Lectura · Descartes y Bacon
La ficha. René Descartes (1596-1650) publicó en 1641 las seis Meditaciones metafísicas, escritas en latín, en primera persona y repartidas en seis días: no son un tratado, sino un ejercicio que el lector tiene que hacer con él. Las dos primeras, que son las que siguen, derriban todo lo que creía saber para ver qué queda en pie. Dos décadas antes, Francis Bacon (1561-1626) —lord canciller de Inglaterra hasta que lo derribó una acusación de soborno— había publicado el Novum Organum (1620): un «órgano nuevo», es decir, un instrumento de pensar con el que sustituir al de Aristóteles. Los dos quieren lo mismo, limpiar el entendimiento antes de usarlo, y no desconfían de la misma cosa. Ese desacuerdo es el que has estudiado en esta unidad (§55).
La traducción. Las dos son propias y directas del latín, hechas para este manual, y se publican bajo la misma licencia que el resto del libro1. De las Meditaciones hay además una versión francesa de 1647 que Descartes revisó en persona: está cotejada entera, y donde dice otra cosa que el latín se avisa en nota. Hay traducciones castellanas libres de derechos, pero la de Descartes que circula se hizo desde esa versión francesa y no desde el latín. Los corchetes […] marcan lo omitido.
La duda y lo que le sobrevive. Descartes se ha encerrado solo, en un día en que no tiene nada más que hacer, con el propósito de derribar de una vez todo lo que cree. No busca dudar: busca lo que quede en pie cuando ya no pueda dudar de nada más.
Todo lo que hasta hoy he admitido como lo más verdadero lo he recibido de los sentidos o por medio de los sentidos; y he comprobado que estos engañan a veces, y es de prudentes no fiarse nunca del todo de quienes nos han engañado aunque solo sea una vez.
Pero quizá, aunque los sentidos nos engañen a veces en cosas menudas y alejadas, haya otras muchas de las que no cabe dudar en absoluto, aun sacándolas de ellos mismos: que estoy aquí ahora, sentado junto al fuego, envuelto en la bata de invierno, tocando este papel con las manos, y cosas así. ¿Con qué razón podría yo negar que estas manos y todo este cuerpo son míos? A no ser que me compare con no sé qué locos, a quienes un vapor obstinado, salido de la bilis negra, les tiene el cerebro tan estropeado que aseguran sin parar que son reyes cuando son pobrísimos, o que van vestidos de púrpura cuando están desnudos, o que tienen la cabeza de barro, o que son enteramente calabazas, o que están hechos de vidrio. Pero esos están dementes, y yo no parecería menos demente si me aplicara su ejemplo.
Magnífico, sí: como si yo no fuera un hombre que suele dormir de noche y pasar en sueños esas mismas cosas, y aun otras menos verosímiles todavía. ¡Cuántas veces el descanso nocturno me convence de lo de siempre —que estoy aquí, vestido con la bata, sentado junto al fuego—, cuando en realidad estoy tendido entre las sábanas y sin ropa! Y sin embargo ahora miro este papel con los ojos bien despiertos; esta cabeza que muevo no está dormida; extiendo esta mano a sabiendas y a propósito, y la siento: a quien duerme no le ocurren cosas tan distintas. Como si no recordara que otras veces me han embaucado en sueños pensamientos parecidos. Y al pensarlo con más cuidado veo con tanta claridad que la vigilia no puede distinguirse del sueño por ningún indicio cierto, que me quedo pasmado; y ese pasmo mismo casi acaba de convencerme de que estoy soñando. […]
De aquí sacaremos quizá esta conclusión: que la física, la astronomía, la medicina y las demás disciplinas que dependen del examen de cosas compuestas son dudosas; pero que la aritmética, la geometría y las de su clase, que solo tratan de lo más simple y más general, contienen algo cierto e indudable. Porque, duerma yo o esté despierto, dos y tres juntos son cinco, y el cuadrado no tiene más de cuatro lados. […]
Y sin embargo hay clavada en mi espíritu una vieja creencia: que hay un Dios que lo puede todo y que me ha creado tal como soy. ¿De dónde sé yo que no haya hecho que no exista tierra ninguna, ni cielo, ni cosa extensa, ni figura, ni magnitud, ni lugar, y que aun así todo eso me parezca existir tal como ahora lo veo? Y todavía más: igual que a veces juzgo que otros se equivocan en aquello que creen saber a la perfección, ¿cómo sé que no me hizo equivocarme también a mí siempre que sumo dos y tres o que cuento los lados de un cuadrado? […]
Supondré, pues, no que hay un Dios óptimo, fuente de la verdad, sino un genio maligno, a la vez sumamente poderoso y astuto, que ha puesto toda su industria en engañarme. Daré por hecho que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras y los sonidos no son más que juegos de sueños con los que ha tendido trampas a mi credulidad. Me consideraré a mí mismo como si no tuviera manos, ni ojos, ni carne, ni sangre, ni sentido alguno, sino que creo falsamente tener todo eso. Me quedaré clavado obstinadamente en esta meditación, y así, si no está en mi mano conocer nada verdadero, al menos está en ella no dar mi asentimiento a lo falso.
[Meditación segunda.] […] Pero me he convencido de que no hay absolutamente nada en el mundo: ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos. ¿No me habré convencido entonces también de que yo no existo? De ningún modo: yo existía con certeza, si me convencí de algo. Pero hay no sé qué engañador, sumamente poderoso y sumamente astuto, que me engaña siempre a propósito. Luego, sin duda alguna, también yo existo, si me engaña; y que me engañe cuanto pueda: nunca conseguirá que yo no sea nada mientras piense que soy algo. De manera que, sopesado todo con creces, hay que establecer al fin que este enunciado, yo soy, yo existo, es necesariamente verdadero cada vez que lo pronuncio o lo concibo en mi espíritu. […]
¿Y qué hay de lo que atribuía al alma? ¿Alimentarme, andar? Como ya no tengo cuerpo, también esto es pura invención. ¿Sentir? Tampoco eso ocurre sin cuerpo, y me ha parecido sentir en sueños muchísimas cosas que después advertí que no había sentido. ¿Pensar? Aquí lo encuentro: el pensar existe2; esto solo no puede arrancárseme. Yo soy, yo existo: es cierto. Pero ¿cuánto tiempo? Tanto cuanto pienso; porque bien podría ocurrir que, si dejara de pensar del todo, dejara al instante de existir por entero. No admito ahora nada que no sea necesariamente verdadero: no soy, hablando con precisión, más que una cosa que piensa, esto es, un espíritu, o un ánimo, o un entendimiento, o una razón, palabras cuyo significado antes ignoraba. […]
Pero ¿qué soy entonces? Una cosa que piensa. ¿Y qué es eso? Una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente.
—Descartes, Meditaciones metafísicas I y II, AT VII 18-28 · traducción de Claude, del latín
Los cuatro ídolos. Bacon no se encierra: escribe para todos, en aforismos numerados, y lo que pone en el banquillo no es lo que sabemos, sino el aparato con el que lo sabemos. Empieza nombrándolos de golpe, y luego va uno por uno.
39. Cuatro son las clases de ídolos que asedian las mentes humanas. Para poder enseñarlas les he puesto nombre: a la primera clase la llamo ídolos de la tribu; a la segunda, ídolos de la caverna; a la tercera, ídolos del foro; a la cuarta, ídolos del teatro.
41. Los ídolos de la tribu están fundados en la naturaleza humana misma, en la tribu o linaje de los hombres. Porque es falso afirmar que el sentido humano sea la medida de las cosas; al contrario, todas las percepciones, tanto las del sentido como las de la mente, son a la medida del hombre y no a la medida del universo. Y el entendimiento humano es como un espejo desigual puesto ante los rayos de las cosas: mezcla su propia naturaleza con la naturaleza de las cosas, y así la tuerce y la echa a perder.
42. Los ídolos de la caverna son los ídolos del hombre individual. Porque cada uno tiene, además de los extravíos comunes a la naturaleza humana, una especie de cueva o caverna propia que quiebra y corrompe la luz de la naturaleza: sea por su índole particular, sea por su educación y por el trato con otros, sea por los libros que ha leído y la autoridad de aquellos a quienes venera y admira. […] De ahí que Heráclito dijera bien que los hombres buscan las ciencias en sus mundos pequeños, y no en el mayor, que es el común.
43. Hay también ídolos nacidos como de un contrato y de la vida en común del género humano, y los llamamos ídolos del foro, por el comercio y el trato que los hombres tienen allí. Porque los hombres se asocian por medio de la palabra, y las palabras se imponen según lo que entiende el vulgo. Así, una imposición mala y desatinada de las palabras asedia el entendimiento de maneras asombrosas, y las definiciones o explicaciones con que los sabios suelen protegerse no arreglan el asunto en absoluto. Las palabras le hacen sencillamente violencia al entendimiento, lo revuelven todo y arrastran a los hombres a controversias vanas e innumerables y a puras invenciones.
44. Hay, en fin, ídolos que han emigrado a los ánimos de los hombres desde los distintos dogmas de las filosofías, y también desde leyes torcidas de demostración; a estos los llamamos ídolos del teatro, porque cuantas filosofías se han admitido o se han inventado, otras tantas fábulas juzgamos que se han compuesto y representado, y han fabricado mundos de ficción y de escenario. […]
46. El entendimiento humano, en aquello que una vez le gustó —sea porque está admitido y se cree, sea porque le agrada—, arrastra todo lo demás a darle apoyo y a estar de acuerdo con ello; y aunque sea mayor la fuerza y el número de los casos que salen en contra, o no los observa, o los desprecia, o los aparta y los rechaza haciendo distingos. […] Por eso respondió bien aquel a quien, mostrándole en un templo la tabla votiva de los que habían cumplido su promesa por haber escapado de un naufragio, le apretaban a preguntas sobre si reconocía por fin el poder de los dioses; y él volvió a preguntar: «¿Y dónde están pintados los que se ahogaron después de hacer sus promesas?». Lo mismo vale para casi toda superstición, la astrología, los sueños, los presagios y las demás: los hombres, encantados con esas vanidades, se fijan en los casos en que la cosa se cumple, y donde falla, aunque sea mucho más a menudo, la pasan por alto. […] Y es error propio y perpetuo del entendimiento humano moverse y excitarse más con lo afirmativo que con lo negativo, cuando debería mostrarse por igual ante los dos; y aún más: al establecer cualquier axioma verdadero, es mayor la fuerza del caso negativo. […]
95. Los que han tratado las ciencias han sido o empíricos o dogmáticos. Los empíricos, a la manera de la hormiga, solo amontonan y usan lo amontonado; los racionales, a la manera de las arañas, sacan de sí mismos su tela. La abeja, en cambio, tiene un modo intermedio: saca la materia de las flores del huerto y del campo, pero la transforma y la digiere con una facultad suya. No es distinta la obra verdadera de la filosofía, que ni se apoya solo o principalmente en las fuerzas de la mente, ni guarda intacta en la memoria la materia que le ofrecen la historia natural y los experimentos mecánicos, sino cambiada y trabajada en el entendimiento. Así que de una alianza más estrecha y más honrada entre estas dos facultades —la experimental y la racional—, que hasta hoy no se ha hecho, hay mucho bien que esperar.
—Bacon, Novum Organum I, aforismos 39, 41-44, 46 y 95 · traducción de Claude, del latín
Ayuda a la lectura. Seis expresiones de los dos textos que conviene tener claras antes de discutirlos.
- Distinto. En Descartes no significa «diferente», sino nítido, con los bordes recortados, sin nada de otra cosa mezclado. Por eso, cuando dice que a quien duerme no le ocurren cosas tan distintas, está diciendo que en sueños todo va algo borroso; y por eso es tan grave que el argumento acabe mostrando que eso no es verdad.
- El genio maligno. En latín, genium malignum: no es el diablo ni un demonio, sino un espíritu inventado a propósito para el experimento. Descartes no cree en él; lo necesita como el peor enemigo posible, para ver qué resiste incluso a eso.
- Una cosa que piensa. Es res cogitans, y su traducción habitual, «cosa pensante», suena a definición cerrada. No lo es: al llegar ahí Descartes todavía no sabe qué clase de cosa es, solo que la hay. Fíjate en que la lista de lo que hace incluye dudar, querer y no querer, que no son actos de razonar.
- Ídolo. Del griego eidolon, imagen o fantasma. No es una estatua a la que se adore, sino una imagen falsa que se te cuela en la cabeza y que tomas por la cosa. Bacon elige la palabra del culto para decir que ante ellos nos comportamos como creyentes.
- Los ídolos del foro. El forum romano era la plaza del mercado, no una mesa de debate: son los ídolos que nacen de que la gente hable entre sí. Los cuatro no van de mayor a menor: la tribu la tienen todos, la caverna es solo tuya, el foro te llega por hablar con otros y el teatro por lo que has leído.
- Axioma. Para Bacon un axioma no es un punto de partida evidente que se acepta sin prueba, sino una proposición general que se obtiene a partir de los casos. Por eso puede decir, al final del aforismo 46, que un caso en contra pesa más que muchos a favor: si el axioma se levanta desde los casos, basta uno que no encaje para que no se sostenga.
Dos desconfianzas que no apuntan al mismo sitio. Los dos textos empiezan quitando el suelo, y por eso se parecen más de lo que son. Descartes desconfía de los sentidos —lo primero que declara es que todo le vino de ellos y que le han mentido— y su salvación es un acto de razón: hay un pensamiento que no puede ser falso ni aunque un dios se lo proponga. Bacon desconfía justo de lo otro. Los ídolos no son errores de los sentidos: son deformaciones del entendimiento, del espejo desigual, y quien los tiene los tiene precisamente al razonar. Si Descartes tuviera razón, la solución sería pensar más y mejor; y pensar más y mejor es exactamente lo que Bacon tiene por enfermedad. Antes de comparar nada, decide cuál de los dos diagnósticos crees tú.
La duda de Descartes no es escepticismo. El escéptico duda para quedarse dudando: la suspensión del juicio es su conclusión, no su herramienta (§56). Descartes duda para dejar de dudar, y lo dice: no está buscando qué es falso, sino un punto firme, uno solo, sobre el que reconstruir. Por eso exagera a propósito —los locos, el sueño, el genio maligno— y por eso levanta la duda en cuanto encuentra lo que buscaba. Es una duda con fecha de caducidad, y todo su valor depende de que la caducidad llegue. Los ídolos de Bacon, en cambio, no caducan nunca: no se curan, se contrapesan.
Bacon y las tablas del templo. El aforismo 46 describe con tres siglos de adelanto algo que ya sabes con otro nombre (§59): que buscamos lo que nos da la razón y no vemos lo que nos la quita. Pero fíjate en cómo lo prueba, porque ahí está lo bueno: el que preguntó por los náufragos que sí se ahogaron no discute la creencia, discute la muestra. Las tablas del templo son los supervivientes; los que se hundieron con su promesa hecha no pintaron ninguna. Y de ahí sale la frase que hace de puente con lo que estudiaste sobre el método: que al establecer un axioma verdadero pesa más el caso negativo que el positivo (§62). Ese es Bacon fundando la ciencia moderna en una sola línea, y también Bacon dejándose en el aire el problema entero.
El trabajo. Las dos lecturas comparten un solo bloque, porque aquí el ejercicio es la comparación. Las dos primeras preguntas son de comprensión; las dos siguientes te piden analizar cómo está construido cada argumento; las dos últimas, llevarlo a otro sitio y mojarte.
- La duda de Descartes avanza en tres empujones: los sentidos, el sueño y el genio maligno. Di qué derriba cada uno y qué sigue en pie después de cada uno, y señala cuál de los tres hace falta para tumbar la aritmética.
- Los cuatro ídolos no vienen del mismo sitio. Explica de dónde sale cada uno y con quién lo compartes: cuál tienes por ser humano, cuál por hablar una lengua, cuál por haber leído lo que has leído y cuál no lo tiene nadie más que tú.
- Los dos textos declaran de qué no hay que fiarse. Localiza en cada uno la frase donde lo dicen y explica con qué se queda cada autor para trabajar después de esa desconfianza. Uno de los dos se queda con lo que el otro acaba de tirar.
- Descartes se encierra una noche a solas; los ídolos del foro, en cambio, nacen «como de un contrato y de la vida en común», y la abeja del último aforismo no saca la materia de sí misma. Pregúntate si uno solo puede librarse de los ídolos de Bacon, y si un equipo podría hacer la meditación de Descartes. Contesta a las dos y di qué te enseña la diferencia sobre cómo se corrige cada uno de los dos males.
- Ya sabes que los sentidos se pueden estudiar, y que se equivocan de maneras que se pueden medir (§49). ¿Le sirve eso de algo a Descartes, o su argumento aguanta igual? Ten cuidado al contestar: fíjate en qué haría falta para saber que los sentidos fallan.
- Bacon sostiene que el entendimiento se emociona más con lo que le da la razón que con lo que se la quita, y por eso no se fía de él; Descartes se salva porque hay una idea que resiste a todo, y para verlo no usa más que el entendimiento. ¿Se pueden tener las dos cosas a la vez: sospechar de la propia cabeza y fiarse de que algo es evidente? Toma partido y defiéndelo con un caso que hayas visto tú. Dedica al menos una frase a la mejor objeción contra tu propia postura, y no la despaches: contéstala o reconoce que no puedes.
El latín de Descartes se cita por la paginación de Adam, C. y Tannery, P. (eds.). (1904). Œuvres de Descartes, vol. VII. Cerf, que es la de uso universal. El de Bacon, por el número de aforismo del libro I; la edición de referencia es Spedding, J., Ellis, R. L. y Heath, D. D. (eds.). (1857). The Works of Francis Bacon, vol. I. Longman.↩︎
La versión francesa de 1647 dice aquí «el pensamiento es un atributo que me pertenece», que es más manso que el latín: cogitatio est solo afirma que hay pensar, sin decir todavía de quién es. Unas páginas antes convierte además las calabazas de los locos en cántaros y suprime la cabeza de barro. Descartes revisó esa versión, de modo que las dos son suyas; la que se traduce aquí es la primera.↩︎