Tema 11 · La identidad personal

No eres tú el mortal, sino este cuerpo; ni eres tú aquel que esa forma tuya muestra: la mente de cada uno es cada uno, y no esa figura que puede señalarse con el dedo.

—Cicerón, Sobre la república, VI, 26 («El sueño de Escipión») · traducción de Claude, del latín

Somos todos retazos, y de una contextura tan informe y diversa que cada pieza, cada momento, hace su juego. Y hay tanta diferencia de nosotros a nosotros mismos como de nosotros a otro.

—Michel de Montaigne, Ensayos, II, 1 (1580) · traducción de Claude, del francés

Ya hemos discutido muchos de los factores que nos hacen humanos: la evolución y la biología, la socialización y el aprendizaje, y algunas de las cualidades subjetivas de la experiencia de ser humano. Pero la Filosofía se hace planteamientos radicales y pregunta siempre un porqué más cuando parece que ya no queda espacio para más cuestiones. Allá vamos.

Seas como seas, y vengan de donde vengan tus rasgos, las preguntas «¿qué soy?», «¿cuándo empecé a ser?», «¿qué me ocurrirá cuando muera?» nos surgen por el mero hecho de ser personas. Aquí me haré tantas preguntas como de costumbre, pero te daré aún menos respuestas: te dejo a ti el trabajo de reflexionar. No descartes que tus respuestas abran nuevas cuestiones. Es el problema de la identidad personal, que tiene varias dimensiones.

§44 · Quién soy: caracterización y condición de persona

Caracterización. Me defino, y me definen, por tener una edad, un sexo y un género; por pertenecer a una etnia, una nación, un pueblo; por ser alto o bajo; por ejercer una profesión o estar estudiando. Todo eso me hace ser yo, en una combinación única, al margen de consideraciones filosóficas. Son características biológicas, sociales y psicológicas que compartimos con otras muchas personas —también estudiantes, mujeres o de 1,62 m—, lo que no significa que las experimentemos igual: ¿es lo mismo ser mujer para ti que para otra? La vivencia subjetiva de las mismas circunstancias puede ser muy distinta.

Esas características son, además, contingentes y temporales: igual que nací varón podría haber nacido mujer, e igual que nací en 1979 podría haber nacido en 1517 o no haber nacido; y algún día dejaré de ser todas y cada una de las cosas que hoy soy. Más aún: podemos experimentar rasgos que no tenemos. Puedo creerme Napoleón sin serlo, y eso afectará a mi autopercepción y a mi conducta —aunque, si vas por ahí dando órdenes como emperador, no te extrañe cosechar desde risas hasta un buen enfado—. A la luz de todo esto, «¿quién soy?» sigue siendo una pregunta filosóficamente viva: ¿qué características pesan más?, ¿cómo las interpreto y las integro?

Ser persona o no serlo. Con unos rasgos u otros, lo que tenemos claro es que somos personas. Pero ¿desde cuándo? ¿En qué momento del desarrollo del embrión o el feto consideramos a alguien una persona? ¿Y cuándo dejamos de serlo: si perdemos las facultades cognitivas o entramos en coma, seguimos siendo personas? ¿Qué necesitaría un chimpancé para que lo considerásemos persona? ¿Y un robot? El debate sobre si la inteligencia artificial llegará a superar la inteligencia humana —o a tener consciencia— nos lleva a preguntarnos, por primera vez en la historia, si podemos crear máquinas inteligentes. Y, ya puestos: tu cuerpo contiene unas decenas de billones de microorganismos, y las células humanas que te componen son menos en número que las no humanas. ¿No te hace esto replantearte quién —y cómo— eres?

§45 · La unidad y la permanencia del yo

Persistencia. ¿Es mi yo de hace diez años el mismo yo de hoy? Es fácil afirmar la persistencia de un día para otro; pero ¿recuerdas la consciencia de ser quien eras con un año de edad?, ¿puedes afirmar que eres la misma persona que aquel bebé? No solo tu vida mental es completamente distinta —has aprendido idiomas, vivido experiencias, madurado—, sino que casi todas las células de tu cuerpo han cambiado. ¿Sigues siendo tú? ¿Y sobrevivirá algo de nosotros a la muerte? Filósofos tan influyentes como Platón (427-347 a. e. c.) o Descartes (1596-1650) —y muchas religiones— sostenían que sí, que nos compone también un principio inmaterial, el alma, que no muere (§31). ¿Es nuestro miedo a la inexistencia el que nos impulsa a creerlo, o hay algo más que lo indique?

Evidencia. ¿Cómo sabemos todo esto? ¿Cómo puedo saber con certeza que soy el mismo que ayer? Solemos apelar a la continuidad de la memoria —recuerdo que ayer me acosté y hoy me he despertado— y al espejo, donde me sigo pareciendo a mi yo de ayer. Pero el hilo conductor de la identidad es la memoria: si un accidente te provocara una amnesia grave que te dejara sin recuerdos de ti y de tu historia, ¿seguirías siendo tú? Y ya hemos visto que la memoria no es un registro objetivo de nuestras vivencias (§41): ¿podemos fiarnos de ella para afirmar nuestra identidad y su persistencia?

El problema sincrónico. ¿Hay una relación de uno a uno entre cuerpos y personas? Cuando escribo esto hay más de ocho mil millones de personas vivas, y el número cambia a cada segundo —nacen unas 4,3 y mueren 1,8 por segundo—. Pero, a la vez, las personas a quienes por cirugía o accidente se les separan los hemisferios cerebrales pueden desarrollar dos personalidades, y existen casos de trastorno de identidad múltiple. ¿Las contamos como una sola?1

Ontología personal. Solemos identificarnos con un conjunto de propiedades mentales —autoconsciencia, recuerdos, personalidad—, pero ¿somos algo más que materia y que la actividad de esa materia que genera tales propiedades? ¿Cuáles son los límites de nuestro cuerpo? ¿Acabamos en la piel que nos envuelve?

El criterio de la memoria. Hasta aquí, preguntas. ¿Y respuestas? Llevan tres siglos discutiéndose, y la primera es de John Locke (1632-1704), que le dedicó un capítulo entero de su Ensayo sobre el entendimiento humano. Su jugada separa tres cosas que solemos confundir: la sustancia de la que estás hecho, el hombre —el organismo vivo, el animal— y la persona, que él define como «un ser pensante e inteligente, dotado de razón y de reflexión, que puede considerarse a sí mismo como sí mismo». Y lo que hace que la persona sea una y la misma no es la materia ni el alma, sino la consciencia: eres el mismo que aquel niño exactamente hasta donde tu consciencia alcance hacia atrás. Si mañana la consciencia de un príncipe despertara en el cuerpo de un zapatero, quien despierta es el príncipe, aunque su madre no lo reconozca. Y Locke no buscaba un acertijo: «persona» es para él un término forense, de tribunal, el que decide a quién se le imputa lo que hizo2.

El oficial de Reid. ¿Basta entonces con recordar? Thomas Reid (1710-1796) escribió contra Locke el mejor contraejemplo de este debate. Imagina a un niño al que azotan por robar fruta en un huerto. Años después, ese chico es un oficial joven que toma una bandera al enemigo en su primera batalla, y se acuerda perfectamente de los azotes. Y mucho después es un general anciano que recuerda con orgullo la bandera, pero ha olvidado del todo el huerto. Con el criterio de Locke, el oficial es el niño, y el general es el oficial; pero el general no es el niño. Y eso no puede ser: la identidad es transitiva —si A es B y B es C, entonces A es C—, y aquí no lo es. Reid saca la conclusión contraria: la memoria no constituye tu identidad, solo te la muestra3.

La continuidad psicológica. Los herederos de Locke no tiraron el criterio: lo repararon. No hace falta que el general recuerde el huerto; basta con que haya una cadena de eslabones solapados —el general recuerda al oficial, el oficial recuerda al niño— para que los tres estén enhebrados en una sola vida. Y a los recuerdos se les suman las demás conexiones que te atan a tu pasado: creencias que conservas, intenciones que cumples, rasgos de carácter que arrastras. A eso se le llama continuidad psicológica, y es hoy la posición mayoritaria: persistes mientras exista alguien que herede tu vida mental4.

El barco de Teseo. El arreglo tiene un precio, y se ve mejor en un barco que en una persona. Cuenta Plutarco (c. 46-c. 120 e. c.) que los atenienses conservaron siglos la nave en que Teseo volvió de Creta, y que iban sustituyendo por nuevas las tablas que se pudrían, hasta que no quedó ninguna de las originales; la nave se hizo célebre entre los filósofos, «unos diciendo que seguía siendo la misma y otros que no». Añade ahora la vuelta de tuerca que se discute hoy: si alguien ha ido guardando las tablas viejas y con ellas monta un segundo barco, ¿cuál de los dos es el de Teseo? Tienes dos candidatos y una sola identidad, y no hay manera de repartirla5. Y acuérdate de que casi todas tus células han cambiado.

La fisión. El barco vuelve, hecho persona, en el caso con que se abrió la unidad: los dos hemisferios separados, los dos cuerpos que despiertan jurando ser tú. Míralo ahora con la continuidad psicológica en la mano, porque es ella la que lo hace estallar: si para ser tú basta con heredar tu vida mental, eres los dos; y dos personas no son una. Allí viste lo que cuesta decir «los dos» y lo que cuesta decir «ninguno». Queda una salida más, y es la más rara: exigir que no haya competencia, de modo que solo seas el superviviente si el otro no llega a despertar; entonces te salva la muerte de tu mitad. Derek Parfit (1942-2017) prefirió sospechar de la pregunta: quizá lo que de verdad te importa —que alguien recuerde tu vida, cumpla tus proyectos, quiera a quien tú quieres— se conserva en los dos aunque la identidad no se conserve en ninguno6.

Y hay una respuesta que rechaza el tablero entero: la de quien sostiene que no eres una consciencia, sino un animal, y que persistes mientras persista el organismo —el bebé que fuiste no recordaba nada, y era tú—7. ¿Cuál es la buena? No te la voy a decir: el debate sigue abierto, y cada salida se paga con algo que también nos parecía evidente.


Llegaste sabiendo contestar quién eres: un nombre, una familia, un carácter. Ahora tienes la evolución, la cultura y la memoria explicándote de dónde sale cada pieza, y ninguna de las tres te devuelve la certeza con la que empezaste. ¿Y si yo no nombrara una cosa, sino una costumbre de hablar que nos resulta cómoda? No tires esa duda: es la que vas a poner en juego cuando preguntes qué puedes conocer y con qué derecho.

Vuelve ahora a los dos que despertaron al abrir la unidad y contesta otra vez cuál de ellos eres. ¿Contestarías lo mismo, o has aprendido más bien a decir mejor por qué no lo sabes?

Empieza a usar esa duda en la lectura que cierra la unidad: Pico sostiene ahí que no tenemos naturaleza fija, y Darwin, que llevamos la nuestra escrita en el cuerpo.


  1. Sincrónico significa que algo «se produce en el mismo momento», en oposición a lo diacrónico, que ocurre en momentos distintos: una llamada de teléfono es sincrónica; un correo, asíncrono.↩︎

  2. Locke, J. (1694). Ensayo sobre el entendimiento humano, II, xxvii, «De la identidad y la diversidad», capítulo añadido en la segunda edición. La lectura que aquí se sigue es la de Gordon-Roth, J. (2025). Locke on Personal Identity. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Winter 2025). https://plato.stanford.edu/archives/win2025/entries/locke-personal-identity/↩︎

  3. El caso está en Reid, T. (1785). Ensayos sobre las facultades intelectuales del hombre, III, 6. Antes, Joseph Butler había objetado algo aún más incómodo: recordar de verdad haber hecho algo presupone que lo hiciste tú, así que la consciencia no puede fundar la identidad sin darla ya por supuesta. Nichols, R. y Yaffe, G. (2023). Thomas Reid. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2023). https://plato.stanford.edu/archives/sum2023/entries/reid/↩︎

  4. Olson, E. T. (2024). Personal Identity. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Winter 2024). https://plato.stanford.edu/archives/win2024/entries/identity-personal/↩︎

  5. Plutarco, Vida de Teseo, 23, 1. La versión con las tablas guardadas y el segundo barco es el planteamiento habitual del problema: Gallois, A. y Kurtsal, I. (2026). Identity Over Time. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Spring 2026). https://plato.stanford.edu/archives/spr2026/entries/identity-time/↩︎

  6. Las tres salidas, en Olson (2023), ya citado. La tesis de que la identidad no es lo que importa en la supervivencia es de Parfit, D. (1984). Reasons and Persons, tercera parte.↩︎

  7. A esta posición se la llama animalismo; su defensor principal es el autor de la entrada citada: Olson, E. T. (1997). The Human Animal: Personal Identity Without Psychology. Oxford University Press.↩︎