Tema 32 · El origen del poder político
Si es mejor ser amado que temido, o al contrario: se querría ser lo uno y lo otro; pero, como es difícil juntarlos, es mucho más seguro ser temido que amado cuando haya de faltar uno de los dos.
—Nicolás Maquiavelo, El príncipe (1513), cap. XVII · traducción de Claude, del italiano
Decidíos a no servir más, y seréis libres. No os pido que lo empujéis ni que lo derribéis: basta con que dejéis de sostenerlo, y lo veréis, como un gran coloso al que se le ha quitado la base, desplomarse por su propio peso y romperse.
—Étienne de La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria (h. 1548) · traducción de Claude, del francés
§127 · Poder y autoridad
El poder. Es la capacidad de influir o controlar el comportamiento de las personas. Es una característica de las relaciones humanas, que se expresa en las interacciones entre individuos. No es una cosa que se tenga o de la que se carezca1, como se tiene o no cierta estatura o una moneda; tan solo podemos experimentar el poder cuando este se manifiesta. Mostramos poder si y cuando logramos que alguien haga algo en contra de su voluntad. Que alguien logre que yo coma una palmera de chocolate no tiene mérito alguno ni muestra poder alguno sobre mí por ello. Si alguien lograra que yo me alistara al ejército estaría exhibiendo un enorme poder sobre mí, ya que yo estaría contraviniendo mis inclinaciones y mis valores.
El poder suele depender del contexto y la jerarquía social. Un juez tiene poder porque está respaldado por un sistema legal, policial y de prisiones que es el que me «convence» de alistarme en el ejército bajo pena de prisión. Claro, que también un capo de la mafia que amenazara con matar a mi familia si no me alisto también tendría poder sobre mí. Su historial delictivo y sus secuaces pueden ser poderosas armas de «convicción». Quizás tenga más poder aún que el juez.
Sin embargo, si me encontrara con ese juez o ese capo a solas en un callejón oscuro, aquel sin la policía y este sin sus sicarios, su poder ya no sería tal. Son la misma persona en el mismo momento de su vida, pero sin el contexto habitual. Ahí quizás mi fuerza, mi tamaño y mi agresividad podrían imponerse, lo que, en esa interacción concreta, me haría a mí tener poder sobre cualquiera de ellos2. Claro, que si los dejara escapar, tendría que atenerme a las consecuencias de que se vengaran, recuperada su situación habitual y, con ella, su poder.
El uso o la mera amenaza del uso de la fuerza nos permiten ver muy claramente las manifestaciones de poder, pero en absoluto son el único origen de la capacidad de influir en la voluntad de otros. Se puede ejercer poder mediante la seducción, el engaño u otras estrategias.
El poder se manifiesta en (casi) todas las relaciones humanas: entre hermanos, entre padres e hijos, entre amigos, entre compañeros de trabajo, en el ejército.
Además, las relaciones de poder socialmente establecidas son casi siempre asimétricas, es decir, que el poder lo ejerce una de las partes y la otra obedece. El general nunca obedece al soldado ni el policía al conductor.
Pero, dadas las circunstancias adecuadas, no solo una persona investida de poder (recuerda a nuestro juez o al capo) puede encontrarse en inferioridad y sin poder, sino que el poder puede variar de lado en diversas interacciones.
Una relación simétrica de poder es aquella en que se toman las decisiones de forma equilibrada y el poder va pivotando de uno a otro al 50 %. Se trata de un ideal que rara vez se manifiesta en la práctica, pero que nos sirve, como los modelos en general, para comprender mejor los fenómenos y para tener con qué comparar las relaciones que estemos analizando.
Ahora te pregunto: ¿es la simetría una condición necesaria de una relación de poder justa? O, de otro modo, ¿es injusta toda relación de poder porque sea asimétrica?
La autoridad. Está estrechamente relacionada con el poder, pero se diferencia de él en un aspecto clave. Habitualmente utilizamos los términos «autoridad» y «poder» indistintamente. Quien tiene autoridad sobre nosotros también tiene poder. Pero en esta relación existe un factor adicional: el reconocimiento o incluso el respeto por parte del que acata. Un policía puede detenerte y enviarte al calabozo si te pilla robando, luego tiene poder sobre ti3, pero no haces caso a tu abuela favorita porque si no esta te dará una paliza, sino porque la quieres e, incluso, la respetas y la admiras. Más que poder, tu abuela tiene autoridad sobre ti. El afecto que sientes por ella, el recuerdo de los buenos ratos que habéis pasado juntos, haber comprobado que su experiencia se ha transformado en sabiduría y que suele dar consejos válidos, que funcionan, junto con tus ganas de hacerla feliz y la necesidad que tienes de que apruebe tu comportamiento hacen que la obedezcas no por la fuerza, sino por tu propio convencimiento de que es lo mejor para ti.
A nivel político han existido líderes muy carismáticos (§124) que han gobernado porque sus personalidades eran atractivas o porque la mayoría percibía en ellos una gran eficacia, experiencia o acierto. De ellos decimos que tienen autoridad, aunque no tuvieran el poder formal de ser Presidentes o primeros ministros de un país.
Claro, que siendo poder y autoridad características relacionales y contextuales, podemos encontrar líderes con autoridad4 pero con poco poder; líderes con mucho poder pero sin autoridad; y cualquier combinación de proporciones de cada una. Piensa en un dictador, que muchas veces tienen ardientes seguidores, pero que fastidia a mucha gente, que lo odia.
La ubicuidad del poder y las sutilezas de la autoridad son muy difíciles de conceptualizar. Fíjate en la cantidad de redes sociales en las que te encuentras inmerso: familia, amigos, instituto, trabajo, sociedad. Date cuenta de que las interacciones entre tú y cada una de las personas con las que tienes contacto son muchísimas. Ahora multiplica exponencialmente las que esas personas tienen con otras, y estas con otras. En todas ellas encontramos el vector del poder. El conjunto de todas esas interacciones es lo que conforma la sociedad; y para que la sociedad funcione —no digo ya que funcione con arreglo a los mejores valores éticos— es necesaria la gestión social del poder. Veamos cómo ha entendido la Filosofía política la organización social.
§128 · El origen de la desigualdad y la necesidad de legitimarla
Como vimos en el tema de la antropología, las sociedades de cazadores-recolectores eran igualitarias y muy poco estratificadas. Toda sociedad distingue a sus miembros a partir de, al menos, estos dos criterios: el sexo y la edad. Como mínimo hay cuatro grupos: mujeres jóvenes, mujeres adultas, varones jóvenes y varones adultos5.
A raíz de la domesticación de plantas y animales y de la expansión del sedentarismo, las sociedades neolíticas son cada vez menos igualitarias y más estratificadas6. Una vez dominada la producción agraria, lo que llevó siglos, los excedentes de alimentos permitieron la aparición de profesiones cada vez más especializadas.
La división social del trabajo fue haciéndose cada vez más compleja y detallada. Algunos de los primeros roles sociales fueron los de artesanos, sacerdotes, cabecillas militares y… gobernantes. Actualmente la división social del trabajo está tan especializada que la inmensa mayoría de nosotros no sabríamos realizar las labores básicas para nuestra supervivencia —procurarnos comida, abrigo, albergue y curarnos, entre otras— pero tampoco podríamos hacer los trabajos que otras personas hacen, incluso los más sencillos.
El aumento de la complejidad de la organización social derivó en una creciente estratificación. Los antiguos imperios agrarios —Egipto, Mesopotamia, Persia, Roma— tenían una férrea estratificación con estamentos de nobles, clérigos, hombres libres y esclavos. Quizás las sociedades igualitarias no necesiten justificación o legitimación de su organización y de la distribución del poder, aunque la tienen, porque nadie mantiene un gran poder sobre nadie, y, de tenerlo, es temporal. Sin embargo, una sociedad gobernada por un faraón, un rey o un emperador, y más si es una sociedad esclavista, debe tener formas de legitimar las desigualdades que su organización social conlleva. ¿Por qué yo soy esclavo y tú no? ¿Quién te da derecho a ser el faraón y quedarte con la mayor parte de mi cosecha?
Históricamente la legitimación de la estratificación social, la injusticia y el poder en los grandes imperios era una mezcla de tradicional y, de tanto en tanto, carismática. Ahora bien, ¿en qué se basaba la tradición legitimadora? En el poder divino, sobrenatural. ¿Qué hay más poderoso que ser (un) dios o, al menos, estar ungido, elegido o apoyado por uno?
§129 · Las teorías del origen divino del gobierno
Los faraones. Los reyes del antiguo Egipto ya eran divinos en vida por el cargo, y tras su muerte se los veneraba como dioses7. Llevaban además el título de hijo de Ra, el dios solar que fue la gran divinidad del Reino Antiguo y que a partir del Reino Nuevo cede el primer puesto a Amón, fundido con él como Amón-Ra.
Los reyes de Israel. Eran ungidos8, entre otros muchos, para simbolizar la designación divina de su estatus real.
Los emperadores romanos. Fueron en muchas ocasiones divinizados, comenzando por Augusto, el primero de ellos, deificado tras su muerte9.
Las monarquías absolutas. La legitimación divina no se limitó a los antiguos imperios agrarios y esclavistas. Las monarquías absolutas europeas de los siglos XVII y XVIII se consideraban a sí mismas monarquías de derecho divino. La francesa acabó con la revolución de 1789, pero en Rusia los zares no fueron depuestos hasta 1917.
Los que quedan. Aún existen gobiernos religiosa o divinamente legitimados: el Estado Vaticano y el sultanato de Brunéi, cristiano el primero e islámico el segundo10.
Todos estos sistemas políticos y formas de gobierno buscaban la justificación de su poder y la existencia de la jerarquía social y la desigualdad apelando a Dios, que como hacedor supremo era/es la máxima autoridad a la que podían asociarse.
Es decir, no es un objeto. Considerarlo así sería esencialista e inadecuado.↩︎
Lo que solemos llamar la ley de la selva, que es, precisamente, la ausencia de ley alguna.↩︎
Llamamos a la policía «la autoridad», no «el poder». Una vez más, el uso habitual de las palabras y el uso técnico y preciso que hacemos de ellas al hacer Filosofía no coincide y puede causar equívocos.↩︎
Curiosamente, para significar un exceso en el ejercicio del poder no decimos «poderismo», término que no existe, sino «autoritarismo», lo que, por definición no debiera ser posible.↩︎
Hasta cierta edad, que varía según la cultura, los niños son una especie de «caballito blanco» sin una adscripción clara a los roles de género propios de su sociedad, o, quizás mejor dicho que su género no opera de forma práctica hasta que pasan cierta edad. Hasta entonces son, tan solo, niños.↩︎
Como con tantas otras cosas, la realidad no era, ni es, tan simple: existen sociedades de cazadores-recolectores no igualitarias, y cada vez más estudios nos hablan de sociedades anteriores a la Revolución Neolítica capaces de construcciones que estimábamos imposibles sin estratificación —infórmate sobre Göbekli Tepe, en la actual Turquía, de hace 11 000 años—. Además, las primeras sociedades agrarias fueron durante mucho tiempo muy parecidas a las paleolíticas: la agricultura no cambió las cosas de un día para otro.↩︎
El faraón vivo fue Horus encarnado desde la I dinastía hasta época romana, y desde la IV llevó el título de «hijo de Ra». Su divinidad le venía del cargo y era muy inferior a la de los grandes dioses; al morir se fundía con Osiris. Rendir culto a la persona del rey vivo, con templo propio, fue menos común, aunque Ramsés II lo hizo a gran escala en Abu Simbel.↩︎
Ungir —del latín ungere, ‘untar’— es embadurnar con aceite perfumado, grasa u otra sustancia, gesto ritual presente en muchas religiones. Se unge a personas y a cosas para significar que sobre ellas se derrama una influencia sagrada.↩︎
El culto imperial tenía una función política evidente: adscribir al emperador a una esfera divina unificaba un imperio enorme. Pero cuidado con verlo solo como una formalidad, porque separar tajantemente religión y política es una distinción moderna que los romanos no habrían reconocido. Con el tiempo sí acabó funcionando como prueba de lealtad, y por eso chocó con los cristianos.↩︎
En el escudo de la monarquía británica, que formalmente está legitimada racional-legalmente, podemos leer: «Dieu et mon droit», es decir, Dios y mi derecho, aún hoy. Los que conocimos la peseta recordamos, entre otras, las monedas de 5 pesetas de 1957, en cuyo anverso podía leerse: «FRANCISCO FRANCO CAUDILLO DE ESPAÑA POR LA G. DE DIOS · 1957» —es decir, por la gracia de Dios—. No hace tanto.↩︎