Introducción
Tienes en las manos un manual de Filosofía para 1.º de Bachillerato. Y antes de nada conviene decirte algo que suena raro: ya tienes una filosofía.
La tienes aunque no la hayas pedido. Si te pregunto ahora mismo qué es una persona, qué separa lo verdadero de lo que solo lo parece, qué acciones están mal, cómo debería repartirse el poder o por qué una canción vale más que otra, no te quedas en blanco: contestas. Y contestas deprisa, con seguridad y sin haber estudiado nada. Esas respuestas no las elegiste: te llegaron de tu casa, de tu cuadrilla, de lo que se dice en clase y de lo que te pone delante el móvil, y llevan tanto tiempo contigo que ya no parecen respuestas, sino sencillamente cómo son las cosas. Es un buen truco. Una idea heredada se defiende sola mientras nadie le pregunte de dónde viene.
Este libro no viene a cambiarte esas respuestas por otras mías. Viene a ponerlas encima de la mesa y a mirarlas contigo, que es una operación bastante más incómoda. Puede que salgas del curso pensando exactamente lo mismo que pensabas al entrar; me parecería un buen resultado, siempre que ahora sepas por qué lo piensas y qué se le puede objetar. Porque lo único que la filosofía hace de verdad es encarecer el error: no te vacuna contra él, no te garantiza acertar y no te ahorra ninguna decisión difícil. Lo que hace es dejarte sin excusas. Después de este curso podrás seguir sosteniendo lo que quieras, pero ya no gratis: tendrás que sostenerlo con razones, y aguantar las que te devuelvan.
Vamos a hacerlo recorriendo las preguntas que dan nombre a las unidades del libro: qué es esto que llamamos filosofía, qué somos, qué podemos conocer y hasta dónde, qué hay de verdad detrás de lo que vemos, cómo debemos actuar, cómo conviene que nos organicemos y por qué nos paramos delante de algunas cosas. Ninguna se cierra al final de su unidad. Eso no es un defecto del libro: es la materia.
Antes de empezar, conviene que sepas cómo está hecho y cómo sacarle partido.
Cómo está organizado el libro
El libro se divide en unidades, y cada una es una de esas preguntas. La primera se ocupa de la filosofía misma —qué es, en qué se distingue de la ciencia, la religión, el derecho o el arte, y con qué herramientas trabaja—, y funciona como manual de instrucciones de todo lo demás. Después vienen la Antropología, el ser humano como sujeto de la experiencia filosófica; la Epistemología, el conocimiento y la verdad; la Metafísica, la realidad y lo real; la Ética, la acción humana; la Filosofía política, la acción humana en sociedad; y la Estética, la reflexión en torno a la creación artística.
Cada unidad se abre con una página que lleva el título, la lista de lo que contiene y una sección corta titulada «Herramienta para pensar». Ahí no se explica nada todavía: se te plantea un caso —un tranvía sin frenos, un jersey, dos cuadros— y se te pide que contestes antes de seguir leyendo. Hazlo. Están puestos ahí porque casi siempre pasa lo mismo: contestas, se te cambia una pieza del caso y descubres que tu segunda respuesta no encaja con la primera. Ese desajuste es el problema de la unidad, y a partir de ahí ya no hace falta que nadie te convenza de que existe.
Dentro de cada unidad, la materia se reparte en temas, numerados de corrido y titulados con el número delante del enunciado. Cada tema arranca con dos citas enfrentadas —alguna más en el primero, que por ser la primera página del libro se permite un coro—, y luego se divide en secciones numeradas con el signo § seguido de dos cifras, que corren seguidas de la primera página a la última. La sección es la unidad de trabajo del libro: cada una desarrolla un asunto y se corresponde, por lo general, con uno de los saberes que pide el currículo. Bajo el título de cada tema encontrarás una caja titulada «En este tema» con la lista de sus secciones: es tu mapa para saber, de un vistazo, qué te espera y por dónde vas.
Cada unidad termina con una Lectura, que tiene apartado propio más abajo porque es la pieza en la que más trabajo vas a hacer. Y el libro entero se cierra con un Epílogo, que no es materia de examen y que conviene leer de todos modos.
Las remisiones: el sistema «§»
Este libro no va por orden cronológico, sino por problemas, y eso tiene una consecuencia incómoda: los problemas no se están quietos dentro de su unidad. La libertad aparece cuando hablamos de qué somos, otra vez cuando hablamos de cómo debemos actuar y otra más cuando hablamos de cómo organizarnos, y no es exactamente la misma libertad las tres veces. Si cada unidad se leyera como un compartimento estanco, te llevarías siete asignaturas pequeñas en lugar de una.
Por eso el libro está cosido por dentro con remisiones: llamadas como (§57) que aparecen entre paréntesis en mitad del texto y te dicen dónde se trató —o se tratará— eso mismo con más detalle. Llevan el número de sección y el de página, y en el PDF se puede pinchar en ellas. No hace falta que interrumpas la lectura para seguirlas todas; pero, cuando un concepto te suene y no recuerdes de dónde, la remisión te dice exactamente adónde volver. Síguelas de vez en cuando: son la mejor forma de comprobar que lo que se dice en un tema le sale al paso a lo que se dijo en otro. Y es que pensar bien consiste, muchas veces, en conectar.
El aparato de estudio
Junto al texto principal, el libro pone a tu disposición varias herramientas. Conviene que sepas para qué sirve cada una.
Las dos citas que abren cada tema. No son adorno ni sabiduría embotellada: están elegidas para que se lleven la contraria. En la primera página, sin ir más lejos, Séneca sostiene que la filosofía no está en las palabras sino en los hechos, que forma el alma y rige las acciones, y Hegel, justo debajo, que la filosofía llega siempre demasiado tarde para enseñar cómo debe ser el mundo, y que solo conoce. Los dos tienen argumentos. Antes de entrar en el tema, decide con cuál estás y por qué; al terminarlo, vuelve a mirar y comprueba si sigues igual.
Los rótulos en negrita. Verás que muchos párrafos empiezan con una frase corta en negrita. La negrita, en este libro, rotula: dice de qué va lo que viene a continuación, para que puedas orientarte sin leerlo entero y para que al repasar encuentres las cosas. Cuando lo que quiero es subrayar una palabra dentro de una frase, uso cursiva.
Las notas al pie. Una nota al pie es una aclaración que no cabría en el cuerpo del texto sin cortar su hilo, así que se «aparca» al final de la página. Funciona con un número volado: cuando en una frase veas un número en superíndice —como este1—, ese mismo número reaparece al pie con la aclaración. Van numeradas dentro de cada tema y recogen precisiones, definiciones, referencias y algún matiz que estropearía el párrafo si se quedara dentro. No son imprescindibles para seguir el texto: si vas con prisa, sáltatelas; si tienes curiosidad, casi siempre premian a quien las lee.
Las tablas. Hay pocas y todas hacen lo mismo: poner varias posturas una al lado de otra, comparadas por los mismos ejes, para que se vean las diferencias de un golpe. Están recogidas en un Índice de tablas, justo después del índice general, por si quieres ir directo a alguna al repasar.
Las imágenes. No son decoración: cada una lleva un pie que explica qué es y por qué está ahí.
Los encabezados sin §. Algunos títulos no llevan número de sección. Son puentes, presentaciones o cuadros de apoyo: material que te ayuda a entrar en un asunto o a ordenarlo, pero que no es materia examinable.
Las Lecturas de unidad
Cada unidad se cierra con una Lectura: uno o dos textos de filósofos, en un tramo largo y sin recortar más de lo justo, con todo lo necesario para trabajarlos. Los autores son Platón y Aristóteles al final de la unidad sobre la filosofía misma; Pico della Mirandola y Darwin en la de Antropología; Descartes y Bacon en la de Epistemología; Epicuro en la de Metafísica; Aristóteles en la de Ética; Mill y Campoamor en la de Filosofía política; y Aristóteles y Wilde en la de Estética.
Están ahí por una razón sencilla: no es lo mismo que yo te cuente lo que dijo un filósofo que oírselo decir a él. Un manual, por honesto que sea, ordena, resume y ya ha decidido qué es lo importante; el texto original no te ahorra ese trabajo, y por eso te lo enseña. Además, casi siempre te vas a llevar una sorpresa: los filósofos que se citan de oídas suelen decir algo más raro, más matizado o directamente distinto de lo que circula sobre ellos.
Todas las Lecturas están montadas igual, para que a la segunda ya sepas moverte. La ficha te sitúa: quién escribió eso, cuándo, en qué circunstancias y contra quién. La traducción te dice de dónde sale el texto castellano que estás leyendo: las de las Lecturas son todas de Claude y directas del original —del griego, del latín y del inglés—, y ahí queda dicho sobre qué edición crítica se han hecho y qué se ha omitido. Después viene el texto, presentado en un par de líneas. Detrás, la Ayuda a la lectura glosa cinco o seis expresiones que conviene tener claras antes de discutir nada, casi siempre palabras que en su idioma significaban algo que la nuestra ha perdido. Siguen unas cuantas observaciones sobre lo que el texto hace, lo que no dice aunque lo parezca y por dónde se le puede atacar. Y se termina con El trabajo: seis preguntas en tres pares, que van de comprender lo que pone, a analizar cómo está construido el argumento, a llevarlo a otro sitio y mojarte tú. Las dos últimas no tienen respuesta en el libro. Son tuyas.
Autoría y licencia
Este libro es obra mía, y conviene que sepas en qué sentido exactamente. Lo concebí y lo estructuré, decidí qué entra y qué se queda fuera, lo ajusté al currículo oficial, fijé la terminología y lo revisé entero, sección a sección; sus citas, referencias y datos se comprobaron uno a uno contra las fuentes. Los borradores, en cambio, no los escribí a mano: los produjo un modelo de lenguaje, Claude (Anthropic), a partir de mis instrucciones y bajo mi edición. Lo digo porque es verdad y porque no altera lo esencial: el criterio, la selección y la responsabilidad de cuanto aquí se afirma son míos. Si algo está mal, el error es mío.
Lo publico bajo una licencia libre Creative Commons BY-SA 4.0: eres libre de usarlo, copiarlo, compartirlo y adaptarlo —incluso para construir con él materiales nuevos— con dos condiciones, reconocer mi autoría y compartir lo que hagas con la misma libertad con que lo recibiste. Esa libertad convive con lo que la ley reconoce como derecho moral, irrenunciable: que se me reconozca como su autor y se respete la integridad de la obra.
Los textos de filósofos que cierran cada unidad, y las citas que abren cada tema, no son míos ni pueden serlo: pertenecen a sus autores y a sus traductores. Van identificados uno a uno —autor, obra, traductor, edición— en la ficha que abre cada Lectura, y se reproducen al amparo del derecho de cita para su análisis y comentario, que es exactamente lo que el aparato de preguntas hace con ellos. La licencia libre de este libro cubre lo que yo he escrito; no alcanza a esos fragmentos, y quien reutilice el volumen debe tratarlos como lo que son: obra ajena citada. Cuando la traducción no procede de una edición publicada sino que se ha hecho para este libro, lo digo en la ficha del texto y va atribuida a Claude, bajo mi revisión. Lo mismo vale para las imágenes, acreditadas una a una al final con su autor y su licencia: la licencia libre de este libro no alcanza a ninguna. Y una no es reutilizable en absoluto —la viñeta de Mafalda, de Quino—, porque se reproduce al amparo del derecho de cita, para analizarla, y ese amparo no viaja con el libro.
El retrato de la cubierta tampoco es mío, y va acreditado como corresponde: el busto de Sócrates, en fotografía de Sting (Eric Gaba), publicada en Wikimedia Commons bajo licencia Creative Commons BY-SA 2.5.
Es, además, un libro vivo: lo corrijo y lo mejoro curso a curso, y existe en castellano y en euskera. No doy ninguna página por infalible. Si encuentras una errata, algo que pueda explicarse mejor o algo que eches en falta, escríbeme a arete.eukeni@gmail.com diciéndome dónde está: cada aviso mejora la edición siguiente.
Y dicho esto, empecemos. La primera unidad no arranca con una definición de filosofía, sino con un tranvía que baja sin frenos por una vía y con una pregunta que solo puedes contestar tú.
Esto es, precisamente, una nota al pie. El numerito del texto se repite aquí abajo, junto a la aclaración que le corresponde; cuando termines de leerla, retomas el texto donde lo habías dejado.↩︎