Lectura · Platón y Aristóteles

La ficha. Platón (427-347 a. e. c.) escribió la Apología de Sócrates en los años que siguieron al juicio en que Atenas condenó a muerte a su maestro, en el 399 a. e. c. No es el acta del proceso: es el discurso que Sócrates pronunció, o la versión de él que Platón quiso dejar, y cuánto hay de cada cosa se discute desde entonces. Sócrates tiene que explicar ahí por qué se ha pasado la vida haciendo lo que hace y por qué eso le ha salido tan caro. Aristóteles (384-322 a. e. c.), que entró en la escuela de Platón con diecisiete años y permaneció en ella veinte, dedica las primeras páginas de la Metafísica a averiguar qué clase de saber es el que él busca, y por el camino explica de dónde sale el impulso de filosofar. Los dos contestan a la pregunta con la que empezaste el curso (§03). No contestan lo mismo.

La traducción. Las dos son propias y directas del griego, hechas para este manual: la de Platón sobre el texto fijado por John Burnet y la de Aristóteles sobre el de William David Ross, que son las ediciones críticas de referencia1; las dos se publican bajo la misma licencia que el resto del libro. Sí hay versiones castellanas libres de derechos, las de Patricio de Azcárate, que puso a Platón en castellano por primera vez en 1871-1872 y a Aristóteles entre 1873 y 1875; pero su lengua es la de hace siglo y medio y levanta entre ti y el texto una barrera que el original no tiene, y las versiones modernas siguen protegidas. Los corchetes […] marcan lo omitido.

Sócrates y el oráculo. Sócrates se está defendiendo de una acusación que puede costarle la vida. Antes de responder a los cargos formales tiene que deshacer algo más viejo y más difícil: la fama de sabio que se le ha pegado. Para explicar de dónde le viene, cuenta esta historia.

Querefonte fue compañero mío desde jóvenes y amigo de vuestro partido; compartió con vosotros el destierro y con vosotros volvió. Ya sabéis cómo era: vehemente en todo lo que emprendía. Pues bien, una vez fue a Delfos y se atrevió a consultar esto —y no arméis alboroto, atenienses—: preguntó si había alguien más sabio que yo. Y la Pitia respondió que nadie era más sabio.

Fijaos por qué os cuento esto: voy a explicaros de dónde me viene la mala fama. Cuando lo oí, me quedé dándole vueltas: «¿Qué querrá decir el dios? ¿Qué enigma es este? Porque yo sé de mí que no soy sabio ni mucho ni poco. ¿Qué quiere decir, entonces, al afirmar que soy el más sabio? Desde luego no miente: no le está permitido». Estuve mucho tiempo sin entender qué decía; después, de muy mala gana, me metí en una búsqueda parecida a esta.

Fui a ver a uno de los que pasan por sabios, pensando que allí, si en alguna parte, iba a refutar el vaticinio y a poder decirle al oráculo: «este es más sabio que yo, y tú dijiste que lo era yo». Lo examiné a fondo —no hace falta que diga su nombre; era uno de los políticos— y esto es lo que me pasó: me pareció que aquel hombre parecía sabio a mucha gente y sobre todo a sí mismo, y que no lo era. Después traté de mostrarle que se creía sabio sin serlo, y con eso me gané su enemistad y la de muchos de los presentes. Me marché pensando para mí: soy más sabio que este hombre. Lo probable es que ninguno de los dos sepamos nada bueno ni hermoso; pero él cree saber algo sin saberlo, y yo, como no lo sé, tampoco creo saberlo. Parece que le llevo esa pequeña ventaja: que lo que no sé, tampoco creo saberlo. […]

Y por el perro, atenienses —tengo que deciros la verdad—, esto es lo que me pasó: los mejor considerados me parecieron ser casi los más faltos de todo, mientras buscaba yo por encargo del dios; y otros tenidos por menos resultaron hombres más cabales en cuanto a tener juicio. […]

Después de los políticos fui a los poetas, a los de tragedias, a los de ditirambos y a los demás, convencido de que allí iba a cogerme a mí mismo con las manos en la masa siendo más ignorante que ellos. Tomaba los poemas suyos que me parecían más trabajados y les preguntaba qué querían decir, para aprender de paso algo de ellos. Me da vergüenza deciros la verdad, señores, pero hay que decirla: casi cualquiera de los presentes hablaba mejor que ellos de lo que ellos mismos habían compuesto. Comprendí entonces que los poetas no hacen lo que hacen por sabiduría, sino por una especie de don natural y en trance, como los adivinos y los que cantan oráculos: también estos dicen muchas cosas hermosas, pero no saben nada de lo que dicen.

Por último fui a los artesanos. Yo sabía de mí que no entendía prácticamente de nada, y sabía en cambio que a ellos los encontraría entendiendo muchas cosas y buenas. En eso no me equivoqué: sabían lo que yo no sabía, y en eso eran más sabios que yo. Pero me pareció que los buenos artesanos tenían el mismo defecto que los poetas: por ejecutar bien su oficio, cada uno se creía además el más sabio en las cosas más grandes, y ese desafine les tapaba la sabiduría que sí tenían. […]

De este examen, atenienses, me han nacido enemistades muchas y de las más duras y pesadas, y de ellas han salido muchas calumnias y este nombre que me dan, el de sabio; porque los que están delante creen cada vez que soy yo sabio en aquello en que dejo a otro en evidencia. Lo que pasa, señores, es que probablemente el sabio de verdad es el dios, y que en ese oráculo lo que dice es que la sabiduría humana vale poco, o nada. Y parece que no habla de este Sócrates, sino que se sirve de mi nombre y me toma como ejemplo, como si dijera: «El más sabio de vosotros, hombres, es el que, como Sócrates, se ha dado cuenta de que en verdad no vale nada respecto de la sabiduría».

—Platón, Apología de Sócrates 21a-23b · traducción de Claude, del griego

El asombro y la ciencia libre. Aristóteles no está en ningún juicio. Está estableciendo, en las primeras páginas de la Metafísica, qué clase de saber es el que busca; y para averiguarlo mira a los que empezaron.

Que no es una ciencia productiva se ve también en los primeros que filosofaron. Porque los hombres empezaron a filosofar, ahora y al principio, por el asombro: al principio se asombraban de las rarezas que tenían a mano, y luego, avanzando poco a poco, se plantearon dudas sobre cosas mayores, como los cambios de la luna, lo que ocurre con el sol y con los astros, y el origen del conjunto de las cosas. Y el que duda y se asombra reconoce que no sabe; por eso también el amigo de los mitos es en cierto modo filósofo, porque el mito está hecho de cosas asombrosas. De manera que, si filosofaron para escapar de la ignorancia, está claro que perseguían el saber por saber y no por ninguna utilidad.

Lo atestigua lo que de hecho ocurrió: esta clase de saber empezó a buscarse cuando ya estaba cubierto casi todo lo necesario y también lo que hace la vida cómoda y agradable. Está claro, entonces, que no la buscamos por ninguna otra necesidad, sino que, así como llamamos libre al hombre que es para sí mismo y no para otro, así también a ella la llamamos la única libre entre las ciencias, porque solo ella existe para sí misma.

Por eso podría con razón tenerse su posesión por algo no humano: en muchos aspectos la naturaleza del hombre es esclava, de modo que, como dice Simónides, «solo un dios tendría ese privilegio», y no está bien que un hombre deje de buscar el saber que le corresponde. Si algo dicen los poetas y la divinidad es envidiosa por naturaleza, lo lógico sería que la envidia se cebara sobre todo aquí y que todos los que sobresalen fueran desdichados. Pero ni la divinidad puede ser envidiosa —según el refrán, mucho mienten los poetas— ni hay que tener por más valiosa ninguna otra ciencia que esta. […]

Con todo, su posesión tiene que dejarnos en lo contrario de donde arrancó la búsqueda. Todos empiezan asombrándose de que las cosas sean así, igual que ante los autómatas de feria, o los solsticios, o el hecho de que la diagonal no se pueda medir con el lado: a cualquiera que no haya visto todavía la causa le parece asombroso que haya algo que no se deje medir con la unidad más pequeña. Pero hay que terminar en lo contrario y, como dice el refrán, en lo mejor, igual que ocurre en estos casos cuando uno aprende: nada asombraría tanto a un geómetra como que la diagonal resultara medible.

—Aristóteles, Metafísica 982b-983a · traducción de Claude, del griego

Ayuda a la lectura. Seis expresiones de los dos textos que conviene tener claras antes de discutirlos.

Dos ignorancias que no son la misma. Los dos textos arrancan de reconocer que no se sabe, y por eso se parecen más de lo que son. En Sócrates, ese reconocimiento es el resultado de un trabajo: hay que ir persona por persona, examinarlas y llevarse el disgusto, y lo que queda al final no es una pregunta abierta sino un balance, que la sabiduría humana vale poco o nada. En Aristóteles es el punto de partida, dura lo que dura la ignorancia y se cancela en cuanto aparece la causa: el geómetra que ya sabe por qué la diagonal no se mide ha dejado de asombrarse. Pregúntate cuál de los dos deja sitio para que la filosofía se acabe algún día.

Lo que cuesta filosofar. Fíjate ahora en cuánto le cuesta a cada uno. Sócrates enumera enemistades de las más duras y pesadas, calumnias y una fama que acabará matándolo, y su investigación consiste en dejar a otros en evidencia, que es una actividad con víctimas. Aristóteles describe un saber que solo pudo aparecer cuando ya había de todo y sobraba tiempo, y que se persigue por sí mismo, igual que se es libre. Los dos hablan de la misma cosa, y uno la cuenta como una condena y el otro como un privilegio; eso no es una diferencia de estilo, porque de ahí salen dos respuestas distintas a para qué está la filosofía en una ciudad (§12).

El mito no está en el mismo sitio. Ya viste que la filosofía nace cuando el logos empieza a hacerle a la naturaleza las preguntas que antes contestaba el mito (§05). Los dos textos tocan ese punto y no lo tocan igual. Aristóteles le hace al mito una concesión enorme: quien ama los mitos es en cierto modo filósofo, porque los dos viven de lo asombroso. Sócrates no discute ningún mito, pero obedece a un oráculo, y su filosofía entera nace de tomarse en serio una respuesta de Delfos. Decide tú si eso es una recaída en el mito o exactamente lo contrario.

El trabajo. Las dos lecturas comparten un solo bloque, porque aquí el ejercicio es la comparación. Las dos primeras preguntas son de comprensión; las dos siguientes te piden analizar cómo está construido cada argumento; las dos últimas, llevarlo a otro sitio y mojarte.

  1. ¿Qué encuentra exactamente Sócrates en los políticos, en los poetas y en los artesanos? Responde con las tres por separado, porque no le pasa lo mismo en las tres, y sin usar la palabra «ignorancia».
  2. Aristóteles da dos pruebas de que la filosofía no se busca por su utilidad: una sobre por qué empezó y otra sobre cuándo empezó. Enúncialas por separado y decide cuál de las dos prueba más.
  3. Los dos textos describen un camino que va de no saber a otro sitio, pero el punto de llegada no es el mismo. Señala en cada uno la frase donde está el final del camino y explica en qué se diferencian esos dos finales.
  4. Sócrates pone su conclusión en boca de un dios y dice que la sabiduría es cosa del dios y no del hombre; Aristóteles sostiene que sería envidia divina impedirle al hombre este saber, y que los poetas mienten. Reparte la carga de la prueba: ¿a quién le toca demostrar algo en cada caso, y qué le ocurre a cada argumento si le quitas el dios?
  5. Ya sabes que una pregunta es filosófica cuando no puede contestarse observando ni calculando (§02). Repasa las que Aristóteles pone como origen de la filosofía —los cambios de la luna, el sol, los astros, el origen de todo— y decide cuáles seguirían hoy siendo filosóficas y cuáles se han mudado de casa. Explica qué tuvo que pasar para que se mudaran.
  6. Sócrates sostiene que examinar las creencias ajenas es un servicio, y le costó la vida; hoy llamamos a eso diálogo socrático y lo practicas en clase sin ese riesgo (§18). ¿Tiene que seguir siendo incómoda la filosofía, o le basta con asombrarse? Toma partido y defiéndelo con un caso que hayas visto tú. Dedica al menos una frase a la mejor objeción contra tu propia postura, y no la despaches: contéstala o reconoce que no puedes.

  1. Burnet, J. (ed.). (1900). Platonis Opera, vol. I. Clarendon Press, colección Oxford Classical Texts. Ross, W. D. (ed.). (1924). Aristotle’s Metaphysics. A Revised Text with Introduction and Commentary, 2 vols. Clarendon Press.↩︎