Tema 36 · Feminismo y perspectiva de género
Así pues, toda la educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de pequeños, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he aquí los deberes de las mujeres en todo tiempo.
—Jean-Jacques Rousseau, Emilio, o De la educación (1762), libro V · traducción de Claude, del francés
«Educad a las mujeres como a los hombres —dice Rousseau—, y cuanto más se parezcan a nuestro sexo, menos poder tendrán sobre nosotros». Ese es justamente mi propósito. No deseo que tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas.
—Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer (1792), cap. IV · traducción de Claude, del inglés
El feminismo es un compromiso intelectual y un movimiento político, social y cultural que tiene el objetivo de acabar con toda forma de sexismo y obtener justicia para las mujeres eliminando la opresión sistémica y la discriminación que las mujeres sufren en la sociedad.
Es una perspectiva muy amplia sobre la realidad, y como tal se expresa a través de una gran variedad de posiciones filosóficas, ideas y formas de acción. Es decir, que no hay una Filosofía feminista o una lista concreta de ideas, sino una perspectiva filosófica feminista. La aplicación de esta perspectiva ha introducido en la Filosofía temas nuevos y nuevas formas de tratar los temas tradicionales.
Podemos encontrar ideas feministas al menos desde Platón, pero el movimiento y sus reivindicaciones se han intensificado en tiempos más recientes. Pondremos el punto de inicio en la Ilustración del siglo XVIII, anterior al feminismo contemporáneo, y mencionaremos algunas de las figuras centrales del pensamiento feminista y las características generales de las sucesivas olas.
Las etapas de pensamiento feminista de los siglos XIX y XX se conocen como olas1, de forma que podemos hablar de un feminismo Ilustrado y de un feminismo contemporáneo con sus tres olas2.
§142 · Feminismo de la Ilustración
El uso de la Razón en el intento de hacer progresar la ciudadanía hacia su mayoría de edad y hacia su autonomía propició la toma de conciencia sobre la situación desigual e injusta de las mujeres respecto de los varones.
En este período inicial del feminismo destacan Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, aunque también estos dos varones defendieron los derechos de la mujer.
Jeremy Bentham (1748-1832). Defendió en Una crítica de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1789) la igualdad entre los sexos al mostrarse a favor del derecho de las mujeres al sufragio, al divorcio y a ejercer cargos políticos.
El argumento se lo daba su propio utilitarismo: si lo que cuenta moralmente es la capacidad de sentir placer y dolor —y no la razón, la fuerza o el sexo—, el sufrimiento de una mujer pesa exactamente igual que el de un varón, y dejarla fuera del cálculo de la felicidad general no es solo injusto, sino un error de método. Por esa misma vía pidió que se despenalizara la homosexualidad e incluyó a los animales en la consideración moral: donde hay sensibilidad, hay alguien a quien tener en cuenta.
Nicolás de Condorcet (1743-1794). Defendió también en su Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía (1790) la igualdad de las mujeres, su derecho al sufragio y la abolición de la esclavitud.
Su argumento es de una simplicidad incómoda: o los derechos se fundan en la razón, y entonces las mujeres los tienen porque razonan, o no se fundan en ella, y entonces no los tiene nadie. A quien alegara que las mujeres estaban peor preparadas le respondía que estaba describiendo el efecto de haberlas privado de educación y presentándolo como su causa. Lo escribió en plena Revolución y murió preso en 1794, sin que la Asamblea llegara a tomarse en serio su propuesta.
Olympe de Gouges (1748-1793). Escribió la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana en 1791 porque en los documentos fundacionales de los Derechos Humanos hasta la fecha3 no se incluía a las mujeres. De Gouges propuso la emancipación femenina por medio de la igualdad de derechos y de la equiparación legal total entre varones y mujeres. Este es el preámbulo de su escrito, en el que sustituye los términos referidos a los varones por términos femeninos:
Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer […] La mujer nace, permanece y muere libre al igual que el hombre en derechos.
Puedes leer la Declaración completa. Es muy breve, como la original que corrige.
Mary Wollstonecraft (1759-1797). Autora y filósofa británica, escribió Vindicación de los derechos de la mujer (1792) como respuesta a Talleyrand-Périgord, un político que durante la Revolución Francesa (1789) defendió que las mujeres debían recibir solamente educación doméstica4.
Wollstonecraft atacó los dobles estándares sociales y acusó a los varones de fomentar el exceso de emotividad en las mujeres5.
Educación de las mujeres. En nombre de este supuesto exceso de sensibilidad y a pesar de su defensa de la Razón, los ilustrados consideraban en general que las mujeres eran débiles e incapaces de pensamiento racional.
Wollstonecraft mantuvo no solo que las mujeres eran capaces de pensamiento racional —a fin de cuentas, la verdad es una para todos—, sino que debían ser educadas racionalmente. De no ser así, no podrían avanzar en el conocimiento y la sociedad degeneraría sin el aporte de las mujeres educadas. Así, las mujeres han sido educadas para ser frívolas o, incluso, como dijo Jean-Jacques Rousseau, educadas para el placer del varón6. En lugar de prestigiar el conocimiento y la educación, la sociedad ha enseñado a las mujeres desde su infancia que la belleza es su arma y que deben empeñarse en cultivar su aspecto sin tratar de obtener otra clase de logros.
Según Wollstonecraft, las mujeres pueden ser compañeras y no solo esposas de sus maridos; pueden (deberían poder) emprender una carrera profesional, si así lo desean, más allá de las profesiones tradicionalmente femeninas.
La educación infantil debiera ser coeducación, con niñas y niños recibiendo la misma educación, y este mismo espíritu debiera trasladarse a los matrimonios. La educación ideal debe ser «un ejercicio del entendimiento como el mejor calculado para fortalecer el cuerpo y formar el corazón. O, en otras palabras, para permitir que el individuo adquiera hábitos de virtud que lo hagan independiente». Aquí individuo incluye a mujeres y varones, no solo a varones. Los términos clave son el cultivo de la virtud y la independencia personal.
Roles sociales diferenciados para mujeres y varones. A pesar de las ideas avanzadas para su tiempo, Wollstonecraft mantiene la distinción de roles sociales diferenciados entre varones y mujeres sobre la base de sus distintos caracteres. En particular, denuncia que los varones no deben hacer propia y practicar la sensibilidad femenina, porque si así fuera ocuparían el espacio social femenino impidiendo la apertura de las mujeres a la sociedad.
Wollstonecraft ha sido muy criticada por su posición de clase —pertenecía a la burguesía y consideraba la de la clase media el estado «más natural»—, pero realizó tremendas aportaciones al feminismo y, lamentablemente, murió antes de escribir otra gran obra al respecto, con lo que no sabremos cómo podía haber mejorado sus argumentos7.
§143 · La primera ola
La primera ola del movimiento feminista comenzó en el siglo XIX y se extendió hasta principios del siglo XX.
Sus reivindicaciones tienen un carácter principalmente legal y se centraron en la obtención del derecho de las mujeres al voto o sufragio femenino; aunque también abogaron por la abolición de los dobles raseros de género y lucharon por el derecho a la educación de las mujeres.
Seneca Falls, donde empezó. El movimiento tiene acta de nacimiento, con fecha y con pueblo: los días 19 y 20 de julio de 1848, en Seneca Falls, en el estado de Nueva York. Asistieron unas trescientas personas y, el segundo día, cien de ellas —sesenta y ocho mujeres y treinta y dos varones— firmaron la Declaración de Sentimientos, que Elizabeth Cady Stanton (1815-1902) había redactado con Lucretia Mott y la familia M’Clintock calcando la Declaración de Independencia de 1776 y corrigiéndola en la línea decisiva: «Sostenemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres y las mujeres son creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables»8. Es el mismo gesto que Olympe de Gouges había hecho medio siglo antes con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y no es casualidad: cuando un texto proclama la igualdad de todos y luego resulta que «todos» eran algunos, la manera más eficaz de denunciarlo es tomarle la palabra. De las doce resoluciones que se votaron, la novena, la del sufragio, fue la única que no se aprobó por unanimidad: salió por escasa mayoría, y después de que Frederick Douglass (1818-1895), nacido esclavo, la defendiera junto a Stanton.
Qué era el doble rasero. Conviene que veas un caso concreto, porque «doble rasero de género», dicho así, no dice gran cosa. Entre 1864 y 1869 el Parlamento británico aprobó las Leyes de Enfermedades Contagiosas: en las ciudades con guarnición o puerto, la policía podía detener a cualquier mujer de la que sospechara que ejercía la prostitución y someterla a un reconocimiento médico forzoso; si estaba enferma, quedaba internada hasta tres meses, y hasta nueve a partir de 1869. A los varones que la habían contagiado no se los reconocía ni se los internaba. Josephine Butler (1828-1906) llamó a aquello violación con instrumentos —la expresión se la había oído a las propias mujeres—, cofundó en 1869 una asociación para derogar las leyes, consiguió que se suspendieran en 1883 y que se derogaran en 1886, tras diecisiete años de campaña. Ahí tienes el doble rasero en su forma más pura: la misma conducta y dos consecuencias distintas según quién la practique.
Las feministas de la primera ola fueron muy diversas, y dos casos tan alejados entre sí como se pueda imaginar dan la medida.
Frances Willard (1839-1898). Presidió desde 1879 y hasta su muerte la Woman’s Christian Temperance Union, que a finales del siglo XIX era la mayor organización de mujeres de los Estados Unidos. Era metodista y presentaba sus demandas en clave doméstica y religiosa, de modo que llegó al sufragismo por una puerta lateral: si el alcohol destruía los hogares y eran las mujeres quienes lo padecían, entonces las mujeres necesitaban el voto para defender su casa. Lo llamó home protection, protección del hogar. Fíjate en la jugada, porque es una lección de estrategia política: pidió el derecho más discutido de todos apoyándose en el papel doméstico que nadie le discutía, y le funcionó. También tuvo un precio, y lo señaló alguien de dentro del propio movimiento: la periodista Ida B. Wells (1862-1931), que documentaba los linchamientos de negros en el sur, la acusó públicamente, en 1894, de callar ante ellos y de haber repetido el estereotipo del varón negro peligroso en una entrevista de 1890 en la que defendía la prohibición del alcohol en el Sur. Willard contestó negando tener prejuicio racial alguno, y su organización aprobó ese mismo año resoluciones contra el linchamiento, sin entrar en el fondo de lo que Wells denunciaba. La discusión fue áspera y no se cerró.
Táhirih (h. 1814-1852). Nació en Qazvín, en Persia, en una familia de juristas religiosos, y fue poeta y teóloga. En 1848, en la reunión de Badasht, se presentó sin velo ante una asamblea de varones y habló. Hoy cuesta medir lo que aquello significaba; entonces era romper de una vez dos prohibiciones, la de que una mujer hablara en público y la de que se mostrara. Llevaba detenida en Teherán desde 1850 y la ejecutaron allí en secreto, de noche, en agosto de 1852; según los relatos bābíes, estrangulada con su propio velo9. Se le atribuyen unas últimas palabras que suenan a programa, aunque no estén documentadas: podéis matarme cuando queráis, pero no podréis detener la emancipación de las mujeres.
Ya no nos encontramos ante un movimiento minoritario en el que destacan algunas figuras solitarias, sino ante uno de escala internacional con incontables mujeres luchando por sus derechos. Existió una gran variedad de posiciones, reivindicaciones y organizaciones, entre los que destacó el movimiento de las suffragette, que recurrieron a manifestaciones, protestas y huelgas de hambre en oposición al de las sufragistas, con formas más tranquilas de reivindicación.
El 7 de junio de 1866, John Stuart Mill (1806-1873) presentó en el Parlamento británico la primera petición masiva de sufragio femenino, con 1.499 nombres impresos, que ni siquiera llegó a votarse; y el 20 de mayo de 1867 su enmienda para sustituir «varón» por «persona» en la ley electoral fue derrotada por 196 votos contra 73. Poco a poco, sin embargo, las grandes naciones fueron estableciendo el sufragio femenino, entre otras: Nueva Zelanda en 1893; Australia en 190210; Dinamarca en 1915; Portugal en 1911, 1931 y 1976; Noruega en 1913; Canadá, a partir de 1917; España, efectivamente en 1931 en un único comicio y a partir de 1977, tras el final de la dictadura de Franco.
Fin del feminismo de la primera ola. A medida que el sufragio femenino y la educación se fueron implantando en diversas naciones, el feminismo de la primera ola fue logrando sus mayores objetivos y comenzó a perder fuerza. Además, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) cambió las prioridades del momento, convirtiendo en perentorios los esfuerzos de guerra. Tras la Gran Guerra, las dificultades económicas redujeron la financiación del movimiento feminista.
§144 · Las aportaciones de Simone de Beauvoir al feminismo
Simone de Beauvoir es una de las figuras que escapa al criterio de las olas para capturar la Historia del feminismo. Durante mucho tiempo, ella misma se negó a considerarse feminista, pues temía que eso supusiera un encasillamiento intelectual y un límite a su pensamiento. Sin embargo, su influencia en el feminismo de la segunda ola fue tal, que finalmente admitió que ella misma formaba parte del movimiento.
Así, cronológicamente De Beauvoir se sitúa en el parón entre la primera ola y la segunda, pero como antecedente claro de la segunda ola, quizás podríamos decir que fue una de sus precursoras o de sus primeras representantes. En todo caso, De Beauvoir escribió El segundo sexo en 1949 y la segunda ola llegó a principios de los 1960s.
Las aportaciones de Simone de Beauvoir al feminismo no solo de segunda ola, sino desde la publicación de El segundo sexo hasta hoy son, entre otras, las siguientes:
El segundo sexo. Considerado por muchas la obra fundacional de la segunda ola. Como ya hemos visto más arriba, De Beauvoir defiende que la mujer ha sido considerada Otra, lo que ha permitido y justificado su opresión secular, circunstancia que hace necesaria su liberación.
En la obra, De Beauvoir señala la construcción social del sexo, es decir, su configuración a través de normas, valores y usos sociales y culturales. Hoy, siguiendo el argumento de De Beauvoir o partiendo de él para llevarlo a otras conclusiones, muchas feministas consideran que el género es una construcción social; que el género es un espectro y no una categoría binaria; y que es necesario combinar la categoría de género con otras categorías de opresión, lo que llamamos el feminismo interseccional.
El hecho de que la pretendida inferioridad de la mujer se base en su socialización y no en la naturaleza, pone el foco no ya en cada mujer individual, sino en los factores sistémicos y culturales que contribuyen a la desigualdad de género.
En esta obra, además, De Beauvoir crea el feminismo existencialista, que explora la experiencia de ser mujer y las formas en que se niega la libertad de las mujeres para definirse a sí mismas y para crear su propio significado vital.
En El segundo sexo, De Beauvoir propone, también, la solidaridad entre las mujeres, que deben tomar conciencia de su situación para lograr la igualdad respecto a los varones pero sin convertirse en varones. Esta idea encuentra eco en la actual concepción de la sororidad11. La sororidad se concebía en términos de hermandad de mujeres de la misma clase durante la segunda ola, pero tras la tercera ola, a partir de 1990, se amplió combinándola con el concepto de interseccionalidad, indicando que la sororidad no debía darse solo entre pares, sino entre todas las mujeres sin distinción de raza, clase social u orientación sexual.
El Manifiesto de las 343. De Beauvoir no solo realizó una filosofía puramente especulativa analizando el rol de la mujer en la sociedad, denunciando la opresión y la injusticia y proponiendo la liberación, sino que participó activamente en soluciones para eliminar esta injusticia.
Un buen ejemplo de esto es el Manifiesto de las 343, publicado en la revista Le Nouvel Observateur el 5 de abril de 1971. De Beauvoir redactó este manifiesto que firmaron 343 mujeres. Estas firmas eran una declaración pública de esas mujeres de que habían abortado, lo que era ilegal en Francia y podía llevarlas a prisión12.
El Manifiesto se abre con este texto:
Un millón de mujeres abortan cada año en Francia. Ellas lo hacen en condiciones peligrosas debido a la clandestinidad a la que son condenadas cuando esta operación, practicada bajo control médico, es una de las más simples. Se sume en el silencio a estos millones de mujeres. Yo declaro que soy una de ellas. Declaro haber abortado. Al igual que reclamamos el libre acceso a los medios anticonceptivos, reclamamos el aborto libre.
El Manifiesto tuvo una influencia decisiva en las leyes francesas sobre interrupción voluntaria del embarazo y sobre el control de natalidad.
Así, las ideas de Simone de Beauvoir tuvieron una enorme influencia en el movimiento feminista, fuerza que sigue teniendo hoy en día, ya que sigue siendo leída, discutida y, en ocasiones, mal comprendida o utilizada para legitimar reivindicaciones con las que ella no hubiera estado de acuerdo. En suma: una figura compleja y con fuertes contradicciones, pero, precisamente por eso, continuamente sugerente y provocadora del pensamiento.
§145 · La segunda ola
La segunda ola del feminismo o el feminismo de segunda ola fue una fase del movimiento feminista surgido en Europa y los EUA a finales de los años sesenta del siglo XX y que se mantuvo hasta finales de los ochenta.
Fue más allá de la crítica de la primera ola a los obstáculos legales y de derechos que causaban la desigualdad entre varones y mujeres y se centró en las experiencias personales de las mujeres y en el desarrollo de la teoría feminista.
La segunda ola surgió, al menos en parte, cuando los varones estadounidenses que habían marchado a combatir en la Segunda Guerra Mundial (GM) volvieron a casa13. Durante los años de la II GM, muchas mujeres se habían incorporado a trabajos tradicionalmente masculinos debido a la falta de varones, que habían sido llamados a filas. Así, las mujeres fueron a trabajar a las fábricas y a la industria. Con el regreso de los soldados y el fin de las necesidades de producción industrial que exigía el esfuerzo bélico, estas mujeres fueron expulsadas nuevamente del ámbito del empleo y relegadas al espacio y las tareas domésticas.
Comprensiblemente, tras haber tenido (cierta) independencia y autonomía durante la II GM, las mujeres no quisieron regresar a sus roles típicos de ama de casa.
El desarrollo de la segunda ola llevó a tres grandes divisiones del feminismo:
- Liberal. Fue el mayoritario y tuvo un marcado carácter práctico. Su objetivo era integrar más mujeres en las estructuras de poder y obtener para ellas igual acceso a puestos tradicionalmente dominados por varones. Querían obtener la paridad de varones y mujeres en todos los órdenes de la sociedad.
- Radical. Consideraban la sociedad existente patriarcal —jerárquica y autoritaria—, y no querían perpetuar ese modelo, por lo que pretenden cambiarla y reestructurarla para que fuera no-jerárquica y anti-autoritaria.
- Cultural o de la diferencia. Rechazaba la noción de que varones y mujeres son iguales y defendía celebrar las cualidades femeninas, como su mayor ocupación de las relaciones afectivas y su preocupación por los demás. Estas cualidades van más allá de las diferencias biológicas. Abogaron por la inclusión de una mayor diversidad. Como el radical, se oponía al liberal por la intención de este de convertir a las mujeres en varones. Por contra, el movimiento mayoritario criticó al de la diferencia por esencialista y excluyente.
Algunas de las feministas más destacadas de la segunda ola fueron:
Betty Friedan (1921-2006). Según muchos estudiosos, la segunda ola comenzó con la publicación de La mística de la feminidad de la feminista liberal Betty Friedan en 1963.
En esta obra, Friedan señala que las mujeres estadounidenses de clase media de la época sufrían «el malestar que no tiene nombre», cuyo origen era la «mística de la feminidad». Tras la vuelta a casa de los soldados tras la II GM y la expulsión de las mujeres de las fábricas y de los trabajos tradicionalmente masculinos, la sociedad (re)creó un ideal femenino de ama de casa, frente al varón que trabaja fuera y gana el sustento para su familia. Según Friedan, los medios de comunicación y la educación enviaban a las mujeres el mensaje de que su destino eran el matrimonio, la procreación y la crianza de los hijos, para lo que debían abandonar la educación superior y los proyectos profesionales. La propia Friedan dejó una carrera profesional en psicología para ser madre. En esta idealización de la mujer como esposa y madre que limita su actividad al ámbito doméstico reside la «mística de la feminidad».
Además Friedan cofundó y dirigió la Organización Nacional de Mujeres (National Organization for Women o NOW) en 1966. En 1970 organizó la huelga de las mujeres por la igualdad, que resultó un éxito. Su trabajo más reciente trató otros temas como las mujeres mayores y cómo el edadismo interseca con el sexismo y con otras formas de discriminación14.
Kate Millett (1934-2017) fue una feminista radical estadounidense que influyó en el feminismo de la segunda ola con su obra Política sexual (Sexual Politics) de 1970.
Millett popularizó el término patriarcado, con el que se refería a la forma en que la dominación y el poder masculinos se habían institucionalizado y habían legitimado la opresión de las mujeres en las sociedades occidentales, con profundas consecuencias para las vidas de estas. Esa institucionalización afectaba incluso a la literatura y el arte, de lo que da ejemplos históricos y contemporáneos, que critica. Así, la subordinación femenina es una cuestión política, que, como tal, requiere una acción colectiva para ser subvertida.
Gloria Steinem (1934-) es una periodista, autora y activista norteamericana. Fundó la revista Ms., una plataforma para voces feministas que abarcar una amplia serie de temas. Fue muy influyente en los años sesenta y setenta del pasado siglo por su participación en el Women’s Liberation Movement de los 1960s y 70s, y ha seguido activa hasta bien entrada la vejez. Ha participado en numerosas iniciativas en favor de los derechos de las mujeres y ha recibido muchos premios, entre ellos la medalla presidencial de la libertad que le impuso Obama.
En un discurso titulado «Llamamiento a las mujeres de Estados Unidos» lanzó este mensaje, en el que vemos que estaba preocupada tanto por los derechos de las mujeres como por el racismo y el clasismo y que entendía que el proyecto de transformación social era de una dimensión enorme:
No se trata de una simple reforma. Es realmente una revolución. El sexo y la raza, por ser diferencias fáciles y visibles, han sido las principales formas de organizar a los seres humanos en grupos superiores e inferiores, y en la mano de obra barata de la que todavía depende este sistema. Estamos hablando de una sociedad en la que no habrá más papeles que los elegidos, o los ganados. Estamos hablando realmente de humanismo.
—Gloria Steinem, «Llamamiento a las mujeres de Estados Unidos», Washington D. C., 10 de julio de 1971
En otra ocasión nos advirtió de que
el primer problema para todos nosotros, hombres y mujeres, no es aprender, sino desaprender. Estamos llenos de sabiduría popular de varios siglos recién pasados, y nos aterra renunciar a ella.
—Gloria Steinem, atribuido (sin transcripción localizada)
§146 · La tercera ola
La tercera ola del feminismo comenzó a principios de la década de 1990, con mujeres nacidas en los 60 y los 70, durante la segunda ola. Es una fase del movimiento feminista en la que la diversidad de perspectivas, posiciones e intereses aumenta considerablemente. La tercera ola coincide con la popularización de Internet, lo que permite a sus pensadoras acceder a una audiencia global, lo que a su vez amplía sus objetivos.
Uno de los problemas fundamentales a los que se enfrentó la tercera ola fue que los logros de la segunda se dieron ya por hechos y para muchas el feminismo ya no parecía tan importante o era, incluso, innecesario.
Son características de la tercera ola:
- Interseccionalidad, perspectiva que reconoce que el género interseca con otras identidades sociales como la raza, la clase y la sexualidad. Hemos de considerar todos estos aspectos de una mujer para comprender cómo afectan a sus vivencias personales de opresión o privilegio.
- Afirmación sexual o la sexo-positividad, que celebra la sexualidad femenina en oposición a los tabúes y restricciones tradicionales alrededor del sexo y el placer.
- Positividad del cuerpo, que desafía o rechaza los estándares de belleza tradicionales e incluye una mayor diversidad de cuerpos y su aceptación.
- Globalismo feminista, que considera que la desigualdad de las mujeres es un fenómeno global, que afecta a todas las mujeres bajo distintas formas culturales.
- Anti-esencialismo, que discute que haya una única experiencia de feminidad y que todas las mujeres deban tener los mismos intereses o perspectivas.
Judith Butler (1956-)15. Algunas de estas características se reflejan en el feminismo de Judith Butler, junto con algunos rasgos propios.
El género es performativo16, tal y como establece en el ensayo de 1988 Actos performativos y constitución del género. Con esto, Butler quiere decir que el género no es una cualidad esencial (anti-esencialismo), un componente del individuo, sino que es un rol o personaje teatral que adoptamos en la sociedad, que nos pasa el «guion» de lo que es ser mujer o varón. Así, ser mujer o ser varón equivale a representar un papel, de manera que somos mujer o varón al interpretar el papel y porque lo interpretamos. El actor de teatro sabe que está actuando y que en cuanto deje de hacerlo dejará de ser el personaje, con lo que hay una diferencia entre él y la persona que actúa su género.
Así, producimos nuestro género continuamente por medio del lenguaje, el comportamiento y las normas sociales.
El género es no binario. Butler niega la distinción entre sexo —entendido como biológico y natural— y género —entendido como un artificio social—. El sexo mismo es una idea social que parte de una heterosexualidad normativa. Así, niega que haya dos sexos opuestos y complementarios, sino que hay un espectro de género en el que el género puede fluir de un lado a otro.
Crítica de la heteronormatividad. La heterosexualidad no es, según Butler, la única forma «natural» o normal de ser; existe una amplia variedad de identidades sexuales y de género más allá de la heterosexualidad mayoritaria.
Interseccionalidad. Es importante comprender cómo el género interseca con las categorías de raza, clase y otras para comprender mejor las experiencias de género.
Perspectiva queer. Con su concepción del sexo y el género como cosas completamente sociales y culturales, Butler se sitúa en el pensamiento queer, del que fue una de las primeras proponentes. El género y la sexualidad no son identidades fijas y estables ni establecidas por la naturaleza, sino que son construidas socialmente y performativas. Además, son no-binarias, ya que no se limitan a «macho y hembra» y «heterosexual y homosexual», lo que, además, resulta opresivo, sino dinámicas y fluidas.
Las críticas. Butler ha recibido dos objeciones que conviene no confundir. La primera es de forma: escribe de un modo tan enrevesado que en 1998 la revista Philosophy and Literature le dio el primer premio de su concurso de mala prosa académica por una frase suya del año anterior. Puede parecerte una anécdota, y no lo es del todo: si la filosofía se hace dando razones, quien no logra que se le entienda tiene un problema con su propio oficio. La segunda es de fondo y viene de dentro del feminismo. Martha Nussbaum (1947-) le reprochó que, al llevar la política al terreno de cómo representamos el género, deja intacto lo que de verdad pesa en la vida de las mujeres: el salario, la ley, la violencia17. Butler contestaría que quien no examina las categorías con las que piensa acaba peleando con las armas del adversario.
Las distopías que has visto se anuncian como tales; las reales, no: se presentaron como el mejor de los mundos y tuvieron gente convencida dentro. Sabes ya por dónde se examina una sociedad: de dónde viene el poder, cómo reparte, a quién deja fuera. Y queda lo peor: si el que vive dentro no la ve, ¿desde dónde la ves tú? Aprende a sospechar de lo que te parece natural: eso mismo tendrás que hacer cuando alguien te explique qué merece la pena mirar.
Vuelve ahora a la sociedad que escribiste al abrir la unidad, sin saber en qué casilla ibas a caer. ¿La escribirías igual? Y fíjate sobre todo en una cosa: qué has añadido al releerla que entonces no se te había ocurrido poner.
Cierras la unidad con una pregunta que ha estado por debajo de todo lo que has leído en ella: de dónde saca la sociedad el derecho a decirle a alguien cómo tiene que vivir. Los derechos humanos la contestan enumerando lo que ningún Estado puede tocar; los contractualistas, contando cómo se llegó al pacto; la tercera ola la plantea sobre las identidades, que es donde más escuece. La lectura que cierra la unidad no responde a Butler, y sería un anacronismo hacérselo decir: lo que ofrece es un criterio, uno solo, para saber cuándo la sociedad puede meterse y cuándo no. A su autor ya lo has visto en este mismo tema, llevando al Parlamento la petición de sufragio de 1866. Y al lado tendrás lo que ese criterio parece pedir y tardó sesenta y cinco años en llegar a España: una mujer de pie en el Parlamento reclamando el voto para las demás, contra la mayor parte de la Cámara y contra la única otra diputada que había en ella.
La designación de ola no surgió hasta 1968, cuando Martha Weinman Lear acuñó segunda ola para el feminismo de los años sesenta y, de rebote, primera ola para el anterior. Es una clasificación controvertida: no abarca a toda pensadora feminista, muchas no encajan en una ola concreta y las representantes de una siguen activas durante la siguiente. Aun así, los tres términos son de uso común y nos sirven para explicar la Historia de forma estructurada. Tómalos como guía abierta.↩︎
Hay autoras que hablan ya de una cuarta ola, pero el objetivo de este epígrafe se centra en el contexto que nos ayuda a entender el pensamiento de Simone de Beauvoir y su influencia, no es el de realizar una Historia exhaustiva del feminismo.↩︎
La Declaración de Derechos de Virginia (1776) y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), que denuncia y corrige De Gouges.↩︎
Es decir, que tenían que ser educadas para realizar labores consideradas femeninas y no recibir una educación general y menos aún universitaria.↩︎
Esa excesiva emotividad era la que hacía proclives a las mujeres a la histeria, según la creencia de la época. En el siglo XIX se consideraba la histeria una enfermedad física diagnosticable en las mujeres. Durante el siglo XX pasó a ser considerada una enfermedad mental y hoy en día ya no se considera una enfermedad, sino un diagnóstico erróneo fruto de un sesgo. Claro, que hay quien aún utiliza «histérica» para atacar y denigrar a las mujeres.↩︎
Este argumento enfureció, naturalmente, a Mary Wollstonecraft, que se opuso a él. Más aún porque provenía de uno de los grandes pensadores ilustrados, fundamental en la filosofía política y defensor de la democracia.↩︎
No me resisto a comentar que Mary Wollstonecraft fue madre de Mary Shelley, a quien dio a luz once días antes de morir. Mary Shelley fue la autora —sí, autora— de una novela pionera de la ciencia ficción que seguro que te suena: Frankenstein (1818).↩︎
Traducción de Claude, directa del inglés; el texto de 1848 está en dominio público.↩︎
Aunque la actividad de Táhirih acabó violentamente en 1852, el paralelo con la muerte a causa de la policía iraní de Mahsa Amini es dolorosamente claro, más aún porque sucedió en septiembre de 2022. Las protestas por la represión que llevó a su muerte por «llevar el mal puesto el hiyab» continuaron a lo largo de 2022 y 2023.↩︎
No para las mujeres aborígenes, por cierto, hasta 1962.↩︎
Curiosamente, el primer uso del término «sororidad» en castellano lo encontramos en Miguel de Unamuno, el célebre literato y filósofo bilbaíno, en 1921: «Fraternal y fraternidad vienen de frater, hermano, y Antígona era soror, hermana. Y convendría acaso hablar de sororidad y de sororal, de hermandad femenina» («Sororidad. Ángeles y abejas», Caras y Caretas, Buenos Aires, marzo de 1921; es el primer uso en letra impresa, y la transcripción disponible difiere en dos palabras del texto que aquí se cita). La RAE no ha aceptado el término hasta 2018.↩︎
El gesto se repitió en España en 1979: más de mil trescientas mujeres se declararon públicamente autoras de abortos en apoyo de las once procesadas de Basauri, cuando el aborto todavía era delito aquí.↩︎
Hay un desequilibrio en esta breve historia del feminismo hacia el feminismo de los EUA desde el planteamiento mismo de esta historia en olas que corresponden fundamentalmente al desarrollo del movimiento feminista en el ámbito de los países anglosajones. Sin duda había movimientos feministas en otros países, pero la influencia cultural de los EUA en la segunda mitad del siglo XX y aún hoy es enorme.↩︎
Podemos ver aquí el paralelo con la obra de De Beauvoir, que también trató la cuestión de la vejez en la segunda parte de su carrera, como hemos visto.↩︎
Curiosamente, Butler es profesora Hannah Arendt en la European Graduate School.↩︎
Te sonará el término artístico performance, que es una actuación artística que consiste en hacer algo. Que algo sea performativo implica que es un acto e incluso una actuación, en oposición a algo que se es.↩︎
Nussbaum, M. C. (1999, 22 de febrero). The professor of parody. The New Republic. https://newrepublic.com/article/150687/professor-parody↩︎