Tema 35 · Utopías y distopías
Un mapa del mundo que no incluya Utopía no merece siquiera una mirada, porque deja fuera el único país en el que la Humanidad siempre desembarca. Y cuando desembarca allí, mira alrededor y, viendo un país mejor, zarpa de nuevo. El progreso es la realización de las utopías.
—Oscar Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo (1891) · traducción de Claude, del inglés
Trabaja por la eliminación de males concretos y no por la realización de bienes abstractos. … No dejes que tus sueños de un mundo hermoso te aparten de las reclamaciones de los hombres que sufren aquí y ahora.
—Karl Popper, «Utopía y violencia» (1947), en Conjeturas y refutaciones · traducción de Claude, del inglés
Pocas veces es tan apropiado el refrán quijotesco que reza «del dicho al hecho hay gran trecho» como cuando se aplica a la distancia que hay entre los planteamientos ideales de la filosofía política y la realidad de la gobernanza. La realidad es infinitamente compleja y las propuestas de gobiernos ideales no pueden prever el carácter, el comportamiento y las circunstancias de todos los implicados; menos aún las interacciones entre todos los miembros de una sociedad y su desarrollo histórico.
§140 · Utopías
Qué es una utopía. La palabra la inventó Thomas More (1478-1535) para titular su libro, escrito en latín y publicado en Lovaina en 1516 con la mediación de Erasmo. El nombre no es casual, sino muy ingenioso: se forma con el griego ou, «no», y topos, «lugar». Una utopía es, literalmente, un no-lugar, un sitio que no está en ninguna parte. Pero More dejó la clave del chiste dentro del propio libro: en unos versos que atribuye a un tal Anemolio se dice que la isla debería llamarse más bien Eutopía, «el buen lugar». En latín las dos suenan casi igual y la ambigüedad es deliberada: lo mejor que cabe imaginar es también lo que no está en ninguna parte. Y ojo, que More inventó la palabra, no el utopismo, que es mucho más antiguo. Llamamos utopía, entonces, a la descripción detallada de una sociedad perfectamente organizada que se propone como ideal sabiendo que no existe ni va a existir. Y ahí está la trampa que el propio nombre confiesa: si el sitio no existe, ¿para qué molestarse en describirlo con tanto detalle?
Sin embargo, un buen ideal, incluso siendo irrealizable, puede cumplir una importante doble función real:
- Crítica: comparar la realidad con otra más elevada que nos sirva de modelo.
- Impulso de cambio: movernos a actuar para lograr un futuro mejor, darnos esperanza.
Dado que los discursos filosóficos teóricos pueden ser muy difíciles y áridos, pensadores y filósofos se han servido de la literatura para exponer sus propuestas de sociedades óptimamente organizadas de forma más amena y accesible. Estos son algunos de los mejores ejemplos:
Platón (427-347 a. e. c.), en La República1 , escrita en el siglo IV a. e. c. y en forma de diálogo, nos propone una organización social y política basada en tres estamentos, cada uno de los cuales está formado por individuos que tienen almas especialmente adecuadas para sus funciones:
- Los productores, que se encargan del mantenimiento material de la sociedad y deben guiarse por la virtud de la templanza.
- Los guardianes, que la defienden y regulan, caracterizados por el valor.
- Los gobernantes, que la dirigen, movidos por la sabiduría.
Cuando los integrantes de cada uno de los estamentos cumple con su función y ejecuta su virtud característica, se produce la sociedad armónica que resulta, por lo tanto, justa.
Aunque jamás se ha puesto en práctica, las propuestas políticas platónicas han influido enormemente en los planteamientos de otros filósofos políticos. La cuestión central de si deben gobernar los que quieren —los ambiciosos que no están moralmente facultados para gobernar— o los sabios reticentes es aún una pregunta muy actual.
Thomas More, en Utopía (1516), escribe una novela que critica la sociedad de su época y nos invita a considerar una sociedad sin propiedad privada en la que todos viven en común y en igualdad y trabajan por el bien común. Para ello, More nos sitúa en la isla ficticia de Utopía, que es, como acabas de ver, de donde viene la palabra.
Tommaso Campanella (1568-1639), en Ciudad del Sol (escrita en 1602 y publicada en 1623), nuevamente en forma de diálogo y nuevamente situada en una isla, plantea una utopía según la cual todos los ciudadanos tienen igual dignidad, todos conocen todos los trabajos y desempeñan aquel para el que tienen mejor aptitud. No hay siervos. El único disvalor es la inacción, en clara denuncia de la actitud de los nobles de su época. Solo harán falta cuatro horas de trabajo al día, todas las posesiones son comunes.
Francis Bacon (1561-1626), en La Nueva Atlántida (1626, póstuma), nos lleva a la tierra ficticia de Bensalem. Obra extremadamente rica, propone una sociedad basada en la mejora personal, la familia y, sobre todas las cosas, el conocimiento. No en vano Bacon fue uno de los primeros proponentes de lo que hoy consideramos método científico, que era la forma que Bensalem solucionaba sus problemas y avanzaba.
H. G. Wells (1866-1946), en Una utopía moderna (1905), presenta un futuro en el que existe un gobierno mundial y los avances tecnológicos y sociales han eliminado la pobreza, la enfermedad y la guerra.
El mundo de Wells tiene una sola lengua, una sola moneda y libertad de circulación. Se admite la propiedad personal, pero la tierra y todos los recursos naturales pertenecen al Estado mundial, que es el único propietario del suelo. El patrón de valor son unidades de energía, de modo que el empleo se desplaza sin parar hacia donde la energía es barata. Y la mecanización va liberando al ser humano del trabajo físico, aunque el Estado sigue siendo el empleador de última instancia.
§141 · Distopías
Como puedes observar, las utopías antiguas y modernas son visiones claramente positivas y optimistas de una sociedad futura mejor. Durante el siglo XX, sin embargo, junto con algunas utopías como la de H. G. Wells, se impusieron las distopías, que son visiones negativas y pesimistas. El avance tecnológico ha mostrado sus inconvenientes y desventajas —por ejemplo, las bombas atómicas y la tecnología bélica en general— y los siglos XX y XXI no se parecen a las visiones más positivas2 del futuro, sino que prevén gobiernos autocráticos que someten completamente a la población3, desindividuación y deshumanización. Más que modelar un futuro ideal, tratan de prevenirnos sobre el porvenir que nos espera si seguimos obrando como hasta ahora o si no sabemos gestionar alguna catástrofe sobrevenida.
Las distopías más influyentes del siglo XX son las siguientes:
Yevgeny Zamyatin (1884-1937), en Nosotros (escrita en 1920, publicada en 1924 y prohibida en la URSS hasta 1988), describe una sociedad futura en la que el Estado, dominado por el «Bienhechor», vigila completamente a sus ciudadanos y reprime cualquier disensión. Su planteamiento, que influyó mucho en 1984, se basa en las utopías que hemos descrito y presenta una sociedad aparentemente feliz, pero que resulta no serlo, en absoluto.
El Estado Único es una ciudad de cristal y acero separada del mundo salvaje por un muro. Sus habitantes no tienen nombre, sino número; viven con horario fijo y a la vista de todos, sin vida privada, y el «yo» ha dejado su sitio al «nosotros». El narrador, D-503, construye una nave interestelar destinada a llevar al universo el yugo bienaventurado de la razón… hasta que se enamora, porque en ese mundo enamorarse ya es rebelarse y el instinto sexual es deseo de libertad. El Estado aplasta a los cabecillas y opera a D-503, pero el muro ha caído y se sigue combatiendo en el oeste de la ciudad, de modo que la novela se cierra sin decidir: la última frase, que la razón ha de vencer, la escribe alguien a quien acaban de extirpar la fantasía. Y más allá del muro siguen los hombres salvajes que producirán nuevos insurrectos, porque no existe, ni existirá jamás, la última revolución.
Aldous Huxley (1894-1963), en Un mundo feliz (1932), plantea un futuro en el que la tecnología reproductiva manipula genéticamente y cultiva seres humanos para que encajen en los diversos estamentos sociales de forma que la sociedad sea armónica y aparentemente feliz. Sin embargo, por el camino se destruyen la familia, el arte, la literatura, la religión, la filosofía, el amor y la ciencia libre —el Estado Mundial conserva y perfecciona la técnica, pero mantiene la investigación, en palabras de uno de sus dirigentes, «encadenada y con bozal»—, lo que produce una sociedad deshumanizada.
George Orwell (1903-1950), en 1984 (1949), plantea un futuro4 en el que el control social del Estado es total. Este manipula la información, vigila a sus ciudadanos, controla cada aspecto de sus vidas y reprime toda posible sedición. De esta novela proceden los conceptos muy populares de
- Gran Hermano, que es el gran líder que continuamente aparece en pantallas propagandísticas emitiendo mensajes pero al que nadie conoce personalmente. Está inspirado en varios líderes totalitarios.
- La policía del Pensamiento es una agencia gubernamental que tiene la misión de castigar los «crimentales» o «pensacrímenes», la peor clase de delitos que pueden cometerse en 1984 porque socavan la adhesión total al líder.
- La neolengua es el idioma que se habla en la sociedad de 1984 bajo la premisa de que controlar el lenguaje permite controlar el pensamiento. Los términos antiguos se cambian por otros nuevos y por neologismos, como los mencionados «pensacrímenes». Si se logra desproveer al término «libertad» de sus connotaciones actuales, se logrará evitar que los ciudadanos piensen en la libertad.
Ray Bradbury (1920-2012), en Fahrenheit 451 (1953), pone en el título los 232,8 °C a los que, según le dijeron, arde el papel —la cifra es aproximada, porque la ignición del papel varía bastante y suele estar algo más arriba, pero el título no pretendía ser un dato de física—, porque la sociedad futura que imagina quema todos los libros con el fin de eliminar el pensamiento crítico y distraer a los ciudadanos con entretenimiento vacío.
Margaret Atwood (1939-), en El cuento de la criada (1985), presenta una sociedad futura en la que un golpe de estado en los EUA impone un régimen de legitimación religiosa que divide la sociedad en castas y controla absolutamente la reproducción relegando a las pocas mujeres fértiles que quedan a la esclavitud de servicio y reproductiva. El planteamiento es el siguiente:
Un grupo teocrático, los Hijos de Jacob, asesina al presidente y al Congreso y culpa falsamente del atentado a fanáticos islámicos; el ejército declara entonces el estado de excepción y suspende la Constitución, y Estados Unidos pasa a llamarse República de Gilead. Con la excusa de defenderse de la violencia se recorta el autoritarismo hacia arriba y los derechos hacia abajo: desaparecen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres, que quedan repartidas en castas y enfrentadas entre sí por el miedo y la sospecha. La «criada» es una mujer reducida a sus ovarios, un receptáculo necesario para sostener la natalidad que el régimen se ha propuesto.
Las posapocalípticas. Ya en el siglo XXI tenemos un gran gusto por series y películas posapocalípticas, que son otra clase de distopía, que habitualmente plantean futuros posteriores a grandes epidemias (28 días después, Soy leyenda, The Last of Us), catástrofes naturales (Volcano), cambios climáticos (El día de mañana), revoluciones de robots (Yo, robot, The Matrix), revoluciones sociales fracasadas (Los juegos del hambre, la ya mencionada El cuento de la criada), graves accidentes nucleares e incluso invasiones de zombies (The Walking Dead, Guerra mundial Z) o alienígenas (La guerra de los mundos); o, simplemente, plantean sociedades distópicas futuras (La isla, Divergente). Algunas de estas series y películas son ejemplos de productos de mero entretenimiento que capitalizan nuestro gusto por los desastres y el drama, pero en otras nos plantean elaboradas visiones de sociedades distópicas del futuro que nos dan pie a reflexionar sobre nuestra sociedad actual. Te recomiendo que veas algunas de ellas desde la perspectiva que te da estudiar filosofía política. Curiosamente, en tiempos de avances científicos y tecnológicos alucinantes, escasean las visiones utópicas y las promesas de un futuro mejor. Si conoces alguna, házmelo saber.
Estudiamos con cierto detenimiento este texto capital en la Historia de la Filosofía en la asignatura homónima de segundo curso de Bachillerato.↩︎
Aunque cabe señalar que las sociedades del mundo han mejorado y siguen mejorando notablemente, como argumenta Steven Pinker (1954-) en Los ángeles que llevamos dentro (2011).↩︎
Te recomiendo la novela gráfica original o la versión en película de V de Vendetta que es muy accesible y entretenida y en la que podrás identificar muchos de los conceptos de filosofía política que hemos tratado. Ten en cuenta que la mayoría de las distopías que comento a continuación son posteriores a dos guerras mundiales, el nazismo y el comunismo soviético.↩︎
Para él, que falleció al año siguiente de publicar su novela, 1984 era el futuro. En 1945 Orwell había publicado Rebelión en la granja, otra novela distópica en la que criticaba el régimen autocrático de la URSS bajo Stalin y que está protagonizada por los cerdos de una granja, que se rebelan contra su granjero.↩︎