El modelo oficial I, resuelto y comentado

El último examen de los cuatro, y el que cierra el libro. Trae dos cosas que ninguno de los otros tiene: un ejercicio 3 con las dos opciones del mismo bloque histórico, que es un descuido instructivo, y las «Argibideak», el apartado donde la coordinación explica con sus palabras qué pretende con cada ejercicio. Con ellas terminamos, porque no hay mejor final que el de los correctores explicándose.

Una nota antes de leer los enunciados

Los enunciados de este examen y las «Argibideak» del final son traducción nuestra del euskera. El modelo oficial I solo existe en esa lengua y su versión castellana probablemente no llegó a escribirse; la explicación completa está en el capítulo del modelo II, y no se repite aquí. Lo que sí conviene repetir es la consecuencia: no cites estas formulaciones como si fueran texto oficial castellano. El texto de Beauvoir, en cambio, es el de tu antología y no está traducido por nosotros.

El texto

Simone de Beauvoir (1908-1986), El segundo sexo, «Conclusión». Fue texto único: no había otra opción.

¿Basta con cambiar las leyes, las instituciones, las costumbres, la opinión y todo el contexto social para que las mujeres y los hombres sean realmente semejantes? «Las mujeres siempre serán mujeres», dicen los escépticos; otros videntes profetizan que despojándolas de su feminidad no se las transformará en hombres y que se convertirán en monstruos. Es como admitir que la mujer de nuestros días es una creación de la naturaleza; hay que repetir una vez más que en la sociedad humana nada es natural y la mujer es uno de tantos productos elaborados por la civilización; la intervención ajena en su destino es originaria: si esta acción estuviera dirigida en otro sentido, el resultado sería muy diferente. La mujer no se define por sus hormonas, ni por instintos misteriosos, sino por la forma en que percibe, a través de las conciencias ajenas, su cuerpo y su relación con el mundo; el abismo que separa a la adolescente del adolescente ha sido agrandado de forma deliberada desde los primeros momentos de su infancia; más adelante ya no es posible impedir que la mujer sea lo que ha sido hecha y siempre arrastrará tras ella ese pasado; si medimos el peso de esta circunstancia, comprenderemos claramente que su destino no está fijado para la eternidad. Ciertamente, no hay que creer que baste modificar su condición económica para que la mujer se transforme: este factor ha sido y sigue siendo el factor primordial de su evolución; pero mientras no se hayan producido las consecuencias morales, sociales, culturales, etc., que anuncia y que exige, no podrá surgir la mujer nueva; en este momento, no son realidad en ningún sitio, ni en la URSS, ni en Francia o en Estados Unidos; por esta razón, la mujer de hoy está dividida entre el pasado y el futuro; aparece con frecuencia como una «mujer, mujer» disfrazada de hombre y no se siente a gusto, ni en su carne de mujer ni en su ropa masculina.

Este es el fragmento que más se desborda de todo el corpus, y el aviso te hace falta antes de leer nada. El segundo fragmento de Beauvoir tal como lo trabaja el capítulo 12 termina en «su cuerpo y su relación con el mundo». El modelo siguió ciento setenta y ocho palabras más, y en ellas está más de la mitad de lo que aquí se pregunta: el abismo agrandado deliberadamente desde la infancia, el destino que no está fijado para la eternidad, el aviso de que cambiar la economía no basta y la mujer de hoy dividida entre el pasado y el futuro. Si has preparado el recorte corto, tienes la tesis y no tienes ni la explicación ni la salida.

1.1 · El resumen

El enunciado. «Resuma el pasaje, respetando las ideas del texto y las conexiones entre ellas». Un punto.

El texto se pregunta si basta con cambiar las leyes, las instituciones, las costumbres y el contexto social para que mujeres y hombres sean realmente semejantes. Antes de responder, Beauvoir recoge dos objeciones ajenas: la de los escépticos, que sostienen que las mujeres siempre serán mujeres, y la de quienes profetizan que quitarles la feminidad las convertiría en monstruos. Contra las dos afirma que en la sociedad humana nada es natural y que la mujer es un producto elaborado por la civilización, porque la intervención ajena en su destino es originaria y habría bastado con que fuera distinta para que el resultado también lo fuera. De ahí su definición: la mujer no se define por sus hormonas ni por instintos misteriosos, sino por la forma en que percibe su cuerpo y su relación con el mundo a través de las conciencias ajenas. Añade que el abismo entre la adolescente y el adolescente se ha agrandado de forma deliberada desde la infancia y que la mujer arrastra siempre ese pasado, aunque su destino no esté fijado para la eternidad.

Ciento setenta y ocho palabras contra las trescientas veintisiete del texto, sin un solo error y con casi todas las ideas. Y aun así se queda en la banda media, por dos motivos que conviene separar, porque uno es de contenido y el otro de estructura.

Se ha quedado en el fragmento que había preparado. Mira dónde termina el resumen y dónde termina el texto: falta el último tercio entero, el que dice que cambiar la condición económica no basta, que la mujer nueva no existe todavía en ningún sitio y que la mujer de hoy está dividida entre el pasado y el futuro. No es un descuido de lectura: es lo que le pasa a quien ha estudiado el recorte corto de este pasaje y, con el examen delante, resume lo que sabe en vez de lo que ve. Vigílalo, porque es un error que solo se comete cuando se ha trabajado.

Y no contesta a la pregunta con la que el texto abre. «¿Basta con cambiar las leyes?» no es retórica: el pasaje entero existe para responderla, y la respuesta está justamente en el tramo que falta —no basta, porque los cambios legales y económicos no producen por sí solos las consecuencias morales y culturales que anuncian—. Un resumen que recoge las negaciones y no recoge la respuesta ha dejado el argumento sin destino, y el enunciado pide precisamente las conexiones entre las ideas. Método en el capítulo 3; el paso a paso del fragmento, en el capítulo 12.

1.2.A · La comparación

El enunciado. «Establezca una comparación crítica entre el tema principal del texto y las ideas de los filósofos de la época de la Ilustración Immanuel Kant, Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft (no es obligatorio mencionarlos a todos)». Tres puntos, doscientas cincuenta palabras como máximo.

Lee el paréntesis final dos veces, porque cambia el ejercicio. «No es obligatorio mencionarlos a todos» significa que se te está pidiendo elegir, y que quien reparta sus doscientas cincuenta palabras entre tres autores llegará al final sin haber cruzado nada con ninguno. Uno bien cruzado vale más que tres presentados (capítulo 4).

Elijo a Mary Wollstonecraft (1759-1797), y no a Kant, porque su tesis se parece tanto a la del texto que la distancia entre las dos es lo interesante. Las dos niegan que la inferioridad femenina sea natural. Wollstonecraft lo argumenta en la Vindicación de los derechos de la mujer desde dentro de la Ilustración: la razón es una y universal, si las mujeres parecen frívolas es porque se las ha educado para serlo, y basta con extenderles la misma educación para que el universal cumpla lo que promete. Beauvoir da un paso más y lo da contra ella. El texto no dice que la mujer no sea natural: dice que «en la sociedad humana nada es natural», y esa generalización deja sin suelo también al remedio ilustrado, porque el problema no es que las mujeres quedaran fuera de un universal bien construido, sino que ese universal se construyó tomando a un sujeto por norma y definiendo a la otra por contraste. De ahí la pregunta con que arranca el texto —si basta con cambiar leyes, instituciones y costumbres— y de ahí su respuesta, que es no. Ahí está la separación: coinciden en la conclusión y no en el diagnóstico, y por eso no coinciden en el remedio. Wollstonecraft pide que se aplique bien un principio; Beauvoir sospecha del principio. Doscientos años median entre las dos, y el segundo movimiento solo es posible cuando el primero ya se ha intentado y no ha bastado.

Doscientas cuarenta y tres palabras, y las veinticinco primeras son la justificación de la elección. Compensa, porque dejan claro desde la línea uno que hay un criterio detrás. Y fíjate en cuál es ese criterio, porque no es el que se espera: elige a la autora más parecida, no a la más opuesta. Comparar dos posiciones que chocan de frente es fácil y suele salir plano; localizar la grieta entre dos que dicen casi lo mismo es lo que la rúbrica llama «matizada y filosóficamente significativa».

Comprensión, banda alta. No usa el texto como ilustración: extrae de él la tesis general y la pregunta inicial, y las dos hacen trabajo en el cruce.

Comparación, banda alta, y aquí se decide. Dice en qué coinciden, en qué no y —lo que casi nadie escribe— por qué la coincidencia no las hace aliadas: porque el desacuerdo está en el diagnóstico y por eso reaparece en el remedio. La última frase añade el elemento crítico sin opinar, situando a las dos en una secuencia histórica que explica la diferencia en vez de limitarse a constatarla.

Vocabulario, banda alta. Universal, sujeto, norma: tres términos y ninguno decorativo. Inmanencia y lo Otro no aparecen porque no hacían falta aquí, y eso también se nota.

Estructura, banda alta. Elección justificada, coincidencia, giro, separación, cierre histórico.

Gramática, banda alta

Y una puerta que queda abierta a propósito. El cruce con Kant es el más vistoso de los tres y no está aquí: su sapere aude dice que la minoría de edad es autoculpable porque falta «decisión y valor», y el texto de Beauvoir dice que la inferioridad «le ha sido impuesta». Dos frases que se contradicen palabra por palabra. Si preparas este enunciado, escríbelo tú: tienes el fragmento de Kant analizado en el capítulo 10 y su explicación desarrollada en el capítulo 5.

Material para prepararla: §49 (el feminismo ilustrado, Gouges y Wollstonecraft, tema 11) y §77 (Beauvoir, tema 21); si tomas el cruce con Kant, §47 (tema 11).

1.2.B · La explicación

El enunciado. «Explique, de forma argumentada, por qué Simone de Beauvoir afirma en el texto: “en la sociedad humana nada es natural”». Tres puntos, doscientas cincuenta palabras como máximo.

Lo primero que hay que ver es que Beauvoir afirma más de lo que necesita. Para contestar a los escépticos y a los agoreros le bastaría con decir que la mujer de hoy no es una creación de la naturaleza; sin embargo dice que nada lo es, y esa desproporción es deliberada. Contestar a cada objeción por separado sería concederles el terreno: aceptar que hay cosas naturales y discutir si esta lo es. Prefiere atacar lo que las dos objeciones presuponen, que es la existencia misma de esa categoría, y por eso la frase tiene que ser general. Su segunda razón está en el «hay que repetir una vez más»: la afirmación no se lanza aquí, se recoge. Es el resultado acumulado del libro entero, y en la «Conclusión» aparece como algo ya demostrado y no como una tesis nueva que hubiera que probar. Y hay una tercera, que es la que la sostiene de verdad. El párrafo se abre preguntando si basta con cambiar las leyes y las costumbres; si algo en la sociedad humana fuera natural, sería inmodificable, y la pregunta tendría respuesta negativa de antemano. La generalidad de la frase es lo que mantiene la puerta abierta. Lo confirma la definición que viene detrás: la mujer se define por cómo percibe su cuerpo «a través de las conciencias ajenas», de modo que ni siquiera el cuerpo entra en la vida humana sin pasar por otros.

Doscientas treinta y ocho palabras y una decisión de lectura que las gobierna todas: preguntarse por qué la frase dice más de lo que hace falta. Ahí está el «argumentada» del enunciado. Una frase se explica del todo cuando se dice no solo qué sostiene, sino por qué se sostiene con esa amplitud, y esa es la diferencia entre reconstruir un argumento y parafrasearlo.

Comprensión, banda alta. Sitúa la frase en la estructura de objeción y respuesta y la conecta con la pregunta de apertura, que es de donde saca su tercera razón.

Explicación, banda alta. Tres razones de distinto tipo —estratégica, textual y funcional—, y ninguna repite a la anterior. La tercera es la que da la banda alta: dice qué se juega en la frase, no solo qué dice.

Vocabulario, banda alta. Categoría, presuponer, demostrado: pocos y trabajando. No hay ni un tecnicismo traído de fuera.

Estructura y gramática, banda alta

Esta autora tiene otra 1.2.B resuelta en este libro y otra más en la Parte II, y las tres son distintas. La de la extraordinaria de 2026 explica por qué la lucha de sexos no se deduce «de forma inmediata» de la anatomía; el capítulo 5 explica esa misma frase por otro camino, desmontando el determinismo biológico en tres razones. Léelas seguidas si preparas este ejercicio: verás que la banda alta no tiene una forma, tiene un requisito, y es que la respuesta no pueda escribirse sin el texto delante. Método en el capítulo 5; el paso a paso del fragmento, en el capítulo 12.

2 · La disertación

El enunciado. «En la Edad Media la cuestión de la felicidad cobrará gran importancia, y se convertirá en foco de interés también en las religiones. ¿Puede el ser humano ser feliz?» Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.

Fíjate en cómo está construido este enunciado, porque es el único de los cuatro exámenes que lo hace así. Trae un marco histórico delante de la pregunta. Ese marco no te obliga a quedarte en la Edad Media —la pregunta es de todos los tiempos y la disertación se puntúa por cómo argumentas, no por dónde—, pero sería raro ignorarlo teniéndolo escrito. La respuesta de abajo lo aprovecha: pone en un lado a una escuela antigua y en el otro al pensador que lleva la cuestión al terreno que el enunciado nombra.

Necesitar menos o desear más

¿Y si la felicidad no fuera difícil de conseguir, sino difícil de entender? La pregunta parece de manual y decide cosas serias: si es alcanzable, no tenerla es un fracaso; si no lo es, buscarla es una condena. ¿Y si el error estuviera en el verbo «ser»?

A favor está Epicuro. Sostiene que la felicidad es fácil y que la complicamos nosotros. Consiste en la ausencia de dolor y de perturbación, la ataraxia, y se alcanza por sustracción y no por acumulación: suprimiendo los miedos —a los dioses, a la muerte, al dolor— y reduciendo los deseos a los naturales y necesarios, que son pocos y baratos. Su argumento es que quien persigue deseos vanos convierte en imprescindible lo que no lo era, de manera que el infeliz no es el que tiene poco, sino el que necesita mucho.

En contra está Agustín de Hipona. Su objeción no es que la felicidad sea difícil, sino que ningún bien finito puede saciar un deseo que los excede a todos: «nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». De ahí que cada logro decepcione un poco. Aquí, la felicidad plena no cabe.

En mi opinión los dos tienen razón sobre cosas distintas, porque no llaman felicidad a lo mismo. Como estado permanente y completo, Agustín acierta y no existe. Como actividad que sale bien, existe y dura lo que dura. Nuestra época ha apostado por lo primero y se le nota: nunca hubo tantos manuales para ser feliz ni tanta gente que se siente en falta por no serlo del todo.

Concluyo que el ser humano puede ser feliz si deja de esperar la felicidad como una posesión. Lo que no puede es descansar, y quizá tampoco le convenga.

Doscientas noventa y ocho palabras contando el título y la lista de comprobación del capítulo 6 cubierta. Título sugerente que enuncia la alternativa entera en cuatro palabras, tres preguntas que abren, dos autores argumentados, una cita integrada donde argumenta, opinión en primera persona, actualización que no está pegada al final sino que sale de la opinión, y una conclusión que responde a la pregunta en vez de resumirla.

Y mira lo que hace la respuesta con el marco del enunciado. No escribe sobre la Edad Media: usa la Edad Media, poniendo a Agustín justo donde el enunciado la nombra —«foco de interés también en las religiones»— y dejando que el contraste con Epicuro cubra el arco entero. Es la manera de honrar un marco histórico sin convertir la disertación en un tema de historia, que es el error que ese tipo de enunciado invita a cometer.

Material: §22 (el epicureísmo, tema 5) y §26 (Agustín, tema 6); la actualización, en §78 (tema 22).

3.A · La ciudadanía en la Ilustración griega, y por qué va en dos niveles

El enunciado. «Desarrolle, de forma argumentada, la explicación del concepto de ciudadanía en la Ilustración griega». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.

Aquí va el par de este examen, y es el último del libro. Va en el ejercicio 3 porque es el único tipo de pregunta que se quedaría sin pareja, y va en esta opción y no en la otra por una razón que verás enseguida: es el enunciado del libro con más facilidad para contestar a otra cosa.

Recuerda con qué se corrige. Por bandas, y la alta pide nombrar la corriente, el siglo o época y la obra principal; explicar con los conceptos característicos del autor; aportar referencias exactas y ligadas al dilema que te preguntan; argumentar con solidez; y concluir razonadamente y con ejemplos (capítulo 2). Subraya mentalmente lo de «ligadas al dilema», porque es donde se juega este par entero.

3.A · La respuesta de 10

Se llama Ilustración griega al movimiento intelectual de la Atenas del siglo V a. e. c. que desplaza la filosofía de la naturaleza a los asuntos humanos, y su ocasión es política: en una democracia donde las decisiones se toman hablando, saber hablar es saber gobernar. Ciudadano es allí quien tiene voz en la asamblea y voto en el tribunal, y esa condición se sostiene sobre dos principios que la palabra griega recoge mejor que la nuestra: la isonomía, igualdad ante la ley, y la isegoría, igual derecho a tomar la palabra. Los sofistas son los teóricos de esa figura. Protágoras (h. 485-h. 411 a. e. c.) le da su fundamento en el mito que Platón le atribuye en el diálogo que lleva su nombre: los oficios se repartieron entre unos pocos, pero el pudor y la justicia Zeus los repartió entre todos, porque sin ellos no hay ciudad. De ahí se sigue lo que la democracia necesitaba: que cualquiera pueda opinar sobre lo justo, y que la areté política, al no ser un don de nacimiento, pueda enseñarse, que era precisamente lo que ellos vendían. Y de ahí también su relativismo, porque si «el hombre es la medida de todas las cosas», las leyes son convención y no naturaleza, y por tanto pueden discutirse y cambiarse. Conviene ver, para terminar, el borde del concepto: aquella ciudadanía excluía a mujeres, metecos y esclavos, de modo que el universal era pequeño desde el principio. La discusión sobre quién entra y quién no en la comunidad política nació con el concepto y no lo ha abandonado.

Doscientas sesenta y cuatro palabras, y todo lo que hay dentro responde al sustantivo del enunciado. Los sofistas están, y están mucho, pero están como teóricos de la ciudadanía y no como asunto. Esa es la prueba a la que conviene someter cualquier respuesta de este ejercicio: tacha mentalmente el concepto que te preguntan y mira si lo que queda sigue teniendo sentido. Si sigue teniéndolo, has contestado a otra pregunta.

Repasa la lista. Corriente nombrada y fechada en la primera frase; una obra concreta, el Protágoras; fechas de autor; cuatro conceptos definidos y trabajando —isonomía, isegoría, areté política, relativismo—; una referencia exacta ligada al dilema, que es el mito del reparto, y no una cita ornamental; argumentación puesta en el vínculo entre la democracia y la doctrina, que es lo que convierte una descripción en una explicación; y un cierre que actualiza sin opinar.

Material: §04 y §05 (los sofistas y la Ilustración griega, tema 2); el borde del concepto, en §08 (tema 2).

3.A · La respuesta de 7

La Ilustración griega es el momento en que la filosofía deja de ocuparse de la naturaleza y empieza a ocuparse del ser humano, en la Atenas del siglo V a. e. c. Sus protagonistas son los sofistas, maestros itinerantes que cobraban por enseñar retórica a los jóvenes que querían triunfar en la vida pública. Su doctrina principal es el relativismo: Protágoras afirmaba que «el hombre es la medida de todas las cosas», con lo que negaba que existiera una verdad válida para todos, y Gorgias llegó aún más lejos al sostener que nada existe, que si existiera no podríamos conocerlo y que si lo conociéramos no podríamos comunicarlo. También distinguieron entre lo que es por naturaleza y lo que es por convención, y afirmaron que las leyes pertenecen a lo segundo. Frente a ellos reaccionaron Sócrates y Platón, que les reprocharon cobrar por enseñar, confundir la persuasión con el saber y renunciar a la verdad: para Sócrates, saber es poder dar razón de lo que se afirma, y no convencer. Platón añadió en la República el fundamento metafísico de esa crítica, la existencia de las Formas, de modo que la justicia no sería una convención de cada ciudad. Podemos concluir que la Ilustración griega supuso un giro decisivo en la historia del pensamiento, porque puso al ser humano en el centro de la reflexión filosófica.

Doscientas veinticinco palabras, exactas, bien escritas y con dos autores presentados en regla. No hay un error. Lo que hay es una respuesta a otra pregunta, y por eso baja de banda.

Haz la prueba de la tachadura. Quita del enunciado la palabra «ciudadanía» y vuelve a leer la respuesta: sigue funcionando entera. Eso significa que el concepto por el que se preguntaba no está haciendo nada dentro. No aparecen la asamblea ni el tribunal, ni la isonomía ni la isegoría, ni una línea sobre quién era ciudadano y quién no. La respuesta cuenta quiénes fueron los sofistas y qué se les objetó, que es exactamente el enunciado de la ordinaria de 2026 —«exponga las críticas de Sócrates y Platón a los sofistas»— y está resuelto dos veces en este libro, aquí y en el capítulo 7.

En qué banda cae, eje por eje. La presentación de los autores es de banda alta y la información es correcta, y eso sostiene la nota. Pero las referencias no están «ligadas al dilema que te preguntan», que es lo que la rúbrica pide con esas palabras, y el último tercio —la reacción de Sócrates y Platón— es una digresión en toda regla, por mucho que sea buena filosofía. La conclusión, además, no concluye: dice que el movimiento fue importante, que es lo que podría decirse de cualquier movimiento.

La reparación es la más barata del libro y no exige saber nada nuevo. Quita el bloque de Sócrates y Platón, que son casi setenta palabras, y quita a Gorgias, que aquí no pinta nada: más de noventa libres. Gástalas en tres cosas: definir quién era ciudadano en Atenas y qué podía hacer, decir que el relativismo de Protágoras es lo que justifica que cualquiera opine sobre lo justo —con eso el relativismo, que ya lo tienes escrito, pasa de dato a argumento— y nombrar a los excluidos. La respuesta no cambia de tema: se coloca sobre el tema que le pedían, con el mismo material que ya tenía.

El aviso que se saca de aquí, y vale para el ejercicio 3 entero. Cuando un enunciado nombra un concepto y tú te sabes muy bien a los autores de esa época, el riesgo no es quedarte corto: es contestar con lo que dominas. Lee el sustantivo del enunciado antes de empezar y vuelve a leerlo cuando lleves media respuesta escrita (capítulo 7).

3.B · El debate platónico-aristotélico sobre la política

El enunciado. «Desarrolle, de forma argumentada, el debate platónico-aristotélico sobre la política». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.

El debate político entre Platón (h. 427-347 a. e. c.) y Aristóteles (384-322 a. e. c.), maestro y discípulo en la Academia, no es una diferencia de preferencias sino de método, y de ahí se siguen las demás. Platón parte de la pregunta por la ciudad justa y la responde en la República construyendo un modelo: si gobernar es un saber, y lo es, debe gobernar quien conoce el bien, es decir, el filósofo; de ahí el paralelo entre las tres partes del alma y las tres clases de la ciudad, y de ahí su desconfianza de la democracia, donde decide quien mejor habla y no quien mejor sabe. Aristóteles invierte el punto de partida. En la Política recoge y compara las constituciones realmente existentes, porque para él la ciudad no es un modelo que haya que realizar, sino algo natural: el ser humano es un «animal político» y solo en la polis alcanza su fin. De esa diferencia salen las demás. Frente a un régimen ideal único, una clasificación de seis regímenes según quién gobierne y en interés de quién, y una preferencia por la politeia, el gobierno de los muchos moderado por la clase media, que no es el mejor imaginable sino el mejor posible. Frente al saber del filósofo, la phrónesis, una prudencia que no se demuestra y que se adquiere deliberando. Y frente a la comunidad de bienes y de mujeres que propone la República, la objeción de que lo que es de todos no lo cuida nadie. Los dos tienen razón sobre cosas distintas y su debate sigue abierto.

Doscientas sesenta y cuatro palabras con los dos autores presentados impecablemente y el debate bien construido como debate. Cada tesis de Aristóteles llega enganchada a la de Platón a la que responde —«frente a», tres veces—, que es justamente lo que el sustantivo del enunciado pide y lo que casi nadie hace. La información es correcta, los conceptos están definidos y trabajando, y las obras están donde deben.

Entonces, ¿por qué no es un 10? Por el final, y por una imprecisión. El cierre —«los dos tienen razón sobre cosas distintas y su debate sigue abierto»— no es una conclusión razonada: es una fórmula de compromiso que valdría igual para cualquier pareja de autores, y además llega sin ejemplo, que es lo otro que la banda alta pide expresamente. Bastaba con concretar en qué sigue abierto: cada vez que se discute si una decisión técnica debe tomarla un experto o el conjunto de los ciudadanos, se está eligiendo entre el rey filósofo y la politeia. Dos líneas.

Y la imprecisión, que es de las que la rúbrica castiga sin bajar mucho. Presentar la politeia como «el gobierno de los muchos» a secas se acerca a convertir a Aristóteles en un demócrata, y él la distingue con cuidado de la democracia, que en su clasificación es la forma degenerada. Es exactamente lo que la banda inmediatamente inferior describe: autor bien presentado, pero con imprecisiones (capítulo 2). Se arregla con tres palabras.

Material: §13 (Platón: el proyecto político, tema 3) y §19 (Aristóteles: la política, tema 4).

Las «Argibideak»: los correctores explican qué querían

Y aquí termina el libro, con la palabra que menos hemos usado en él y que más valía la pena reservar: la suya.

Qué son. Los dos modelos oficiales llevan al final un apartado titulado «Argibideak», indicaciones, donde la coordinación explica en tres párrafos qué pretende con cada ejercicio y de qué bloque del temario ha sacado cada pieza. No es un solucionario y no dice qué hay que responder. Dice qué se está evaluando, que es más útil. Los dos exámenes las llevan, y las que siguen son las del modelo I, con la del modelo II al lado donde difieren.

La primera frase es la más importante de las cuatro páginas

«Este modelo de examen es un caso posible de entre los que cumplen los criterios establecidos».

Léela despacio. No dice que el examen vaya a ser así: dice que podría serlo. Es la propia coordinación advirtiendo contra el uso que todo el mundo hace de los modelos, que es tomarlos por un pronóstico. Y lo repite al final, por si no había quedado claro: «este ejercicio podría ser distinto, estar formulado de otra manera o no tener ese peso». Si en algún momento de este cuaderno te ha parecido que insistíamos demasiado en que el histórico orienta y no adivina, aquí tienes la misma advertencia firmada por quien pone el examen.

Sobre el ejercicio 1

«En el ejercicio 1, los saberes que el alumnado debe poner en juego corresponden al bloque C de los saberes básicos».

En el modelo II la frase es idéntica salvo por la letra: allí el bloque es el B. Lo que esto te dice es que el texto no se elige al azar dentro del temario, sino que cada uno viene con su bloque puesto, y que las preguntas que cuelgan de él se mueven dentro de ese territorio. Beauvoir trae el bloque C; Descartes, el B.

Sobre la disertación, una confirmación que vale oro

«En el ejercicio 2, el alumnado puede elegir en qué saberes básicos apoyarse».

Es la versión oficial de lo que el capítulo 6 sostiene desde su primera línea: la tesis de la disertación no sale del texto y no hay que buscarla ahí. Puedes defenderla con los autores que quieras, del bloque que quieras, y nadie te va a penalizar por no usar al autor que te han puesto delante. La libertad es completa y conviene aprovecharla, porque es la única pregunta del examen donde eliges el material entero.

Sobre el ejercicio 3, la frase que más se agradece

«No se le pide que exponga de memoria el pensamiento de un autor determinado, sino que elabore una explicación argumentada sobre un tema importante de la historia de la filosofía trabajado a lo largo del curso».

Está diciendo, con toda la educación del mundo, que el vaciado de apuntes no vale. No se evalúa cuánto recuerdas de un autor: se evalúa si entiendes un problema y sabes exponerlo con argumentos. El capítulo 7 convierte esa frase en una lista de siete puntos, pero la frase estaba aquí desde el principio.

Y un último detalle, que es un descuido y por eso instructivo. Las «Argibideak» del modelo II dicen que el ejercicio 3A evalúa el bloque A y el 3B el bloque C, distinguiendo las dos opciones. Las del modelo I hablan del «ejercicio 3» sin distinguirlas, y con razón: en este examen las dos opciones —la ciudadanía griega y el debate platónico-aristotélico— son del mismo bloque antiguo, lo que va contra la norma de que A y B pertenezcan a bloques distintos, que las dos convocatorias reales de 2026 sí respetan. Es decir, que la coordinación redactó sus propias indicaciones sabiendo que ahí se había saltado su regla. Tenlo presente sin sacar conclusiones: los modelos son ejemplos de lo que la prueba puede hacer, y a veces también de lo que le sale mal.

Con esto se cierra el cuaderno. Los cuatro exámenes del formato vigente están resueltos, los cinco tipos de ejercicio tienen su método en la Parte II y su respuesta modelo aquí, y las cinco lecturas están analizadas fragmento a fragmento en la Parte III. Lo que queda no lo puede hacer un libro. Vuelve al arquero de Cicerón con el que empezó esta parte: elegir la flecha, calcular el viento y apuntar es tu trabajo, y lo has hecho entero si has llegado hasta aquí. Lo demás no depende de ti, y no pasa nada.