Tema 17 · Conocimiento, poder e interés
Es evidente, pues, que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos libre al hombre que es para sí mismo y no para otro, así también esta es la única ciencia libre, porque solo ella existe para sí misma.
—Aristóteles, Metafísica, I, 2, 982b · traducción de Claude, del griego
Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes; es decir, la clase que es el poder material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante.
—Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, I · traducción de Claude, del alemán
Hasta ahora hemos estado hablando de «razón» y de «racionalidad» como si solo las hubiera de un tipo, como si todo uso de la razón fuera igual. Así, resulta muy fácil elegir entre razón y sinrazón. No seré yo quien se oponga a la razón, precisamente. Pero ahora ya estamos preparados para hilar más fino, para distinguir entre distintos tipos de uso de la razón y explorar las consecuencias que tiene confundir unas con otras.
§66 · El análisis de la razón de Habermas
Jürgen Habermas (1929-2026) estuvo siempre interesado por la intersección del conocimiento, el poder y el interés. Ya te lo encontraste cuando propuso la situación ideal de comunicación (§18); aquí conectamos de nuevo con aquel proyecto, y lo hacemos con tres clasificaciones suyas que conviene tomar juntas: los tipos de racionalidad, las dos esferas de la sociedad moderna y los tipos de conocimiento-interés.
Cuatro tipos de racionalidad
Habermas distingue entre cuatro tipos de usos de la razón o de racionalidades1:
Instrumental o estratégica. Es la que asociamos con la consecución de objetivos, la eficiencia y la acción estratégica. Trata de lograr los medios más efectivos para alcanzar una meta predeterminada.
Está muy destacada en el «sistema» social, del que hablaremos un poco más abajo, pero que, por ahora, incluye las organizaciones burocráticas y económicas que priorizan la eficiencia.
Comunicativa. Pretende lograr la comprensión (mutua) y el consenso por medio de la comunicación abierta y honesta. De ahí que destaque el diálogo y los significados compartidos.
Destaca en el «mundo de la vida», la dimensión informal y cotidiana de la experiencia humana.
Moral. La ética o racionalidad moral se compone de la forma de racionalidad con la que hablamos de principios éticos, valores morales y juicios normativos. Va más allá de la eficiencia y el pensamiento estratégico para preocuparse de cuestiones como la justicia, la equidad y la responsabilidad moral. Es una racionalidad muy influyente en cómo tomamos las decisiones, sobre todo por su dimensión social.
Estética. Trata sobre la apreciación de la belleza, la expresión artística y los valores culturales. Constituye la parte subjetiva y emocional de la experiencia humana y contribuye a la construcción de nuestro sentido e identidad.
El sistema y el mundo de la vida
Estos usos de la razón se mezclan, se combinan y entran en conflicto en dos esferas de las sociedades modernas:
- El sistema. Comprende las instituciones y las estructuras de poder.
- El mundo de la vida. Lo constituye la experiencia ordinaria y cotidiana de las personas.
El problema reside en que el sistema engulla el mundo de la vida interrumpiendo los procesos comunicativos. Y eso es lo que está pasando, según Habermas, precisamente, en nuestras sociedades: que la racionalidad instrumental de las instancias burocráticas —estados, empresas multinacionales— está interfiriendo en la verdadera comunicación, propia del mundo de la vida, y dañando el potencial del discurso en las democracias.
Y lo hacen a costa de la lógica con la que nos relacionamos y pensamos en la vida cotidiana. Por eso a veces, para el Estado o para una multinacional, no somos una persona —con nombres y apellidos— sino un número indistinguible de otros: perdemos la individualidad y con ella la racionalidad comunicativa.
Voy más allá que Habermas y te planteo un escenario aún peor: imagina qué sucedería si comenzaras a utilizar exclusivamente la racionalidad instrumental en tu vida cotidiana, si lo redujeras todo a un cálculo sobre a quién decirle qué con el único fin de lograr tus objetivos. ¿Qué aspecto tendría entonces tu vida? ¿En qué te convertirías?
Tres tipos de conocimiento-interés
Y es que tras el conocimiento hay siempre un interés. Podemos imaginar un saber contemplativo y desinteresado, alimentado por el puro placer de conocer, pero incluso de ese hacemos un uso: sabemos para algo, aunque solo sea para sentir satisfacción, y ese algo puede ser generoso o egoísta. Habermas distingue tres tipos de conocimiento-interés:
- El técnico. Es el que trata de controlar y manipular el mundo exterior. La ciencia y la tecnología, sobre las que hemos tratado en el epígrafe anterior (§61), son el ejemplo más claro.
- El práctico. Es el que pretende el adecuado funcionamiento de los sistemas sociales, para lo que promueve la cooperación y el orden en las relaciones interpersonales. El sistema jurídico de un país es un ejemplo de este tipo de conocimiento que tiene como interés el bien social.
- El emancipatorio. Está orientado a superar las estructuras de poder opresivas y a promover la justicia social, desafiando de forma crítica las normas y costumbres sociales en busca de una mayor libertad e igualdad. Buen ejemplo de este interés son los movimientos de derechos civiles o de igualdad de género. Este último conocimiento-interés es muy distinto de los otros dos, por lo que puede pasarnos desapercibido si no sabemos cómo concebirlo. Habermas le otorga gran importancia.
Tomadas juntas, las tres clasificaciones llevan el análisis de la razón mucho más allá de la simple distinción entre lo racional y lo irracional.
§67 · La tecnociencia contemporánea
El conocimiento-interés técnico ha dejado de ser una manera de usar la ciencia para convertirse en la manera en que la ciencia se hace. A esa fusión la llamamos tecnociencia, y te conviene ponerle nombre porque es el paisaje en el que vas a vivir2.
Durante siglos pudimos contarlo así: el científico descubría y, más tarde y en otro sitio, alguien aplicaba el descubrimiento. Michael Faraday (1791-1867) jugaba con imanes y bobinas sin perseguir nada en particular; la red eléctrica llegó décadas después. Ese relato ya casi no describe nada. Hoy la investigación se diseña con el producto a la vista, la financia quien va a explotarlo y su resultado se protege con una patente antes incluso de publicarse. Ciencia, técnica, dinero y poder no son cuatro cosas que se encuentren al final del camino: salen juntas desde la primera reunión.
Y esto tiene dos consecuencias que te tocan más de cerca de lo que parece. La primera es epistemológica: si quien paga decide qué se investiga, las preguntas que nadie financia no es que se respondan mal, es que no llegan a formularse. Ya te planteé aquella disyuntiva entre la vacuna contra la malaria y la congelación de los cuerpos de los millonarios (§11); lo que añade la tecnociencia es que esa elección no la toma un comité al que podamos exigirle razones, sino la propia estructura de quien financia. La segunda consecuencia es política: el conocimiento tecnocientífico se reparte tan mal como cualquier otro recurso escaso, y quien lo tiene decide sobre quien no lo tiene sin que nadie le haya elegido para eso.
Cuando la ignorancia se fabrica. Esa primera consecuencia tiene nombre propio. El historiador de la ciencia Robert N. Proctor acuñó agnotología —de ἄγνωσις, «desconocimiento»— para el estudio de cómo se produce la ignorancia, y no dio con ella en un seminario de epistemología: dio con ella leyendo los papeles internos de las tabaqueras, donde un memorando de 1969 resumía la estrategia en cuatro palabras: «Doubt is our product», la duda es nuestro producto3.
Proctor separa tres ignorancias y conviene no confundirlas. La primera es el estado nativo: lo que aún no sabe nadie, que es el punto de partida de cualquier investigación. La segunda es la elección: lo que dejamos fuera porque no se puede atender a todo, la misma economía de esfuerzo por la que tu cabeza tira de atajos en vez de calcularlo todo (§59). Y la tercera es la que da nombre a la disciplina: la ignorancia fabricada, la que alguien produce a propósito porque le conviene que no sepas. De esa última ya tienes el caso entero, con sus campañas pagadas y su manual heredado de la industria del tabaco (§51).
Conviene afinar aquí, porque parece que esto choca con el imperativo socrático. Sócrates no pedía saberlo todo: pedía saber qué no se sabe. La línea no pasa, entonces, entre saber e ignorar, sino entre la ignorancia elegida y sabida —«esto no lo estoy siguiendo, y sé por qué»— y la que no elegiste ni ves. Dicho para que te dure: no saber no es el problema; el problema es no saber que no sabes, y que alguien haya decidido por ti qué no vas a saber.
Habermas nos advertía de que la racionalidad instrumental estaba colonizando el mundo de la vida. La tecnociencia es esa misma colonización, aplicada esta vez al conocimiento: no es que usemos mal un saber neutro que ya venía hecho, es que el interés técnico se ha metido en el taller donde el saber se fabrica. Por eso la pregunta de qué debemos investigar sigue sin ser una pregunta científica, y hoy menos que nunca.
§68 · El lado oscuro de la Razón
Occidente y su orgullo cultural sufrieron una enorme cura de humildad con las dos Guerras Mundiales (GM) de la primera mitad del siglo XX. Parecía que la razón y la tecnología hacían progresar a la humanidad sin retrocesos posibles, guiando a la cultura occidental desde la Ilustración hasta la cima de la historia, cuando en 1914, en medio de la euforia colonial, una guerra brutal enfrentó entre sí a las civilizadas naciones europeas. Murieron entre 15 y 22 millones de personas. Y el desastre fue posible, precisamente, gracias a los logros tecnológicos de la Revolución Industrial, hija a su vez de aquel optimismo racional: la razón no solo no había servido para promover el bienestar, sino que nos había llevado hasta allí. Por si fuera poco, los europeos no aprendimos la lección, y dos décadas después —tras otro periodo eufórico, los felices años veinte— sobrevino la II GM, el más mortífero evento bélico de la historia —hasta ahora, claro—, con 70-85 millones de muertos, el 3 % de la población mundial de entonces, y con el Holocausto.
Ante semejante panorama, es normal que muchos pensadores occidentales se deprimieran y perdieran su confianza ilustrada en la Razón. Surgieron propuestas absurdistas, existencialistas, posmodernas y otras muchas que denunciaban los excesos de la Razón.
Sin embargo, un análisis como el de Habermas nos permite valorar la razón como algo más complejo, que no se puede desligar de sus intereses y de las estructuras de poder. El objetivo es utilizar adecuadamente los distintos tipos de racionalidad con un fin emancipatorio. De hecho, es el uso correcto de la Razón el que puede guiarnos en su buen uso y tratar de no caer en sus peores extremos. Y a ese respecto, la Filosofía tiene aún mucho que decir.
Empezaste esta unidad convencido de que el engañado siempre es otro. Ahora tienes los nombres: sesgo, interés, autoridad mal puesta, evidencia que solo confirma lo que ya creías. Lo que no tienes es un sitio desde donde mirar sin ninguno de ellos. ¿Con qué examinas entonces tu propia razón, si lo único que hay para examinarla es ella? Quédate con la incomodidad: la vas a necesitar entera cuando preguntes qué hay de verdad detrás de lo que ves.
Vuelve ahora al jersey con que se abrió la unidad. ¿Te lo pondrías hoy? Y si sigues sin ponértelo, mira si al menos puedes ya decir qué clase de creencia es esa que te lo impide y por qué se te resiste al examen.
Cierras la unidad, entonces, sabiendo que la razón no es una herramienta neutra y que hay que vigilarla. Empieza a hacerlo en la lectura que la cierra, donde los dos filósofos que abrieron la filosofía moderna desconfían de cosas distintas: Descartes sostiene que los sentidos pueden estar mintiéndote de arriba abajo y que solo la razón aguanta el envite; Bacon, que la razón viene torcida de fábrica y que lo único que la endereza es un método que nadie puede seguir a solas.
La lista es una simplificación didáctica: Habermas no rotula «cuatro racionalidades». Lo que él distingue son modelos de acción —la teleológica, subdividida en instrumental y estratégica; la regulada por normas; la dramatúrgica; y la comunicativa—, y la pareja que de verdad le hace trabajar es racionalidad instrumental frente a racionalidad comunicativa. Finlayson, J. G. y Rees, D. H. (2026). Jürgen Habermas. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Spring 2026). https://plato.stanford.edu/archives/spr2026/entries/habermas/↩︎
La palabra circula desde los años cincuenta, pero el sentido filosófico que hoy tiene se lo da el filósofo belga Gilbert Hottois (1946-2019) a partir de 1978-1979, y lo difunde Bruno Latour (1947-2022) desde Ciencia en acción (1987). En castellano la referencia es Echeverría, J. (2003). La revolución tecnocientífica. Fondo de Cultura Económica.↩︎
Proctor, R. N. (1995). Cancer Wars: The Politics of Cancer and the Basic Science of Cancer. Basic Books; y Proctor, R. N. y Schiebinger, L. (Eds.) (2008). Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance. Stanford University Press.↩︎