Tema 21 · El tiempo, el cambio y la libertad

Nuestra vida es una línea que la naturaleza nos ordena describir sobre la superficie de la tierra, sin que podamos apartarnos de ella ni un instante. Nacemos sin nuestro consentimiento, nuestra organización no depende de nosotros, nuestras ideas nos vienen involuntariamente.

—Barón d’Holbach, Sistema de la naturaleza, I, 11 · traducción de Claude, del francés

De dos futuros alternativos que concebimos, los dos pueden ser ahora realmente posibles; y uno se vuelve imposible solo en el instante mismo en que el otro lo excluye al hacerse él real. El indeterminismo niega así que el mundo sea un bloque de hechos inflexible.

—William James, El dilema del determinismo · traducción de Claude, del inglés

§78 · El tiempo y el cambio

La Filosofía se preocupó desde su mismo nacimiento por la naturaleza de la realidad. Aunque surgieron muchas y muy variadas propuestas para explicarla, nos hemos centrado en la dimensión material y/o espiritual de la realidad de estas propuestas, sin embargo existe otra dimensión fundamental: el tiempo. Aquellos primeros filósofos detectaron ya el problema básico: por nuestros sentidos percibimos que la realidad cambia constantemente, pero nuestra razón nos revela la existencia de entidades inmutables. Como hemos visto, Platón propuso que había dos dimensiones distintas de la realidad, una inmutable —compuesta por las Formas— y otra continuamente cambiante —compuesta por la realidad material—.

En todo caso, el cambio solo es posible gracias al tiempo. O, quizás, solo percibimos los cambios en las cosas a la vez que percibimos el flujo del tiempo. Si estoy en mi casa y quiero ir al instituto —un cambio de lugar—, no podré moverme si no transcurre tiempo. O quizás solo percibo el paso del tiempo porque me muevo. De la misma manera, si nos sentáramos perfectamente inmóviles ante una pared blanca o nos encerraran en una habitación completamente oscura y aislada acústicamente, no percibiríamos ningún cambio, así que, transcurrido suficiente tiempo en esas condiciones, perderíamos la noción del tiempo.

Definir el tiempo. Es particularmente difícil. En lo que respecta a los objetos físicos nos queda, al menos, la posibilidad de señalarlos con el dedo. ¿Pero cómo señalar el tiempo1? ¿Cómo percibirlo de forma distinta de otras percepciones como las formas o los colores de los objetos?

Agustín de Hipona (354-430 e. c.) dejó la mejor formulación de esta dificultad, y sigue siendo la nuestra:

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé.

—Agustín de Hipona, Confesiones XI, 14

El tiempo guarda algunas peculiaridades sobre las que merece la pena pararse a pensar un poco.

§79 · Las series A y B de McTaggart

John McTaggart (1866-1925). Fue un metafísico idealista inglés. En su obra de 1908 La irrealidad del tiempo (The Unreality of Time) distinguió dos formas de ordenar temporalmente los eventos —la serie A y la serie B—, y lo hizo para sostener la tesis que el título ya anuncia: que el tiempo no es real.

  • La serie A ordena los eventos como futuro, presente o pasado. Dentro de ella los eventos están en continua transformación: antes de suceder eran futuro, al acontecer son presente y después serán pasado. La describimos desde el presente, que es donde estamos.
  • La serie B, sin embargo, ordena los eventos como «anteriores a» o «posteriores a», es decir, como precedente o como siguiente respecto a otro evento. En la serie A los eventos cambian constantemente de posición; en la B no lo hacen.

Hablamos y pensamos de forma distinta sobre cada serie. Asigna estas dos afirmaciones a la serie A o a la serie B:

  1. «Llueve»
  2. «Llovió el 23 de diciembre de 2021»

¿De qué depende que la primera afirmación sea verdadera? ¿Y la segunda?

El argumento de la irrealidad del tiempo

Son tres pasos.

Uno: sin cambio no hay tiempo. Si nada cambiara jamás, nada distinguiría un instante del siguiente.

Dos: el cambio solo puede venir de la serie A. En la serie B no ocurre nunca nada: si X es anterior a Z, siempre lo fue y siempre lo será. Un suceso solo cambia de una manera: siendo primero futuro, después presente y por último pasado.

Tres: la serie A se contradice. Ser pasado, ser presente y ser futuro son propiedades incompatibles —nada puede tener las tres a la vez— y, sin embargo, todo suceso tiene las tres. Luego la serie A no es real; y sin serie A no hay cambio, y sin cambio no hay tiempo.

Quizás se te haya ocurrido la objeción evidente: no las tiene a la vez, sino una después de otra. McTaggart la había previsto, y responde que ese «después» es lo que había que explicar: para justificar un tiempo nos apoyamos en otro, que tendrá el mismo problema, y así sin final.

Presentismo y eternalismo

Casi ningún filósofo acepta hoy esa conclusión, pero la pregunta que dejó abierta sigue viva: ¿existen el pasado y el futuro, o solo existe el presente?

El presentismo. Establece que solo existen los eventos presentes: el pasado y el futuro son irreales. Sócrates no existe; existió. Es la posición que necesita la serie A, porque exige que la diferencia entre pasado, presente y futuro sea real.

El eternalismo. Sostiene lo contrario: pasado, presente y futuro son igualmente reales. Que un suceso sea pasado no lo hace menos existente, igual que una ciudad lejana no es menos real por estar lejos: «ahora» señala un lugar del tiempo como «aquí» señala uno del espacio, y no hay flujo objetivo del tiempo. Encaja con la serie B, en la que nada cambia.

El universo de bloque creciente queda entre las dos: existen el pasado y el presente, pero no el futuro, y la realidad crece según las cosas suceden. Y el cuatridimensionalismo, que suele citarse aquí, no responde a si el tiempo es real, sino a cómo duran los objetos: un objeto se extiende en el tiempo por partes, como una película en fotogramas. Acompaña de ordinario al eternalismo, pero es otra tesis y no se sigue de él.

§80 · Determinismo e indeterminismo

¿Está escrito todo lo que sucede? ¿Es inevitable que los acontecimientos sucedan como finalmente acontecen? ¿Podemos actuar con libertad en un universo con estrictas leyes físicas? ¿En qué medida pueden atribuírseme la autoría de mis actos?

Estas preguntas metafísicas son fundamentales en nuestra concepción del mundo y de su respuesta depende la ética, en gran medida. A fin de cuentas, si nuestros actos son involuntarios e inevitables, ¿qué responsabilidad tendré sobre ellos? ¿Cómo será mi culpa un acto malvado o mi mérito uno bondadoso?

En todo caso, si pretendemos razonar sobre esta cuestión, deberemos operar desde la realidad y nuestra comprensión de la misma hasta la ética y no al revés. Es decir, que para preservar la responsabilidad moral no partamos de la existencia de la libertad y racionalicemos hacia atrás retorciendo nuestras observaciones y los hechos. Así que, de momento, nos mantendremos en el ámbito de la metafísica y de la cosmovisión para tratar de averiguar cómo funciona la realidad. Al entrar en la ética extraeremos las consecuencias de nuestros descubrimientos (§89).

Durante nuestro análisis nos convendrá tener siempre presente que es habitual distinguir entre la necesidad o contingencia de los acontecimientos naturales y las acciones humanas. Quizás sea que la Historia de la Filosofía peque de antropocéntrica, pero nuestro encéfalo y nuestra consciencia son, realmente, un objeto muy peculiar entre todos los que existen y que quizás funcione con reglas propias2. Pero, hasta donde sabemos, somos un objeto más del mundo, por complejo y fascinante que sea.

Existen dos posiciones básicas sobre si los eventos y el presente y el futuro están predeterminados: el determinismo y el indeterminismo.

El determinismo. Plantea que todo acontecimiento es el resultado necesario e inevitable de los eventos precedentes y de las leyes de la naturaleza. Dadas unas condiciones iniciales en el universo, incluidas las leyes que regulan cómo los efectos se siguen de las causas, solo hay un posible desarrollo de los acontecimientos. Así, no hay espacio para el azar, tan solo para una única posible cadena de causas y efectos. Sus mayores exponentes fueron Pierre-Simon Laplace (1749-1827) y Baruch Spinoza (1632-1677).

A su vez, podemos encontrar distintos tipos de determinismo según el criterio por el cual establecen la relación entre las causas y los efectos.

  • El determinismo causal es el que hemos utilizado como explicación genérica de determinismo y podríamos denominarlo también físico.
  • El determinismo teológico cree que es la voluntad de Dios la que ha predeterminado el desarrollo de los acontecimientos de la historia3.
  • El determinismo biológico señala que la genética y nuestra configuración genética determinan nuestro comportamiento. El determinismo psicológico sería una variante que centra en nuestra mente el origen de las causas de las que no podemos escapar, eliminando, así, nuestra libertad de acción.
  • El determinismo económico de Karl Marx (1818-1883) defiende que las condiciones materiales de nuestra vida determinan las expresiones de nuestra consciencia, de forma que la historia sigue un derrotero determinado.
  • El determinismo cultural, lingüístico o social son variaciones del psicológico o del económico que destacan la enorme influencia que la cultura, el idioma o la sociedad tienen en la acción humana, hasta el punto en el que esta no es libre.

El indeterminismo. Por el contrario, plantea que los acontecimientos no siguen todos necesariamente unos de otros en una única cadena causal, sino que hay eventos no predeterminados, impredecibles o aleatorios.

No se trata de negar que existan causas en los eventos o de afirmar que los eventos son aleatorios. Para ser indeterminista es necesario defender que al menos cierto tipo de acciones no tienen una causa que los explique suficientemente. Es decir, que algunos tipos de eventos tienen causas necesarias pero no suficientes4.

Y ahora la otra pregunta, que no es la misma. Hasta aquí hemos preguntado cómo es el mundo: si está determinado o no. Queda una segunda pregunta, y conviene no confundirla con la primera, porque son independientes: si el mundo estuviera determinado, ¿se acabaría con eso la libertad? Quien contesta que sí —que libertad y determinismo no caben juntos— es incompatibilista, y entonces tiene que elegir cuál de los dos suelta. Quien contesta que no es compatibilista, y su jugada consiste en cambiar la pregunta: lo que hace libre a un acto no es que no tenga causas —eso no lo cumple nada—, sino que las causas sean las tuyas, es decir, que hagas lo que quieres hacer sin que nadie te obligue. Un preso no es libre porque los barrotes se lo impiden; tú, eligiendo qué estudiar, sí lo eres, y lo eres aunque tu elección tenga mil causas detrás. De ahí el nombre: el libre albedrío así entendido es compatible con el determinismo, y por eso el compatibilismo no es una posición intermedia ni tibia, sino una manera distinta de definir la libertad.

Fíjate en que un compatibilista no está obligado a creer que el determinismo sea verdadero: sostiene que, lo fuera o no, seguiríamos siendo libres. A quien además afirma que sí lo es se le llama determinista blando, y ahí es donde están los compatibilistas notables de la historia: los estoicos, Tomás de Aquino (h. 1225-1274), David Hume (1711-1776) y Thomas Hobbes (1588-1679). Las tres posiciones que salen de cruzar las dos preguntas —determinismo duro, libertarismo y compatibilismo— y lo que cada una hace con la responsabilidad las verás al entrar en la ética (§89).

§81 · Predictibilidad y libertad condicionada

(In)determinismo y predictibilidad. La física actual está dividida sobre la cuestión de la determinación de los acontecimientos. Por un lado tenemos la teoría de la relatividad de Albert Einstein (1879-1955), que describe un universo determinista5, y por otro la mecánica cuántica de Max Planck (1858-1947) y Erwin Schrödinger (1887-1961), que describen un universo probabilístico en el que no es posible predecir con seguridad los eventos futuros.

La cuestión de la predictibilidad es muy interesante y distinta de la determinación. Según Einstein, los acontecimientos siguen una cadena causal determinista. Entonces, podemos predecirlos, ¿verdad? Sí, si fuéramos capaces de conocer el estado completo de las cosas. Si conociéramos la velocidad y dirección de toda partícula física en un momento dado, podríamos predecir cualquier estado futuro o incluso pasado de las cosas, porque conocemos las leyes que gobiernan el cambio. El problema reside en que nadie tiene la capacidad de conocer el estado completo de las cosas ni tiene la capacidad de calcular cualquier estado de cosas futuro.

Que no seamos capaces de predecir el futuro no quiere decir que el futuro no sea predecible, en principio. Quiere decir que para nosotros, desde nuestra humilde perspectiva humana individual, resulta imposible, por lo que muchos acontecimientos pueden parecer incausados o azarosos. Dicho de otra manera: no conocemos las causas no porque no existan, sino porque están fuera de nuestras capacidades.

Einstein mismo preveía que existan aún más leyes de la naturaleza que desconozcamos y nos compliquen aún más la predicción de eventos futuros.

Por otro lado tenemos la mecánica cuántica, que rompe con la causalidad tradicional y dice que los eventos no son completamente predecibles aunque conociéramos el estado inicial de todas las cosas, porque cada causa no es automática, sino que tiene una cierta probabilidad de producirse (y de no producirse, claro).

Así, podemos decantarnos por pensar que todo lo que sucede está predeterminado por causas concretas que lo preceden y que no hay libre albedrío; que hay leyes no-deterministas y que, por lo tanto, no es posible predecir el futuro de forma certera, sino solo aproximarnos probabilísticamente a él; o podemos pensar que existe hueco para el libre albedrío humano, que nuestras acciones no dependen completamente de la mera física o química de nuestro sistema nervioso, de nuestra dotación genética o de nuestra educación.

Libertad condicionada. A muchos filósofos nos gusta decir que los seres humanos tenemos una libertad condicionada, quizás para tratar de nadar y guardar la ropa a la vez.

Así, tenemos libertad, al menos, para decidir qué queremos hacer, si no para hacerlo; aunque esta libertad no es absoluta, sino que se encuentra constreñida por condicionantes. A fin de cuentas, resulta difícil negar que nuestra herencia genética, nuestro sistema nervioso, nuestra mente, nuestra educación, nuestra clase social, las circunstancias y otros factores no influyan —mucho— en nuestras decisiones y nuestra libertad.

Pero claro, quizás esta posición no sea más que una racionalización… profundizaremos en la cuestión de la libertad cuando tratemos el tema de la ética (§89).


  1. No, señalar un reloj no sirve, ya que no es más que un objeto que cambia o se mueve, como cualquier otro.↩︎

  2. Recuerda el emergentismo que estudiamos al tratar la antropología. Allí vimos que la materia inerte ordenada de cierta forma generó un nuevo orden de realidad, la vida, y que esta, organizada de cierta manera, ha creado la consciencia. ¿Es todo comportamiento vital o consciente reductible a su componente meramente material o física?↩︎

  3. Agustín de Hipona, al que estudiarás el año que viene en la asignatura Historia de la Filosofía, comenzó siendo compatibilista para terminar siendo determinista teológico, ya que consideraba que no podíamos escapar con nuestras fuerzas al futuro predeterminado por Dios.↩︎

  4. Es decir, si E es el efecto de la causa C, siempre que suceda E estaremos seguros de que se ha producido C anteriormente. Pero el mero hecho de que suceda C no es suficiente para que automática e inevitablemente suceda E, por lo que el futuro está abierto.↩︎

  5. Aunque en situaciones extremas como cerca de los agujeros negros, esta pueda resquebrajarse.↩︎