoras, no hay verdad por encima de las opiniones, y las leyes son convención y no naturaleza. Bajo las tres críticas que reciben hay un solo desacuerdo: qué es saber. Para los sofistas, saber es saber persuadir; para Sócrates (h. 470-399 a. e. c.), saber es poder dar razón de lo que se afirma. De ahí sale su método, la pregunta «¿qué es?», que no pide ejemplos sino la definición que valdría para todos, y que descubre en el interlocutor una ignorancia que él no sabía tener. De ahí sale también su objeción al sueldo, que no es moralismo: quien cobra necesita convencer a su cliente, y el que necesita convencer no puede permitirse refutarlo. Platón (h. 427-347 a. e. c.) le da fundamento y lo extiende. En el Gorgias la retórica es a la justicia lo que la cocina a la medicina: halaga en lugar de curar, produce apariencia de bien y no bien. En la República añade el fundamento metafísico —existen las Formas, y la justicia no es lo que cada ciudad acuerda sino aquello por lo que se la juzga— y la consecuencia política: si gobernar es un saber, no puede decidirlo quien mejor habla. La disputa no se ha cerrado, y cada campaña electoral la reabre.
Doscientas cincuenta y seis palabras con una arquitectura distinta de la habitual. En vez de tres críticas en fila, un desacuerdo de fondo del que se siguen las demás, y Sócrates y Platón separados en vez de tratados como un bloque, que es lo que la cuestión nombra al citar a los dos. El capítulo 7 responde a este mismo enunciado por el otro camino, con las tres críticas encadenadas: compáralas y verás que la banda alta admite más de una forma. Lo que no admite es dejar sin definir a los sofistas, porque sin adversario las críticas no se entienden.
Material: §04-§05 (los sofistas, tema 2), §06-§07 (Sócrates, tema 2) y §09-§13 (Platón, tema 3).