La extraordinaria de 2026, resuelta y comentada
El examen que más lejos manda a buscar. Cuatro de sus seis ejercicios se responden con el texto delante o con lo que trabajas en este cuaderno; los otros dos, solo con el manual. Aquí la disertación va escrita dos veces —al nivel de 7 y al de 5 con su reparación— y es el segundo y último sitio del libro donde vas a ver un 5.
El texto
Simone de Beauvoir (1908-1986), El segundo sexo, «Conclusión». Fue texto único: no había otra opción.
Eso quiere decir que el drama no se desarrolla en un plano sexual; la sexualidad por otra parte nunca se nos apareció como algo que define un destino, como algo que nos proporciona en sí la clave de las conductas humanas, sino como la expresión de la totalidad de una situación que contribuye a definir. La lucha de sexos no se deduce de forma inmediata de la anatomía del hombre y la mujer. En realidad, cuando la evocamos, damos por hecho que en el cielo intemporal de las Ideas se desarrolla una batalla entre esencias imprecisas: el eterno Femenino, el eterno Masculino, y no observamos que este combate titánico reviste en tierra dos formas totalmente distintas, que corresponden a momentos históricos diferentes. La mujer que está confinada en la inmanencia trata de retener también al hombre en esta prisión; de esta forma se confundirá con el mundo y ya no sufrirá por estar encerrada: la madre, la esposa, la amante son carceleras; la sociedad codificada por los hombres decreta que la mujer es inferior; ella no puede abolir esta inferioridad si no destruye la superioridad viril. Se afana en mutilar, en dominar al hombre, lo contradice, niega su verdad y sus valores. No hace más que defenderse; ni una esencia inmutable ni una elección culpable la condenan a la inmanencia, a la inferioridad. Le han sido impuestas. Toda opresión crea un estado de guerra. Este caso no es una excepción. El existente que se considera como inesencial no puede dejar de pretender reestablecer su soberanía.
Lee otra vez el último tercio, porque es donde se juega medio examen. El capítulo 12 analiza este pasaje y avisa de que la convocatoria no cortó donde corta tu antología: siguió unas ciento treinta palabras más, con la mujer confinada en la inmanencia, la sociedad codificada por los hombres y la frase «toda opresión crea un estado de guerra». Quien preparó solo el fragmento breve tenía la tesis y se quedó sin la explicación, que es justamente lo que vive en ese remate. Dos de las respuestas de abajo se sostienen enteras ahí.
1.1 · El resumen
El enunciado. «Elabore un resumen de las ideas principales y la estructura argumental del texto». Un punto.
El texto trata de la relación entre hombres y mujeres y de si esa relación se explica por la biología. Beauvoir dice primero que el drama no se desarrolla en un plano sexual, porque la sexualidad no define un destino ni nos da la clave de las conductas humanas, sino que expresa una situación que ella misma contribuye a definir. A continuación afirma que la lucha de sexos no se deduce de forma inmediata de la anatomía. Critica luego a quienes hablan de esa lucha como si fuera un combate entre esencias eternas, el eterno Femenino y el eterno Masculino, en «el cielo intemporal de las Ideas», sin ver que en la tierra adopta dos formas que corresponden a momentos históricos distintos. Después describe a la mujer confinada en la inmanencia, que trata de retener al hombre en esa prisión y se convierte en carcelera, mientras la sociedad codificada por los hombres decreta que es inferior y ella no puede abolir esa inferioridad sin destruir la superioridad viril. Termina afirmando que no la condenan ni una esencia inmutable ni una elección culpable, sino que la inferioridad le ha sido impuesta, y que toda opresión crea un estado de guerra.
Ciento noventa y nueve palabras contra las doscientas cincuenta y cinco del texto, y todo lo que dice es correcto. Este resumen no tiene un solo error y aun así no llega arriba, así que conviene ver dónde se queda. Empezando por la extensión, que cumple la regla de exclusión pero va justa: un resumen que ocupa tres cuartas partes del original todavía está más cerca de la copia abreviada que del resumen.
Ideas y exactitud, banda alta. Están todas, incluida la del último tercio, que es la que más se cae. La lectura es fiel y las expresiones del texto se recuperan sin copiarlo.
Estructura argumental, banda media, y ahí se pierde la nota. Mira los engarces: «primero», «a continuación», «luego», «después», «termina». Son marcas de orden, no de función. El enunciado pide dos cosas, las ideas y la estructura, y la segunda no se entrega diciendo en qué orden aparecen los párrafos, sino diciendo qué hace cada uno: que el primero cierra lo anterior en vez de abrir algo nuevo, que el segundo formula la tesis y la formula en negativo, que el tercero diagnostica el error contrario y el cuarto da la causa verdadera. Escrito así, además, se ve lo que aquí no se ve: que «toda opresión crea un estado de guerra» no es un remate, sino la ley general de la que el caso de las mujeres es un ejemplo. Método en el capítulo 3; el paso a paso del texto, en el capítulo 12.
1.2.A · La comparación, y por qué esta es la que más lejos te manda
El enunciado. «A partir del texto de Simone de Beauvoir, analice críticamente el papel de la mujer en la cultura y filosofía griega y medieval». Tres puntos, doscientas cincuenta palabras como máximo.
Detente aquí antes de leer la respuesta, porque este enunciado es el más instructivo de los veinticuatro. Busca «la mujer en la filosofía griega y medieval» en las cinco lecturas que preparas y no vas a encontrarla: ni Platón, ni Descartes, ni Kant, ni Nietzsche, ni la propia Beauvoir tratan ese asunto en los fragmentos que la prueba usa. Búscala después en «Comparar a través de los bloques» y en el apéndice «Perspectivas enfrentadas» del manual y tampoco está: ningún repertorio cubre todo lo que un enunciado puede pedir, y estos dos no son una excepción. Quien en junio de 2026 hubiera preparado solo estas páginas se quedó mirando el papel en blanco.
Y ahora el recorrido entero, que es la lección. El enunciado te acota una época —«griega y medieval»— y el manual está ordenado por épocas, así que la salida es su índice y su sumario: Parte II para lo griego, Parte III para lo medieval. Dentro encuentras §08 (Aspasia y la mujer en la filosofía griega, tema 2), §24 (Hipatia de Alejandría, tema 5) y §29 (Hildegard von Bingen, tema 6). Tres secciones, dos minutos de búsqueda y la respuesta pasa de imposible a cómoda. Ese es el circuito completo de esta pregunta: el cuaderno te dice qué hacer, el manual te da con qué, y el índice es el puente. El capítulo 4 lo trabaja como el caso en que el aparato comparativo se queda corto.
Y no pierdas de vista las tres primeras palabras del enunciado. «A partir del texto» no es una fórmula de cortesía: te obliga a analizar con Beauvoir, no a su lado. Una respuesta que enumere tres mujeres de la Antigüedad y la Edad Media sin usar la tesis del texto ha respondido a otra pregunta.
El texto pone la herramienta y el enunciado pide el material. Beauvoir sostiene que la inferioridad de la mujer no se deduce de la anatomía, sino que «le ha sido impuesta» por una sociedad «codificada por los hombres»; aplicada al pasado, esa tesis ordena mirar las condiciones y no las capacidades. Los tres casos que la filosofía griega y medieval nos ha dejado se dejan leer así. De Aspasia de Mileto (h. 470-h. 400 a. e. c.), tenida por maestra de elocuencia y hasta por maestra de Sócrates, no conservamos una línea suya: la conocemos por Platón, que ironiza, por Jenofonte, que la cita, y por los cómicos, que la difamaron. Hipatia de Alejandría (h. 355-415 e. c.) dirigió una escuela neoplatónica y comentó a Diofanto y a Ptolomeo, y tampoco ha sobrevivido nada escrito por ella. Hildegard von Bingen (1098-1179 e. c.) escribió, predicó y aconsejó a papas, pero su autoridad no le vino de la universidad, que le estaba vedada, sino de sus visiones. En los tres casos falta lo mismo, y no es talento: la ateniense estaba excluida de la asamblea, del tribunal y del gimnasio, esto es, de los lugares donde la filosofía respiraba, y la medieval, de la escuela. Críticamente, el propio texto explica por qué esa ausencia se leyó luego como naturaleza: quien la atribuye a una esencia femenina está haciendo, sin saberlo, metafísica del «eterno Femenino». La ausencia de mujeres en la filosofía no mide su capacidad; mide su exclusión.
Doscientas cuarenta y siete palabras, y fíjate en cuántas son de Beauvoir: poco más de treinta. Ese reparto no es un descuido. El enunciado dice «a partir del texto», no «sobre el texto», de modo que el fragmento entra como criterio de análisis y no como materia analizada. Con eso queda espacio para lo que de verdad se pregunta, que son los tres casos.
Comprensión, banda alta. No se limita a entender el texto: extrae de él una tesis general —las condiciones antes que las capacidades— y la usa para leer otra cosa, que es lo que el enunciado pide.
Análisis, banda alta, y aquí se decide. Los tres casos no son una lista: los tres muestran el mismo mecanismo y la respuesta lo dice —falta lo mismo, y no es talento—. La frase sobre la exclusión de la asamblea, el tribunal y el gimnasio es la que convierte tres biografías en un argumento. Y el «críticamente» de la rúbrica se cubre en la penúltima frase, volviendo la tesis del texto contra la explicación tradicional de esa misma ausencia.
Vocabulario, banda alta. Inmanencia no hacía falta y no está; neoplatónica, esencia y la cita del «eterno Femenino» sí trabajan.
Estructura, banda alta. Herramienta, tres casos, mecanismo común, giro crítico, cierre. Sin anunciar nada.
Gramática, banda alta
Material para prepararla: §08 (tema 2), §24 (Hipatia, tema 5) y §29 (Hildegard, tema 6); la tesis del texto, en §77 (Beauvoir, tema 21).
1.2.B · La explicación
El enunciado. «Explique, de forma argumentada, por qué Simone de Beauvoir afirma en el texto: “La lucha de sexos no se deduce de forma inmediata de la anatomía del hombre y de la mujer”». Tres puntos, doscientas cincuenta palabras como máximo.
La frase es la tesis del fragmento y llega como conclusión de lo anterior, no como punto de partida: por eso el párrafo empieza con «eso quiere decir». Y conviene precisar enseguida qué niega y qué no. Beauvoir no niega que haya lucha entre los sexos —el texto la describe con crudeza— ni que los cuerpos existan: niega que la lucha se siga de los cuerpos. La palabra que hace todo el trabajo es «inmediata». Entre la anatomía y el conflicto hay una mediación, y la afirma porque puede nombrarla. La nombra en tres pasos. Primero retira a la sexualidad el papel de clave: no define un destino, sino que expresa «la totalidad de una situación», y expresar no es causar. Después señala qué hace realmente quien habla de lucha de sexos: imaginar una batalla entre el eterno Femenino y el eterno Masculino «en el cielo intemporal de las Ideas», es decir, hacer metafísica creyendo describir la naturaleza. Y por último da la causa que sustituye a la anatomía, que es lo que convierte la negación en explicación: la mujer confinada en la inmanencia se vuelve carcelera, la sociedad «codificada por los hombres» la declara inferior y ella no puede abolir esa inferioridad sin destruir la superioridad viril, de modo que «no hace más que defenderse». De ahí la ley general con que cierra: «toda opresión crea un estado de guerra». La lucha es real y su origen es histórico. Si fuera anatómico, no habría nada que hacer.
Doscientas cuarenta y ocho palabras, y ni una copiando la frase, que ya está en el enunciado. Lo que sostiene esta respuesta es una sola decisión de lectura: entender que una negación se explica del todo cuando se pone otra causa en el sitio de la que se ha quitado. Por eso el peso cae en el último tercio del texto y no en el primero, y por eso la palabra «inmediata» —que casi todo el mundo lee como relleno— aparece nombrada.
Esta misma frase está explicada, y de otra manera, en el capítulo 5. Allí es el primer ejemplo desarrollado, y es un buen ejercicio leer las dos seguidas: la del capítulo 5 organiza la respuesta en tres razones que van desmontando el determinismo biológico y cierra con la reversibilidad de lo histórico; esta entra por el matiz de «inmediata» y se apoya en el remate del texto ampliado, que allí no estaba. Las dos son de banda alta, porque la banda alta admite más de una forma. Lo que no admite es responder qué significa la frase en vez de por qué se afirma, ni explicarla sin reconstruir antes lo que niega. Método en el capítulo 5; el paso a paso del fragmento, en el capítulo 12.
2 · La disertación, y por qué va en dos niveles
El enunciado. «¿El ser humano es un proyecto abierto o tiene una esencia inalterable?» Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.
Aquí va el segundo y último 5 de este libro, y va en la disertación por una razón: es el ejercicio con la rúbrica más detallada de todo el examen —analítica y no por bandas, con las décimas repartidas criterio a criterio (capítulo 2)— y, precisamente por eso, el sitio donde más puntos se pierden por olvido y no por ignorancia. Las dos respuestas de abajo saben lo mismo. Lo que las separa no es filosofía.
Recuerda con qué se corrige. Expresión, 0,5. Estructura, 0,5, con la introducción, la argumentación a favor y en contra, la opinión personal en primera persona y la conclusión. Argumentación, 1,5, de los que 0,5 son por al menos dos autores con argumentos de verdad, 0,5 por la opinión argumentada con ejemplos y 0,25 por la conexión con una situación actual. Originalidad, 0,5, con el título sugerente que vale 0,2, la cita filosófica integrada y las preguntas que abren. Tenlo delante mientras lees, y ve tachando.
2 · La respuesta de 7
Nacer y hacerse
¿Somos algo antes de empezar a vivir o nos vamos haciendo con lo que hacemos? La pregunta parece abstracta, pero decide cosas muy concretas: si hay una esencia humana fija, hay conductas que no tiene sentido intentar cambiar; si no la hay, no queda excusa.
A favor de la esencia está Platón. Para él las cosas son lo que son por participar de una Forma eterna e inmutable, y el ser humano no es una excepción: su alma tiene tres partes y su virtud consiste en que cada una haga lo suyo bajo el gobierno de la razón. Ser humano es, entonces, realizar un modelo que ya estaba ahí, como el artesano fabrica la silla según el plan que concibió antes.
En contra está el existencialismo, y con él Beauvoir. Si el ser humano existe primero y solo después se define, no hay naturaleza previa que cumplir: estamos arrojados a la existencia sin instrucciones y cada cual se hace con sus actos. Beauvoir lo aplica al caso que mejor conocía: lo que llamamos «ser mujer» no es un dato biológico sino el resultado de una historia, y por eso puede ser de otra manera.
En mi opinión, la segunda posición describe mejor lo que vemos, pero conviene no exagerarla. Nadie elige desde la nada: elegimos desde un cuerpo, una familia, un idioma y una época que no hemos escogido. Beauvoir misma lo reconoce cuando habla de una libertad situada.
Concluyo que el ser humano es un proyecto abierto, aunque no un proyecto sin condiciones. No tenemos una esencia que cumplir; tenemos una situación desde la que decidir.
Doscientas setenta palabras con el título, dentro de la orientación, y una disertación que cualquiera firmaría. Tiene los cuatro bloques, dos autores con argumentos de verdad, opinión en primera persona y una conclusión que responde. Y aun así se queda en un 7. Mira dónde.
- Expresión, 0,5 completos. Registro formal, términos usados con propiedad, sin coloquialismos.
- Estructura, 0,5 completos. Introducción que presenta el problema, a favor y en contra separados y equilibrados, opinión marcada con «en mi opinión» y conclusión que resume las dos cosas.
- Argumentación, en torno a 1,1 de 1,5. Los dos autores están y argumentan, así que el medio punto se cobra entero. La opinión está argumentada, pero sin un solo ejemplo, y ahí se van décimas de los 0,5 de ese apartado. Y falta del todo la conexión con una situación actual, que vale 0,25 y que aquí era regalada: la pregunta por si el género es naturaleza o historia está en cualquier periódico de esta semana.
- Originalidad, en torno a 0,2 de 0,5. El título existe y cumple —eso son los 0,2 mejor pagados del examen—, pero no hay ninguna cita filosófica y solo hay una pregunta, la de la primera línea. La cita, además, estaba a mano: la fórmula de Beauvoir sobre nacer y llegar a ser mujer, o la del existencialismo sobre la existencia y la esencia.
Lo que separa este 7 de un 10 cabe en cuarenta palabras y no exige saber nada nuevo. Un ejemplo actual dentro del párrafo de opinión, una cita entrecomillada en el bloque en contra y una segunda pregunta que abra el párrafo del a favor. Tres añadidos que no discuten con nada de lo escrito y que valen alrededor de medio punto sobre tres. Es la mejor relación entre esfuerzo y nota de todo el examen.
Material: §09 y §11 (Platón, tema 3), §62 (el existencialismo, tema 17) y §77 (Beauvoir, tema 21).
2 · La respuesta de 5, y cómo se repara
El ser humano siempre se ha preguntado por sí mismo y por lo que es en realidad, y esta cuestión es una de las más importantes de la filosofía. A lo largo de la historia ha habido opiniones muy distintas sobre si tenemos una esencia o no.
Algunos filósofos han pensado que sí. Platón creía que existían las Ideas y que el ser humano tiene un alma inmortal que pertenece a otro mundo, y en la Edad Media los cristianos también pensaban que Dios nos había creado con una naturaleza determinada. Según esta forma de verlo, ya venimos hechos de fábrica y lo único que podemos hacer es desarrollar lo que ya somos.
Otros filósofos piensan lo contrario. Los existencialistas dicen que primero existimos y luego nos vamos definiendo, y que somos libres para elegir lo que queremos ser. También Simone de Beauvoir defendió que la mujer no nace, sino que se hace, y que todo lo que parece natural en realidad es cultural y ha sido impuesto por la sociedad.
Yo creo que la verdad está en un punto intermedio entre las dos posturas, porque es evidente que tenemos una parte biológica que no podemos cambiar, pero también es verdad que la educación y el ambiente influyen muchísimo en cómo somos. Al final cada persona es una mezcla de las dos cosas y por eso no se puede dar una respuesta cerrada a esta pregunta tan compleja.
Doscientas treinta y ocho palabras, sin faltas, ordenadas y perfectamente comprensibles. Insisto en esto porque el problema de esta respuesta no se ve leyéndola: se ve poniéndola al lado de la rúbrica. Quien escribe así sale del aula tranquilo.
- Expresión, en torno a 0,3 de 0,5. Se entiende sin esfuerzo, pero el registro resbala hacia lo coloquial —«ya venimos hechos de fábrica», «influyen muchísimo»— y no hay un solo término filosófico usado con precisión. «Ideas», «esencia» y «existencialistas» aparecen como etiquetas, no como conceptos.
- Estructura, en torno a 0,3 de 0,5. Los cuatro bloques están, y eso salva parte del criterio. Pero no hay título, y el título son 0,2 que se pierden en el primer segundo del examen. La conclusión, además, no está separada: va pegada al final del párrafo de opinión y se limita a decir que la pregunta es compleja.
- Argumentación, en torno a 0,6 de 1,5, y aquí se hunde la nota. Platón y Beauvoir están nombrados, no argumentados: se dice qué creían, no por qué, y sin el porqué no hay medio punto de autores que valga. La opinión personal no se apoya en ningún ejemplo. Y la conexión con la actualidad no existe. Es el bloque que más pesa y va cubierto a medias.
- Originalidad, 0 de 0,5. Sin título, sin cita, sin preguntas. Medio punto entero que no depende de cuánto sepas.
Y ahora la reparación, que en esta respuesta es de otro tipo que la de la ordinaria. Allí sobraban palabras mal colocadas y había que moverlas. Aquí no sobra casi nada: lo que falta es forma, y por eso el arreglo es el más barato del libro. Cuatro cosas, y ninguna es estudiar.
Primera, y son quince segundos: ponle un título. Cualquier título con una idea dentro —«Nacer y hacerse», «Un plan o un camino»— vale 0,2. Es más de lo que cuesta un párrafo entero.
Segunda: convierte cada mención en un argumento. No basta con que Platón «creyera que existían las Ideas». Hay que decir por qué eso implica una esencia: si cada cosa es lo que es por participar de una Forma eterna, el ser humano tiene un modelo previo que cumplir. Y no basta con que Beauvoir dijera que la mujer se hace: hay que decir por qué, y el texto que tienes delante lo dice, que la inferioridad «le ha sido impuesta» y no se deduce de la anatomía. Con dos frases de más se recupera el medio punto de autores.
Tercera: un ejemplo en la opinión y una actualización. El «punto intermedio» que se defiende es defendible, pero sin ejemplo es una fórmula de compromiso. Basta con anclarlo: el debate actual sobre qué es naturaleza y qué es educación en las diferencias entre chicos y chicas sirve de ejemplo y de actualización a la vez, y son 0,25 más 0,25.
Cuarta: una cita y una pregunta. La cita puede salir del propio examen —«toda opresión crea un estado de guerra»— y la pregunta puede abrir el texto en lugar de la frase de manual con que empieza. Otras décimas de originalidad.
Suma lo recuperado: alrededor de un punto y medio sobre tres, y no ha hecho falta aprender nada. Esta es la razón de que el 5 de este libro esté en la disertación y no en otro ejercicio. En los demás, subir de banda exige pensar mejor. Aquí, buena parte de lo que se pierde se pierde por no acordarse, y acordarse se entrena con una lista de cuatro puntos escrita en el margen del borrador (capítulo 6).
3.A · La relación entre fe y razón en la filosofía medieval
El enunciado. «Exponga la cuestión de la relación entre fe y razón en la filosofía medieval». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.
La filosofía medieval hereda dos fuentes de verdad que no tienen por qué coincidir: la revelación, que se acepta por la autoridad de quien revela, y la razón griega, que solo admite lo que puede demostrar. La cuestión de cómo se llevan atraviesa mil años, y para entenderla conviene ver primero los dos extremos que casi nadie sostuvo, porque son los que dibujan el terreno. En uno está el fideísmo, que renuncia a la razón: Tertuliano, ya en la patrística, podía preguntar qué tiene que ver Atenas con Jerusalén, la filosofía con el evangelio. En el otro asomó la llamada «doble verdad», que se atribuyó a los lectores más radicales de Aristóteles y que permitiría afirmar como filósofo lo que se niega como creyente. Los dos extremos disuelven el problema en lugar de resolverlo, y entre ellos están las posiciones que cuentan. Agustín de Hipona (354-430 e. c.), autor de las Confesiones y cumbre de la patrística, las entrelaza: credo ut intellegam, «creo para entender», porque la fe orienta la búsqueda y la razón profundiza lo creído, de modo que no pueden estorbarse. Lo que rompe ese equilibrio no es un argumento, sino un hecho histórico: entre los siglos XII y XIII vuelve al Occidente latino la obra de Aristóteles, conservada y comentada por Avicena y Averroes en el mundo islámico, con tesis difíciles de conciliar con la fe, como la eternidad del mundo. La respuesta de Tomás de Aquino (1224-1274 e. c.), dominico, escolástico y autor de la Suma teológica, nace de ese aprieto: distingue las dos vías en lugar de fundirlas y muestra que no pueden contradecirse, porque la verdad es una y Dios es autor de ambas; hay verdades solo de fe, verdades solo de razón y una franja compartida, los preámbulos de la fe, donde cabe demostrar lo que también se cree. Que hoy distingamos sin esfuerzo lo que se cree de lo que se demuestra viene de aquí.
Trescientas veintitrés palabras, por encima de la orientación y sin penalización por ello (capítulo 2), con la lista de comprobación del capítulo 7 cubierta. Corrientes nombradas —patrística y escolástica—, épocas y siglos, dos obras con su título, conceptos característicos trabajando y una fórmula latina citada corta. Fíjate en lo que organiza la respuesta: no un recorrido de autores, sino un espacio de posiciones con dos extremos y un motor histórico en medio. Esa es la diferencia entre exponer una cuestión y enumerar quién dijo qué.
Este mismo enunciado está resuelto, con otra arquitectura, en el capítulo 7. Allí la respuesta va como trayectoria de tres respuestas sucesivas —Agustín une, Tomás armoniza, Ockham separa— y concluye que lo que importa es el movimiento del conjunto. Aquí el eje no es cronológico: son los extremos los que enmarcan, y la posición de Tomás aparece como reacción a la entrada de Aristóteles y no como el peldaño siguiente de una escalera. Las dos son de banda alta, y merece la pena leerlas seguidas justamente por eso: en un ejercicio abierto, la banda alta admite más de una forma, y ninguna de las dos es «la» respuesta. Lo que ninguna de las dos podría hacer es dejar la cuestión en un inventario de opiniones sin decir de qué problema son respuesta.
Material: §25-§28 (tema 6), y en particular §25 para el abanico de posiciones y las dos recepciones de la filosofía griega.
3.B · El debate sobre el origen del conocimiento en la filosofía moderna
El enunciado. «Exponga el debate en torno al origen del conocimiento en la filosofía moderna». Tres puntos, doscientas o trescientas palabras orientativas.
El debate sobre el origen del conocimiento enfrenta en los siglos XVII y XVIII a dos corrientes, el racionalismo y el empirismo, y termina con el intento de síntesis de Kant. El racionalismo es continental y su figura principal es René Descartes (1596-1650), autor del Discurso del método. Sostiene que la razón por sí sola alcanza verdades necesarias y universales, y que la experiencia es demasiado resbaladiza para fundar nada: Descartes duda de todo hasta encontrar una certeza que resiste, el cogito, y de ella extrae la regla de que es verdadero lo que se concibe clara y distintamente. Admite además ideas innatas, que la mente encuentra en sí misma sin haberlas recibido de fuera. El empirismo es británico y sostiene lo contrario. John Locke, autor del Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), niega que haya ideas innatas y afirma que la mente al nacer es «un papel en blanco» en el que todo lo escribe la experiencia, que llega por dos vías, la sensación y la reflexión. David Hume (1711-1776) lleva el principio hasta el final: como toda idea procede de una impresión, aquello de lo que no hay impresión no es conocimiento, y así quedan tocadas la sustancia, el yo y hasta la causalidad, que no percibimos y que solo es una costumbre nuestra. Immanuel Kant (1724-1804) propone la síntesis en la Crítica de la razón pura: el conocimiento nace de la colaboración de las dos fuentes, porque la experiencia aporta la materia y el sujeto pone las formas a priori —espacio, tiempo y categorías— que la ordenan. Como él mismo escribe, «los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos, ciegas». El debate marca así el nacimiento de la teoría del conocimiento moderna.
Doscientas ochenta y siete palabras, la presentación de los autores impecable y la información toda correcta. Corrientes, siglos, obras con su título y su fecha, conceptos definidos, dos citas exactas. Y sin embargo es un 7, porque hay una parte de la lista de comprobación que se cubre y otra que no.
Los tres primeros puntos de la lista, cubiertos con holgura. Cada autor llega con su corriente, su época y su obra, y eso son décimas que la mayoría pierde por no repasar (capítulo 7).
Los conceptos, bien. Ideas innatas, papel en blanco, impresión, formas a priori: definidos y puestos a trabajar, no en lista.
La argumentación, banda media, y por una razón concreta. El enunciado dice «debate», y aquí hay tres exposiciones consecutivas, no un debate. Se dice qué sostiene cada uno, pero no contra qué: que Locke escribe su primer libro precisamente contra las ideas innatas, que Hume vuelve el principio empirista contra la metafísica entera —incluida la sustancia pensante de Descartes—, y que Kant dice haber despertado de un sueño dogmático leyendo a Hume. Con esos tres enganches, las tres posiciones dejarían de estar una detrás de otra y pasarían a responderse. El material es el mismo; lo que cambia es que se vea quién contesta a quién.
La conclusión, banda media. «El debate marca el nacimiento de la teoría del conocimiento moderna» es verdad y es un final de manual: resume en vez de responder, y no trae el ejemplo que la banda alta pide. Aquí sobraba con dos líneas: cada vez que discutimos si algo se demuestra con la lógica o con los datos repetimos este pleito, y la ciencia trabaja hoy con la síntesis kantiana, con hipótesis de la razón contrastadas en la experiencia.
Material: §34-§37 (el racionalismo y Descartes, tema 8), §38-§39 (el empirismo, Locke y Hume, tema 9) y §50 (Kant, tema 12); enfrentadas de un vistazo, en el apéndice «Perspectivas enfrentadas» del manual.