Tema 34 · Democracia y Estado
Los marineros disputan entre sí por el gobierno de la nave, y cada uno cree que debe pilotarla él, sin haber aprendido nunca el arte, sin poder señalar quién se lo enseñó ni cuándo lo aprendió, y sosteniendo además que ni siquiera se puede enseñar.
—Platón, República VI, 488b · traducción de Claude, del griego
Los muchos, cada uno de los cuales no es un hombre virtuoso, reunidos pueden ser mejores que aquellos, no individualmente, sino en conjunto, igual que las comidas costeadas entre muchos son mejores que las que paga uno solo.
—Aristóteles, Política III, 1281b · traducción de Claude, del griego
§136 · La democracia
Se han probado muchas formas de gobierno, y se probarán muchas más en este mundo de pecado y sufrimiento. Nadie pretende que la democracia sea perfecta ni omnisciente. De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando todas las otras formas que se han probado de vez en cuando.
—Winston Churchill ante la Cámara de los Comunes el 11 de noviembre de 1947
En nuestra sociedad, el término democracia es sinónimo de justicia, legitimidad y libertad; consideramos la democracia la forma ideal de gobierno, la que mejor representa los deseos de los ciudadanos y mejor puede proveer nuestras necesidades. Ese prestigio hace que todos queramos ser considerados demócratas y evitar la sospecha de no serlo.
A pesar de que vivimos bajo un régimen que consideramos democrático, vemos a nuestro alrededor injusticia, falta de representatividad y falta de libertad. ¿Cómo es posible?
La democracia es una idealización y la realidad es… nada ideal. La democracia es un ideal de ideales, un meta-ideal. En su forma básica, consiste en considerar que quien debe tomar las decisiones es todo aquel afectado por la decisión. ¿Tenemos que construir un puente en este pueblo? Tendrán que votar a favor o en contra aquellos que quieran o necesiten la carretera que va sobre el puente, desde luego, pero también aquellas personas que viven en el pueblo, se beneficien o no de la carretera, porque esta les afecta muy directamente. Ahora bien, ¿hay forma alguna de que la voluntad y los intereses de todos los implicados sea tenida en cuenta? ¿Puede un ciudadano anónimo influir tanto en si se realiza o no la obra del puente como una gran constructora?
Como hemos aprendido ya, las relaciones humanas están atravesadas por el poder y este es rara vez igualitario. Podemos intentar que las decisiones sociales sean lo más justas posibles, pero no podremos hacer más que acercarnos al ideal igualitario, con suerte.
Además, no sería operativo que todos tuviéramos igual voz a igual voto en todos y cada uno de los asuntos que nos afectan. No haríamos otra cosa durante el día que discutir1.
Podemos invertir malgastar todo el tiempo que queramos doliéndonos de lo egoístas, mezquinos, ignorantes, interesados y crueles que somos los seres humanos, o podemos utilizar el ideal humano como un aliciente y como criterio al que aspirar, pero siendo conscientes de que no lo podemos alcanzar.
La democracia vs. yo. La democracia no consiste solo en tener voz, sino influencia en las decisiones que afectan a la vida y a la situación de uno. ¿Y si la mayoría decide —accidental o intencionadamente— sistemáticamente en contra de mis intereses? ¿Y si mis necesidades fueran distintas a las de la mayoría y nunca se vieran satisfechas? En todos estos casos, ¿no me queda más remedio que fastidiarme y aguantarme?
Tiranía de las mayorías. Efectivamente, la democracia puede tratar no solo de dar voz y voto para que todos, minorías incluidas, estemos representados, pero tendrá que articular mecanismos para que la mayoría no pueda decidir cualquier cosa. Esta es una lección que la historia no cesa de darnos: los deseos de la mayoría no hacen que automáticamente estos sean buenos o convenientes; ¡ni siquiera para la mayoría misma!
Es fácil ver cómo la mayoría puede decidir en contra de la minoría simplemente porque aquella sale beneficiada y esta no tiene legitimidad democrática para evitarlo. Pero tantas veces la mayoría no sabe qué es lo que le conviene o, incluso, está dispuesta a sacrificar bienestar en aras de un futuro que nunca llegará, de una distorsión en su percepción de la realidad o porque se deje influir por individuos o clases sociales con otros intereses. Muchas personas votan como el rico que quisieran ser y no como el pobre que son.
Por eso los sistemas políticos democráticos actuales entienden que tienen que proveer límites a lo que la mayoría puede decidir, en particular sobre las minorías, proteger estas e incluso discriminarlas positivamente, mientras existen situaciones discriminatorias.
¿Un hombre, un voto? Si somos tan volubles, tan engañables y tan mezquinos, quizás sea un error que la opinión y las preferencias de todos y cada uno de nosotros tengan el mismo peso en las decisiones. Pero el titulado universitario puede tener la tentación de considerar que los titulados en ESO son más ignorantes que él, por lo que su opinión no debiera valer lo mismo. Si somos de los segundos, veremos rápidamente la injusticia, pero quizás aun así estemos dispuestos a decir que los analfabetos no debieran tener el mismo derecho al voto que nosotros.
La ignorancia es una pobre compañera de cualquier decisión, pero resulta que todos y cada uno de nosotros lo ignoramos casi todo. Tan solo tenemos algunos conocimientos sobre algunas cosas, pero hasta el más experto en una materia es ignorante en todo lo demás. Y aun así tenemos que decidir para poder vivir, tanto personalmente como en tanto que sociedad. No tenemos el lujo de poder tener todo el conocimiento necesario antes de decidir y de actuar: siempre nos movemos en sistemas de información incompleta y repletos de intereses incompatibles entre sí.
Aquí me remito a la cita de Winston Churchill al inicio de esta sección: es la peor forma de gobierno… salvo todas las demás.
¿Qué otro mejor sistema hay? La historia nos provee de infinidad de ejemplos de gobiernos injustos y pocos justos. Entre ellos habrá democracias mejores o peores, pero no hay autocracia buena. Pero es que aunque un tirano, un dictador o una oligarquía pretendan gobernar para el beneficio de todos, ¿qué los faculta a hacerlo? ¿qué los legitima? Y, por encima de todo, ¿cómo serán representativos de la ciudadanía en general y de sus intereses?
Directa o representativa. Falta una distinción que vas a necesitar y que hasta aquí hemos dado por supuesta, porque cuando decimos «democracia» podemos estar diciendo dos cosas muy distintas. En la democracia directa los ciudadanos deciden ellos mismos, asunto por asunto: se reúnen, debaten y votan la cosa, no a quien decidirá la cosa. En la democracia representativa eligen a quienes decidirán por ellos durante un tiempo determinado, de modo que lo que se vota no son las medidas, sino las personas y los programas.
Lo que cada una te pide. La diferencia no está solo en el mecanismo: está en lo que te exige. La directa te pide tiempo, información y presencia; te pide que sepas de urbanismo el martes y de sanidad el jueves. La representativa te pide mucho menos —un voto cada cuatro años— y a cambio te retira casi toda la decisión durante esos cuatro años, dejándote la de castigar al final. Una te pide que gobiernes; la otra, que elijas a quien gobierna y le pidas cuentas.
Rousseau no se fía. Ya has visto que para él la soberanía es del pueblo entero y se expresa en la voluntad general. De ahí saca una consecuencia que sigue incomodando: la voluntad general no se delega. Puedo encargarte que ejecutes lo que hemos decidido, pero no puedo encargarte que quieras por mí; si te entrego mi voluntad, dejo de ser libre en el momento mismo en que te la entrego. Por eso escribe que «el pueblo inglés cree ser libre y se engaña mucho: solo lo es durante la elección de los miembros del parlamento; en cuanto están elegidos, es esclavo, no es nada»2. De ahí sale la frase que ya has leído al estudiarlo, y que no es una boutade: que nuestro sistema parlamentario es una aristocracia elegida y no una democracia (§133). Ahora bien, ojo con el matiz, porque importa. Rousseau sí prefiere la aristocracia electiva, pero como forma de gobierno, es decir, de ejecutar: en su esquema el pueblo sigue haciendo las leyes reunido, y un parlamento que legisla es justamente lo que él declara nulo. Aplicarle la etiqueta a nuestros parlamentos es cosa nuestra, no suya, y quien lo ha hecho con todas las letras es la ciencia política contemporánea3.
Y sin embargo. El propio Rousseau reconoce el límite de su propuesta, y es más severo de lo que suena: la democracia directa exige un Estado muy pequeño, costumbres muy simples y mucha igualdad de rangos y de fortunas, y él mismo escribe que un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres (§133). Los Estados modernos no son eso, y ya lo hemos dicho más arriba: una asamblea que decidiera todo lo que hoy decide un parlamento no acabaría nunca. Pero cuidado con dar por hecho que la representación nació solo del tamaño. El sorteo, que en Atenas era el procedimiento democrático, sí se podía usar en poblaciones grandes —los jurados populares lo demuestran— y aun así se descartó en bloque; y quienes fundaron el gobierno representativo no lo presentaron como un sucedáneo de la democracia para países grandes, sino como algo distinto y mejor: un filtro que dejara las decisiones en manos de un cuerpo escogido de ciudadanos. Eso ya no es un problema de kilómetros.
Dónde queda la discusión hoy. Ninguno de los dos modelos existe puro. El nuestro es representativo y mete piezas de democracia directa cuando el asunto lo pide: referendos, consultas, iniciativas legislativas populares, presupuestos participativos. Suiza, que ya hemos mencionado, es el caso extremo del lado directo, y aun así tiene parlamento y gobierno. Fíjate en que el desacuerdo de fondo vuelve a ser el de las dos libertades (§126): a quien pone el acento en la negativa le basta con que nadie le impida vivir a su manera, y no echa de menos decidirlo todo; quien lo pone en la positiva quiere ser dueño de su vida en común, y eso no se delega sin perder algo.
Te dejo la pregunta y no te la contesto: ¿cuánta de la decisión que te afecta estás dispuesto a tomar tú, sabiendo lo que cuesta tomarla?
§137 · Las características de la democracia liberal
¿Qué es la democracia, realmente? Al margen de las definiciones más o menos estrictas, académicas o esencialistas de la democracia, esta es un conjunto de prácticas y de valores que se han ido desarrollando históricamente de ciertas maneras concretas. Lo que hoy conocemos como democracias liberales occidentales —entre las que se encuentra la española— no son solo una forma de gobierno, sino que se constituyen en un conjunto de ideales, valores, prácticas y costumbres. Por lo tanto, es más fácil caracterizarlas y describirlas que definirlas. Veamos algunas de estas características junto con algún ejemplo de regímenes políticos en los que no operan, para que puedas comprenderlas mejor por contraste:
Pluralismo político. Las distintas perspectivas, sensibilidades y posiciones de la ciudadanía se representan por medio de los diversos partidos políticos.
En un Estado totalitario —comunista o fascista— no hay más que un único partido4, mientras que en una monarquía absoluta no hay partidos.
Imperio de la ley. La ley está claramente formulada y se aplica a todos, incluidos el gobierno mismo.
En regímenes como las monarquías absolutas la palabra del soberano es la ley.
Derechos y libertades individuales. Todos y cada uno de los ciudadanos son iguales ante la ley y gozan de los mismos derechos y libertades. Los derechos más básicos se recogen en la DUDH.
En una organización estamental, por el contrario, existen estamentos privilegiados y otros que no lo son, como sucedía durante el feudalismo medieval, en el que nobles y clérigos tenían derechos de los que carecía la plebe.
Separación de poderes. El pensador ilustrado francés Montesquieu, que recogía una idea ya presente en Locke (§132), consideraba en su El espíritu de las leyes de 1748 que «todo hombre que tiene poder se inclina por abusar del mismo; va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar de este, hace falta disponer las cosas de tal forma que el poder detenga al poder». De ahí que sugiriera la separación o división de poderes, por medio de la cual se distinguen tres poderes del Estado. Cada una de ellas será ejercida por una institución distinta, todas ellas independientes y autónomas entre sí:
- El poder legislativo dicta las leyes.
- El poder ejecutivo aplica las leyes y gobierna respetándolas.
- El poder judicial juzga a quienes incumplen la ley.
Aunque en muchos regímenes políticos han existido normas que limitaran el poder de los soberanos, a efectos prácticos un señor feudal establecía la ley, gobernaba y juzgaba de acuerdo con sus propias leyes. Verás que es muy fácil cometer injusticias bajo esas circunstancias.
Rendición de cuentas. Además de respetar las leyes y estar sujetos a castigo si no lo hacen así, los gobernantes deben rendir cuentas ante los ciudadanos en las elecciones. La intención del sistema es que si un gobernante lo hace mal, el electorado le retirará la confianza votando a otro y sacándolo del Gobierno. La realidad es mucho más compleja que eso, pero el principio, como tal, existe.
Un gobierno no democrático como una monarquía absoluta o una dictadura se caracterizan, precisamente, porque el líder no debe rendir cuentas ante nadie.
Elecciones libres y justas, periódicas, trasparentes y bajo sufragio universal de los gobiernos. Nadie debe inmiscuirse en la capacidad de elección de los ciudadanos, por ejemplo, obligándole a votar a un determinado representante. Se deben votar los representantes cada cierto tiempo para que no se queden para siempre en el poder y para que los nuevos gobernantes puedan deshacer los errores de los anteriores, si se diera el caso, y para que sean más representativos de la realidad social cambiante. Debe poderse verificar que los votos son correctamente interpretados y contados, para lo que en nuestro sistema electoral los ciudadanos somos llamados a constituir las mesas electorales.
Unas elecciones amañadas, los pucherazos, las alcaldadas, las elecciones en las que solo puede participar una parte de la población o, simplemente, la ausencia de elecciones, como bajo los regímenes totalitarios, convierte al sistema político en menos representativo. Pero no solo es una cuestión de grado de representatividad, sino de flagrante injusticia cuando, por ejemplo, las mujeres o los inmigrantes no tienen derecho al voto. Arabia Saudí es un país de 32 000 000 de personas en el que las mujeres obtuvieron el derecho al voto y a ser elegidas en… ¡2015!
Sociedad civil. El Estado y sus instituciones, tales como el Gobierno, la Jefatura del Estado, los tribunales, el Parlamento, la policía, el ejército, la Seguridad Social y el sistema de salud, no son el único elemento de la vida pública de un país, no agotan toda la esfera de la política. Además del Estado y el mercado privado existe la sociedad civil, que es, precisamente el conjunto de agentes y de instituciones que actúan en la esfera pública y que no son parte del Estado ni del mercado: sindicatos, iglesias, asociaciones deportivas, comunidades de vecinos, ONGs, colegios profesionales, etc.
Un Estado liberal pretende encargarse de la menor cantidad posible de asuntos —el sistema legal y de tribunales, la mínima recaudación de impuestos y unos servicios básicos de salud e infraestructuras—, de modo que la mayor parte de la iniciativa la lleven el mercado y la sociedad civil. Un Estado totalitario, por el contrario, regula la mayor cantidad posible de aspectos de la vida social: limita severamente el mercado, no permite la existencia de sindicatos y elimina la libertad de asociación, de expresión y de culto. El planteamiento socialdemócrata busca el equilibrio entre ambos. Su desacuerdo de fondo es el de las dos libertades (§126): qué pesa más, que el Estado no te lo impida o que te dé con qué.
Gobierno de la mayoría respetando derechos de la minoría. La mayoría sigue siendo el principal criterio de la democracia. Para la conformación de un Gobierno en Euskadi o en España, por ejemplo, es necesario que la mitad más uno de los representantes (parlamentarios) elegidos por sufragio universal voten a un Lehendakari o Presidente. Para cambios en leyes importantes son necesarias mayorías más amplias. Para reformar la Constitución, por ejemplo, hacen falta 3/5 de los diputados y 3/5 de los senadores, es decir, el 60 % de cada Cámara. Y para tocar sus partes más protegidas —el Título Preliminar, los derechos fundamentales y la Corona— el listón sube mucho más: 2/3 de cada Cámara, disolución de las Cortes, que las nuevas lo ratifiquen otra vez por 2/3 y, por fin, referendo. No es un capricho: es el modo que tiene una democracia de ponerse difícil a sí misma el cambio de sus propias reglas. En todo caso, el Gobierno no puede adoptar leyes contrarias a la Constitución o los Tratados Internacionales suscritos por España, tales como la DUDH.
Existen países en los que las mayorías étnicas no respetan los derechos de las minorías, hasta el punto en el que estas ni siquiera disponen de derecho al sufragio. O, peor aún, lugares en los que las minorías son sistemáticamente perseguidas. Existen casos, como el de los kurdos o los palestinos en los que ellos mismos se consideran naciones pero cuya población se encuentra repartida entre varios Estados, y no en todos tienen derecho de representación.
Representación. Uno de los criterios del desarrollo de la democracia de los países es el de la representación, que consiste en que esté representada en el Parlamento y en las leyes la más amplia variedad de la ciudadanía posible. En España, por ejemplo, los esfuerzos de las últimas décadas se centran en la mejora de la representación de las mujeres, con medidas legales para que la mitad de las listas electorales estén compuestas con mujeres. Además, estas deben ser «listas cremallera», según las cuales a un candidato varón debe seguirle una candidata, a esta otro candidato y así continuamente. Otro de los ámbitos en los que nuestra democracia puede mejorar pasa por reconocer más y mejor a jóvenes, inmigrantes, habitantes del campo y minorías étnicas.
No se te habrá escapado que estas características son ideales y seguro que encuentras ejemplos en los que nuestra realidad política se desvía de ellos.
Aspectos positivos de la democracia. La democracia, con todas las interpretaciones diversas de lo que significa y las muchas limitaciones que tiene en la práctica, es, como mínimo, un conjunto de valores que sirven como criterio para configurar gobiernos lo más justos posibles. Esa justicia proviene de que implica en la gestión de los asuntos públicos a todos los ciudadanos y de que ciudadanos somos todos. La democracia del siglo XXI pretende crear sociedades no solo justas, sino respetuosas y tolerantes, en las que los ciudadanos no son meros clientes del Estado, sino participantes activos en la construcción del bienestar general.
§138 · La ciudadanía activa
Una democracia efectiva y sana va más allá de la existencia o reconocimiento de derechos políticos para todos, requiere que los ciudadanos participen activamente en la vida política y social. Participar en las elecciones votando no es la expresión máxima o el final de la participación ciudadana, sino el mínimo exigible.
Una democracia potente necesita una sociedad civil amplia y robusta en la que los ciudadanos participen proactivamente y aporten a la sociedad al margen del Estado. La actitud de dejar que el Estado se encargue de todas las necesidades es fomentada a veces por el Estado mismo, de forma paternalista, pero tantas otras veces es propia del ciudadano que se limita a exigir sus derechos sin considerar que también tiene obligaciones —tanto legales como morales— para contribuir al mejor funcionamiento de la sociedad.
§139 · Estado, nación, país, patria…
Los conceptos de Estado, nación, país y patria son fundamentales en la filosofía política porque los usamos continuamente cuando hablamos de poder, gobierno, sociedad, derechos y justicia. Sin embargo, se trata de categorías de ámbitos distintos y que no son completamente excluyentes las unas de las otras; más bien tienen límites difusos entre ellas y, en algunos casos, se solapan. Veamos a qué solemos referirnos con cada uno de estos términos.
El Estado. Escrito así con mayúscula inicial, como hasta ahora, se refiere, como lo definió Max Weber (1864-1920), a «la comunidad humana que reclama el monopolio de la violencia física legítima5 dentro de un área determinada». Los Estados tienen un territorio definido y una población permanente6.
Si dudamos sobre si una entidad política es Estado o no, podremos preguntarnos: ¿tiene ejército? ¿puede utilizarlo legítimamente? ¿puede declarar la guerra? Si respondemos afirmativamente, se tratará de un Estado. De ahí que España, los EUA o Francia sean Estados. Si respondemos negativamente, no nos encontramos frente a un Estado, sino frente a otro tipo de organización, política, como en el caso de Euskadi o Kurdistán; o no-política, como la mafia.
El Estado es la unidad básica de legitimidad política desde la que consideramos las sociedades. Existen organismos e instituciones supranacionales e internacionales, como la UE o la ONU, pero los miembros de estas instituciones son Estados, no directamente los ciudadanos7. También existen organismos infraestatales. En España, por ejemplo, las Comunidades Autónomas, las Diputaciones provinciales o los Ayuntamientos. Estos no disponen de autonomía plena y están sujetas a las leyes del Estado, particularmente a la Constitución, que es la que las configura, articula y legitima. Así, los Estados tratan entre ellos, se asocian, pactan o se declaran guerras. Igualmente, los Estados se organizan internamente en unidades más manejables.
Como puedes ver, la definición de Estado es de carácter legal y está estrechamente relacionado con las consecuencias prácticas de la organización política de una sociedad.
La nación. Describe un aspecto cultural, identitario e histórico de las sociedades. Los miembros de una nación no se definen tanto por la pertenencia legal8 como por la adscripción emocional o identitaria.
Con el término nación suelen producirse los mismos problemas que con el término cultura, como ya vimos cuando tratamos el tema al hablar sobre antropología. Entre ellos destaca el esencialismo, que consiste en considerar que uno pertenece a una nación con independencia de su voluntad, por lo que uno es.
En la medida en que son categorías distintas, la relación entre Estado y nación es difícil. Durante los últimos siglos, al menos desde que los Reyes Católicos unificaron política y religiosamente las Coronas de Castilla y Aragón, la tendencia de los reinos fue la de tratar de constituir Estados sobre la base de una identidad homogénea, única y común; se trata de los Estados-nación en los que se supone que el Estado está conformado por una única nación y que cada nación está dotada de un Estado. A pesar de que nunca se completó ese programa político de máximos, es decir, que hay Estados plurinacionales y naciones dispersas por varios Estados, cuando hablamos de Filosofía Política en general tendemos a identificar Estado y nación. De ahí tantas de las controversias al respecto.
País. Es un término que en determinados contextos puede entenderse como Estado y en otros como nación. Quizás suponga una fusión de ambos, cuando queremos referirnos tanto al Estado y su territorio como a la cultura y al carácter de sus gentes9. Podemos decir que España es un país, pero también que lo es Euskadi, que a fin de cuentas lleva en su nomenclatura castellana tradicional el término «país» en País Vasco. Ambos tienen suficiente entidad legal, territorial y cultural para poder considerarse países, aunque solo el primero es un Estado. Aquí, como con tantas otras cosas, es una cuestión de zoom —cuanto nos acerquemos o nos alejemos de la realidad concreta—, de convicciones políticas y de valores10.
Patria (o matria, para algunos). Es un término emocionalmente aún más cargado y profundo que los de país y nación. En lugar de moverse en el ámbito de lo político, como nación y Estado, apela más directamente a la identidad personal inmersa en una historia y cultura compartidas, quizás con el matiz añadido de los deberes que uno tiene para con su patria. Claro, que también puede usarse de manera más aséptica como sinónimo de nacionalidad11.
Podrás ver que son términos cargados de sentimientos, particularmente de sentimientos de identidad cultural y política. El término Estado es el más fácil de definir y, al menos aparentemente, el más neutro, pero todos, incluso este, se entremezclan en la realidad con las características sociales, sociológicas, culturales, lingüísticas, de gobernanza, identitarias y biográficas de las personas, a la vez que juegan también con sus esperanzas, sus deseos y sus expectativas.
De ahí que en la Antigua Grecia practicaran el asamblearismo: los esclavos y las mujeres realizaban gran parte de la labor que permitía a los hombres libres dedicar parte de su vida a discutir en el Ágora. De ahí que la tradición asamblearia suiza que tanto gustaba a Rousseau se produjera en pequeñas comunidades aisladas en las montañas pero tuviera poco futuro en un enorme país al completo, como Francia.↩︎
Du contrat social (1762), III, 15, «Des députés ou représentants». Traducción propia y directa del francés; el original está en dominio público.↩︎
Manin, B. (1997). The principles of representative government. Cambridge University Press. Hay edición castellana: Los principios del gobierno representativo, Alianza, 1998.↩︎
Lo que conlleva que no sea realmente un partido, sino una unidad.↩︎
El monopolio de la violencia física legítima se refiere a que la policía y el ejército están legitimados para utilizar la fuerza bajo ciertas circunstancias, pero no así los delincuentes o los individuos. Eso es lo que hace que estos últimos no sean el Estado. Naturalmente, el Estado no es solo eso, pero sí que esta es una característica extrema que nos permite distinguir muy bien el Estado de lo que no lo es.↩︎
Una forma muy sencilla de saber de qué Estado eres ciudadano es mirar tu pasaporte.↩︎
Los ciudadanos de la UE votamos directamente al Parlamento de la UE, no así a la Asamblea General de la ONU. En esta última organización, por otro lado, los Estados no tienen una representación en términos del peso de su población, sino que existen unos miembros permanentes con derecho a veto que condicionan la toma de decisiones y que supone un gran problema para el funcionamiento democrático.↩︎
Recuerda tu pasaporte o tu DNI, en el que se declara tu nacionalidad.↩︎
Vaya por delante que los tópicos sobre el carácter acostumbran a ser prejuicios, más que realidades.↩︎
Utilizar el término legalmente apropiado para designar una determinada entidad política puede ser una estrategia para mostrar distancia de dicha entidad. Fíjate en el discurso de muchos políticos y medios vascos, que se refieren a España en tanto país como «el Estado español», pero que no se refieren inversamente a la Comunidad Autónoma Vasca o Comunidad Autónoma de Euskadi.↩︎
Que, curiosamente, depende del Estado del que uno es ciudadano, no de los propios sentimientos nacional(istas).↩︎