Tema 5 · Herramientas básicas del filósofo
El discurso es un soberano poderoso que, con un cuerpo pequeñísimo y del todo invisible, lleva a cabo obras divinísimas: puede detener el miedo, quitar la pena, producir alegría y acrecentar la compasión.
—Gorgias de Leontinos, Elogio de Helena, 8 · traducción de Claude, del griego
Yo soy de los que con gusto serían refutados si dicen algo que no es verdad, y con gusto refutarían a quien lo dijera; pero que no llevan peor ser refutados que refutar, porque tengo por mayor bien librarse uno del mayor de los males que librar a otro.
—Platón, Gorgias, 458a · traducción de Claude, del griego
§17 · Métodos filosóficos
Todos estamos familiarizados con la aritmética y las fórmulas que utilizamos en clase de matemáticas para resolver problemas. Hemos utilizado la tabla periódica para comprender las moléculas en clase de química. También hemos hecho comentarios de texto en lengua combinando nuestros conocimientos de la literatura de una época y de los recursos literarios para analizar un poema. Sin duda habrás estudiado la lista de verbos irregulares en inglés y habrás escrito cartas en ese idioma quejándote a una tienda del mal resultado que te ha dado un artículo que compraste en ella.
Pero ¿cómo se hace Filosofía? ¿En qué consiste la actividad filosófica? Recuerda que hemos definido la Filosofía como «el proyecto de responder rigurosamente a las preguntas que no podemos responder por observación, experimentación o por pruebas que dependan de definiciones o axiomas». Los matemáticos, los químicos y los lingüistas responden, precisamente, al tipo contrario de preguntas que los filósofos, las preguntas a las que sí podemos responder por observación, experimentación o demostración de axiomas. Para ello debemos utilizar la argumentación racional como única herramienta.
Qué es un método. Así que, básicamente, un filósofo se sienta1 y piensa. Pero, sobre todo, argumenta. Es decir, estructura sus ideas en formas coherentes de forma metódica. Un método es una forma de hacer las cosas, un conjunto de decisiones o de acciones que se utilizan sistemáticamente para lograr un objetivo.
A lo largo de su historia, la Filosofía ha empleado diversos métodos para estructurar sus argumentos e ideas. A continuación veremos algunos de ellos. Ten en cuenta que algunos métodos, como el fenomenológico, han dado origen a corrientes completas de la Filosofía, pero que otros filósofos han utilizado diversos métodos según les era necesario para desarrollar sus ideas. En todo caso se trata de que algunos de estos conceptos comiencen a sonarte, ya que aparecerán más adelante en el curso, donde los desarrollaremos según lo necesitemos.
Escepticismo metodológico o duda cartesiana. Descartes (1596-1650) se encontraba confuso al final de sus estudios, ya que sus profesores le habían enseñado toda clase de ideas y sus contrarias. Se propuso hallar el conocimiento verdadero. Pero ¿cómo podría identificar una idea verdadera cuando la encontrara? Su salida fue usar la duda como herramienta: apartar por sistema, como si ya fuera falso, todo aquello de lo que quepa dudar, y ver qué queda en pie. El problema de su método es que lo que queda en pie es poquísimo. Él llegó a la famosa conclusión de «pienso, luego soy», que está muy bien, pero no nos dice demasiado sobre cómo somos y cómo debemos obrar.
Método geométrico. Otros racionalistas, como Baruch Spinoza (1632-1677), hicieron lo contrario: empezar por lo indudable. Spinoza escribió su Ética como un libro de geometría —definiciones, axiomas y demostraciones encadenadas— y de ahí dedujo sus tesis sobre Dios y la libertad. Todo cuelga de unos axiomas que a otro pueden no parecerle evidentes.
Método fenomenológico. Edmund Husserl (1859-1938) propuso empezar por lo que se te aparece, tal y como se te aparece. Antes de discutir si el mundo es como lo ves, es indiscutible que lo ves así. El fenomenólogo pone entre paréntesis si eso existe ahí fuera y describe la experiencia misma con todo el cuidado: cómo se te da una melodía o un dolor de muelas. La dificultad está en describir sin meter dentro lo que ya creías saber.
Verificacionismo y falsacionismo. Son dos maneras opuestas de poner a prueba una hipótesis. El verificacionismo consiste en ir sumando observaciones a su favor. Parece de sentido común: cuantas más observaciones apoyen una hipótesis, más verificada o comprobada estará dicha hipótesis, ¿no? Sí. Y no, porque rara vez podemos observar todas las instancias de una determinada categoría. Cualquier cosa que afirmemos sobre los cuervos está validada tan solo por aquellos cuervos que hayamos observado. Pero no podremos nunca observar los cuervos que ya fueron o los que sean tras nuestra muerte, así que hablaremos de todos los cuervos sin haberlos visto todos. Digamos, por ejemplo, que todos los cuervos son negros. Tu experiencia personal parece que reafirma esta observación. Ahora bien, plantéate la siguiente pregunta: ¿cuántos cuervos no negros has de encontrar para invalidar la afirmación de que todos los cuervos son negros? La respuesta es sencilla: uno. Así, podríamos pasarnos la vida buscando más cuervos negros para reforzar nuestra afirmación… o podríamos tratar de encontrar situaciones en que fuera más fácil encontrar cuervos no-negros. En eso consiste el falsacionismo de Karl Popper (1902-1994), precisamente: en buscar contraejemplos de las afirmaciones, ya que este es un camino más rápido y seguro para descartar hipótesis falsas (§64).
Método del análisis conceptual. Consiste en descomponer un concepto en las piezas que lo forman, para saber qué hace falta exactamente para aplicarlo. ¿Qué se necesita para decir que alguien sabe algo? ¿Basta con acertar, o hacen falta además razones?
Método del sentido común. A lo largo de este curso insistiremos mucho en que la Filosofía desafía a menudo el sentido común2. Eso no quiere decir que no tengamos muchas creencias que tomamos como ciertas sin haberlas argumentado explícitamente, incluidos los filósofos.
El método del sentido común parte de las creencias de sentido común para aplicar después el sentido crítico propio de la Filosofía. ¿Recuerdas cómo Descartes había llegado a unas pocas verdades como la de que existe, pero que no eran muy útiles porque son muy abstractas y desconectadas de nuestra experiencia común? Bien, el método del sentido común pretende evitar este extremo en el que los filósofos incurren cuando sofistican tanto sus ideas que estas pierden contacto con la realidad.
Claro, que si la Filosofía insiste en criticar el sentido común no es por gusto ni por esnobismo, sino porque el sentido común está muchas veces equivocado y es necesaria una gran creatividad para dar con las explicaciones correctas de la realidad. Si nos fijamos en la mera impresión de los sentidos, observaremos que «el Sol sale» todos los días. Sabemos bien que es la Tierra la que gira sobre sí misma y alrededor del Sol, dándonos la sensación de que el Sol sale cuando no es así.
Por otro lado, el sentido común no es absoluto. Que la mayoría de miembros de un grupo sostenga una idea no significa que no haya ideas alternativas o consensos distintos en otros grupos. En esos casos, ¿de cuál partiremos?
Filosofía del lenguaje corriente. Es pariente del anterior, pero mirando a las palabras. J. L. Austin (1911-1960) y los filósofos de Oxford sostenían que muchos problemas nacen de sacar un término del sitio donde se usa y estirarlo hasta que ya no significa nada. Antes de preguntar qué es la libertad, conviene mirar cuándo dices que alguien actuó libremente.
Experimentos mentales. Los filósofos no tienen laboratorio, pero tienen su manera de experimentar: imaginan un caso lo bastante limpio como para que en él solo esté en juego lo que quieren examinar, y miran qué les parece. Se usan mucho en ética.
El dilema del tranvía con que se abrió la unidad es uno de ellos, y de los más socorridos.

Como experimento mental que es, no guarda relación directa con la realidad observable. Nunca ha sucedido algo así y, esperemos, nadie intentará hacerlo en la práctica. Pero aunque sea un experimento puramente imaginativo y racional, nos sirve para investigar, discutir y buscar soluciones éticas a dilemas en los que la cantidad de personas afectadas puede alterar nuestra justificación de la acción correcta. Este sencillo experimento mental y sus muchas variantes ayudan en la investigación filosófica, pero también se utilizan en otras disciplinas.
En un debate filosófico podemos también analizar casos del pasado. Ante un determinado hecho que ya ha sucedido y no podemos, por tanto, cambiar, cabe preguntarse: ¿de qué otra manera podríamos haber actuado? ¿Qué consecuencias hubiera tenido actuar de tal o cual otra manera?
El equilibrio reflexivo. Es un vaivén. Empiezas con dos cosas: unos principios generales que te parecen razonables y unos juicios concretos de los que estás bastante seguro. Casi siempre chocan, porque el principio te obliga a decir de un caso algo que no te crees. Caben dos salidas, y las dos valen: retocar el principio para que ese caso quepa, o admitir que tu juicio estaba mal y soltarlo. Vas y vuelves hasta que principios y juicios dejan de darse de bofetadas. Ese punto es el equilibrio reflexivo, y no promete que aciertes: solo que, de momento, lo que crees se sostiene junto. Lo describió Nelson Goodman (1906-1998) para las reglas de la lógica, y John Rawls (1921-2002) lo convirtió en el método con el que hoy se discute la justicia3 (§134).
El método pragmático. Cuando hacemos Filosofía nos movemos en el ámbito de las ideas, en ocasiones muy alejados de la realidad; recuerda a Descartes y también los experimentos mentales. Charles Sanders Peirce (1839-1914) propuso una regla para no perderse: el sentido de una idea está entero en la diferencia práctica que supondría que fuera verdadera (§48).
Si un metafísico propone una teoría sobre la realidad, el filósofo pragmatista le dirá: ¿qué consecuencias prácticas y observables tiene tu teoría? Y según existan o no esas consecuencias, decidirá si es verdadera o falsa.
El método trascendental. Pregunta qué tiene que darse para que algo sea posible. Kant (1724-1804) lo empleó así: como damos por hecho que conocemos el mundo, la pregunta pasa a ser qué tiene que poner nuestra propia cabeza para que la experiencia sea posible (§54). Si afirmas saber algo, ¿qué es necesario que suceda para que hayas obtenido conocimiento sobre ese algo?
El método experimental. Es el más reciente de la lista: arrancó hacia 2001 y se le llama filosofía experimental. Ya dijimos en nuestra definición de Filosofía que esta se ocupaba de cuestiones que no podíamos discernir con la observación exclusivamente, pero este método hace justo eso: sale del despacho y recoge datos, como la psicología y las ciencias cognitivas.
La mecánica más habitual consiste en plantear un caso a mucha gente, preguntarle qué le parece y ver qué sale4.
En su vertiente negativa, este método trata de desafiar las posiciones y movimientos tradicionales de la Filosofía mostrando cómo las intuiciones de las personas varían de acuerdo con su cultura, su género o su etnia. Si esto es así, debemos poner en duda las instituciones que se amparan en estas teorías relativas.
En su vertiente positiva, este método pretende fundamentar la Filosofía en las intuiciones de las personas y no en las de filósofos profesionales.
Uno de los grandes problemas de este método es que no tenemos acceso directo a las intuiciones de las personas, y sabemos que las respuestas a los cuestionarios pueden ser fácilmente dirigidas y manipuladas. Otro sigue abierto: se ha argumentado que quien no está familiarizado con problemas tan técnicos no da respuestas fiables, y que estas no pueden sustituir al juicio de un filósofo con formación. La réplica llegó estudiando a los propios profesionales: también a ellos les cambia el juicio según el orden en que se les presentan los casos5, así que la discusión no está cerrada.
§18 · El diálogo argumentativo
Las dos formas de argumentar. En la definición misma de la Filosofía encontramos que sus herramientas fundamentales son la razón, las razones y la argumentación. Esta argumentación puede tomar dos formas principales:
- El diálogo argumentativo o debate filosófico, en el que discutiremos sobre un concepto o un tema entre dos o más personas siguiendo unos criterios que lo distinguen de otro tipo de debates, o
- la disertación filosófica, en la que exploraremos y evaluaremos los temas y los problemas de forma individual y en la que reflejaremos sus diversos aspectos por escrito (§19)6.
Al respecto del diálogo argumentativo, presentaremos el diálogo socrático y las condiciones del discurso ideal de Jürgen Habermas.
El diálogo socrático
Sócrates (470 a. e. c.-399 a. e. c.) es uno de los más influyentes filósofos de la historia. Curiosamente, no escribió ninguna obra, ya que consideraba que plasmar las ideas por escrito eliminaba la viveza del pensamiento y de la conversación.
Para él, el pensamiento se desarrollaba en la conversación, en el diálogo, en el que dos o más interlocutores exploraban diversas posibilidades de definición de grandes conceptos filosóficos como la Justicia o la Virtud7. Además, se trata de que cada uno nos enfrentemos al diálogo. Ver transcrito el diálogo que Sócrates pudo haber tenido con otro ateniense no nos valdría a nosotros porque no somos ni uno ni el otro, por lo que partimos de ideas distintas y tenemos que realizar nuestro propio camino filosófico.
Así, Sócrates propuso un método, una forma reglada de dialogar de forma que los interlocutores fueran desechando sus preconcepciones y prejuicios sobre los conceptos en cuestión y llegaran a acuerdos sobre definiciones objetivas o universales de dichos conceptos. En el fondo es un método negativo de eliminación de las hipótesis que llevan a contradicciones.
Uno de los interlocutores comienza realizando una afirmación. Por ejemplo: «es justo que todos tengamos el mismo dinero». El o los interlocutores dirían en qué no están de acuerdo hasta que todos agotaran sus argumentos y eligieran los que son racionalmente mejores.
Hoy en día podemos aplicar el diálogo socrático a los dilemas morales. Tomemos, por ejemplo, el dilema del tranvía con que se abrió la unidad. Ante él, preguntaríamos a nuestros interlocutores si activarían o no la palanca y por qué. Ante sus respuestas, continuaríamos preguntando. Si uno dice que es mejor que muera uno en lugar de muchos, por lo que activaría, sin duda, la palanca, podríamos preguntarle: «¿Y si la persona de la segunda vía fuera tu madre?». Si dijera que en ese caso sería mejor que murieran los otros cinco, quedaría en evidencia su contradicción y tendríamos que ver cómo y por qué considera mejor salvar a su madre que a cinco desconocidos.
Las preguntas que hacen ese trabajo son casi siempre las mismas seis, y conviene que las tengas a mano:
- ¿A qué llamas exactamente eso? Ponme un caso.
- ¿De dónde lo sacas? ¿Qué te ha llevado de ahí hasta aquí?
- Si eso fuera verdad, ¿qué más tendría que serlo?
- ¿Se te ocurre un caso en que tu propia regla dé un resultado que no te creas?
- Si te estuvieras equivocando, ¿en qué lo notarías?
- Y si tienes razón, ¿qué cambia?
Para que el diálogo socrático sea posible es imprescindible que los interlocutores tengan la intención honesta de participar en la búsqueda de la verdad y que estén dispuestos a sustituir sus ideas por otras mejores cuando se las presenten. Esto nos resulta muy difícil, ya que nos identificamos con nuestras ideas y nos suele parecer que reconocer ideas falsas o equívocas en nosotros no es un problema solo de dichas ideas, sino también nuestro personal. Como si tener ideas erróneas nos hiciera peores personas.
La situación ideal de comunicación (Habermas)
No todas las conversaciones, diálogos y debates son iguales. Como vemos con el diálogo socrático, un debate filosófico debe cumplir con una serie de criterios para que podamos considerarlo tal.
Por vía negativa: cómo no se discute. En las discusiones habituales, nuestra intención no es la de acercarnos a la verdad o la de mejorar nuestras ideas y nuestros conceptos; solemos argumentar para salirnos con la nuestra. El agente comercial querrá convencernos de que compremos su producto; los políticos querrán convencer a sus oponentes de aquello que les beneficia a ellos mismos o a sus representados; el amigo en el bar quiere «ganar» la disputa; discutimos con nuestros padres para que nos suban la paga o nos dejen salir más tiempo; en la tele o en YouTube veremos discusiones cuyo fin es obtener más likes o más monetización.
Ninguno de estos tipos de discusión nos sirve para hacer Filosofía. Todos entendemos intuitivamente que la intención ulterior de salirnos con la nuestra, obtener dinero, ganar las elecciones o ejercer poder está reñida con el noble propósito de descubrir la verdad.
Puedes servirte de estos y otros ejemplos que se te ocurran para pensar, por vía negativa, en qué no consiste el diálogo argumentativo filosófico.
El filósofo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) reflexionó de forma positiva sobre las características que debía tener y los criterios que debía cumplir el diálogo argumentativo filosófico correcto y propuso la situación ideal de comunicación.
La situación ideal de comunicación refleja, como su nombre indica, cómo sería el diálogo o la discusión ideal que nos permitiera mantener debates públicos en una democracia en pos de la justicia. Como ideal, es inalcanzable. Quizás no podamos satisfacer completamente ninguno de los criterios que veremos a continuación, pero nos servirán para dirigir las condiciones de los debates y nuestra actitud en ellos. Podremos comparar nuestras discusiones con estos criterios para ver cuán alejados estamos del ideal y para considerar cómo podemos mejorarlas.
Algunas de sus características son:
- Igualdad. Todos los participantes tienen el mismo derecho de participación y podrán, por lo tanto, expresar sus puntos de vista. No hay jerarquías y cada individuo podrá contribuir a la discusión. Tendrás el mismo derecho de aportar tu visión que tus padres, tu jefe, tu profesor o el Presidente del Gobierno.
- Inclusividad. Todas las personas afectadas por el tema que se esté discutiendo deben estar incluidas. Si estamos debatiendo sobre si debemos subir o bajar determinado impuesto, todos los que deben pagar el impuesto tendrán que poder opinar al respecto; pero también todos aquellos a quienes afecte en qué se gasta el dinero recaudado y todos aquellos afectados de otras formas. No hay una perspectiva privilegiada, y todas deben ser, al menos, escuchadas.
- Honestidad. Los participantes en la discusión deben tener una actitud honesta ante el debate, lo que excluye los intentos de manipulación, ocultación de información o imposición de sus intereses o perspectivas.
- Ausencia de coerción. Los participantes deben no estar coaccionados por ninguna otra persona, lo que incluye no tener miedo de represalias o consecuencias negativas por la expresión de sus ideas. Si yo callara una idea o una posición por miedo a que me echaran del trabajo, muy probablemente no la expresaría, lo que resta igualdad, inclusividad y honestidad al debate y lo vicia.
- Argumentación racional. Este es un criterio muy filosófico: los participantes en el discurso deben aportar razones, pruebas y justificaciones racionales de sus puntos de vista y debatir razonadamente. Sobra cualquier otra forma de comunicación, especialmente la apelación a la fuerza.
- Entendimiento mutuo. El objetivo principal de la comunicación en una situación ideal es alcanzar la comprensión mutua de los participantes. Además de la honestidad y la claridad es necesario realizar un esfuerzo por comprender las perspectivas de los demás participantes y por buscar puntos en común.
- Discurso sin restricciones. Ninguna. No debe existir la censura ni debe excluirse ningún tema que sea relevante para la discusión. Si un tema es importante para mí y me afecta, debe ser discutido.
- Libre de distorsiones. No deben existir sesgos sistemáticos en la comunicación. Los canales de información y comunicación no deben estar controlados o manipulados para favorecer determinados intereses o perspectivas. Si yo soy el dueño de un medio de comunicación, decidiré sobre qué se habla y sobre qué no, quién puede participar y en qué condiciones. Lo ideal sería un medio de comunicación público y abierto que respetara todas las características que estamos tratando.
- Accesibilidad pública. Los resultados de las discusiones debieran estar al alcance del público —más allá de los intervinientes en el debate— para que este pudiera evaluar la discusión.
- Abierto a revisión. Los participantes debieran estar dispuestos a cambiar sus argumentos por otros mejores, si se los presentan.
O camina para pensar. Aristóteles (384 a. e. c.-322 a. e. c.) era conocido como peripatético porque, como dice la leyenda, caminaba con sus discípulos por los paseos del Liceo, su escuela filosófica, departiendo y enseñándoles. Nietzsche (1844-1900) daba grandes caminatas por la montaña para pensar y después se sentaba a recoger sus meditaciones en papel.↩︎
No, el sentido común no es el menos común de los sentidos, sino, por definición, el más habitual: el sentido que la mayoría de un grupo da a un fenómeno. Si hubiéramos preguntado a los vascos de hace 200 años qué debía hacer una persona adulta, casi todos habrían respondido que casarse o hacerse monja o sacerdote: ese era el sentido común de la época. La cantinela nace de que la mayoría no siempre es sensata, cosa bien distinta.↩︎
Knight, C. (2023). Reflective Equilibrium. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Winter 2023). https://plato.stanford.edu/archives/win2023/entries/reflective-equilibrium/↩︎
Sytsma, J., Reuter, K. y Willemsen, P. (2026). Experimental Philosophy. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2026). https://plato.stanford.edu/archives/sum2026/entries/experimental-philosophy/↩︎
La objeción de la pericia y esa réplica, en el apartado 3.2 de la edición anterior de la entrada citada: Knobe, J. y Nichols, S. (2026). Experimental Philosophy. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Spring 2026). https://plato.stanford.edu/archives/spr2026/entries/experimental-philosophy/↩︎
Aunque ambas son muy productivas, durante este curso tenderemos más a la disertación por motivos puramente prácticos, ya que es un curso a distancia y fundamentalmente online.↩︎
Sí, hoy en día hablar de virtud parece algo anticuado, sobre todo porque nos retrotrae a la moralidad cristiana, pero tanto Sócrates como sus seguidores daban mucha importancia a la virtud y a la excelencia. Tanta que es la base de su filosofía.↩︎