Unidad II · Antropología

El ser humano como sujeto de la experiencia filosófica

Herramienta para pensar: los dos que despiertan

Los dos hemisferios de tu cerebro pueden separarse: la operación existe y se ha practicado a personas reales. Supón ahora que a ti te los separan y que cada mitad se trasplanta a un cuerpo distinto. Los dos cuerpos despiertan.

Los dos recuerdan tu infancia. Los dos reconocen a tu familia, quieren lo mismo que tú querías esta mañana, tienen tus manías, tus proyectos y tu letra. Los dos dicen ser tú, y ninguno de los dos miente: cada uno lo cree con la misma convicción con la que lo creerías tú.

No ha desaparecido nada por el camino. Ni un recuerdo, ni un deseo, ni una célula.

¿Cuál de los dos eres?

Y antes de contestar deprisa, mira lo que cuesta cada respuesta. Decir «los dos» es decir que una persona son dos personas. Decir «ninguno» es decir que te ha matado una operación que no ha destruido nada. Y decir «ese» obliga a explicarle al otro por qué no es él, mientras te mira con tu cara y te lo discute con tus argumentos.


Después de preguntarnos qué es la filosofía y cómo nació, volvemos la mirada hacia quien se hace esas preguntas: nosotros mismos. Antes de indagar qué podemos conocer, cómo es la realidad o cómo debemos actuar, conviene detenerse en el ser que conoce, existe y obra. ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué nos hace, a la vez, iguales a los demás y únicos?

Esta parte recorre ese itinerario. Empieza por lo que compartimos con el resto de los seres vivos —nuestro origen evolutivo— y con el resto de los humanos —la cultura y la sociedad que nos forman—, para terminar en lo que nos distingue como individuos: la personalidad, la vida emocional, los deseos y la voluntad, y esa pregunta última por quiénes somos que llamamos identidad personal. De la sabana africana al espejo en el que hoy te miras.