Tema 10 · La personalidad

No salgas fuera; vuelve a ti mismo: en el hombre interior habita la verdad. Y si encuentras que tu propia naturaleza es mudable, trasciéndete también a ti mismo.

—Agustín de Hipona, De la verdadera religión, XXXIX, 72 (391) · traducción de Claude, del latín

Te comportas como un soberano absoluto que se contenta con los informes de sus más altos cargos y no baja al pueblo a oír su voz. Entra en ti, en tus profundidades, y aprende primero a conocerte.

—Sigmund Freud, «Una dificultad del psicoanálisis» (1917) · traducción de Claude, del alemán

Hemos tratado la cuestión de ser humanos desde varios puntos de vista, sobre todo enfatizando lo que compartimos con nuestros congéneres: la hominización, la humanización, la socialización y la cultura. Pero aún quedan elementos que nos hacen humanos y, en particular, que nos hacen individuos distintos de los demás: la personalidad, la sensibilidad, la memoria, las emociones, los deseos, la voluntad y la libertad, junto con la capacidad de observar nuestra vida interior. Somos también el conjunto de todo eso, agregado a la dotación genética, la socialización y la biografía.

§39 · Rasgos de personalidad

La personalidad es el conjunto duradero de características que dan consistencia e individualidad a una persona: los comportamientos que nos hacen ser como somos, únicos y distintos. Gracias a esa estabilidad actuamos de forma consistente en situaciones diversas y a lo largo del tiempo, nos reconocemos a nosotros mismos y nos reconocen los demás —eso que tus amigos o tú misma llamáis «típico de ti»—. De ahí que la personalidad sea uno de los elementos centrales de la identidad personal.

Aun siendo única, la personalidad se mueve dentro de unos parámetros. Los psicólogos han definido cinco grandes dimensiones —el modelo de los cinco grandes o Big Five—, que forman el acrónimo «OCEAN» en inglés:

  • Apertura a nuevas experiencias (openness). Describe nuestra actitud ante lo nuevo, la abstracción, la sensibilidad estética y la curiosidad. En un extremo, una personalidad curiosa, creativa y de creencias no convencionales; en el otro, una más conservadora, que prefiere lo familiar y se resiste al cambio.
  • Responsabilidad o diligencia (conscientiousness). Mide el autocontrol de los impulsos, la planificación y la persistencia. Quienes puntúan alto son ordenados, autodisciplinados y con sentido del deber; quienes puntúan bajo, lo contrario.
  • Extroversión (extraversion). Se caracteriza por sentirse a gusto entre la gente, la tendencia a las emociones positivas, la asertividad y la necesidad de estimulación. Los introvertidos, en cambio, se cansan en grupo y suelen ser reservados, tranquilos e independientes.
  • Afabilidad (agreeableness). Mide la cualidad de nuestras relaciones. Las personas afables tienden a ser altruistas, consideradas y solidarias; las poco afables, egocéntricas, escépticas y competitivas.
  • Estabilidad emocional (neuroticism). Es la única dimensión que no se mueve entre dos polos con ventajas cada uno: cuanta más, mejor. La persona emocionalmente estable no cambia de humor sin explicación, tiene baja ansiedad, no es impulsiva y se mantiene ecuánime ante los embates de la vida.

El modelo es mucho más detallado, pero lo importante es que algo tan complejo y diverso como la personalidad pueda describirse con unos pocos factores que todos compartimos: sus combinaciones dan una enorme variedad de perfiles. Puedes hacer un test basado en este modelo para descubrir cosas sobre ti.

§40 · La sensibilidad y sus límites

Casi toda la información que nos hace ser como, lo que y quien somos nos entra por los sentidos. Digo «casi» porque, aunque el encéfalo nazca vacío de datos, contiene ya ciertas estructuras propias de la especie1: no nacemos sabiendo castellano, euskera o inglés, pero sí con redes neuronales preparadas para aprender a hablar. No basta con tenerlas: si en nuestros primeros años no estuviéramos expuestos a un entorno donde se habla, no desarrollaríamos ningún lenguaje complejo; y pasado cierto punto de maduración cerebral, quien no ha adquirido un idioma ya no podrá aprender ninguno.

Nuestros conocimientos, pues, vienen del exterior y entran por los sentidos2, que son nuestro acceso a la información sobre el mundo. Pero esa información no es un reflejo fiel, exacto y objetivo de lo que hay: los sentidos nos dan una versión muy contextual de lo que hay fuera —y dentro— de nuestro cuerpo. La información atraviesa varios filtros:

  • No accedemos a todo lo que hay ahí fuera. Cada sentido capta un tipo de estímulo —los ojos, luz; el oído, ondas; el olfato, partículas volátiles—, pero no percibimos el magnetismo ni tantas otras cosas; y nuestros ojos y oídos captan una cantidad de energía ridículamente pequeña. Y del tipo de estímulo que captamos, tampoco percibimos todo su rango: solo vemos luz de entre 380 y 750 nm; por debajo y por encima nos perdemos información que otros animales sí captan, en el infrarrojo o el ultravioleta.
  • Solo parte del estímulo se hace sensación. De los estímulos captables, solo una parte se convierte en sensación: nuestra capacidad de procesamiento es limitada; la atención y los intereses seleccionan qué se procesa del todo. De lo que se hace sensación, no todo pasa a percepción, por ese mismo ancho de banda insuficiente. Y solo somos conscientes de parte de lo que percibimos; el resto tiene un efecto meramente inconsciente. Mira ahora tu habitación con atención: notarás detalles en los que nunca te habías fijado.
  • Lo que percibimos, lo interpretamos. En la realidad exterior no hay colores: es el encéfalo el que atribuye «rojo» a cierta longitud de onda, y que el rojo nos alerte mezcla herencia evolutiva y valores culturales. El encéfalo reconstruye lo de fuera combinando longitudes de onda, figuras, movimientos y sonidos en un todo continuo que vivimos como la imagen de la realidad. Y parte de esa interpretación depende de nuestros conocimientos, nuestro ánimo y el contexto: «El que no sabe es como el que no ve»; ante el mismo edificio, un arquitecto, un abogado y un ecologista ven cosas distintas. Y no ves igual si estás contento, hambriento o furioso: el estado emocional cambia lo que percibes y el efecto que te causa.
  • Completamos lo no percibido con suposiciones. Y son suposiciones razonables: si un coche pasa tras una farola, no creemos que esté partido en dos; sabemos que está entero, detrás.
  • Ilusiones, alucinaciones y delirios. Aún quedan las ilusiones ópticas, las alucinaciones y los delirios, que nos hacen ver lo que no hay.

Podrías concluir que los sentidos nos informan de poco y mal. De poco, cierto. De «mal», depende: comparados con lo que en teoría podría captarse, funcionan fatal; pero, si atendemos a que han permitido a nuestra especie sobrevivir y prosperar durante cientos de miles de años, funcionan lo bastante bien, y además nos dejan disfrutar de un atardecer, una canción o un cocido. Hay, pues, un mundo ahí fuera, pero accedemos a él de forma parcial, sesgada e interpretativa, añadiéndole información de nuestra cosecha. Siendo así, ¿de dónde sacamos la firmeza con que afirmamos que algo es cierto «porque lo hemos visto con nuestros propios ojos»? El criterio de verdad no puede residir en la percepción (§49).

§41 · La memoria y sus límites

Y la memoria tampoco es fiable. No registramos siquiera el resultado de nuestra percepción tal como lo construimos. Además, tiene sus propios filtros:

  • Los recuerdos no se graban tal como se percibieron. Guardamos una parte minúscula, modificada por nuestra comprensión del suceso y por el estado emocional del momento. Si presencias una pelea en un bar, tu recuerdo dependerá de tu estado etílico, tu relación con los implicados, tu idea de quién empezó, tu posición ante la violencia… y mil factores más.
  • La memoria encaja con la narración de nuestra vida. No almacenamos datos sueltos: los integramos, dotados de sentido, en nuestra estructura de experiencias.
  • Los recuerdos cambian al contarlos. Y también cada vez que recibimos información nueva. Al relatar la pelea omites unas cosas y añades otras, en parte por adaptarte a quien te escucha y en parte inconscientemente; y si otro testigo te cuenta su versión, incorporarás detalles que no presenciaste. A diferencia de una foto en el móvil, que se guarda siempre igual, el recuerdo muta con cada evocación.
  • Es posible implantar recuerdos. Difícilmente recordarás de verdad aquella vez que te perdiste con tres años: lo «recuerdas» de tanto oír la historia en las reuniones familiares. ¿Y qué implica que un testigo crea reconocer al autor de un crimen sin haberlo visto realmente, pero convencido de lo contrario?
  • Olvidamos. Y, sencillamente, se pierde mucho de lo que retuvimos.

De todo ello se sigue que no conviene fiarse demasiado de los sentidos ni de la memoria (§49). Pero no tenemos otra forma de captar la realidad e informarnos de ella. El objetivo no es angustiarte, sino que conocer estas condiciones te ponga en mejor situación para decidir. Piénsalo: ¿qué consecuencias tiene conocer los límites y sesgos de tu percepción y tu memoria?, ¿puedes fiarte de ellas como hasta ahora? Ten en cuenta que todo lo que sabes o crees saber se apoya en información recibida y procesada en estas condiciones.

§42 · Emotividad

Las emociones forman un ámbito amplio y complejo, difícil de explicar; por suerte, como las experimentamos a todas horas, es fácil entender de qué hablamos. En esta asignatura insistimos —con buenos motivos— en la razón como rasgo humano primordial; pero lo cierto es que solo hacemos uso pleno y consciente de ella en contadas ocasiones. Nuestro «modo por defecto» de manejarnos en el mundo es emocional. Las emociones son respuestas fisiológicas, psicológicas y cognitivas, inmediatas y subjetivas, ante estímulos internos o externos, que cambian nuestro estado de ánimo y nuestra fisiología: reacciones no pensadas, lo que no significa que no haya relación entre razón y emoción.

Adquirimos nuestro repertorio emocional durante la evolución de las especies que nos preceden3, modelado por las necesidades de supervivencia de nuestros antepasados: son reacciones rápidas que aumentaban las posibilidades de sobrevivir. Pero que sean reacciones no implica que solo sean reacciones: son también motores de motivación —nos impulsan a actuar o a no hacerlo— y tiñen nuestras acciones; y que las haya moldeado la evolución no implica que solo sirvan para sobrevivir: son un recurso esencial para la vida en sociedad.

¿Cuántas emociones hay? La pregunta parece de contable, pero es filosófica: depende de qué cuente como emoción y de si las emociones son clases naturales, como el oro o los mamíferos, o casilleros que nuestra cultura ha ido dibujando. La respuesta más difundida distingue un puñado de emociones básicas —la alegría, la tristeza, el miedo, la ira, el asco y la sorpresa— y las considera universales, porque aparecen muy pronto en la infancia, se disparan deprisa y sin deliberación, tienen su gesto facial reconocible en culturas que jamás se han tratado y muestran parientes claros en otros primates4. Sobre ellas se levantan las emociones complejas o autoconscientes —la vergüenza, la culpa, el orgullo, la envidia, la gratitud—, que exigen algo que un cachorro no puede hacer: representarte a ti mismo ante la mirada de los demás y medirte con una norma. Por eso llegan más tarde, hacia los dos o tres años, y por eso su contenido varía tanto de un lugar a otro: de qué debes avergonzarte no lo decide tu biología, lo decide tu gente.

Desconfía, con todo, de las listas cerradas. Los autores no coinciden ni en el número —seis, siete, ocho— ni en los miembros, y algunos niegan de raíz que existan tales tipos. Para la psicóloga Lisa Feldman Barrett (1963-), lo que el cuerpo aporta no es un juego de programas heredados, sino un afecto nuclear muy simple —una mezcla de agrado o desagrado y de activación alta o baja— que el encéfalo categoriza con los conceptos emocionales que hemos aprendido de nuestra lengua y de nuestra cultura: en su versión fuerte, no descubrimos que tenemos miedo, lo construimos5. La disputa está lejos de cerrarse, y más vale que la conozcas antes de recitar las seis emociones básicas como si fueran la tabla periódica.

Conviene además no confundir tres cosas que en la conversación corriente llamamos casi igual. La emoción es un episodio breve —segundos, minutos— y va dirigida a algo: no se tiene miedo a secas, se tiene miedo de algo. El estado de ánimo dura horas o días y carece de ese objeto determinado: uno amanece irritable sin estar irritado con nadie en particular, y lo que hace es teñir cuanto le ocurra ese día6. El sentimiento, en fin, se usa en dos sentidos que conviene separar: unas veces nombra la cara vivida de la emoción —lo que se siente al sentirla—, y otras, una disposición afectiva duradera hacia alguien o algo, como el amor, el odio o el aprecio, que sigue ahí mientras duermes, aunque no la estés experimentando. Quieres a tu hermana también las tardes en que estás furiosa con ella: el sentimiento persiste debajo de la emoción que lo contradice.

Queda la pregunta de fondo: ¿dice algo una emoción sobre el mundo, o es solo algo que nos pasa por dentro? William James (1842-1910) sostuvo que la emoción no es más que la percepción de los cambios de nuestro propio cuerpo: no lloramos porque estemos tristes, estamos tristes porque lloramos; quita el temblor, el nudo en el estómago y la carrera del corazón, y del miedo no queda nada. Explica bien por qué la emoción se siente en las tripas y no en un razonamiento, pero se le objetan dos cosas serias: fisiologías muy parecidas acompañan a emociones distintas —el miedo y la ira aceleran igual el corazón— y un temblor, por sí solo, no es sobre nada, mientras que las emociones siempre lo son. De ahí la posición contraria, la de las teorías cognitivas o evaluativas: sentir una emoción incluye emitir un juicio de valor acerca de lo que ocurre. Martha Nussbaum (1947-) defiende que las emociones son juicios sobre cosas que nos importan de veras y que no controlamos; el duelo, por ejemplo, es el reconocimiento de que quien has perdido era parte de tu propia vida buena7.

Si esto último es así, la consecuencia es notable: una emoción puede ser acertada o equivocada, proporcionada o desmedida, justa o injusta; y entonces se la puede discutir, corregir y educar, igual que a una creencia. Tu indignación ante una injusticia no sería un simple ruido interior, sino una manera de captar que algo está mal. Tampoco convence, sin embargo, identificar sin más la emoción con el juicio, y la prueba son las emociones recalcitrantes: las que se resisten a lo que sabes. Sigues temiendo el despegue con las estadísticas delante, y la araña de la bañera te sigue erizando el vello aunque te juren que es inofensiva. Por eso muchos filósofos las tratan hoy como percepciones del valor: del mismo modo que la ilusión óptica sigue engañándote cuando ya te han explicado el truco, el miedo sigue ahí cuando la razón ya lo ha desautorizado8.

El equilibrio entre razón y emociones es difícil de alcanzar: cuesta saber cuál es la mejor vía en cada situación y, una vez sabida, ejecutarla, porque deseos, emociones y voluntad chocan a menudo. Usada deliberadamente, la razón puede ayudarnos a discernir qué emociones conviene fomentar y cuáles evitar; y, para un carácter bien formado, las emociones adecuadas son una buena guía para la vida (§92).

§43 · Deseos, volición y libertad

El deseo. Es un tipo muy primario de emoción: implica que algo nos falta y sentimos necesidad de obtenerlo, desde algo tan fisiológico como el agua cuando hay sed hasta algo tan complejo como el reconocimiento social. Conscientes o inconscientes, los deseos influyen enormemente en nuestra motivación y en nuestras decisiones: son uno de los móviles más potentes de la acción. Tomados de uno en uno parecen menores, pero el deseo, como conjunto, es una dimensión esencial de lo humano; no en vano es el hilo conductor de tantas novelas. Imagina tu vida si no desearas nada: es, en parte, la situación de quien sufre depresión clínica.

La volición. En el otro extremo, a veces sentimos que los deseos nos superan, que no dejan más salida que seguirlos. Poder hacerles frente o dirigirlos pertenece al terreno de la volición, nuestra capacidad consciente de decidir de forma libre y deliberada. Se parece al deseo en que queremos algo, pero difiere en que lo queremos consciente y razonadamente: si el deseo nos acontece, de la volición somos protagonistas.

La libertad. Discutiremos a fondo la libertad al hablar de ética (§89); aquí nos referimos a la capacidad de la voluntad de autodeterminarse, de decidir por sí misma lo que quiere. La libertad es, de momento, una precondición que no hemos demostrado, y nos jugamos mucho en ella: si no somos libres para decidir y actuar, no seremos responsables de lo que hacemos, la ética carecería de sentido y ser humano equivaldría a ser un autómata. Madurar consiste, en parte, en resolver los conflictos entre deseo y volición: cuando los deseos se alinean con nuestras metas, es fácil; cuando discrepan de nuestros valores, unas veces logramos ir domándolos y otras nos vencen. Para explorar los deseos y afinar la volición es imprescindible desarrollar la autoconsciencia: ya lo decían los griegos, «conócete a ti mismo».

La introspección. Es la capacidad de observar la propia consciencia, los pensamientos y los estados mentales. Es una herramienta valiosísima para el filósofo —tú incluido—, que no puede limitarse a leer sobre la condición humana, sino que ha de observar su propia mente: es el primer paso para validar o refutar lo que otros afirman sobre la naturaleza humana. Conocerse a uno mismo es tarea de toda una vida, y probablemente quede inacabada, porque somos complejos y estamos en cambio continuo. Hasta donde sabemos, ninguna otra especie es capaz de semejante logro.


  1. Estructuras que los individuos de otras especies no tienen.↩︎

  2. También hay sentidos que nos informan de estados internos del propio cuerpo.↩︎

  3. Algunas emociones básicas son tan antiguas que las compartimos, como poco, con el resto de los mamíferos.↩︎

  4. Los criterios son de Ekman, P. y Cordaro, D. 2011. What is meant by calling emotions basic. Emotion Review, 3(4), 364-370. Un panorama del debate, en Scarantino, A. y de Sousa, R. (2018). Emotion. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Winter 2018). https://plato.stanford.edu/archives/win2018/entries/emotion/↩︎

  5. Barrett, L. F. 2017. How Emotions Are Made: The Secret Life of the Brain. Houghton Mifflin Harcourt; ed. castellana: La vida secreta del cerebro. Cómo se construyen las emociones. Paidós, 2018. Su posición se conoce como construccionismo psicológico.↩︎

  6. Hay quien sostiene que los estados de ánimo tampoco carecen del todo de objeto: lo que tendrían por objeto es el mundo entero. Sobre la discusión: Scarantino, A. y de Sousa, R. (2018). Emotion. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Winter 2018). https://plato.stanford.edu/archives/win2018/entries/emotion/↩︎

  7. Nussbaum, M. 2001. Upheavals of Thought: The Intelligence of Emotions. Cambridge University Press; ed. castellana: Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones. Paidós, 2008. La formulación clásica de la teoría del sentimiento está en James, W. 1884. What is an Emotion? Mind, 9(34), 188-205.↩︎

  8. El problema de las emociones recalcitrantes se debe a D’Arms, J. y Jacobson, D. 2003. The Significance of Recalcitrant Emotion. En A. Hatzimoysis, Ed., Philosophy and the Emotions. Cambridge University Press. La versión perceptiva, en Tappolet, C. 2016. Emotions, Values, and Agency. Oxford University Press.↩︎