Unidad III · Epistemología
El problema filosófico del conocimiento y la verdad
Herramienta para pensar: el jersey
Te regalo un jersey. Es de lana buena, está limpio, es de tu talla y te queda bien. Antes de que te lo pongas te digo una cosa más: perteneció a un asesino en serie, y lo llevaba puesto.
¿Te lo pones?
Casi nadie se lo pone. Y lo interesante no es esa respuesta, sino lo que ocurre cuando intentas justificarla. Sabes que la lana no guarda nada. Sabes que el jersey se ha lavado, que la maldad no es una sustancia y que no existe ningún mecanismo por el cual la biografía de un hombre pueda quedarse pegada a un tejido. Lo sabes de verdad: si te pidiera que defendieras lo contrario, no podrías.
Y aun así no te lo pones.
Si hay una cosa que crees a pies juntillas y que a la vez sabes que no puedes defender, la pregunta interesante ya no es el jersey. Es cuántas más hay ahí dentro, y cómo se distinguen, desde dentro, de aquellas que sí podrías defender.
Los animales no humanos viven y actúan siguiendo sus instintos, que están codificados en sus genes. No tienen que preocuparse por si sus instintos son correctos, es decir, si son útiles para su supervivencia. Aunque será mejor decir que no pueden preocuparse por ellos. Las experiencias de su vida afectarán sus reacciones —aprenden—, pero no pueden pararse a reflexionar sobre si acumular bellotas durante el verano es una buena o mala estrategia y cómo mejorarla; si ha llegado el tiempo de migrar al sur para pasar el invierno; o si hay alguna forma de evitar ser comido por el lobo más allá de correr despavorida.
Los animales humanos, nosotros, también estamos dotados de instintos, particularmente en lo referente a nuestras reacciones de supervivencia. Pero estos no son suficientes para que sobrevivamos en la naturaleza, por no hablar de tener una buena vida. ¿Qué hacemos entonces si la Naturaleza no nos ha dotado de herramientas para sobrevivir y para tener una buena vida? Bueno, no es cierto que no tengamos esas herramientas. Lo que pasa es que son más sofisticadas que el mero instinto. Habrás oído mil veces que el hombre es un animal racional. Me parece más adecuado decir que estamos dotados de la capacidad para razonar.
Puede parecer lo mismo pero no lo es. Decir que somos animales racionales parece implicar que razonar es nuestra característica principal, que lo hacemos todo el rato o que es lo que hacemos antes o por encima de otras cosas. La realidad es que la mayor parte de lo que pensamos lo hacemos automática o inconscientemente. Tan solo una parte pequeña de nuestro pensamiento es deliberada. Ni siquiera esta pequeña parte es pura, como te explicaré más adelante, y no somos máquinas de pensar o calcular que no fallan. Si decimos que tenemos capacidad para razonar, damos a entender que es algo que podemos o no hacer.
Y es que pensar es muy costoso. Podemos hacerlo pero requiere tiempo y un gran esfuerzo. Además, nadie nos garantiza que el fruto de nuestro pensamiento sea bueno, útil o verdadero. Parece que es una actividad muy poco afortunada. Al filósofo, sin embargo, no le queda más remedio que pensar.
La cultura. Por un lado, los seres humanos tenemos una larga historia de ancestros que han pensado por nosotros. Eso es una gran ventaja. Gracias a las personas que nos anteceden tenemos lenguaje, casas, agricultura y vestido. También tenemos series de televisión, teléfonos móviles y religiones. Ideas políticas y vacaciones. Escuelas y hospitales.
Imagínate qué tipo de vida tendrías si no hubieras heredado nada de tus antepasados, si cada ser humano o cada generación de seres humanos tuviera que inventarlo todo desde cero, como les sucede a los animales no humanos. Es una gran suerte que nuestra situación no sea esa, gracias a la cultura. La cultura es el conjunto estructurado de herramientas, ideas y valores que heredamos de la generación anterior y que utilizaremos para guiarnos en la vida, para sobrevivir y para prosperar.
Gracias a la cultura puedes dedicar tu vida a cosas más interesantes, agradables y menos peligrosas que buscar tu alimento en la selva y tratar de sobrevivir a tus predadores, sin saber siquiera qué plantas puedes comer y cuáles son letales.
Me atrevo a afirmar que gracias a la sociedad y su cultura, la mayor parte de los problemas prácticos de nuestra supervivencia los tenemos solucionados de salida, sin tener que esforzarnos en contribuir a ellos. ¡Es una enorme suerte!
Como vemos, la combinación del uso del pensamiento de nuestros antepasados, de sus experimentos y de la codificación de sus hallazgos en la cultura es enormemente beneficiosa para nosotros. Nos provee de soluciones, recursos, opciones y oportunidades para que podamos desarrollar nuestras vidas con relativa tranquilidad y seguridad.
La cultura no lo ha solucionado todo. Claro, que la cosa no es tan sencilla ni siempre tan positiva. Por mucho que nuestros ancestros experimentaran, reflexionaran y se la jugaran para legarnos la cultura, estamos lejos de haber logrado una existencia placentera y sin problemas para todos. Junto con los recursos que la cultura nos aporta, vienen también las desigualdades sociales, las guerras, la discriminación y otras malas consecuencias.
En algunas ocasiones, la cultura nos aporta regalos envenenados. Los mismos avances que hacen nuestra vida más segura, más cómoda y más agradable son los que amenazan con destruir las condiciones de existencia de nuestra especie. Piensa en las oportunidades que nos han dado coches, aviones y fábricas. Piensa ahora en la amenaza del calentamiento global, provocada por aquellos instrumentos que nos han hecho la vida más fácil.
La cultura tiende a ser adaptativa. Esto es, tiende a hacer que nuestras posibilidades de sobrevivir como individuos y como grupos aumenten. Pero no es perfecta en el sentido de que no tiene éxito en adaptarnos perfectamente a todos, igualitariamente y para siempre. Nos pone a la mayoría en un buen punto de salida, comparado con esa situación en que la ausencia de cultura nos haría comenzar a todos desde la casilla 0; pero a unos en mejor punto que a otros, sin mérito alguno de aquellos.
Así que el trabajo no está terminado, ni mucho menos. A pesar de que tenemos soluciones a muchos problemas, no tenemos todos los problemas definitiva y adecuadamente resueltos. Así que debemos seguir pensando; pensar no es un capricho.
Ese pensamiento que tenemos pendiente no se limita a los grandes problemas que la humanidad tiene ante sí. Nuestras explicaciones de la realidad no nos funcionan siempre. La actitud estándar ante la vida es la de seguir los dictados de lo establecido, la tradición, la cultura, el sentido común, lo que dice la mayoría. Además, creemos que las cosas son tal y como se nos aparecen. Y es normal, pues, como hemos dicho antes, pensar requiere mucho esfuerzo y es más fácil seguir adelante sin tener que añadir el costoso acto de reflexionar a nuestras ya complicadas vidas.
Vale, pero ¿y qué hay de mí? Descendamos al nivel de nuestra vida individual y recapitulemos los argumentos anteriores. Así que gracias a la sociedad y a la cultura puedo enfrentarme a la vida con supermercados, autobuses, ropa y techo, además de referentes de comportamiento. Bien, ¿verdad? Además dispongo del lenguaje para pensar y comunicarme, de las artes para disfrutar y entretenerme y de hospitales para curarme si enfermo. Estupendo. De momento solo tengo que seguir los caminos que mi sociedad me ha dado. Fácil.
O no tanto. No todas las soluciones que me aporta la sociedad son buenas. En ocasiones, además, una institución que fue valiosa en sus orígenes puede quedarse anticuada e inservible y aun así perdurar, descontextualizada e inútil, o, incluso, contraproducente.
La sociedad puede estar empeñada en proveerme de todos estos recursos, pero, al fin y a la postre, al que le resultan o no útiles es a mí mismo. Para complicarnos más las cosas a los filósofos, la verdad no es siempre útil, lo mismo que la falsedad no es necesariamente inútil.
En todo este maremagno de cosas en el que es fácil perderse, conviene que nos dotemos de unas nociones mínimas sobre cómo funciona nuestro aparato de conocer. Así podremos ser conscientes de lo que no funciona bien o tal y como creíamos, e iremos quitando esas capas que nos confunden para ir acercándonos cada vez más a la Verdad, aunque sepamos que eso es tarea imposible y se parece más a la zanahoria que guía al burro. Vayamos, pues, con unas cuantas ideas importantes a la hora de conocer nuestro conocimiento.