Tema 4 · La filosofía y otros campos del saber
Si tomamos en la mano un volumen cualquiera —de teología o de metafísica escolástica, por ejemplo—, preguntemos: ¿contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad o el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre cuestiones de hecho y de existencia? No. Arrojémoslo entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión.
—David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, XII, 3 (1748) · traducción de Claude, del inglés
La razón humana tiene el destino singular, en una clase de sus conocimientos, de verse acosada por preguntas que no puede rechazar, pues se las plantea la naturaleza misma de la razón, pero que tampoco puede responder, porque sobrepasan toda la capacidad de la razón humana.
—Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, prefacio a la primera edición (1781) · traducción de Claude, del alemán
Si en casa cuentas que hoy en clase de Filosofía habéis discutido si somos libres, hay tres respuestas probables. Que eso ya lo está resolviendo la neurociencia. Que eso depende de lo que crea cada cual. Que de eso se ocupan los jueces, que para algo existen los atenuantes. Las tres tienen algo de razón y ninguna acierta del todo, y esa mezcla es justamente el asunto de este tema.
No es raro que ocurra. La Filosofía empezó ocupándose de todo, y en veintiséis siglos han ido saliendo de ella disciplinas que hoy tienen edificio propio, revistas propias y método propio (§09). Otras no salieron de ella, porque nunca estuvieron dentro: llevan tanto tiempo como ella preguntándose por el bien, por el sentido y por la belleza, solo que responden apoyándose en otra cosa —en una revelación, en una ley, en una obra—.
En cada frontera haremos las mismas dos preguntas: ¿de qué se ocupa esta disciplina? y, sobre todo, ¿en qué se apoya para responder? La segunda es la que decide, porque nuestra definición no habla de temas, sino de herramientas: es filosófico lo que no se resuelve ni observando ni calculando (§03). Y una advertencia previa: deslindar no es despreciar. Que la física no pueda decirte cómo debes vivir no la hace pequeña, ni la Filosofía es mayor por no medir nada. Cada saber responde bien a las preguntas que son suyas, y los líos empiezan cuando uno contesta las del vecino con sus herramientas. El cuadro que resume todo esto no te lo voy a dar: al acabar el tema podrás hacerlo tú, y así te servirá.
§15 · La filosofía y las ciencias
Filosofía y ciencia
En su origen, en el siglo VI a. e. c., la Filosofía se preguntó «¿de qué está hecha la realidad?», una cuestión que hoy compete sobre todo a la física. Muchos de los primeros filósofos fueron grandes matemáticos: a Tales de Mileto (h. 624-h. 546 a. e. c.) se le atribuyen los teoremas que llevan su nombre; Pitágoras de Samos (h. 570-h. 495 a. e. c.) pensaba que toda la realidad era número y descubrió las relaciones matemáticas de las notas musicales; y sobre la puerta de la Academia de Platón (h. 427-347 a. e. c.) rezaba, según la leyenda, «que no entre quien no sepa geometría». El origen de la Filosofía está, pues, unido a las matemáticas y a la física.
La actividad que hoy llamamos ciencia se independizó de la «filosofía natural» durante la Revolución Científica del siglo XVII. Su herramienta es el método científico —razón, observación, hipótesis, comprobación experimental y refinamiento—, impulsado por filósofos y científicos como Francis Bacon (1561-1626) y René Descartes (1596-1650). Produce conocimiento de altísima calidad, pero está limitado a lo observable y experimentable, y sabe describir la realidad, no decir cómo debe ser: puede describir el comportamiento humano, no cómo debemos comportarnos.
La relación funciona en los dos sentidos. La epistemología reflexiona sobre qué es el conocimiento, lo distingue de la mera opinión, define la verdad y vigila los sesgos de la propia ciencia; y la ética puede orientar el esfuerzo científico. A la inversa, la Filosofía debe conocer el consenso científico más reciente: no cabe hacer metafísica sin la mecánica cuántica y la relatividad, ni tratar la naturaleza humana sin la neurociencia, ni la filosofía política sin el derecho y la sociología. Si quiere tratar con rigor las grandes preguntas, la Filosofía ha de apoyarse en el mejor conocimiento científico a la vez que examina en qué consiste ese conocimiento.
El caso raro: las matemáticas. Con la física o la biología el deslinde sale barato: ellas salen a mirar el mundo y nosotros no. Pero hay un saber que tampoco sale a mirar el mundo y que aun así no es Filosofía, y es precisamente el que guardaba la puerta de la Academia. Un matemático no necesita laboratorio: para averiguar si el 9 es primo no hay que salir a capturar ningún 9 (§02). Trabaja como nosotros, sentado, con la razón por única herramienta. ¿Dónde está entonces la diferencia?
En el punto de partida. El matemático arranca de definiciones y de axiomas que se fijan de antemano y que nadie discute: admitido que un triángulo tiene tres lados y que por un punto exterior a una recta pasa una sola paralela, todo lo demás se demuestra. Y una demostración correcta cierra el asunto: si mañana aparece un fallo, será un fallo en la cadena, no una escuela de pensamiento rival. La Filosofía no tiene esa suerte, porque en ella las premisas son justamente lo que está en litigio. Para demostrar que una sociedad es justa harían falta una definición previa de justicia y unos axiomas sobre qué nos debemos unos a otros; y eso es el problema, no el punto de partida.
Por eso las dos se han necesitado siempre, y en las dos direcciones. La matemática le regaló a la Filosofía su ideal de rigor: cuando Euclides (h. 325-h. 265 a. e. c.) ordenó la geometría en definiciones, axiomas y teoremas, dejó a la vista qué aspecto tiene un saber en el que nada se afirma sin derivarlo, y durante siglos hubo filósofos que quisieron hacer lo mismo con la realidad entera: Baruch Spinoza (1632-1677) escribió su Ética «según el modo geométrico», con definiciones y proposiciones numeradas, igual que un manual de matemáticas.
Y la Filosofía le devuelve a la matemática las preguntas que la matemática no puede hacerse a sí misma, porque ninguna demostración las resuelve: ¿qué es un número? ¿Existe el 7 en alguna parte, o lo hemos inventado nosotros? ¿Y cómo se explica que unas fórmulas pensadas en una pizarra, sin asomarse a la ventana, acaben describiendo la órbita de un planeta en el que nadie pensaba al escribirlas1? Eso ya no es matemática: es filosofía de las matemáticas. Quédate con el resultado, que afina lo que aprendimos al definir la disciplina: no basta con preguntar si algo se resuelve mirando. Hay dos maneras distintas de no ser Filosofía —salir a mirar y partir de axiomas—, y hacen falta las dos para saber qué nos queda a nosotros.
Filosofía y psicología
La reflexión sobre la mente es tan antigua como la Filosofía: cómo percibimos, qué relación hay entre nuestras ideas y la realidad, si hay una naturaleza humana o todo es aprendido, si tenemos alma, cómo gestionar las emociones, cómo vivir bien. En el siglo XIX estas cuestiones empezaron a tratarse de forma empírica y sistemática, es decir, científica, y la psicología se convirtió en ciencia, con enorme mejora en la comprensión de la mente y en las terapias. Pero, como con las demás ciencias, la descripción empírica no agota lo que nos interesa: la Filosofía sigue planteando preguntas que la psicología no puede responder —al menos de momento— sobre el sentido de la vida y la naturaleza de la mente.
§16 · La filosofía, la religión, el derecho y el arte
Filosofía y religión
Filosofía y religión mantienen una relación compleja, porque comparten mucho: ambas ofrecen una visión global del mundo, explican la realidad, su fundamento y su origen, se ocupan de la dimensión trascendente del ser humano, dicen qué acciones son buenas y proponen cómo organizar la sociedad. No extraña que se confundan, y que muchos grandes filósofos hayan sido creyentes.
Pero la Filosofía nació precisamente al reflexionar sobre el mundo sin recurrir a explicaciones mitológicas o religiosas. Tras siglos de titubeos, llegó a hacer depender su labor solo de la razón, descartando la revelación, la tradición y la autoridad. Ahí está la gran diferencia: la religión funda sus ideas en la revelación, la tradición o la autoridad; la Filosofía rechaza las causas sobrenaturales y las meras convenciones. Por eso en el pensamiento filosófico no suele haber lugar para el pecado, la culpa o el infierno2. Y cuando un filósofo no creyente habla de «dios» no se refiere a lo mismo que el creyente: suele tratarse de un principio absoluto pero impersonal —una primera causa, una inteligencia ordenadora—, no de un dios que se enfada, premia o hace milagros. La teología ocupa un lugar intermedio, pero, a diferencia de la Filosofía, parte ya de la existencia de un dios determinado, revelado.
Filosofía y derecho
La ética trata del comportamiento bueno o malo y de la justicia, y lo hace apoyándose solo en el cuestionamiento racional: si preguntas a un filósofo por qué está mal mentir, te dará argumentos. Lo que no puede hacer la Filosofía es premiar o castigar: si sus razones nos convencen y queremos obrar racionalmente, actuaremos en consecuencia; si no, nada nos obliga. El derecho, en cambio, fija en forma de leyes lo que debemos y no debemos hacer, y dispone de medios para castigar su incumplimiento —multas, prisión—.
Derecho y ética comparten el terreno de la justicia y las obligaciones, pero difieren en su fundamento —leyes frente a criterios éticos— y en su modo de aplicarse —castigo frente a convencimiento—. Ese solapamiento hace que la Filosofía pueda y deba reflexionar sobre el derecho: es la filosofía del derecho. ¿Cómo producir leyes legítimas y justas? ¿Qué debe y qué no debe legislarse? ¿Cómo ha de tratar una sociedad a sus minorías?
Filosofía y arte
Los artistas producen obras —música, pintura, poesía, cine—, y muchos reflexionan sobre si el arte debe ser útil, político, moral o bello. Cuando lo hacen, ya no están haciendo arte, sino filosofía del arte: se preguntan por sus fundamentos, su naturaleza y su función. Esa reflexión rigurosa constituye una rama propia, la estética, que no se ocupa de la técnica —la perspectiva, las escalas— sino de qué es y qué no es arte, y para qué sirve. A cambio, el arte aporta a la Filosofía lo mismo que a la sociedad: belleza, miradas alternativas sobre la realidad, denuncia y experiencia estética.
La pregunta la hizo célebre el físico Eugene Wigner (1902-1995) en un artículo de 1960 cuyo título ya lo dice todo: «La irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias naturales». Wigner, E. P. (1960). The unreasonable effectiveness of mathematics in the natural sciences. Communications on Pure and Applied Mathematics, 13(1), 1-14.↩︎
Durante la Edad Media la Filosofía fue casi exclusivamente religiosa, monopolizada por los pensadores cristianos —con algunos judíos y musulmanes—, no por superioridad de sus argumentos, sino porque toda la sociedad era cristiana.↩︎