Tema 22 · La existencia de Dios

Creo en un solo Dios, y en nada más; y espero la felicidad más allá de esta vida. […] No creo en el credo que profesan la iglesia judía, la romana, la griega, la turca ni la protestante, ni ninguna otra iglesia que yo conozca. Mi propia mente es mi propia iglesia.

—Thomas Paine, La edad de la razón, I · traducción de Claude, del inglés

Como el hombre piensa y como siente, así es su Dios: cuanto vale el hombre, tanto vale su Dios, y no más. La conciencia de Dios es la autoconciencia del hombre; el conocimiento de Dios, el conocimiento que el hombre tiene de sí mismo.

—Ludwig Feuerbach, La esencia del cristianismo, introducción, 2 · traducción de Claude, del alemán

§82 · Dios, un problema filosófico

Dios es uno de los grandes objetos de estudio, de los grandes temas de la metafísica. Es fácil entender la magnitud de esta importancia durante la Edad Media europea, tan cristiana. Pero el concepto de dios excede al cristianismo e, incluso, a la religión. Los filósofos han tratado de argumentar la existencia de dios en el sentido de que han considerado que existe un absoluto o una totalidad en la realidad, cosa completamente independiente del dios cristiano. El dios cristiano es personal: tiene un nombre y realiza acciones, tanto durante la Creación como durante la historia. Los dioses de Aristóteles (384-322 a. e. c.) o de Descartes (1596-1650) no son entidades personales, no tienen ni nombre ni características individuales, como preferencias o estados de ánimo. Aun así, ambos tipos de dioses se mezclan tanto en el lenguaje popular como en los textos filosóficos, aunque solo sea por la enorme importancia del cristianismo en el pensamiento occidental.

Teísmo, ateísmo y agnosticismo. En su concepción más simple, el teísmo consiste en la creencia en uno o varios dioses; el ateísmo en la carencia de la creencia en dios(es); y el agnosticismo en la imposibilidad de afirmar o negar la existencia de dios(es).

Comparación entre teísmo, deísmo, agnosticismo y ateísmo.
Término Definición Creencias clave Ejemplos notables
Teísmo Creencia en la existencia de al menos un dios personal que está activamente involucrado en el mundo. Existencia de un dios o dioses. Relación personal con los creyentes. Cristianismo, islam, hinduismo.
Deísmo Creencia en un dios que creó el universo pero no interviene en los asuntos humanos. Dios como creador, no como ser personal. No hay revelación divina continua. Deístas del Siglo de las Luces, algunos filósofos ilustrados.
Agnosticismo Posición epistemológica que sostiene que la existencia de dioses o lo trascendental es desconocida o incognoscible. Incertidumbre sobre la existencia de lo trascendental. Reconocimiento de limitaciones humanas en conocer lo divino. Thomas Huxley, Bertrand Russell.
Ateísmo Falta de creencia en dioses o deidades. Puede variar desde la ausencia de creencia hasta la afirmación activa de la inexistencia de dioses. Rechazo de la creencia en dioses. Enfoque en explicaciones naturalistas y científicas. Richard Dawkins, Sam Harris, Christopher Hitchens, Daniel Dennett.

Claro, que ¡no vamos a quedarnos con la concepción más simple! Profundicemos en estas posturas filosóficas ante la existencia o inexistencia de dios o de dioses1.

§83 · Las muchas maneras de creer

Maneras de creer en dios. Lo que comúnmente consideramos creyente de una religión es un teísta. Hay una enorme diversidad de creencias religiosas, por lo que creer en dios puede suponer concepciones teológicas muy distintas:

Los deístas. Creen que hay un dios que creó el universo y lo dejó funcionando por su cuenta, sin intervenir después. Nada de milagros, nada de revelación, nada de plegarias atendidas: un dios que pone el mundo en marcha y se retira. La imagen clásica es la del relojero que fabrica el reloj, le da cuerda y lo deja andar solo. Puede parecerte una creencia rara y menor, pero fue la de buena parte de la Ilustración —Voltaire lo era, y también varios de los fundadores de los Estados Unidos, Jefferson entre ellos— y por una razón que se entiende bien: permitía seguir creyendo en un creador sin tener que discutir con la ciencia nueva sobre cómo funciona lo creado. El deísta no reza. A cambio, tampoco tiene que explicar por qué unas plegarias se atienden y otras no.

Los animistas. Probablemente la forma de espiritualidad más antigua de nuestra especie— consideran que los objetos, lugares y criaturas del mundo están dotados de anima o alma o pueden tener vida o consciencia. No es técnicamente un teísmo, ya que no tiene por qué creer en dioses concretos, sino, quizás, en un reino de los muertos o en ciertos espíritus. Piensa en la espiritualidad paleolítica, por ejemplo.

Los panteístas. Creen que todo está imbuido de un espíritu divino —todo es dios—, de forma que el Universo y dios son una y la misma cosa. Entre los filósofos, Heráclito, Giordano Bruno y Baruch Spinoza son buenos ejemplos. En la ficción, los na’vi de la película Avatar son panteístas2 y La Fuerza en el universo de Star Wars también es un elemento panteísta. Los panenteístas, por su parte, creen que dios y el universo no son una y la misma cosa, pero que el espíritu universal está presente en todas partes. Dios es más grande que el Universo. Es la posición del filósofo Hegel.

Los politeístas. Creen en la existencia de diversos dioses, normalmente organizados en un panteón que supone una jerarquía. Te sonarán los dioses de la Antigüedad egipcia, griega y romana. Actualmente, la religión politeísta más practicada es el hinduismo.

Los monoteístas. Creen en la existencia de un solo dios, normalmente creador del Universo. Las religiones monoteístas más representativas son las del libro —judaísmo, cristianismo e islam—, el sijismo, el bahaísmo y el zoroastrismo.

Los dualistas. Creen en la existencia de dos divinidades de igual poder pero de signo opuesto, una buena y otra malvada. El ejemplo más claro es el maniqueísmo.

Los no-teístas. No creen en la existencia de dioses absolutos, como sucede con algunas ramas del budismo y con el taoísmo.

§84 · Las muchas maneras de no creer

El ateo no es solo aquel que niega la existencia de dios. Existen al menos dos posiciones netamente ateas que se distinguen por la ausencia de la creencia en la existencia de dios, una, y la afirmación explícita de su inexistencia, la otra.

Ateo negativo, débil o blando. Es aquel que carece de la creencia en la existencia de dios o de dioses. Fíjate en que ni siquiera tiene que ser el resultado de una consideración filosófica o religiosa, ya que son ateos negativos:

  • Los recién nacidos y los niños pequeños, que aún no tienen una idea o concepto de dios.
  • Aquellos que nunca han oído el concepto de dios. Este, aunque ubicuo en nuestra cultura, no existe en todas las culturas, ya que hay formas de explicarse el mundo que no incluyen dioses.
  • Aquellos que no se han planteado la cuestión, o no lo bastante como para tomar partido. Ojo con confundirlos con los agnósticos: el agnóstico sí se ha planteado el problema y ha llegado a una conclusión sobre él —que no se puede saber—, mientras que estos simplemente no tienen la creencia, hayan pensado en ello o no.
  • Aquellos a quienes no les importa realmente la cuestión de dios, o que no le han dedicado atención, esfuerzo o tiempo suficiente a su consideración.

Ateo positivo, fuerte o duro. Es aquel que cree firmemente que dios no existe.

Ateísmo implícito y explícito. Entre los ateos negativos se encuentran también aquellas personas que sí que han oído hablar del concepto de dios, lo han considerado seriamente y concluyen que no creen. Estos son los ateos negativos explícitos.

Los ateos positivos son todos explícitos, ya que afirman positivamente que creen que dios no existe.

Otros términos para los ateos. Como todo término, y más uno relacionado con tan importantes asuntos como la existencia de dios, ateo tiene una connotación con la que no se identifican. A-teo significa no-dios, como si la posición por defecto fuera el teísmo y ellos lo negaran, en lugar de ser el teísmo el que tuviera que demostrar la existencia de dios en primera instancia.

De ahí que muchos ateos prefieran llamarse a sí mismos escépticos, humanistas, librepensadores, no-religiosos o incluso anti-teístas3.

Ser ateo no implica nada más que la ausencia de creencia en la existencia de dioses; no indica nada sobre la posición política, sobre ética o sobre cualquier otro ámbito más allá de las consecuencias lógicas de no creer en dioses.

§85 · Ni lo uno ni lo otro: el agnosticismo

El agnóstico no cree en dios y tampoco cree que dios no exista. Pero, como acabamos de ver, eso no lo convierte en un ateo negativo: su postura no es una ausencia de creencia, sino una afirmación sobre lo que podemos y no podemos saber. El agnóstico sostiene que la existencia de dios es una cuestión que la razón humana no está en condiciones de resolver, ni a favor ni en contra.

Fíjate en que eso lo coloca en otro terreno. El teísta y el ateo discuten sobre qué hay; el agnóstico discute sobre qué podemos averiguar. Por eso su respuesta no es un punto intermedio entre las otras dos, como si fuera un creyente tibio o un ateo indeciso: es una respuesta distinta a una pregunta distinta4.

El término lo acuñó el biólogo Thomas Henry Huxley (1825-1895) en 1869, y lo hizo precisamente para no tener que elegir entre las etiquetas disponibles: decía que los demás afirmaban saber cosas que él no veía cómo podían saberse. A-gnosis significa sin conocimiento, igual que a-teísmo significa sin dios.

Agnosticismo fuerte y débil. Suele distinguirse entre un agnosticismo fuerte —la existencia de dios es incognoscible por principio, y no lo sabrá nunca nadie— y uno débil —yo no lo sé, y de momento no veo cómo saberlo, lo que deja la puerta abierta a que alguien lo averigüe algún día—. La diferencia no es menor: el primero es una tesis sobre los límites de la razón humana, el segundo una declaración sobre el estado actual de la cuestión.

§86 · Los argumentos sobre la existencia de Dios

Hasta aquí hemos ordenado creencias: quién cree qué y con qué nombre se le llama. Pero clasificar no es argumentar, y la Filosofía no se dedica a hacer censos. La pregunta que faltaba es la otra: ¿hay razones para sostener que existe un ser absoluto? Durante más de setecientos años se dieron tres grandes, y conviene que las conozcas con sus réplicas, porque el examen de los argumentos vale más que la lista de las posturas.

El argumento ontológico. Lo formuló Anselmo de Canterbury (1033-1109) en el Proslogion (1077-1078), y es el más raro de los tres porque no mira al mundo ni una sola vez: le basta con el concepto. Dios, dice, es «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse». Imagina ahora que ese ser existiera solo en tu cabeza. Entonces podrías pensar otro igual pero que además existiera de verdad, y ese sería mayor; luego lo que habías pensado no era aquello mayor que lo cual nada puede pensarse. Contradicción. Un monje contemporáneo suyo, Gaunilón, le contestó en el acto con una parodia: por ese camino también tendría que existir «la isla perdida», la isla mayor que la cual ninguna puede pensarse, y no existe. Pero el golpe que le dejó marca lo dio Immanuel Kant (1724-1804) setecientos años después: la existencia no es un predicado real, es decir, no es una propiedad que se le añada a un concepto. Cien monedas reales y cien monedas imaginadas tienen exactamente el mismo concepto —cien, redondas, de plata—; lo que cambia no es lo que son, sino que las haya. Y si existir no añade nada al concepto, tampoco puede sacarse de él5.

El argumento cosmológico. Este sí parte del mundo. Su versión más famosa es la de las cinco vías de Tomás de Aquino (h. 1225-1274), en la Suma teológica (h. 1265-1273). Las tres primeras —el movimiento, la causalidad y la contingencia— tienen la misma forma: hay algo que no se explica por sí mismo, la explicación no puede remontarse hacia atrás sin fin, luego hay que parar en algo que se explique solo. Las otras dos van por caminos propios: la cuarta sube de los grados de perfección a un máximo del que todo lo demás participa, y la quinta parte del orden del mundo, de modo que la quinta vía es, en realidad, el argumento del diseño que verás enseguida. Las cinco terminan igual: «y a esto todos lo llaman Dios». La objeción que le sale a todo el mundo es «¿y quién causó a Dios?», y conviene que sepas que, así dicha, no muerde: el argumento nunca dijo que todo tenga causa, dijo que la tiene lo que no se explica por sí mismo. Para que la objeción funcione hay que reformularla, y entonces es dura de verdad: ¿por qué conceder ese privilegio a Dios y no al universo mismo? Y una precisión que casi todos los manuales se saltan: las vías no hablan del origen temporal del mundo, sino de qué lo sostiene ahora, y el propio Tomás admitía que un universo eterno sería compatible con ellas6.

El argumento teleológico o del diseño. Es el más intuitivo. William Paley (1743-1805) lo dejó en una imagen que no se olvida: si cruzando el campo tropiezas con una piedra, no te preguntas de dónde sale; si tropiezas con un reloj, sí, porque sus piezas están dispuestas para algo. Y un ojo, decía, tiene mejor mecánica que cualquier reloj. La réplica llegó por dos lados. David Hume (1711-1776) atacó la analogía: hemos visto fabricar muchos relojes y ningún mundo, el universo se parece tanto a un organismo como a una máquina, y de un efecto imperfecto no se sigue una causa infinita —¿por qué no varios dioses, o uno primerizo?—. Y Charles Darwin (1809-1882) le quitó el suelo empírico, porque la selección natural produce esa apariencia de diseño sin ningún diseñador (§25). Fíjate en las fechas, porque esto se cuenta casi siempre al revés: Hume se publica en 1779 y Paley escribe en 1802, así que Paley viene después de la crítica y en parte contra ella.

Y del otro lado, el problema del mal. El argumento más serio contra el dios de los teístas no discute si existe, sino si puede ser como dicen que es. Si es todopoderoso, lo sabe todo y es del todo bueno, ¿por qué hay mal? O quiere evitarlo y no puede, o puede y no quiere. La formulación nos llega a través de Lactancio, hacia el año 314, que se la atribuía a Epicuro; ojo con esa atribución, porque el pasaje no se conserva en ningún texto de Epicuro y hoy se discute que sea suyo7. Quien la puso a circular fue Hume, en 1779. Hoy se distinguen dos versiones que no valen lo mismo: la lógica, que sostiene que Dios y el mal son incompatibles sin más, y la evidencial, que concede que podrían convivir pero sostiene que tanto sufrimiento sin sentido hace improbable que haya alguien ahí. La primera se da por bastante desactivada; la segunda es donde se juega hoy la discusión8. Y a la respuesta del creyente —la explicación de por qué un dios bueno permite el mal— se la llama teodicea, palabra que acuñó Gottfried W. Leibniz (1646-1716) en 1710.

Un caso aparte: la apuesta de Pascal. Blaise Pascal (1623-1662) razonó de otra manera. Si la razón no puede decidir la cuestión, dijo, tienes que apostar igualmente, porque no jugar ya es una jugada; y como lo que se gana creyendo, si aciertas, es infinito, y lo que se pierde es finito, apostar por Dios sale a cuenta. Guárdate dos cosas. La primera, que esto no es un argumento sobre si Dios existe, sino sobre si conviene creer: ponerlo junto a los otros tres es un error de categoría. La segunda, la objeción que lo hunde: si la razón no decide nada, cualquier otro dios ofrece un premio igual de infinito, y la cuenta deja de salir.

Ninguno de estos argumentos se considera hoy concluyente, y ninguna de las réplicas cierra la puerta del todo. Eso no es un fracaso de la Filosofía: es exactamente la diferencia entre creer y saber, que es de lo que va este tema.

§87 · Las etiquetas y la vida

Todas estas son clasificaciones académicas. La realidad de la práctica y de la fe es muchísimo más compleja y no hay siempre una clara delimitación entre una y otra teología y no es tan fácil clasificar algunas religiones por su concepción teológica. Muy posiblemente, ni siquiera los practicantes de cierta religión se pondrían de acuerdo en su propia definición.

A este respecto podemos destacar que el cristianismo es doctrinalmente claramente monoteísta y que decir lo contrario constituye herejía. Pero analizado desde fuera, tanto teológica como sociológicamente, podemos argumentar que la Trinidad —la doctrina de que Dios es uno y tres a la vez— convierte al cristianismo en politeísta. Y si no la Trinidad, la devoción a innumerables santos que, para muchos practicantes, cumplen la función que los múltiples dioses tienen en otras religiones claramente politeístas.

Por su parte, el budismo es a menudo referido como una religión sin dios, pero la práctica social e individual sugiere que muchos de sus seguidores creen, si no en dioses, en algo muy parecido.

El hinduismo es tan vasto, complejo y variado que contiene concepciones que van desde el ateísmo y el panteísmo hasta el politeísmo y el monoteísmo.

Es importante distinguir, por lo tanto, lo que las iglesias dicen sobre lo que creen, lo que creen sus distintos tipos de practicantes y lo que los estudiosos —teólogos, antropólogos y sociólogos— afirman sobre las dos anteriores.

Ser o no ser. En todo caso, más allá de los detalles y de las disputas de la infinita variedad de concepciones teológicas, la existencia o la inexistencia de un ser absoluto tiene una gran importancia no solo para los teístas y para los practicantes de las religiones, sino para los filósofos y para cualquier ser humano.


Llevas una unidad entera discutiendo en serio sobre cosas que nadie puede comprobar: el tiempo, la libertad, la mente, un ser necesario. Si dabas por hecho que donde no hay medida solo cabe la opinión, acabas de ver argumentar sobre ellas con más precisión que en ninguna discusión que hayas tenido. Y queda lo peor: ¿qué haces con una conclusión bien probada que no vas a poder verificar nunca? No la sueltes, porque esa misma incomodidad reaparece cuando la pregunta es cómo debemos actuar.

Vuelve ahora a la aldea de Uganda y a Spiderman, con que se abrió la unidad. ¿Contestarías lo mismo? Y si la respuesta te sigue pareciendo obvia, comprueba si eres capaz de decir en qué sentido de «real» lo es.

Como con tantas otras cuestiones, podremos o no haber reflexionado sobre ellas, pero es más que probable que funcionemos con alguna idea implícita sobre el absoluto, sobre qué cosas existen y qué implica el ser. Una vez tratadas múltiples perspectivas metafísicas tienes las herramientas para poder guiar tu propio pensamiento y llegar a tus propias conclusiones. Empieza por usarlas en la lectura que cierra la unidad: Epicuro sostiene ahí que los dioses existen y que no se ocupan de ti, y que por eso puedes dejar de tenerles miedo.


  1. Aquí sigo a Baker, M. J. (UsefulCharts). (2022). Types of Atheists: Psychology of Atheism Part 1 [vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=UWhz3SXPWkg↩︎

  2. El panteísmo puede confundirse con el animismo, pero difiere de aquel en que hay una única naturaleza divina en todo. Los animistas consideran que cada cosa tiene su propio espíritu distinto. Dicho esto, la variedad en la realidad hace que las cosas sean mucho más difíciles de distinguir y hay incluso religiones que son a la vez panteístas y animistas.↩︎

  3. No los llames no-teístas: ese término lo reservamos aquí para algunas ramas del budismo y el taoísmo, que no niegan lo divino pero tampoco lo conciben como un dios absoluto (§83).↩︎

  4. Algunos autores cruzan los dos ejes y hablan de ateos agnósticos —no creen, y además sostienen que no se puede saber— o de teístas agnósticos —creen, pero por fe y no porque crean que pueda demostrarse—. Es una distinción fina y útil, aunque aquí mantendremos las cuatro posturas como respuestas paralelas.↩︎

  5. Oppy, G., Rasmussen, J. y Schmid, J. (2025). Ontological Arguments. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Fall 2025). https://plato.stanford.edu/archives/fall2025/entries/ontological-arguments/↩︎

  6. Reichenbach, B. (2026). Cosmological Argument. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Fall 2026). https://plato.stanford.edu/archives/fall2026/entries/cosmological-argument/. Por lo mismo, el Big Bang no es «la primera vía confirmada»: el argumento que sí habla de un comienzo en el tiempo es otro, el kalam, de tradición islámica.↩︎

  7. Lactancio, De ira Dei 13, 20-22. La atribución a Epicuro la hace el propio Lactancio y viene repitiéndose desde entonces; la primera objeción seria a que el fragmento sea epicúreo es de R. Glei (1988), y la discusión sigue abierta. Por eso aquí se dice «transmitida por Lactancio» y no «como decía Epicuro».↩︎

  8. Tooley, M. (2025). The Problem of Evil. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Fall 2025). https://plato.stanford.edu/archives/fall2025/entries/evil/↩︎