Tema 7 · La naturaleza humana: evolución y hominización

Soy un hombre, nada humano me es ajeno.

—Publio Terencio Africano, Heauton Timorumenos (163 a. e. c.)

«Homo sum; nihil humani a me alienum puto», dijo el cómico latino. Y yo diría más bien «nullum hominem a me alienum puto»: soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo «humano» me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto «humanidad». Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre.

—Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida

§24 · El ser humano, sujeto de la pregunta filosófica

El ser humano se ha preguntado por su propia existencia desde que tiene consciencia de sí mismo; esto es, al menos desde el surgimiento del Homo sapiens hace más de 200 000 años. Podemos imaginar a los primeros seres humanos, extrañados por su propia existencia en la sabana del África oriental: ¿qué hacemos aquí?, ¿quiénes somos?, ¿quién eres tú?, ¿qué piensas?, ¿somos iguales?, ¿me quieres?, ¿eres peligroso?, ¿qué debemos hacer?, ¿acaba todo con la muerte?

Nuestra condición humana tiene muchas facetas contradictorias; algunas son maravillosas y otras, terroríficas. Resulta increíble que Albert Einstein, Antonio Vivaldi o Nelson Mandela sean de la misma especie que Iósif Stalin, Josef Mengele o Pol Pot; o que nosotros mismos. Las más sublimes creaciones artísticas, las acciones altruistas más beneficiosas y los más atroces crímenes contra la humanidad: todo realizado por personas. Personas no tan diferentes de ti y de mí.

Los seres humanos tenemos la capacidad de elevarnos de nuestra(s) miseria(s), de la dureza de las condiciones de nuestra vida —la enfermedad, el sufrimiento y la muerte— e imaginar mundos mejores, más justos y más felices. Tenemos el impulso de investigar, de preguntarnos, de crear. También podemos colaborar, unirnos y amar. Asimismo, sentimos envidia, odio y rencor; mentimos, robamos y matamos.

La experiencia de ser humano es fascinante, ¿no crees? La variedad de personalidades, de comportamientos y de ideas es inabarcable; la cantidad de situaciones distintas en que podemos encontrarnos, inagotable. El drama de la existencia nos aqueja a todos por igual; de ahí que, junto con Terencio, podamos afirmar que «nada humano me es ajeno», precisamente porque somos seres humanos.

La reflexión filosófica comienza, en no pocas ocasiones, en la intimidad de nuestra consciencia, habitualmente cuando la realidad nos presenta alguna fricción, un problema que interrumpe el flujo tranquilo de nuestras vidas: ¿por qué siento esto que no me gusta?, ¿por qué tengo esta dificultad, si parece que aquel otro no la tiene? Sin embargo, no hace falta acumular mucha experiencia para darnos cuenta de que todas las personas compartimos el hecho de ser humanos, y que la mayor parte de lo que somos —por distintos y únicos que nos creamos— lo compartimos con nuestros congéneres.

Mediante la introspección ahondamos en nosotros mismos y así nos conocemos y nos reconocemos. Además, encontramos al otro, a los otros, en nuestra propia profundidad: comprendemos que sin los demás no existiríamos —piensa en tus progenitores y en quienes sembraron tu comida— ni seríamos como somos, ni podríamos desarrollarnos y florecer como individuos. Aunque, cronológicamente, nos damos cuenta antes de la existencia de los otros: un bebé no sabe que existe, y advierte la existencia de su madre como agente independiente de su voluntad antes que la suya propia. Nos damos cuenta de que somos empezando por tomar consciencia de que no somos los otros.

Así descubri(re)mos no solo el drama de ser humanos, sino la profunda conexión que tenemos con quienes nos rodean: una conexión de interdependencia, sí, pero también de reconocimiento y aprecio. Descubrimos, en una palabra, nuestra común humanidad. Y no creas que esa idea es tan intuitiva: el concepto de «el conjunto de los seres humanos» es muy reciente, y ni siquiera hoy interpela a todas las personas.

En este tema estudiaremos en qué consiste ser humano: de dónde venimos, cómo somos y por qué somos así1.

§25 · La evolución por selección natural

Mira a tu alrededor. Nuestro planeta está lleno de vida. Es una maravilla subir a la montaña o caminar por el bosque: allí te encontrarás rodeada de infinidad de criaturas vivas en el cielo, la tierra y bajo tierra. Si tuvieras un microscopio en lugar de ojos, accederías a un mundo completamente distinto: verías bacterias, miles de millones de ellas en el pedacito más pequeño de tierra.

La vida está por doquier, incluso en las calles de tu ciudad. Parece que el asfalto y el cemento son inertes —y lo son—, pero contienen toda clase de seres vivos. Y si pudieras mirar dentro de tu cuerpo, verías que hay algo más que un ser humano en ti: hasta donde sabemos, eres un ser humano, pero en tu cuerpo hay más células no humanas que humanas2.

Charles Darwin (1809-1882) estaba alucinado por todo esto, hasta el punto de que una gran pregunta surgió en su mente: ¿cómo es posible toda esta diversidad de vida?, ¿de dónde viene?, ¿por qué hay tantas especies de seres vivos? Por suerte, tenía una mente científica muy poderosa y supo formular la pregunta clave de la forma correcta. Se dio cuenta de que, además de una evidente variedad interespecífica —las especies son distintas entre sí—, había también una gran variedad intraespecífica: los individuos de una misma especie son distintos entre sí. Ese fue el punto de partida que le permitió alumbrar una de las mejores ideas que haya tenido un ser humano.

Mucha gente antes que Darwin y Alfred Russel Wallace (1823-1913)3 se había preguntado de dónde procedía semejante variedad de especies. La explicación de la biodiversidad más habitual en su época era de origen cristiano: Dios habría creado todo de la nada algunos miles de años atrás, y habría dispuesto la vida en las mismas especies que vemos hoy. El cambio de las especies no estaba en el menú; menos aún que los humanos descendiéramos de monos que existieron hace millones de años4.

Los principios de la selección natural. Darwin supo ver en esa variedad de formas de vida alguna relación. Su intuición fue que la mejor forma de explicar por qué un individuo es como es —con sus características físicas y de comportamiento— tenía que estar en la herencia de sus progenitores y en el medio ambiente en que vivía.

  1. Las especies están compuestas por individuos que presentan pequeñas diferencias entre sí. Por ejemplo, los picos de las aves que Darwin encontró en las islas Galápagos, o las manchas de las alas de las mariposas.
  2. Las especies tienden a crecer exponencialmente en número de miembros a través de las generaciones. Piensa en la procreación de los conejos, las ratas o las bacterias; aunque estos ejemplos sean más claros, el modelo afecta a toda especie viva.
  3. Ese crecimiento provoca la lucha por la supervivencia entre los individuos de una misma especie, por tres causas: los recursos necesarios son escasos —o, al menos, limitados—; la enfermedad; y los depredadores.
  4. Las pequeñas variaciones entre individuos suponen para algunos una gran diferencia en esa lucha: les permiten aprovechar con ventaja los recursos, sobreponerse a la enfermedad o esquivar a los depredadores mejor que el resto.
  5. Esos individuos tienden a sobrevivir más y a tener una descendencia mayor.
  6. La descendencia tiende a heredar las características de sus progenitores.
  7. Las variaciones útiles o adaptativas tienden a transmitirse más a menudo que las que no lo son. A esto lo llamamos selección natural.
  8. Con el paso del tiempo, las especies cambian.
  9. Con el paso de suficiente tiempo, los ancestros producen una descendencia tan distinta de ellos que llega a constituir una especie diferente. Este proceso ocurre continuamente: hace que las especies diverjan y que los estadios intermedios desaparezcan.

Las dos formas de la polilla del abedul, Biston betularia, sobre el mismo tronco: la oscura a la izquierda, sobre la corteza clara; la clara a la derecha, junto al hueco. Búscalas antes de seguir leyendo, porque en eso consiste el asunto: en un bosque sin hollín como este la clara pasa más desapercibida, y sobre una corteza ennegrecida por la industria le ocurre lo contrario. Es lo que Darwin llamaba variabilidad intraespecífica: no hay una polilla mejor, hay una que encaja mejor en un medio que cambia. || Atribución: «Lichte en zwarte versie berkenspanner», de Martinowksy, CC BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons.

§26 · Qué cambia el darwinismo en nuestra idea de ser humano

No es extraño que el filósofo Daniel Dennett (1942-2024) dijera que la teoría de la evolución por selección natural es la «mejor idea única que nadie haya tenido jamás». Se debe a la cantidad de cosas importantes que explica, y que explica bien, de forma radicalmente distinta a las explicaciones previas; no solo en biología, sino en cuestiones clave para entendernos como seres humanos.

Somos seres vivos como cualquier otro. Las concepciones antropológicas anteriores al darwinismo, y en especial el cristianismo, consideraban que el ser humano era algo separado de las demás especies, distinto. Darwin muestra que estamos hechos de la misma materia que los animales, las plantas y el resto de los seres vivos. Durante el siglo XX comprobamos, con el desarrollo de la genética, que toda la vida que conocemos se basa en el ADN, y que el estudio de ese ADN nos indica cuán similares somos a otras especies y cuándo nos separamos de ellas. Las similitudes de aspecto entre humanos, chimpancés y gorilas no son casualidad ni capricho divino, sino el resultado de millones de años de selección natural.

Con el chimpancé compartimos alrededor del 99 % de la secuencia de ADN. Con especies más lejanas la comparación ya no se hace sobre el ADN entero, sino sobre los genes, y conviene no confundirlas: en torno al 85 % de nuestras regiones que codifican proteínas —que son apenas la vigésima parte del genoma— coinciden con las del ratón, y cerca del 60 % de nuestros genes tienen un equivalente reconocible en la mosca de la fruta, y también en el plátano. Que seis de cada diez genes tengan primo en un plátano no significa que compartas con él seis décimas partes de tu ADN: significa que la maquinaria básica de estar vivo se inventó una sola vez, mucho antes de que hubiera plátanos y hubiera humanos. Esto debería poner nuestras ínfulas en perspectiva: por especiales que nos creamos —y que seamos—, no dejamos de ser otro ser vivo más, sujeto a las mismas condiciones fisiológicas que todo bicho viviente. Nuestra razón nos permite crear sociedades complejísimas y productos tecnológico-culturales alucinantes, como vacunas y novelas; pero seguimos necesitando comer y dormir, y aún enfermamos, sufrimos y morimos.

El árbol de la vida: un solo árbol para todos los seres vivos, porque todos compartimos antepasados. La raíz está en el centro y las especies actuales, en el borde; nosotros somos una ramita del extremo, ni la principal ni la última. ¿Cuántos millones de especies vivas crees que hay? || Atribución: «Tree of life SVG», de Ivica Letunic (Iletunic), retrazado por Mariana Ruiz Villarreal (LadyofHats), dominio público / Wikimedia Commons.

La evolución actúa mediante unos pocos principios simples. La teoría de la evolución por selección natural es una explicación científica con muchísima evidencia acumulada; que sea contrastable es lo que la hace científica. Buena parte de su brillantez está en su sencillez: no necesita recurrir a un Dios cuya existencia habría que demostrar, ni a complejísimos laboratorios —aunque gracias a estos aprendemos cómo opera con un detalle asombroso—. Sobre la base de estos principios5, Darwin y Wallace nos explicaron que somos una especie viva más:

  • El azar. Nuestra evolución no es teleológica: no hay una finalidad que alguien haya diseñado. No recorremos un camino prefijado, sino que estamos sujetos al azar de la recombinación genética y a la interacción con el ambiente.
  • La herencia. Lo que somos al nacer es la expresión de la herencia que nos legan nuestros progenitores; nuestra configuración genética resulta de la combinación de los genes de nuestros progenitores y de las mutaciones nuevas que aparecen al copiarlos. Esas mutaciones son casi siempre irrelevantes y a veces dañinas, pero son la única fuente de variedad realmente nueva: sin ellas, la selección natural no tendría entre qué elegir.
  • El medio ambiente. Con esa configuración nos enfrentamos al mundo y tratamos de sobrevivir en él. Que sobrevivamos depende de incontables factores, pero, en lo básico, esas circunstancias seleccionan a los mejor adaptados, que tenderán a reproducirse más y a legar su carga genética.

Somos, pues, el resultado de la herencia, el azar, el medio ambiente y el tiempo.

Nuestras capacidades excepcionales se explican sin milagros. Si bien el darwinismo no impide necesariamente la existencia de Dios, sí anuló la concepción cristiana de cómo llegamos a ser humanos: aunque Dios hubiera creado el universo, no nos creó de golpe, de la nada; provenimos de otras especies por selección natural. No descarta tajantemente a Dios, pero lo arrincona, dejándolo como explicación posible para menos fenómenos que antes.

Quizá pienses que discutir la creación directa del ser humano por Dios no tiene cabida en el siglo XXI. Sin embargo, aún persisten el creacionismo y los defensores del diseño inteligente, un argumento pseudocientífico según el cual nuestra inteligencia es un hecho tan complejo que la explicación de Darwin no basta. La cantidad de pruebas empíricas de la teoría, y su compatibilidad con todo lo que sí podemos observar, hace que ningún científico dude de que la evolución en sentido darwiniano existe. Se discuten muchos casos y detalles, sí, pero no aparecen evidencias que la falseen.

Con toda esta información puedes concluir que nuestra existencia es decepcionantemente azarosa y falta de importancia. O puedes, como hago yo, maravillarte ante la fascinante variedad y complejidad de la vida y la casi milagrosa existencia de una especie capaz de pensarse a sí misma y su lugar en el mundo.

§27 · La hominización: nuestros ancestros directos

Al fin y al cabo, ¿no somos más que monos que caminan erguidos? ¡Error! O, al menos, no exactamente. No somos monos: somos simios. Como mucho, descendemos de ancestros comunes con otros simios. Quizá no sea mucho alivio…

La cuestión es que los seres humanos somos animales6. Como tales, somos parte de una infinitud de criaturas: una más entre las especies que han poblado la Tierra durante los últimos —al menos— 3600 millones de años. Sin embargo, no somos simples animales7: somos animales muy especiales.

Nuestro viaje hacia la singularidad comenzó hace varios millones de años en la sabana del centro-este africano. Echemos un vistazo a ese insólito recorrido que termina en nosotros —aunque quizá no seamos el destino de ningún viaje, sino una etapa más de un camino que no sabemos hacia dónde llevará a nuestros descendientes—.

Todo comenzó en África. Compartimos ancestro con los chimpancés: nuestras líneas evolutivas divergieron hace entre 5,4 y 6,3 millones de años. Por aquel entonces existió un primate parte de cuyos descendientes evolucionaron hasta los chimpancés actuales y otra parte, hasta nosotros.

Los chimpancés (a la izquierda) y los bonobos (a la derecha) son las dos especies vivas más estrechamente emparentadas con nosotros, los sapiens. || Atribución: «Composite image of male chimpanzee (left) and male bonobo (right)», de Rennett Stowe (chimpancé) y natataek (bonobo), CC BY-SA 3.0 / Wikimedia Commons.

Desde entonces, nuestras ramas han evolucionado por separado. Los chimpancés y los bonobos son los únicos descendientes conocidos de su rama, el género Pan. Nosotros somos la única especie superviviente de un conjunto muy abundante, el género Homo8. Algunas de las especies más importantes de nuestra rama desde que nos separamos del ancestro común con el chimpancé son Australopithecus afarensis, Homo habilis, Homo ergaster, Homo antecessor, Homo heidelbergensis, los neandertales y Homo sapiens. Casi todas surgieron en África, y todas las mencionadas eran ya plenamente bípedas.

Una de las posibles maneras en que nuestra especie y sus antecesores más inmediatos se relacionan: una infografía que combina cronología y geografía para mostrar cómo distintas especies humanas poblaron distintos lugares en distintos momentos de la (pre)historia. || Atribución: «Homo-Stammbaum, Version Stringer-en», de Chris Stringer, obra derivada de Conquistador, CC BY-SA 3.0 DE / Wikimedia Commons.

El proceso de hominización. Entre aquella primera especie separada del ancestro común y nosotros, los sapiens, se dieron unos cambios que gradualmente hicieron posible la emergencia de nuestras cualidades únicas. Cada uno de los siguientes factores contribuye a hacernos distintivamente humanos.

  • Bipedismo. Caminar erguidos sobre dos piernas tiene consecuencias de suma importancia; no es solo una forma de desplazarse. Nuestro primer ancestro plenamente bípedo pudo ser Australopithecus afarensis, que vivía en la sabana africana hace entre 3,9 y 2,9 millones de años. El bipedismo redujo su capacidad para trepar, justo cuando un cambio climático secaba la región y los árboles, antes densos, quedaban en agrupaciones cada vez más separadas; caminar erguido permitía recorrer largas distancias entre ellos, bajo el sol de mediodía, mucho más eficientemente que un chimpancé. Además, las manos quedaron libres9. Eso sí, en contra de la creencia popular, las manos no se liberaron para usar herramientas: son dos procesos independientes; primero caminamos erguidos y millones de años después fabricamos herramientas de piedra. No todo son ventajas: para caminar erguidos, nuestras caderas se estrecharon, lo que —sumado a nuestras grandes cabezas— hace del parto una acción peligrosa para la madre y para el bebé. Las chimpancés paren con gran facilidad; las mujeres pueden tener partos largos y complicados, y hasta que la cirugía moderna avanzó lo suficiente, muchas morían en el parto, o el bebé, o ambos.
  • Pulgar oponible. Nuestros ancestros adquirieron la capacidad de unir las puntas de los dedos pulgar e índice; el resto de los primates tienen pulgares demasiado cortos para ese movimiento de precisión. Piensa en el gesto de sostener un bolígrafo. Esta capacidad, unida a las manos libres, nos da la posibilidad de fabricar y manipular herramientas de precisión… a falta de una característica que tardaría milenios en llegar: el encéfalo inteligente.
  • Enormes encéfalos. La capacidad craneana de afarensis es de unos 380-430 cm³; la de sapiens, de 1130 cm³ de media en las mujeres y 1260 cm³ en los varones. El tamaño no es por sí solo la causa de la inteligencia, pero un gran encéfalo es necesario para ella. Lo definitorio es la complejidad de su parte evolutivamente más reciente, el neocórtex, con una enorme cantidad de conexiones neuronales. Esto posibilitó fabricar herramientas cada vez más complejas, físicas y sociales, hasta que nuestra inteligencia alcanzó el grado que permite el pensamiento abstracto y el lenguaje. El uso del fuego dio un gran salto a nuestra capacidad craneana: al cocinar, los alimentos se volvieron más blandos y nutritivos, lo que permitió reducir el aparato masticador y dejar más espacio para un encéfalo mayor en un cráneo del mismo volumen.

Huellas de A. afarensis en Laetoli, en el sondeo donde aparecieron y no en una vitrina: son las de un mismo individuo, caminando. Las más antiguas que se conservan de un antepasado nuestro, y la prueba directa de que ya andaba erguido. ¿Puedes siquiera imaginar cómo sería y cómo pensaría nuestro antepasado de hace unos 3,6 millones de años? || Atribución: «Test-pit L8 at Laetoli Site S», de Fidelis T. Masao y colaboradores, CC BY 4.0 / Wikimedia Commons.

Esta historia evolutiva nos deja a las puertas del surgimiento de nuestra especie, Homo sapiens.

§28 · Lo específico del Homo sapiens

Demos un salto hasta hace unos 200 000 años. Escenario: sabana del África oriental. Una nueva especie se abre paso. No son los primeros humanos, pero son nosotros: personas genéticamente casi idénticas a nosotros, sapiens modernos.

El nombre mismo de sapiens —«el que piensa»— expresa nuestra característica más sobresaliente: la inteligencia. No somos una especie rápida, fuerte ni particularmente mortífera —algunos de nuestros ancestros fueron presa de los leones—: nuestra fuerza reside en el encéfalo. Pero la inteligencia no es solo capacidad de cálculo. Veamos algunas de sus características, que no todas surgieron con nuestra especie:

  1. Consciencia. Somos conscientes de que existimos. Por simple que parezca, no hay otra criatura capaz de darse cuenta de que existe, que sepamos: el resto de los animales, con contadas excepciones —grandes simios, delfines, elefantes y urracas—, no se reconocen en un espejo. Esta autoconsciencia acarrea ciertos problemas existenciales, como la necesidad de dar sentido a todo, en particular a nuestra propia vida: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? Ese vacío es el origen de una potente vena creativa que pretende llenarlo: arte, religión, filosofía, ciencia…
  2. Planificación y proyección. Nuestra inteligencia nos permite prever. Al proyectarnos en el futuro podemos imaginar cómo resultarán las cosas y actuar en consecuencia, sin necesidad de probarlo todo.
  3. Habla. Gracias al habla somos capaces de comunicaciones complejas. Los animales, las plantas e incluso las bacterias se comunican, pero con mensajes básicos y funcionales: «corre», «hay peligro», «estoy listo para aparearme». El lenguaje humano transmite información mucho más rica sobre el mundo y sobre nuestro mundo interior; es una forma maravillosa de comunicar sentimientos, emociones, historias y mitos. Y es lo que hace posible la cultura.
  4. Cultura. El resto de las especies solo tienen sus instintos para enfrentarse a la vida; los humanos tenemos un conjunto muy limitado de ellos. Sin embargo, nuestra inteligencia y nuestra capacidad de comunicación nos hacen muy buenos compartiendo información: podemos compartir experiencias sin vivirlas personalmente. Si alguien inventa algo y lo encontramos útil, lo incorporamos a nuestra cultura. Es una estrategia adaptativa muy potente: la biología necesita miles de generaciones —y muchas vidas— para producir las mutaciones que permiten sobrevivir a un cambio del entorno; la cultura nos permite adaptarnos en el plazo de una generación. Lejos de ser perfecto, este «sistema» nos ha servido para salir de nuestro nicho original —la sabana africana— y poblar el mundo entero, sobreviviendo 200 000 años y desarrollándonos enormemente en el proceso.

Y aquí estamos: la única especie que sabe que existe, luchando por sobrevivir en el mundo físico y también en un mundo hecho de símbolos, ideas y conceptos. No está nada mal para unos simios africanos sin garras ni colmillos, ¿verdad?

Hasta aquí hemos contestado a dos de las preguntas con las que empezaba el tema: de dónde venimos y por qué somos como somos. La respuesta ha sido, de principio a fin, una respuesta de la ciencia: la selección natural, la hominización, la cultura. Es una respuesta magnífica, porque explica muchísimo con muy poco. Fíjate ahora en lo que deja intacto.

Ya sabes de dónde salió tu encéfalo y cuántos millones de años costó fabricarlo. Dime ahora qué es eso que estás haciendo con él mientras lees esta frase. Cuando decides no contestar un mensaje, cuando te avergüenzas de algo que hiciste hace tres años, cuando te imaginas dentro de diez, ¿ocurre todo eso en el mismo mundo en que ocurren la digestión y la lluvia? ¿Basta con neuronas para explicarlo, o hay ahí algo de otra clase, algo que la biología no sabe pesar?

Ninguna teoría biológica te contestará a eso, y no porque le falten datos: la pregunta no es biológica, y no se responde midiendo, sino argumentando. Es el problema mente-cuerpo (§30), y con él se abre el próximo tema. Las respuestas se reparten desde antiguo en dos grandes familias: la de quienes sostienen que en ti hay dos realidades distintas, cuerpo y alma —o cuerpo y mente— (§31), y la de quienes sostienen que solo hay una (§32). No es un juego de palabras: de cómo la resuelvas dependen cosas que te importan mucho —qué es morir, qué es ser libre, qué es una persona—. Volvemos así al punto por donde empezamos: el ser humano preguntándose por sí mismo, sujeto y objeto de la misma pregunta.


  1. La pregunta por cómo debemos obrar la dejamos para el tema de la acción humana y la ética.↩︎

  2. La ciencia ha empezado hace poco a investigar a fondo la flora intestinal, y descubre en nuestro interior todo un mundo de bacterias estrechamente relacionadas con nuestra salud. Más aún: necesitamos esa flora para realizar muchas de las reacciones químicas que nos mantienen con vida y que no podemos llevar a cabo por nosotros mismos.↩︎

  3. Darwin es justamente reconocido por la teoría de la evolución por selección natural, pero Wallace —mucho más joven— propuso el concepto de selección natural al mismo tiempo. Darwin posponía la publicación de El origen de las especies (1859) por temor a la reacción de sus compatriotas ante un ataque frontal a la concepción cristiana del origen humano, y se decidió al saber que Wallace se le adelantaba. Wallace es tan importante como él en la formulación de la teoría.↩︎

  4. Y estos, a su vez, de otras especies previas, hasta llegar al primer ancestro, común a toda forma de vida en la Tierra. Sí: compartimos ancestros comunes con los chimpancés, pero también con las lombrices y con las bacterias.↩︎

  5. Darwin y Wallace hicieron un enorme trabajo de observación y comparación de especies, pero no sabían cómo funciona la transmisión hereditaria de los caracteres. Cuando mucho después se descubrió el ADN, se vio que encajaba perfectamente en el hueco que había dejado la teoría, que ganó así muchísimo apoyo empírico.↩︎

  6. Al hablar de los perros o las ballenas solemos decir que son animales en oposición a nosotros, los humanos. Pero los humanos también somos animales. Aunque mantengamos la distinción por economía del lenguaje, en rigor deberíamos hablar de humanos y de otros animales.↩︎

  7. Desde luego, tampoco somos animales simples: el encéfalo humano es posiblemente la cosa más compleja que existe. Hasta que demos con otra.↩︎

  8. La notación científica de las especies exige dos palabras: primero el género y después la especie. Por ejemplo, los lobos son Canis lupus —género Canis, especie lupus—. Los seres humanos somos del género Homo y la especie sapiens: Homo sapiens. El binomio se escribe en cursiva —subrayado si escribes a mano—, con el género en mayúscula inicial y la especie en minúscula: Homo sapiens (abreviado H. sapiens), no «homo sapiens» ni «Homo Sapiens».↩︎

  9. Los chimpancés y los gorilas, nuestros parientes más cercanos, caminan a cuatro patas. Pueden erguirse unos instantes, pero les resulta fatigoso.↩︎