La disertación

Método para el ejercicio 2 (3 puntos, 200-300 palabras orientativas, sin opción): defender una posición razonada sobre una tesis que no puedes conocer de antemano.

Empecemos por la pregunta que ya te estás haciendo: ¿dónde está la lista de los temas que pueden caer? En ningún sitio. No la hay y no la va a haber: la coordinación lo dejó escrito al estrenar el formato (capítulo 1), y es lo contrario de lo que casi todo el mundo espera de este ejercicio. No hay disertación «probable» que llevar hecha de casa, ni apuesta inteligente, ni atajo que dependa de acertar. Y, sin embargo, este es quizá el ejercicio más preparable del examen, por una asimetría que conviene tener clara desde ya: la tesis que te va a tocar es imposible de saber, pero cómo se corregirá lo que escribas se sabe al detalle, décima a décima (capítulo 2). Lo que no se puede preparar es el tema; el método, en cambio, se prepara entero. Este capítulo convierte la rúbrica en procedimiento.

Qué pide exactamente el ejercicio

El enunciado es fijo; lo único que cambia es la tesis. En las dos convocatorias de 2026 dice, palabra por palabra: «Desarrolle una disertación. Dé argumentos a favor y en contra. Para ello, utilice los diferentes enfoques filosóficos que han existido a lo largo de la historia. Por último, redondee la disertación con su opinión personal, una actualización y una conclusión». Léelo despacio, porque es un índice: ahí están, en orden, los bloques que tu texto tiene que tener y lo que el corrector irá buscando en cada uno. Pocos enunciados dicen tan claramente lo que quieren.

Una disertación es una toma de posición razonada. Expones los argumentos a favor y en contra de una tesis —los dos lados, con el mismo cuidado— y justificas la posición que tú adoptas sobre ella. Fíjate en la palabra: posición, no tesis. La tesis es la afirmación que el examen te pone delante; tu posición es lo que tú decides sostener, y puede ser favorable, contraria o matizada.

La tesis puede llegar como afirmación o como pregunta. La ordinaria de 2026 puso una afirmación —«Quien haya conocido la idea de bien, actuará con seguridad con sentido común (= bien)», con su glosa aclaratoria entre paréntesis—; la extraordinaria, una pregunta: «¿El ser humano es un proyecto abierto o tiene una esencia inalterable?». El género no cambia: si es afirmación, decides si la suscribes; si es pregunta, tu posición es tu respuesta.

Y no hay opción. La 1.2 te deja elegir entre dos preguntas y el ejercicio 3 también; aquí no hay A ni B: una sola tesis, la misma para todos. A la disertación no se le puede hacer el quiebro, y esa es una razón más para llegar a junio con el método automatizado.

La tesis no sale del texto

Mira los cuatro exámenes que conocemos. En el modelo I el texto es de Beauvoir y la disertación pregunta por la felicidad; en el modelo II el texto es de Descartes y la tesis —el ser humano como proyecto abierto, sin esencia dada— es de territorio existencialista; en la ordinaria de 2026 el texto vuelve a ser de Descartes y la tesis es platónica, la de la idea de bien. Tres de cuatro cruzan: la tesis pertenece a un autor o a un territorio distinto del texto que acabas de comentar. Y no es descuido, es diseño. Texto y tesis son piezas independientes del examen, y los «Argibideak» de los modelos oficiales lo confirman: cada ejercicio moviliza bloques distintos del temario, y en la disertación eres tú quien elige en qué saberes apoyarse.

La consecuencia es directa: la disertación no se prepara «con el texto delante». No existe «la disertación de Descartes» ni «la de Beauvoir», y aprender a deducir la tesis a partir del texto del examen sería aprender a hacer algo falso. Las cuatro tesis conocidas van a problemas de fondo —la felicidad, la relación entre conocer y obrar, la esencia humana—, problemas antropológicos y éticos que se responden desde cualquier época del temario. Prepararse es, por tanto, otra cosa: dominar el procedimiento de este capítulo y llegar con la despensa llena.

La despensa, por cierto, ya la tienes. El manual entero es un repertorio de posiciones sobre estos problemas de fondo, y su apéndice «Perspectivas enfrentadas» trae veintiún debates ya montados, cada uno con sus dos posturas desarrolladas y un rótulo «Hoy» que es media actualización hecha. El capítulo 4 te enseñó a entrar ahí para comparar; para disertar se entra por la misma puerta, solo que las dos posiciones ya no se cruzan: se reparten los papeles de a favor y en contra.

La disertación en diez pasos

Los cinco primeros pasos son de borrador: se hacen en sucio, deprisa y sin redactar. Los cinco últimos son de cuadernillo. La proporción no es un capricho: una disertación se decide antes de escribirse.

  1. Lee la tesis dos veces y ponle nombre al problema. Qué afirma, qué niega y de qué problema filosófico es un caso: la felicidad, el conocimiento y la acción, la esencia humana. Si trae una glosa entre paréntesis, úsala: está ahí para desambiguar. Hasta que no sepas decir el problema en tres o cuatro palabras, no sigas, porque todo lo demás se apoya en esto.
  2. Lista argumentos a favor y en contra, en dos columnas. En sucio y en estilo telegrama. Necesitas los dos lados con el mismo esfuerzo, y no por deportividad: los párrafos de ambos son obligatorios y el esfuerzo de objetividad puntúa por separado. Dos argumentos por columna es un buen borrador; luego sobrevivirán los mejores.
  3. Ponles autor: dos como mínimo, mejor uno por lado. El enunciado pide «los diferentes enfoques filosóficos que han existido a lo largo de la historia» y la rúbrica lo tasa: medio punto por al menos dos autores relevantes con argumentos de verdad, no citados de pasada. Pregúntate quién ha sostenido cada columna y anota junto al nombre qué diría. Si al practicar un lado se te queda huérfano, «Perspectivas enfrentadas» te dice quién lo defendió.
  4. Decide tu posición y escríbela en el borrador, en una frase. Después de ver las dos columnas, no antes: es la única manera de que tu opinión final sea algo más que tu primer impulso. Y recuerda que no hace falta estar a favor de la tesis ni en contra; hace falta tener razones.
  5. Elige el ejemplo, la actualización y la cita. Un ejemplo concreto que trabaje para tu opinión, una situación actual reconocible con la que vincular el problema —vale un cuarto de punto y es el olvido más tonto del ejercicio— y una cita filosófica que te sepas de memoria y que argumente, no que decore. Decidir los tres ahora evita los pegotes de última hora.
  6. Redacta la introducción: presenta el problema y ábrelo con una pregunta. Tres o cuatro líneas que digan de qué se va a hablar y por qué no es obvio; las «preguntas provocadoras» que la rúbrica premia viven bien aquí. Puedes escribirla sin miedo: el borrador ya ha decidido el final.
  7. Redacta la argumentación: primero un lado, después el otro. Cada argumento con la misma secuencia —enúncialo, explícalo, ponle su autor— y los dos bloques cosidos con conectores que se vean. Quien te corrige tiene que poder señalar con el dedo dónde empieza cada lado; si tiene que adivinarlo, esa décima de estructura se cae.
  8. Escribe tu opinión en primera persona, con las marcas puestas. «En mi opinión», «creo que»: la rúbrica busca literalmente esas marcas, así que no las disimules por pudor académico. Aquí pesas los dos lados, rebates lo que no te convenza del contrario y colocas el ejemplo y la actualización del paso 5. Entre la opinión bien argumentada, su ejemplo y la vinculación con el presente se juega casi un punto: no lo despaches en dos líneas.
  9. Concluye sintetizando argumentos y opinión. Dos o tres líneas que recojan lo dicho y tu posición, sin estrenar ideas nuevas y sin repetir el desarrollo. Una conclusión que sintetiza cierra la última casilla de la estructura; una que divaga la deja abierta.
  10. El título, al final; y relee. Se escribe lo último, cuando ya sabes qué has escrito: sugerente, que anticipe la reflexión sin resumirla —ni «La disertación», ni la tesis copiada—. Son dos décimas por una línea de tinta, la ganga que ya te anunció el capítulo 2. Y con el tiempo que sobre, relee: la ortografía descuenta aparte, y aquí acabas de escribir trescientas palabras deprisa.

Del método al papel: las 200-300 palabras

El presupuesto de la tabla suma menos de trescientas palabras a propósito: ningún criterio de la rúbrica paga la longitud, y el reloj cobra en todos los ejercicios Tabla 8.

El presupuesto de la disertación: unas doscientas setenta palabras, repartidas donde mira la rúbrica.
Bloque Palabras Qué hace Dónde puntúa
El título una línea anticipa la reflexión sin resumirla originalidad
La introducción ~40 presenta el problema y lo abre con una pregunta estructura · originalidad
Argumentos a favor ~70 un argumento con su autor, enunciado y explicado argumentación
Argumentos en contra ~70 lo mismo desde el otro lado, cosido con conectores argumentación · estructura
Tu opinión ~60 primera persona, el ejemplo y la actualización argumentación · estructura
La conclusión ~30 sintetiza argumentos y opinión estructura

El cuarto bloque de la rúbrica no tiene fila porque se cobra en todas. La expresión —medio punto entre lenguaje claro, registro formal y terminología bien empleada— no vive en ningún tramo del texto: lo atraviesa entero. Y fíjate en la proporción del resto: la argumentación —a favor, en contra y tu opinión— se lleva siete de cada diez palabras, al servicio del bloque que concentra la mitad de la nota.

Lo que se regala por olvido

Hay cinco elementos de esta rúbrica con una propiedad que no tiene ningún otro ejercicio del examen: se puntúan por estar. El capítulo 2 ya hizo la cuenta con tres de ellos; con los cinco, lo que hay en juego pasa del punto y cuarto, en un ejercicio que vale tres. Y ninguno exige saber más filosofía: no se fallan, se olvidan. Antes de dar la disertación por terminada, treinta segundos con esta lista Tabla 9.

La lista de los treinta segundos finales: más de un punto que no depende de cuánto sepas.
El elemento Qué vale La comprobación
El título 0,2 ¿sugiere algo, o solo repite la tesis?
Los dos autores 0,5 ¿están sus argumentos, o solo sus nombres?
La opinión en primera persona 0,1, y arrastra el 0,5 de su defensa ¿se ve el «en mi opinión»? ¿lleva ejemplo?
La actualización 0,25 ¿hay una situación actual concreta, con nombre?
La cita filosófica 0,1 ¿trabaja dentro de un argumento, o cuelga de adorno?

Errores que cuestan puntos

  1. Defender un solo lado. Sin párrafo en contra identificable pierdes dos veces: la casilla de estructura que lo exige y el esfuerzo de objetividad que la argumentación premia. Una disertación con un solo lado es un alegato, y se corrige como lo que es.
  2. Citar nombres en vez de argumentos. «Como ya dijeron Platón y Kant» no son dos autores: son dos nombres. El medio punto pide sus argumentos, atribuidos y explicados; el saludo a la autoridad no vale nada y encima gasta palabras.
  3. Confundir tu posición con la tesis. Creer que hay que defender lo que el examen afirma produce disertaciones incómodas y torpes, escritas contra uno mismo. Se puntúa cómo defiendes, no qué defiendes; la tesis es el punto de partida, no el bando obligatorio.
  4. Camuflar la opinión. Diluirla en la conclusión, en tercera persona y en condicional, como si opinar fuera poco serio. Quien te corrige busca un apartado con sus marcas; si no puede encontrarlo, no puede puntuarlo, y detrás de esa décima se va también la media de la opinión argumentada.
  5. La actualización de pegote. Cerrar con «esto sigue siendo relevante hoy en día» no vincula nada con nada: nombra el requisito en vez de cumplirlo. La vinculación que puntúa es concreta —una situación actual con nombre propio, conectada con el problema— y por eso se elige en el borrador, no en la última línea.
  6. Quedarse pegado al texto del examen. Volcar aquí lo que sabes del autor del fragmento, porque es lo que llevas fresco, es desviarse del tema con las palabras más cultas posibles. La reflexión tiene que estar centrada en el tema y sin desvíos, y los autores pertinentes son los del problema, no los del papel de al lado.

Una disertación desarrollada

La tesis es real: la de la ordinaria de 2026, que cayó con el texto de Descartes delante —la lección de este capítulo, en acto—. Decía: «Quien haya conocido la idea de bien, actuará con seguridad con sentido común (= bien)». Es el intelectualismo socrático-platónico: conocer el bien basta para obrarlo. Lo que sigue es una respuesta completa —los diez pasos ya no se ven: en el papel solo queda el resultado— y, después, el repaso con la lista en la mano.

El fumador que lee la cajetilla

¿Basta conocer el bien para hacerlo? La tesis sostiene que sí: quien ha conocido el bien actuará bien, con la seguridad del que sabe. Si es verdad, toda mala acción es un error de conocimiento y se cura enseñando. ¿Y si no lo es?

A favor de la tesis está el intelectualismo de Sócrates y Platón. «Nadie hace el mal voluntariamente»: quien obra mal no elige el mal como mal, sino que confunde un bien aparente con el bien real, de modo que su fallo es un error y no una maldad. Platón lo funda en la República: quien ha contemplado el Bien no puede ya preferir las sombras, igual que quien ve no elige tropezar.

En contra, Aristóteles señaló lo que llamó akrasia: sabemos lo mejor y hacemos lo peor. Obrar bien no depende solo del entendimiento, sino del carácter, y el carácter no se aprende como un teorema: se entrena con hábitos. Entre el saber y el hacer se interponen el deseo, la pereza y la costumbre.

En mi opinión, Aristóteles describe mejor lo que vemos. El fumador lee en la cajetilla que fumar mata, lo sabe y enciende el cigarro: conocimiento le sobra; le falta otra cosa. Hoy ocurre a escala planetaria con la crisis climática: ningún saber ha sido nunca tan compartido y tan desobedecido a la vez. Concedo a Platón, eso sí, que sin conocer el bien ni siquiera cabría intentarlo.

Concluyo que la tesis dice de más: conocer el bien es condición de obrar bien, pero no su garantía; hace falta además haberse entrenado en quererlo. Saber es donde se empieza, no donde se llega.

Doscientas setenta y una palabras, el título aparte. El título no se llama «La idea de bien»: anticipa el ejemplo y pica la curiosidad, y ahí van sus dos décimas. La introducción presenta el problema en cuatro líneas y deja dos preguntas abiertas, las provocadoras que paga la originalidad. Hay dos autores, uno por lado, y de los dos se dan argumentos y no saludos; el de Sócrates llega además en forma de cita, integrada donde argumenta y no de adorno. Los bloques se ven sin esfuerzo —«a favor», «en contra», «en mi opinión», «concluyo»—, la opinión lleva sus marcas, su ejemplo anunciado desde el título y una actualización con nombre concreto, y la conclusión sintetiza en dos líneas sin estrenar nada.

Y fíjate en las dos cosas que no están. La posición no obedece a la tesis —la matiza en contra— y no pasa absolutamente nada, porque lo que se corrige es la defensa. Y no hay ni una palabra sobre Descartes, cuyo texto estaba delante en ese mismo examen: la disertación ni lo necesitaba ni lo ha echado de menos.