Tema 23 · Ética y moral: conceptos y metaética
No fue Zeus quien me proclamó esa orden […]. No creía yo que tus bandos tuvieran fuerza para que un mortal se saltara las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses: no son de hoy ni de ayer, viven siempre, y nadie sabe desde cuándo aparecieron.
—Sófocles, Antígona, 450-457 · traducción de Claude, del griego
Nada hay justo ni injusto que no cambie de cualidad al cambiar de clima. Tres grados de elevación del polo trastornan toda la jurisprudencia; un meridiano decide de la verdad. […] ¡Graciosa justicia la que limita un río! Verdad de este lado de los Pirineos, error del otro.
—Blaise Pascal, Pensamientos, 294 · traducción de Claude, del francés
Utilizamos a diario los términos «ética» y «moral» indistintamente en nuestras conversaciones. Sin duda te suenan. Y están estrechamente relacionados. Pero como es habitual en esta asignatura —y ya te habrás dado cuenta de ello—, a los filósofos nos gusta sacar el bisturí y diseccionar las palabras, los conceptos y las ideas con el objetivo de profundizar en ellas y tener así una visión más rica y compleja de la realidad.
§88 · Moral y ética
Qué es una moral. Una moral es un conjunto o código de normas, reglas y valores que regulan lo que está bien y lo que está mal para un individuo, grupo o sociedad1. De ahí que solamos hablar de moral cristiana, código moral caballeresco, moral judía, moral islámica, código moral de los antiguos griegos, la moral de Ana. Aunque podemos hablar de morales individuales, la mayor parte de las veces nos referiremos a la moral como fenómeno cultural, y, por lo tanto, ligado a una sociedad o religión.
Simplificando mucho, pero sin alejarnos demasiado de lo que es, la moral es una lista de acciones consideradas buenas o malas unidas a la prescripción o prohibición de realizarlas2. Así, «matar es malo/no debes matar», «pagar impuestos es bueno/debes pagar impuestos» o «mentir a tus padres es malo/no debes mentir a tus padres». Si unimos todas las prescripciones y todas las prohibiciones de la lista, tendremos un código o conjunto de normas. A ese código o conjunto de normas llamamos moral.
Qué es la ética. La ética es la rama de la filosofía que se ocupa de las morales: las ordena, las examina y discute con razones qué normas se sostienen y cuáles no3. Por eso oirás hablar de ética médica, teoría ética, ética de la felicidad o ética de la empresa. Como disciplina filosófica, la ética está ligada a la reflexión sobre los actos de las personas y sobre las normas y valores morales. Es decir, que la ética analiza, estudia y juzga las normas morales. Sin moral no existiría ética, pues carecería de objeto. Por eso verás que a la ética se la llame también filosofía moral, como ya se dijo al presentar las ramas de la filosofía (§09): al lado de la distinción que acabamos de hacer el nombre suena raro, pero es correcto, porque ahí el adjetivo dice de qué trata y no de qué está hecha. Es filosofía sobre la moral, igual que la filosofía de la ciencia no es ciencia.
En qué se diferencian: la fundamentación. Ética y moral hablan de un tema común —las acciones y los valores humanos en tanto que buenos o malos, prescritos o prohibidos—, y la diferencia fundamental entre ambas estriba en qué dicen sobre ello y cómo.
La moral nos dice concretamente qué es lo que una persona, grupo o sociedad consideran bueno y qué consideran malo. La ética intenta explicarnos qué criterios utiliza dicha moral para realizar esas distinciones, en qué consiste la bondad o por qué hay que practicarla. La moral nos habla directamente sobre qué hacer y qué no y la ética reflexiona sobre las justificaciones.
La fundamentación de la moral puede ser religiosa —esto es bueno porque lo mandan Dios o la divinidad—, tradicional —siempre hemos hecho esto así—, naturalista —hemos de imitar la naturaleza, que es el orden debido de las cosas—, o de otros tipos. La ética, sin embargo, solo puede fundamentarse en la razón y en razones. Cuando tu dios, tus padres, tu profesor o tu cultura te dice que robar está mal, siempre puedes preguntar por qué está mal. En ese momento estás realizando una pregunta ética, es decir sobre la norma moral. Si la persona a la que interpelas responde con alguna de las justificaciones que acabo de mencionar, seguirá inmersa en un discurso moral. Pero si trata de argumentar con la razón y por medio de razones, entonces estará haciendo ética.
La distinción es útil, pero no la trae el diccionario. Habrás notado que las dos etimologías dicen lo mismo, costumbre, una en griego y otra en latín; y no es casualidad, sino una traducción. Así que la diferencia no está en las palabras, que significan igual: la ponemos nosotros, porque nos hace falta separar dos cosas que se confunden a todas horas. Y como la ponemos nosotros, no es universal: en inglés se usan casi siempre como sinónimos, y hay filósofos de primera fila que reparten la pareja de otra manera4. Retén entonces para qué sirve, que es lo que importa: te permite ver que se puede cumplir una norma toda la vida sin haberse preguntado nunca por qué.
§89 · La libertad, condición de la moral
Sin libertad no hay nada que juzgar. Antes de entrar en las teorías éticas conviene pararse en algo que damos por supuesto cada vez que juzgamos a alguien. Cuando dices que tu amiga se portó mal contigo no estás describiendo lo que pasó: estás dando por hecho algo más, y es que podría haberse portado de otra manera. Quita esa suposición y mira qué queda en pie. El mérito se vuelve absurdo, porque felicitar a alguien por hacer lo único que podía hacer se parece bastante a felicitar a una piedra por caer. La culpa se vuelve cruel. El castigo se queda sin más justificación que su utilidad. Y el perdón pierde su objeto, porque ya no hay nada que perdonar. La moral entera cuelga de ese supuesto, así que toca preguntarse si se sostiene. El determinismo y el indeterminismo ya los has estudiado y no vamos a repetirlos (§80); lo que nos ocupa ahora es lo propiamente ético, que es otra cosa: qué le ocurre a la responsabilidad según cuál de aquellas respuestas des por buena.
Las tres posiciones. Son tres, y no dos grados de una misma cosa. El determinismo duro acepta que todo cuanto ocurre está determinado por causas anteriores, tus decisiones incluidas, y saca la conclusión que parece seguirse: entonces no somos libres, y nadie es responsable de nada. El libertarismo recorre el camino inverso: puesto que somos libres —y de eso, dice, tenemos mejor evidencia que de cualquier tesis sobre la física del universo—, el determinismo tiene que ser falso justo en el punto en que decidimos. Nada tiene que ver con el libertarismo político, que es otra cosa y se llama igual por casualidad. Y el compatibilismo se niega a elegir: sostiene que ser libre y estar determinado no se estorban, de modo que, fuera verdadero el determinismo o no, seguiríamos siendo libres y responsables; a quien además afirma que el determinismo es verdadero se le llama determinista blando. Fíjate en que las dos primeras comparten un supuesto, y por eso a las dos se las llama incompatibilistas: dan por bueno que libertad y determinismo no caben juntos. Lo que las separa es cuál de los dos sacrifican5.
Lo que el compatibilista cambia. Suena a trampa y no lo es. Ya viste en qué consiste su jugada —redefinir «libre» como actuar por causas tuyas y sin coacción— y con qué ejemplo, el del preso y el de quien elige qué estudiar (§80). Lo que aquí importa es el precio y la ganancia de esa jugada. Para el incompatibilista, un acto es libre si podías haber hecho otra cosa; para el compatibilista, esa condición sobra. Y si sobra, el determinismo deja de amenazar la responsabilidad. Aquí entra el experimento mental que más ha hecho por esta posición, que Harry Frankfurt (1929-2023) propuso en 1969 y que después se ha contado mil veces así. Imagina que alguien te implanta un dispositivo capaz de intervenir en tu decisión si vas a votar lo que a él no le conviene, y que no hace nada si vas a votar lo que quiere. Votas por tu cuenta lo que él quería y el dispositivo no llega a activarse. No podías haber hecho otra cosa, y sin embargo la decisión fue tuya de principio a fin. Si el caso funciona, «poder haber hecho otra cosa» no es lo que te hace responsable, y entonces el determinismo deja de ser una amenaza6.
La neurociencia entra en la discusión. Vas a oír muchas veces que «la ciencia ha demostrado que no somos libres», y casi siempre detrás está el mismo experimento. En 1983, Benjamin Libet (1916-2007) pidió a unos voluntarios que flexionaran un dedo cuando quisieran y que anotaran el instante en que sintieron la voluntad de hacerlo, siguiendo un punto que giraba como la aguja de un reloj. Encontró que la actividad eléctrica del cerebro —el llamado potencial de disposición— empezaba unos 350 milisegundos antes de ese instante, y que ese instante caía a su vez unos 200 milisegundos antes del movimiento: todo el asunto ocurre en poco más de medio segundo. La conclusión que se popularizó fue que el cerebro decide primero y la conciencia se entera después7. Ahora fíjate en todo lo que ese experimento no dice. Flexionar un dedo en un momento arbitrario no es una decisión moral deliberada, que es de lo que aquí se trata. Alfred Mele (1951-) ha argumentado que ese potencial no es la causa del acto ni una decisión ya tomada, sino a lo sumo el rastro de un impulso que puede acabar en decisión o no, y que la intención consciente, la que llega después, sí hace trabajo causal8. Y en 2012 un grupo de neurocientíficos propuso algo más incómodo todavía: que el potencial podría ser un artefacto del método, el efecto de promediar fluctuaciones espontáneas alineándolas hacia atrás desde el movimiento9. Que un experimento no demuestre lo que se le atribuye no lo convierte en malo; te enseña a pedir que la conclusión se ajuste a lo medido.
Qué está en juego. Esto no es un juego de salón, y se ve en cuanto miras un juzgado. Castigar a alguien porque se lo merece —y no para protegernos, ni para que escarmiente, ni para reinsertarlo— es lo que se llama retribución. No es la única justificación del castigo que necesita un reo libre en sentido fuerte, porque censurar a alguien o pedirle que se arrepienta presuponen lo mismo; pero sí es la que se agota en ese merecimiento y se queda sin nada en cuanto lo pierdes. Quien niega esa libertad no se queda sin respuesta: puede seguir encerrando a quien es peligroso por el mismo derecho por el que aislamos a quien tiene una enfermedad contagiosa, sin culparlo por ello. Es el llamado modelo de cuarentena, y no es una puerta abierta: quien lo defiende añade que, igual que con el enfermo, solo cabe la restricción mínima imprescindible y con obligación de tratar10. Cambia también la educación, porque premiar y castigar presupone lo mismo que el juzgado; y cambia, sobre todo, la manera de mirar a quien hace daño. Antes de decidir dónde te colocas, hazte la pregunta al derecho y al revés: ¿estarías dispuesto a aplicarte a ti mismo la conclusión que sacas para los demás?
§90 · Metaética: objetivismo y relativismo
La metaética da un paso atrás y pregunta por lo que cualquier discusión moral da por supuesto sin decirlo. No pregunta si mentir está mal: pregunta qué clase de cosa es que algo «esté mal», si eso puede ser verdadero o falso, cómo llegaríamos a saberlo y por qué habría de movernos11.
Tres pisos, y este es el de abajo. La ética se estudia en tres niveles y conviene que sepas en cuál estás. La metaética no propone ninguna norma: examina de qué están hechas. La ética normativa sí se moja y ofrece criterios para decidir qué está bien: es a lo que se dedican las grandes teorías éticas que estudiarás a continuación, una por cada gran respuesta. Y la ética aplicada baja esos criterios a casos concretos y discutidos, que es el último tema. El orden no es caprichoso: discutir qué norma es la buena sin saber qué clase de cosa pretende ser una norma es discutir a ciegas.
Las preguntas de la metaética se agrupan en cuatro familias. Las metafísicas: ¿hay hechos morales ahí fuera, o solo opiniones nuestras? Son las que ocupan el resto de este tema. Las epistemológicas: si los hubiera, ¿cómo los conoceríamos? Las semánticas: ¿qué hacemos exactamente al decir «esto está mal»12? Y las psicológicas: ¿por qué actuar moralmente? (§91).
Objetivismo moral. El debate se mueve entre dos polos. Uno de ellos defiende que las normas morales son verdades eternas, absolutas, inmutables y universales, en tanto que afectan a todos los seres racionales de todos los tiempos. El caso extremo de esta concepción lo representa Platón, que pensaba que los valores morales tenían una existencia separada de las acciones humanas, que eran «cosas», aunque fueran cosas inmateriales. De la misma manera en que no inventamos las matemáticas y que \(1 + 1 = 2\), sino que lo descubrimos, los valores morales no son una invención humana, sino que los descubrimos utilizando nuestra razón.
El voluntarismo es otro tipo de objetivismo, propio de pensadores cristianos medievales como Guillermo de Ockham (c. 1287-1347) y Juan Duns Escoto (c. 1266-1308). Lo que hace buena una acción, sostienen, es que Dios la quiera, y no al revés: la norma sale de su voluntad y no de su intelecto, de modo que no podemos alcanzarla ni analizarla razonando13. La objeción es tan vieja como Platón, que la plantea en el Eutifrón: si algo está bien porque Dios lo manda, podría haber mandado lo contrario y hoy sería obligatorio; y si lo manda porque está bien, la bondad no la pone el mandato.
Relativismo moral. La postura opuesta niega el carácter objetivo de los valores y las normas morales. Se atribuye a los sofistas; con los escépticos conviene ser más cuidadoso, porque negar que haya conocimiento moral no es lo mismo que decir que la verdad moral cambia con el grupo (§56). No rechazan la existencia o la conveniencia de los valores morales, pero en lugar de considerarlos entidades por sí mismas o pensamientos de Dios, piensan que son estrictamente invenciones humanas. A su vez, hay dos tipos de relativismo moral.
Relativismo individual. El relativismo individual sostiene que cada individuo puede crear su propio criterio moral; en los libros de filosofía lo encontrarás más a menudo con el nombre de subjetivismo, reservando «relativismo» para cuando lo relativo es el grupo. Friedrich Nietzsche (1844-1900) defendía que el superhombre crea su propia moral, distinta de la moral de esclavos propia de la masa. A Nietzsche le dedicaremos un tema entero más adelante (§109).
Relativismo cultural. La versión más extendida entiende que la moralidad es un producto de la sociedad, no de un individuo, y que por lo tanto la moral cambia de una sociedad a otra y de un tiempo a otro. Sus consecuencias para la convivencia ya las estudiaste al hablar de la diversidad cultural (§37); lo que aquí se discute es otra cosa, la verdad de los juicios. En esa tradición suelen citarse los sofistas, Michel de Montaigne (1533-1592) y el sociólogo William Graham Sumner (1840-1910), que le dio su formulación moderna en Folkways (1906)14.
Dos cosas que se confunden, y no son la misma. Que las sociedades discrepen en materia moral, y mucho, es un hecho observable: se le llama relativismo descriptivo. Que no haya verdad moral por encima de los grupos, de modo que lo correcto lo sea solo para uno de ellos, es una tesis filosófica: el relativismo metaético, que es el que aquí nos ocupa. Del hecho no se sigue la tesis: que dos personas discrepen sobre la edad del universo no prueba que el universo no tenga edad. Para pasar de lo uno a lo otro hace falta un argumento más —que ese desacuerdo no pueda resolverse razonando, ni siquiera en principio—, y ahí es donde se pelean de verdad relativistas y objetivistas15. Fíjate en lo que acabas de hacer, porque es lo que se te pedirá una y otra vez: mirar si de las premisas se sigue de verdad la conclusión (§59).
«Moral» viene del latín moralis, adjetivo formado sobre mos, moris, «costumbre». Lo acuñó Cicerón para traducir el griego, y dejó escrito por qué: esta parte de la filosofía trata de las costumbres, que los griegos llaman ethos, y conviene enriquecer el latín llamándola moral (Sobre el destino, 1).↩︎
Una prohibición es una exhortación a no hacer algo o un mandato para no hacer algo. Por ejemplo: «no debes pegar a un niño». Una prescripción es un deber de hacer algo. Así, «debes decir la verdad» es una prescripción, un mandato o una obligación.↩︎
«Ética» viene del griego, y en rigor de dos palabras casi gemelas que solo se distinguen en la vocal inicial: una significa «carácter» y la otra, «hábito» o «costumbre». Aristóteles aprovechó el parecido: la virtud del carácter nace del hábito, dice, y de ahí ha tomado su nombre (Ética a Nicómaco, II 1).↩︎
Bernard Williams (1929-2003) reserva «moral» para una forma moderna y particular de entender la ética —el sistema de la moralidad, con su vocabulario de obligación y de culpa— frente al pensamiento ético de los griegos: Ethics and the Limits of Philosophy (1985).↩︎
Hay una cuarta posición, también incompatibilista: sostener que nadie merece alabanza ni reproche gane quien gane el pleito anterior. Si el mundo está determinado, tus decisiones proceden de causas que tú no pusiste; y si no lo está, lo que se cuela en ellas es azar. Queda un resquicio —que seas tú quien causa la decisión, y no una cadena de sucesos—, pero pide una física que nadie sabe escribir. Es el incompatibilismo duro de Derk Pereboom (1957-).↩︎
No está ganado. La objeción más seria es un dilema: o la señal que avisa al interventor determina tu decisión, y entonces el incompatibilista no concederá que haya responsabilidad; o no la determina, y entonces sí podías haber hecho otra cosa (Widerker, 1995; Ginet, 1996). Medio siglo después, el pleito sigue sin sentencia: McKenna, M. y Coates, D. J. (2024). Compatibilism. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2024). https://plato.stanford.edu/archives/sum2024/entries/compatibilism/↩︎
Libet, B., Gleason, C. A., Wright, E. W. y Pearl, D. K. (1983). Time of conscious intention to act in relation to the onset of cerebral activity (readiness-potential). Brain, 106(3), 623-642.↩︎
Mele, A. R. (2009). Effective Intentions: The Power of Conscious Will. Oxford University Press.↩︎
Schurger, A., Sitt, J. D. y Dehaene, S. (2012). An accumulator model for spontaneous neural activity prior to self-initiated movement. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(42).↩︎
Pereboom, D. y Caruso, G. D., recogido en Caruso, G. (2026). Skepticism About Moral Responsibility. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2026). https://plato.stanford.edu/archives/sum2026/entries/skepticism-moral-responsibility/↩︎
Sayre-McCord, G. (2026). Metaethics. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2026). https://plato.stanford.edu/archives/sum2026/entries/metaethics/↩︎
No es un juego de palabras. Si al decir «robar está mal» describes un hecho, la frase será verdadera o falsa; si lo que haces es expresar rechazo, como quien abuchea, no será ni lo uno ni lo otro, y entonces el pleito que viene a continuación estaría mal planteado desde el principio. A esa tercera posición se la llama no cognitivismo.↩︎
Con Escoto hay que afinar, porque es voluntarista a medias: los mandamientos de la primera tabla del Decálogo, los que se refieren a Dios mismo, son para él verdades necesarias que ni Dios podría hacer falsas, y solo el resto depende de su voluntad. Williams, T. (2026). John Duns Scotus. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2026). https://plato.stanford.edu/archives/sum2026/entries/duns-scotus/↩︎
La lista hay que leerla con cautela. Montaigne y Sexto Empírico recogieron la diversidad de costumbres, pero de ahí sacaron sobre todo una suspensión del juicio, que es escepticismo y no relativismo. El relativismo como tesis distinta se formula en el siglo XX, y quienes más hicieron por él fueron antropólogos: Franz Boas y sus discípulos.↩︎
Gowans, C. (2026). Moral Relativism. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2026). https://plato.stanford.edu/archives/sum2026/entries/moral-relativism/↩︎