Tema 37 · Arte, belleza y gusto

Los poetas quieren o ser útiles o deleitar, o decir a la vez cosas agradables y adecuadas para la vida. […] Se lleva todos los votos quien mezcla lo útil con lo dulce, deleitando al lector y a la vez amonestándolo.

—Quinto Horacio Flaco, Arte poética, 333-334 y 343-344 · traducción de Claude, del latín

No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Eso es todo. […] La vida moral del hombre forma parte de la materia del artista, pero la moralidad del arte consiste en el uso perfecto de un medio imperfecto.

—Oscar Wilde, prefacio de El retrato de Dorian Gray (1891) · traducción de Claude, del inglés

§147 · Qué es la estética y qué preguntas se hace

La estética es la rama de la Filosofía que trata la belleza y, por extensión, del arte.

La estética se realiza el siguiente tipo de preguntas, que te servirán para acotar el ámbito de esta rama de la Filosofía:

Sobre la belleza

  • ¿Qué es la belleza?
  • ¿Cuáles son los valores estéticos?
  • ¿Es subjetiva la belleza, o bien es universal?

Sobre el arte

  • ¿Para qué sirve el arte? ¿Cuál es su función, si es que tiene alguna?
  • ¿Proporciona el arte conocimiento? ¿Y verdad?
  • ¿Quién decide el significado de la obra de arte, el artista, el observador, el contexto o una mezcla de los tres?
  • ¿Es importante el arte en la vida personal y en la social? ¿Por qué?
  • ¿Debe ser el arte moralmente bueno o tener una intención moralizante?
  • ¿Debe el arte ser siempre bello o puede expresar la fealdad sin dejar de ser arte?
  • ¿Se puede expresar cualquier cosa mediante el arte, o tiene la expresión artística límites morales?

Sobre el gusto

  • ¿Qué determina el gusto?
  • ¿Es una preferencia personal o está condicionado por factores culturales y aprendidos o es innato?
  • ¿Sirve el gusto para juzgar la belleza?

§148 · La relación de lo estético con otros ámbitos de la cultura

Lo bello y lo armonioso tienen un claro componente cultural. Podemos argumentar que aprendemos qué es bello por los diferentes modelos de belleza que recibimos por medio de la socialización. Sin embargo, como en casi cualquier otro ámbito de la experiencia humana, la apreciación estética opera en los confines de nuestra configuración biológica.

Ya sabemos que la cultura es el conjunto de ideas, valores y herramientas que una generación lega a la siguiente y que no debemos confundirla con la Cultura —con ce mayúscula—: pintura, escultura, artes gráficas, música, literatura, etc. En este caso nos referimos a ambas, ya que esta es parte de aquella que tiene relación directa con la estética. La importancia de la estética en el arte es evidente; algunos defenderían que todo arte sigue y debe seguir criterios estéticos como la belleza y la proporción y que es la única función del arte crear obras con elevada calidad estética.

Hay, sin embargo, otras áreas de la cultura en la que la estética por sí sola o a través del arte tienen gran importancia.

La espiritualidad y la religión se han servido siempre de la gran capacidad evocadora que tienen el ritual y el arte. Las acciones repetidas y los símbolos pueden expresar y comunicar ideas complejas de manera plástica. Lo inefable1, lo sagrado y lo trascendente puede plasmarse en cuadros y esculturas; la música puede contribuir a entrar en estados alterados de conciencia en los que la percepción cambie; la arquitectura de los templos puede acompañar en el recogimiento y albergar obras de arte, además de ser arte por sí mismas.

La identidad cultural, subcultural o de grupo puede marcarse por medio de la vestimenta, la decoración corporal y el diseño de los espacios comunes con un componente estético fundamental. Ejemplos de ello son los turbantes sij, los tatuajes de henna, las cruces que se cuelgan al cuello los cristianos o las estéticas emo, punk o hip-hop. Tienen significados simbólicos pero también buscan representar determinados ideales de belleza o protestar contra ellos.

La política y la ideología comparten características con la religión, la identidad y los grupos sociales, por lo que también se han servido del arte y la estética para generar cohesión, identificación y distinción de facciones, partidos y colectivos. Banderas, carteles, monumentos y otros objetos con una clara dimensión estética se ponen al servicio de la comunicación política y llenan de significado colores —ser rojo o verde—, formas y espacios.

En la sociedad de consumo la estética es ubicua, principalmente por medio de la moda y del diseño industrial. Nos gustan los productos con ciertas proporciones y colores, que denoten estatus social y que sean agradables de usar. Desde las apps de nuestros móviles pasando por nuestra ropa o los coches, todos los productos se diseñan y se fabrican con consideraciones estéticas que exceden la mera utilidad del producto. En ocasiones la estética prima sobre la funcionalidad de los objetos e incluso hay categorías enteras de productos que son menos eficientes o útiles tan solo porque quieren hacerse más bonitos.

§149 · Ética y estética: el papel político del arte

El arte tiene una dimensión ética porque influye en la sociedad. El arte es uno de los más elevados productos de la mente y de la acción humanas. El artista representa el su mundo de formas diversas y nos lo ofrece, influyendo así en nuestra percepción del mundo sugiriéndonos nuevas formas de ver y de mirar… o perpetuando las existentes reproduciéndolas. El arte puede servir para visibilizar realidades poco conocidas, para burlar la censura de gobiernos totalitarios, para que los espectadores tomen conciencia de las injusticias… o para reforzar los valores patrióticos, militaristas, de las elites sociales e incluso para desactivar el malestar social por medio del entretenimiento o el desvío de la atención de los ciudadanos. Por lo tanto, el arte puede tener un efecto conservador o un efecto disruptivo en nuestra forma de entender el mundo, con profundas implicaciones éticas y sociales.

Ejemplos de la función del mantenimiento y refuerzo de las estructuras sociales pueden ser las efigies y cuadros de los líderes políticos, desde los faraones hasta los cultos a la personalidad de los líderes totalitarios del siglo XX. Los arcos del triunfo romanos, las catedrales góticas o los retratos de la corte son todos ejemplos de la representación idealizada con intención política, muestras de poder y herramientas de perpetuación del mismo.

Ejemplos del arte como denuncia social y como forma de despertar conciencias son el Guernica de Picasso; la canción protesta durante el franquismo; la novela de Margaret Atwood que ya mencionamos en la sección sobre política, El cuento de la criada (§141); o las intervenciones del artista anónimo que firma como Banksy.

Tanto la intención conservadora como la que pretende cambiar la sociedad se materializan en obras artísticas cuyo impacto entra indudablemente de lleno en la esfera moral. Es decir, que podemos valorar una obra de arte como moralmente buena o mala según su efecto social. Esto es cosa distinta que decir que todo arte debe ser moralmente bueno. Podemos mantener ética y estética separadas cuando hacemos arte, hasta cierto punto, pero cuando tratamos cuestiones éticas no podemos ignorar las implicaciones éticas del arte.

La intención y los efectos. Una cosa es la intención del artista, y otra los efectos reales que su obra genere en contextos concretos. El artista, aunque pueda pretenderlo, no decide unilateralmente cómo se interpreta su obra, qué influencia tiene esta en la realidad o cómo afecta cuando es observada en otros lugares y tiempos. Desde el punto de vista de nuestra experiencia actual no valoramos de la misma manera una obra realizada para la celebración militar de un emperador romano —como el de Constantino, del año 315— que otra realizada para glorificar al régimen norcoreano —Arco del Triunfo de Pionyang en honor de Kim Il-sung— en 1982. La distancia temporal puede hacer que se reduzca o incluso desaparezca la interpretación crítica de una obra de arte.

La responsabilidad del artista y la del espectador. Hay una responsabilidad moral en el artista, pero también la hay en el espectador, que no es un mero receptor pasivo que observa la obra sino que reacciona tanto estética como moralmente a ella, aceptándola, rechazándola y actuando o no ante su propuesta.

Original, copia y falsificación. En otro orden de cosas, la estética se preocupa también por si la obra de arte original tiene un estatus ontológico especial respecto a las copias y las falsificaciones, por un lado, y, por otro, si esto tiene implicaciones éticas.

En otras palabras: ¿la obra original del artista —por ejemplo, la Gioconda de Leonardo da Vinci— es exactamente igual y lo mismo que una copia falsificada perfecta? ¿Hay algo en ella que la haga especial, más verdadera, más auténtica?

Y: ¿es moralmente correcto copiar obras y hacerlas pasar por originales? ¿Es inferior una obra porque sea falsificación de otra?2

§150 · La belleza y el gusto

Belleza y bien, bien y belleza. A pesar de que consideramos el arte como un ámbito moral, como estamos exponiendo, actualmente hemos disociado la belleza de la bondad: quizás creamos que lo bueno sea bello, pero no consideramos que lo bello sea bueno. Sin embargo no siempre fue así.

El mismísimo Platón de Atenas (427-347 a. e. c.) desconfiaba de la poesía y de la pintura, porque imitan apariencias y alimentan la parte peor del alma (§151). Sin embargo, defendía que existe una Forma de Belleza que podíamos captar por medio del intelecto que era eterna, inalterable, perfecta, objetiva y universal y, sobre todo, causa de toda la belleza que observamos con nuestros sentidos. Concebía la Belleza no como una característica de los objetos, sino como una Forma y por lo tanto, absoluta. Se trata de una entidad independiente y subsistente por sí misma de la que los objetos bellos son un reflejo. Lo bello y lo bueno quedan así estrechamente ligados: lo bello atrae hacia lo bueno. Si son o no la misma Forma es cuestión discutida —en el Banquete Diotima llega a intercambiar «bello» por «bueno», mientras que el Bien de la República queda «más allá de la esencia»—, pero lo que sí se sigue es que cabe un cuerpo bello con un alma mezquina: lo bello atrae, no garantiza3. Hasta tal punto es importante la Belleza que es parte del fundamento y estructura de la realidad. Más aún: es la única Forma cuya huella sensible resplandece —la justicia y la sabiduría no se dejan ver; la belleza sí, y brilla en los cuerpos—, y por eso nos atrae como un imán por medio del amor, nos eleva al conocimiento de las Formas y hace que quien llega arriba engendre verdadera virtud.

Para nosotros, hoy, la belleza no tiene esa implicación trascendente: es algo que está en el objeto, o, como mucho, en nuestra mirada y nuestra apreciación. Pero aún queda en nuestro lenguaje el rastro que revela que una acción buena es, a la vez, bella: «has hecho algo bonito por tal o cual persona»; cuidar de un enfermo o lograr mejores condiciones para trabajadores oprimidos nos toca no solo la conciencia moral, sino que tiene también algo de bello, de armonioso, de justo.

No solo lo bello. La entrada del tema preguntaba cuáles son los valores estéticos, y conviene contestar antes de seguir. La belleza es el más obvio, pero ni es el único ni agota el campo. Llamamos sublime a lo que nos sobrecoge por desmesurado —una tormenta, un acantilado, un cielo estrellado— y que no es exactamente bello, porque mezcla el placer con el desasosiego (§152). Llamamos elegante a lo que resuelve algo difícil sin aparente esfuerzo, y gracioso, conmovedor, inquietante o siniestro a otras tantas cualidades que valoramos en una obra y que no se dejan reducir a la belleza. Y está la fealdad, que no es la ausencia de valor estético, sino un valor estético propio: un cuadro puede ser deliberadamente feo y ser bueno precisamente por serlo, y hay obras cuyo asunto es el horror. De hecho, buena parte del arte de los dos últimos siglos se entiende mal si se le exige ser bello.

El gusto: ¿de verdad no se discute? Sobre gustos no hay nada escrito, dice el refrán, y a continuación nos pasamos la vida discutiendo de ellos. Vale la pena averiguar por qué, porque el refrán y la conducta no pueden tener razón los dos.

Empieza por separar dos cosas que solemos confundir. Si te digo que me gusta el regaliz y a ti te repugna, no hay nada que discutir: no hemos afirmado nada sobre el regaliz, sino sobre nosotros, y los dos podemos tener razón a la vez. Pero cuando dices que una película es buena, o que una canción es una obra maestra, estás haciendo algo distinto: pides que los demás lo vean así, te molesta que no lo vean y, si te preguntan por qué, das razones que ofreces como razones también para ellos, no como confidencias sobre ti. A lo primero lo llamaremos preferencia; a lo segundo, juicio estético. La diferencia no está en el objeto ni en la intensidad con que lo sientes, sino en lo que reclamas al decirlo.

El argumento de la variación. El caso a favor de que la belleza es puramente subjetiva suele construirse igual: la gente discrepa muchísimo sobre lo bello, entre personas, entre épocas y entre culturas; si la belleza fuera una propiedad de las cosas, no discreparíamos tanto; luego la belleza está en quien mira y no en lo mirado.

El argumento parece de hierro y no lo es, porque todo su peso descansa en la segunda premisa, que no es un dato sino una suposición. También se discrepa, y de firme, sobre qué causó la Primera Guerra Mundial o sobre qué dieta conviene a un diabético, y a nadie se le ocurre concluir que la historia o la medicina sean asuntos de gusto personal. Hay más: si «bello» significase solamente «a mí me agrada», dos personas no estarían contradiciéndose nunca, porque cada una estaría hablando de sí misma. El subjetivista tiene salida —dirá que lo que chocan son actitudes y no afirmaciones—, pero le cuesta explicar por qué la discusión se parece tanto a una discusión de verdad, con razones, correcciones y gente que cambia de opinión4. Y la variación, además, se exagera: nuestros juicios coinciden en una medida notable, y sería raro, o perverso, que alguien negase que una rosa perfecta o un amanecer son bellos5. Donde discrepamos es en los casos difíciles, que son justamente de los que hablamos.

El gusto se educa, y ahí empieza el problema. Nadie nace distinguiendo un buen disco de uno malo. Se aprende oyendo mucho, comparando y equivocándose, igual que se aprende a catar o a leer. Y fíjate en un detalle que no es menor: cuando tu gusto cambia, no lo vives como un cambio cualquiera, sino como una mejora; dices «antes no me enteraba», no «antes me gustaba otra cosa». Ese «no me enteraba» es una confesión enorme, porque da por hecho que había algo de lo que enterarse.

Ahora la trampa, que es seria. Si decimos que el buen gusto es el de quien está educado y luego decimos que están educados quienes tienen buen gusto, hemos dado una vuelta completa sin salir del sitio6. No despaches la objeción: quien decide qué es buen gusto suele ser también quien tiene poder para imponerlo.

La cuba de vino. Hay un caso en que un desacuerdo sobre el gusto sí se deja zanjar, y lo cuenta David Hume (1711-1776) en «La norma del gusto» (1757) robándoselo al Quijote. Sancho está discutiendo con otro escudero sobre si entiende o no de vino.

«Con razón», dice Sancho al escudero de la nariz grande, «pretendo yo tener juicio en materia de vino: es cualidad hereditaria en nuestra familia. Dos parientes míos fueron llamados una vez a dar su opinión sobre una cuba que se suponía excelente, por ser vieja y de buena cosecha. Uno de ellos la prueba, la considera y, tras madura reflexión, declara que el vino sería bueno de no ser por un ligero sabor a cuero que percibía en él. El otro, tomando las mismas precauciones, da también su veredicto en favor del vino, pero con la reserva de un sabor a hierro que distinguía sin dificultad. No podéis imaginar cuánto se burlaron de los dos por su juicio. Pero ¿quién rió al final? Al vaciar la cuba se encontró en el fondo una llave vieja con una correa de cuero atada a ella».

—David Hume, «La norma del gusto» (1757) · traducción de Claude, del inglés7

Fíjate en lo que la historia demuestra y en lo que no. Demuestra que los dos parientes no deliraban: había realmente algo en la cuba que los demás no percibían, y su juicio no era una manía suya sino una capacidad, que Hume llama delicadeza y que consiste en que no se te escape ningún ingrediente y en saber cuál es cada uno. Pero lo demuestra por una razón muy concreta: al final se vació la cuba y apareció la llave. El vino se acaba y el fondo se ve. Cuando el desacuerdo es sobre un cuadro o sobre una canción no hay ninguna cuba que vaciar, y ahí está la dificultad de todo este apartado. Sigue leyendo con la pregunta puesta: en estética, ¿qué podría hacer el papel de la llave?

No se juzga de oídas. Hay una diferencia curiosa entre el gusto y casi todo lo demás. Puedes saber que Tokio es enorme sin haber ido, y puedes saber que un medicamento funciona sin haberlo tomado: el testimonio de otro te transmite el conocimiento. En estética eso no acaba de funcionar. Puedes creer a un amigo que la película es buena, pero si no la has visto no estás en condiciones de juzgarla, y se te nota en cuanto lo intentas. Richard Wollheim llamó a esta exigencia el principio de familiaridad (acquaintance principle): los juicios de valor estético han de basarse en la experiencia directa de su objeto y no se transmiten de una persona a otra salvo dentro de límites muy estrechos8.

Entonces, ¿es arbitrario? Que el gusto se aprenda no lo vuelve arbitrario: también aprendiste tu lengua y no puedes decidir esta tarde que «mesa» signifique otra cosa. Aprender algo es, siempre, someterse a algo. Lo que sí conviene es desconfiar de los atajos que prometen fundar la belleza en la biología9: hay un sustrato perceptivo que limita lo que puede gustarnos, pero no dice lo que debe gustarnos.

Y por si te sirve de consuelo, la fórmula latina que todo el mundo cita para zanjar la conversación —de gustibus non est disputandum, «sobre gustos no ha de disputarse»— no aparece en ningún autor antiguo: es latín tardío, sin fuente clásica conocida10. Quiénes se tomaron el problema en serio, y qué contestaron, es lo que viene a continuación (§152).


  1. Aquello que no puede ser expresado con palabras.↩︎

  2. Distingamos entre una copia, declarada como tal, que puede ser un ejercicio, de la falsificación, que siempre tiene intención de engañar, normalmente para lucro del falsificador.↩︎

  3. Si lo garantizase, la escala del amor del Banquete sobraría: no habría por qué subir de los cuerpos hermosos a las almas, a las leyes y a los saberes.↩︎

  4. La objeción es antigua: la formuló G. E. Moore contra el subjetivismo moral en Ethics (1912), y desde entonces hay toda una literatura dedicada a explicar cómo puede haber desacuerdo genuino sin que nadie se equivoque.↩︎

  5. El ejemplo es de Crispin Sartwell, en la entrada «Beauty» de la Stanford Encyclopedia of Philosophy.↩︎

  6. Es la objeción clásica a la solución de Hume —la formuló ya S. G. Brown en 1938— y tiene bibliografía propia desde que Peter Kivy intentó romper el círculo en «Hume’s Standard of Taste: Breaking the Circle» (British Journal of Aesthetics, 1967). Por otro camino, Pierre Bourdieu llegó a un diagnóstico afín en La distinción (1979): el gusto «legítimo» es el de quienes poseen capital cultural, y funciona como marca de clase.↩︎

  7. Hume cuenta el pasaje de memoria y en inglés, así que lo que se traduce aquí es a Hume y no a Cervantes. En el original —Quijote II, 13— los dos parientes son mojones, catadores de oficio; el vino sabe a hierro y a cordobán, que es un cuero fino; y lo que aparece en el fondo es «una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán».↩︎

  8. Art and Its Objects, 2.ª ed., Cambridge University Press, 1980, p. 233. La discusión posterior lo ha matizado mucho —hay quien lo rechaza sin más, como Malcolm Budd— y no hay acuerdo sobre qué versión suya sobrevive.↩︎

  9. Los universales estéticos que más se repiten aguantan mal la comprobación: la preferencia por las caras simétricas parece depender del diseño del experimento, y la llamada «hipótesis de la sabana» tiene evidencia discutida y resultados contrarios —de las dos hay literatura en los dos sentidos—; y la proporción áurea como clave de la belleza es un mito documentado desde hace décadas: Markowsky, G. (1992). Misconceptions about the Golden Ratio. The College Mathematics Journal, 23(1), 2-19.↩︎

  10. Lo más parecido que hay en la Antigüedad no habla de la belleza en general, sino de la vanidad de los poetas: Cicerón observa que «en este género, no sé por qué, más que en otros, a cada cual le parece hermoso lo suyo» (Tusculanas V, 63).↩︎