Lectura · Epicuro y la carta a Meneceo
La ficha. Epicuro (341-270 a. e. c.) era ateniense de familia y se crio en Samos; pasados los treinta volvió a Atenas y compró allí una casa con huerto que acabó dando nombre a su escuela, el Jardín. Escribió muchísimo y casi todo se ha perdido: si conservamos tres cartas suyas y una colección de máximas es porque Diógenes Laercio las copió enteras dentro de su vida de Epicuro, cinco siglos más tarde1. Esta es la última de las tres y resume su ética entera. Va dirigida a un tal Meneceo, del que no sabemos nada más, y se lee como lo que es: una carta a un amigo joven que quiere saber qué hacer con su vida. Léela sabiendo que su autor no escribe para tener razón, sino para curar un miedo; y que el miedo que quiere curar es, en buena parte del texto, el que produce la religión.
La traducción. Es de Claude y directa del griego, hecha para este manual sobre un texto de dominio público; esta versión se publica bajo la misma licencia que el resto del libro. El texto de partida es la carta tal como la transmite Diógenes Laercio en el libro X de sus Vidas de los filósofos, en los parágrafos 122 a 135. Las versiones castellanas que circulan son del siglo XX y siguen protegidas, así que no había ninguna libre que aprovechar. Los corchetes […] marcan lo omitido, que aquí es mucho: la carta es bastante más larga y estos son ocho tramos suyos.
Epicuro saluda a Meneceo.
Que nadie, por joven, aplace el filosofar; ni, por viejo, se canse de filosofar. Para la salud del alma nadie llega ni pronto ni tarde. Decir que todavía no ha llegado la hora de filosofar, o que ya ha pasado, es como decir que todavía no ha llegado la hora de ser feliz, o que ya no la hay. De modo que han de filosofar el joven y el viejo: el uno, para que al envejecer siga joven entre los bienes, por el agradecimiento de lo vivido; el otro, para ser joven y viejo a la vez, por no temer lo que viene. Hay que ejercitarse, entonces, en lo que produce la felicidad, porque teniéndola lo tenemos todo, y cuando falta todo lo hacemos por tenerla.
Lo primero: ten al dios por un viviente incorruptible y feliz, conforme a la noción común de dios que llevamos grabada, y no le atribuyas nada ajeno a su incorruptibilidad ni impropio de su felicidad; cree de él, en cambio, todo lo que pueda conservarle esa felicidad unida a la incorruptibilidad. Porque dioses hay: el conocimiento que tenemos de ellos es evidente. Pero no son como los cree la mayoría, porque la mayoría no los mantiene tal como los concibe. Y no es impío quien suprime los dioses de la mayoría, sino quien atribuye a los dioses las opiniones de la mayoría. Pues lo que la mayoría afirma de los dioses no son nociones, sino suposiciones falsas: de ahí que se haga venir de los dioses los mayores daños y también los mayores provechos. […]
Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros, porque todo bien y todo mal están en la sensación, y la muerte es la privación de la sensación. Por eso el conocimiento correcto de que la muerte no es nada para nosotros hace gozosa la condición mortal de la vida: no porque le añada un tiempo infinito, sino porque le quita el ansia de inmortalidad. Nada hay temible en vivir para quien ha comprendido de verdad que no hay nada temible en no vivir. De modo que dice una tontería quien afirma que teme la muerte, no porque vaya a dolerle cuando esté presente, sino porque le duele esperarla: lo que presente no molesta, esperado aflige en vano. Así que el más espantoso de los males, la muerte, no es nada para nosotros, puesto que cuando nosotros somos la muerte no está, y cuando la muerte está nosotros ya no somos. No tiene, pues, nada que ver ni con los vivos ni con los muertos, porque para unos no existe y los otros ya no existen.
El sabio ni rehúye vivir ni teme no vivir, porque ni le pesa la vida ni tiene por un mal el no vivir. Y así como de la comida no escoge en absoluto la más abundante, sino la más sabrosa, tampoco del tiempo cosecha el más largo, sino el más agradable. […]
Hay que recordar que el futuro ni es del todo nuestro ni del todo no nuestro, para no esperarlo como seguro ni desesperar de él como imposible. Y hay que calcular que, de los deseos, unos son naturales y otros vanos; y que de los naturales unos son necesarios y otros solo naturales; y que de los necesarios unos lo son para la felicidad, otros para que el cuerpo no sufra molestia y otros para la vida misma. […]
Cuando decimos, pues, que el placer es el fin, no hablamos de los placeres de los disolutos ni de los que consisten en el goce, como creen algunos que no saben, o que no están de acuerdo, o que entienden mal, sino de no sufrir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Porque no engendran la vida agradable las borracheras y las fiestas encadenadas […], sino un cálculo sobrio que averigüe las causas de cada elección y de cada rechazo y que expulse las opiniones de las que nace la mayor perturbación de las almas.
¿A quién tienes, entonces, por mejor que aquel que piensa piadosamente de los dioses, que está siempre sin miedo ante la muerte […] y que se ríe del destino que algunos introducen como dueño de todo, y dice más bien que unas cosas ocurren por necesidad, otras por azar y otras por nosotros, porque la necesidad no rinde cuentas a nadie, el azar es cosa inestable, y lo que depende de nosotros no tiene dueño, y por eso le siguen naturalmente el reproche y su contrario? Que mejor sería seguir el mito sobre los dioses que ser esclavo del destino de los físicos: porque el mito deja entrever la esperanza de aplacar a los dioses honrándolos, mientras que la necesidad es inapelable. […]
Ejercítate, pues, en esto y en lo que se le parece, de día y de noche, contigo mismo y con quien sea semejante a ti, y nunca, ni despierto ni en sueños, te verás turbado: vivirás como un dios entre los hombres. Porque en nada se parece a un animal mortal el hombre que vive entre bienes inmortales.
—Epicuro, Carta a Meneceo (Diógenes Laercio, Vidas X 122-135) · traducción de Claude, del griego
Ayuda a la lectura. Cinco cosas del texto que conviene tener claras antes de discutirlo.
- La noción común. Epicuro sostiene que todos llevamos grabada una noción previa de dios —en griego, prólepsis—, formada antes de cualquier discusión: viviente, incorruptible y feliz. No es una prueba de que los dioses existan; es lo que la palabra significa para cualquiera. De ahí sale su argumento, y por eso importa: quien le añade a esa noción cólera, favores y castigos ya no está hablando de un dios, sino de otra cosa.
- La mayoría. Traduce hoi polloí, «los muchos». No es un desprecio de clase: es el término con que los griegos nombran a quien repite lo que se dice sin haberlo examinado, y se opone a quien ha mirado el asunto por su cuenta.
- Placer. Es el falso amigo mayor del texto. La hedoné de Epicuro no es la juerga, sino la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma: un estado, no una sensación intensa. Lo dice él mismo más abajo, con todas las letras, y aun así el epicureísmo pasó a la historia con la fama contraria.
- El destino de los físicos. La heimarméne: la cadena de causas necesarias con la que los filósofos de la naturaleza —y sobre todo los estoicos— explicaban que todo lo que ocurre tenía que ocurrir. Epicuro dice que prefiere el mito antes que eso, y da su razón: a un dios se le puede rogar; a la necesidad, no.
- Lo que depende de nosotros. En griego, tò par’ hemâs: la tercera casilla, junto a la necesidad y el azar. Fíjate en cómo la define, porque es lo interesante: no dice qué es, dice que no tiene dueño y que por eso admite reproche y elogio.
Dioses que existen y no te miran. Epicuro no es ateo, y conviene tenerlo claro antes de discutir el texto: sostiene que los dioses existen y que negarlo sería un error. Lo que les retira es la providencia, y se la retira con un argumento, no por rebeldía: un ser perfectamente feliz e incorruptible no puede estar irritado, ni agradecido, ni pendiente de que le hagan sacrificios, porque todo eso son señales de que algo le falta. De ahí sale la consecuencia práctica que a él le importaba: si nadie te vigila, la religión deja de ser una fuente de miedo. Colocar esta posición en el cuadro de posturas del tema cuesta más de lo que parece, y ese es justamente su interés (§83).
La frase que no es suya. El argumento más famoso que lleva su nombre —«o quiere evitar el mal y no puede, o puede y no quiere»— no se conserva en ningún texto de Epicuro y nos llega por Lactancio, casi seiscientos años después (§86). Compáralo con lo que sí escribió aquí y verás que no van por el mismo camino: el trilema ataca a un dios providente para concluir que no lo hay; Epicuro concede que los dioses existen y les quita la providencia. De esa diferencia depende que esta lectura sea o no la de un ateo.
La objeción que no se va. El argumento sobre la muerte es impecable si aceptas su premisa: que un mal, para serlo, tiene que sentirse. Y es justo ahí donde se le entra. Perder algo puede ser malo para ti sin que lo notes —a quien engañan sin que se entere le va peor, no mejor—, y morir te priva de todo lo que habrías tenido; a esa réplica se la llama el argumento de la privación. Epicuro, o al menos su escuela, tiene preparada una contrarréplica: si el tiempo posterior a tu muerte te da miedo, ¿por qué no te dio ninguno el tiempo anterior a tu nacimiento, que era igual de infinito y en el que tampoco estabas?2 Decidir cuál de las dos gana es exactamente el ejercicio.
El trabajo. Las dos primeras preguntas son de comprensión; las dos siguientes te piden analizar cómo está construido el argumento; las dos últimas, llevarlo a otro sitio y mojarte.
- Según Epicuro, ¿por qué la muerte no es nada para nosotros? Reconstruye el argumento en dos frases, señalando cuál es la premisa de la que todo depende.
- La carta clasifica los deseos en tres escalones. Cópialos en un esquema y pon en cada casilla un ejemplo tuyo, de tu vida y no de la de Epicuro.
- «No es impío quien suprime los dioses de la mayoría, sino quien atribuye a los dioses las opiniones de la mayoría». ¿En qué se apoya para invertir así la acusación? Fíjate en qué es un dios, según él, antes de discutir si existe alguno.
- Hacia el final sostiene que preferiría seguir el mito sobre los dioses antes que someterse al destino, y da su razón. ¿Cuál es? Explica por qué, para él, un dios al que se puede rogar resulta menos temible que una cadena de causas.
- Al estudiar el tiempo y el cambio distinguimos determinismo e indeterminismo (§80). Epicuro reparte lo que ocurre en tres casillas: necesidad, azar y nosotros. ¿Dónde lo colocarías? Y di qué le falta a ese reparto para ser una respuesta y no solo una lista.
- La carta promete que, si haces esto, «vivirás como un dios entre los hombres»: la filosofía sirve, entonces, para dejar de tener miedo. ¿Te convence esa idea de para qué sirve la filosofía? Toma partido y defiéndelo. Dedica al menos una frase a la mejor objeción contra tu propia postura, y no la despaches: contéstala o reconoce que no puedes.
Konstan, D. (2026). Epicurus. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2026). https://plato.stanford.edu/archives/sum2026/entries/epicurus/↩︎
El argumento de la simetría lo desarrolla Lucrecio (h. 99-h. 55 a. e. c.) en el libro III de De rerum natura: mira hacia atrás, dice, y verás que la eternidad pasada, la de antes de que naciéramos, no nos ha tocado en nada.↩︎