Tema 9 · Cultura y sociedad

Si se propusiera a todos los hombres escoger las mejores costumbres de entre todas las costumbres, cada pueblo, tras examinarlas, escogería las suyas. […] Y me parece que Píndaro acertó al decir que la costumbre es reina de todo.

—Heródoto, Historia, III, 38 · traducción de Claude, del griego

En esto nos hemos vuelto bárbaros unos para otros, puesto que por naturaleza todos hemos nacido iguales en todo, tanto bárbaros como griegos. […] Pues todos respiramos el aire por la boca y por la nariz.

—Antifonte, Sobre la verdad (siglo V a. e. c.) · traducción de Claude, del griego

§33 · ¿Qué es la cultura?

La supervivencia de los animales no humanos depende de sus instintos: su pasado evolutivo los ha equipado con respuestas adaptativas para buscar alimento y cobijo, protegerse de los depredadores o aparearse. Los humanos también somos animales, pero carecemos de ese repertorio de instintos: no tenemos respuestas predefinidas para cubrir nuestras necesidades ni reacciones marcadas ante los peligros del entorno1. ¿Cómo ha sobrevivido y prosperado, entonces, nuestra especie?

Inteligencia: esa es nuestra ventaja evolutiva. Gracias a ella comprendemos el mundo: observamos el comportamiento de la naturaleza y de los demás, reconocemos patrones, extraemos conclusiones que recordamos y combinamos, y las comunicamos al grupo. Podemos incluso imaginar y proyectar el futuro —pensarlo antes de que suceda— para elegir las mejores vías de acción y descartar las peligrosas.

De ahí el primer paso: transformar el entorno para acomodarlo a nosotros. En lugar de adaptarnos durante generaciones a las condiciones cambiantes, las cambiamos a nuestro favor. Para sobrevivir en climas fríos no esperamos mil generaciones a que nuestros descendientes tengan pelo y grasa subcutánea: construimos refugios, usamos el fuego y nos vestimos con pieles. Por eso la mayoría de los animales vive en nichos ecológicos muy concretos y nosotros hemos podido habitar toda la tierra emergida.

Pero pensar no ocurre en el vacío. Nacemos con la capacidad de pensar, y son nuestras experiencias las que la moldean: abandonado a su suerte, un recién nacido no podría desarrollar las capacidades de su encéfalo, ni siquiera sobrevivir. Somos animales sociales, y eso afecta a todo nuestro ser: mucho de lo que sabemos proviene de lo que otros nos han mostrado, no de la experiencia directa. El mejor ejemplo es el lenguaje, creado y compartido colectivamente, que nos permite pensar y nos da herramientas para comprender el mundo exterior e interior.

La cultura aparece cuando esa habilidad para interpretar el mundo se hace común: las soluciones que nuestros ancestros idearon para sobrevivir y convivir se volvieron hábitos, normas y valores sociales. Cómo obtenemos alimento, cómo nos protegemos, vestimos, hablamos, caminamos o nos divertimos está condicionado por ellos. La cultura es, pues, el conjunto de ideas, valores y herramientas que una generación lega a la siguiente.

El tema es hondo y complejo. Van algunas ideas, sin orden particular:

Las culturas no son naciones. Aunque confundamos «nación», «Estado» y «cultura», no hay correspondencia uno a uno entre ellos, y es muy difícil fijar los límites de una cultura. Cuando los antropólogos estudiaban un pueblo aislado del Amazonas parecía fácil decir «estos son los yanomami y estos los shuar»: viven en lugares distintos, tienen su arte, su idioma, sus técnicas de caza. Pero decidir si alguien pertenece o no a una cultura no lo es tanto: ¿somos españoles o vascos?, ¿puedo ser ambas cosas?, ¿es lo mismo ser judío que israelí?

La cultura no se elige. Puedes aprender el idioma de otra cultura, pero ¿puedes decidir ser inuit2? ¿Y puedes dejar de ser vasco o español aunque quieras? Puedes considerarte como desees, pero eso no te convierte en quien sientes o quieres ser, ni te otorga la aceptación de la cultura a la que aspiras.

Las culturas no son islas. No están aisladas de sus vecinas, con las que mantienen contacto; y personas socializadas en culturas distintas pueden vivir en la misma ciudad. En un mapa del mundo, toda la tierra emergida pertenece a un Estado —salvo la Antártida—, pero eso no refleja en absoluto el mapa de las culturas, que exigiría múltiples capas y estaría siempre cambiando.

La cultura no es homogénea. No es una cosa, como un coche o un árbol, que puedas describir sin discusión. ¿Era la misma la cultura vasca de hace cien años para pescadores, mineros, comerciantes o baserritarras?, ¿para quienes vivían en pueblos o en ciudades? Las culturas son fenómenos complejos, con capas, subgrupos y clases que interactúan de formas muy ricas.

La cultura condiciona, no determina. Nos aporta el idioma, formas de relacionarnos, una manera de ver el mundo y valores morales, pero no nos condena a un cliché: conoces a personas de tu misma cultura muy distintas entre sí. La cultura pone el escenario y, sobre todo, ofrece oportunidades y soluciones. El lenguaje da forma a tu pensamiento, pero es también lo que hace posible que pienses.

Las culturas son adaptativas… hasta cierto punto. La cultura es la vía rápida de nuestra especie para adaptarse; pero, por flexible que sea, a veces las tradiciones bloquean la adaptación necesaria. Una de las explicaciones de la desaparición de los mayas es que deforestaron la selva de la que vivían para obtener la cal con que pintaban sus pirámides. Igual que la cultura resuelve retos, puede también dar malas soluciones u oprimir a algunos de sus miembros.

Las culturas tienen dinámicas internas. Una vez en marcha, nuestras ideas y valores compartidos cobran «vida propia»: la cultura misma pasa a formar parte del medio y cambia con él, pero no solo para adaptarse, sino respondiendo a las condiciones que ella misma impone.

§34 · Individuo, sociedad e instituciones

Hasta aquí hemos hablado de la cultura casi como si flotara en el aire. Pero las ideas, los valores y las herramientas que una generación lega a la siguiente no viajan solas: viajan en una sociedad. ¿Y es lo mismo una sociedad que una cultura? No. La cultura es lo que un grupo comparte —lengua, normas, saberes, técnicas—; la sociedad es ese mismo grupo en tanto que está ordenado: personas que ocupan posiciones distintas, se relacionan según reglas y siguen ahí cuando quienes ocupaban esas posiciones se han ido. Tu instituto tiene una cultura, desde luego; pero además tiene dirección, tutorías, evaluaciones y un horario, y eso ya es otra cosa.

La sociedad no es la suma de quienes la formamos. Émile Durkheim (1858-1917) llamó hechos sociales a las maneras de obrar y de pensar que existen fuera de cada individuo y se le imponen: el idioma que hablas, el dinero con que pagas, la edad a la que se espera que estudies, el turno que respetas en la cola del supermercado. No los inventaste tú, nadie te consultó y no puedes derogarlos por tu cuenta; y, si los incumples, notas la presión —una mirada, una risa, una multa—. De ahí su tesis, discutida desde entonces: los hechos sociales han de explicarse por otros hechos sociales y no por la psicología de cada cual, porque la tasa de suicidios de un país varía poco de un año a otro aunque las personas que lo componen no sean las mismas.

Pero tampoco es un ser con voluntad propia. Cuando decimos «la sociedad exige» o «el mercado castiga» usamos una taquigrafía cómoda y algo peligrosa: ahí no hay nadie que exija ni castigue. Max Weber (1864-1920) insistió en que las colectividades deben tratarse como resultado y modo de organización de los actos de personas concretas, exigencia que hoy se llama individualismo metodológico: explicar lo social mostrando cómo surge de lo que la gente hace3. La disputa sigue abierta y admite un punto intermedio razonable: no hay cambio social sin cambio en las personas —lo social depende de ellas—, y aun así explicar una huelga hablando solo de individuos puede ser tan inútil como explicar un atasco entrevistando a un conductor.

Las instituciones son lo que hace que una sociedad dure. Llamamos institución a una forma social compleja que se reproduce a sí misma: la familia, la escuela, el hospital, el juzgado, el dinero, la empresa, el Estado4. Y se reproduce porque no está hecha de personas, sino de puestos, cada uno con sus reglas y con un fin: existe el puesto de juez y el de alumna, y el puesto sigue ahí cuando quien lo ocupaba se jubila o aprueba. Esa es la diferencia con una cuadrilla de amigos, que desaparece con sus miembros. Tu instituto ha sobrevivido a todos los alumnos que has visto pasar y te sobrevivirá a ti.

Una institución se sostiene porque la aceptamos. ¿Por qué vale veinte euros un billete de veinte euros? No por el papel: podrías fabricar uno idéntico y no valdría nada. John Searle (1932-2025) lo dijo con una fórmula sencilla: en un contexto dado, algo cuenta como otra cosa porque colectivamente lo aceptamos —este papel cuenta como dinero, esta persona cuenta como árbitro, esta línea en el suelo cuenta como frontera—. Los hechos que dependen de esa aceptación se llaman hechos institucionales, frente a los hechos brutos, que son verdad los acepte alguien o no: que el billete pese un gramo es un hecho bruto; que valga veinte, no5. Fíjate en la consecuencia: lo que se sostiene por aceptación puede venirse abajo. Pregúntale a quien ha vivido una hiperinflación, o mira a un árbitro al que ya nadie obedece. Y fíjate en la otra, que es metafísica y te espera en la Unidad IV: el valor del billete no está en el billete, sino entre nosotros, y hay quien sostiene que con todo lo demás pasa lo mismo (§70).

Qué añade la mirada filosófica. La sociología describe y explica: cuántos somos, cómo se reparte la renta, qué instituciones cambian y a qué ritmo. La filosofía llega después con tres preguntas que ninguna encuesta contesta. La primera es qué clase de cosa es una sociedad: si además de personas existen grupos, clases y Estados, y en qué sentido existen; de eso se ocupa la ontología social, y es lo que hemos estado rondando en los párrafos anteriores. La segunda es si una institución está justificada: que una norma se cumpla no dice absolutamente nada sobre si debe cumplirse, y esa distancia entre lo que hay y lo que debería haber es el terreno entero de la filosofía política (§124), que se pregunta de dónde saca su autoridad quien manda (§130). La tercera es si los conceptos con los que describimos la sociedad son los adecuados: cuando una estadística clasifica a alguien como «inmigrante de segunda generación», ¿mide un grupo que ya existía o fabrica el grupo que dice medir?

No vamos a contestarlas aquí: te esperan enteras en la Unidad VI (§121). Quédate de momento con lo que cambia al añadir la palabra «sociedad» al título del tema: una sociedad no es solo algo que se describe, es también algo que se justifica o no se justifica. Y antes de llegar tan lejos falta una pregunta más modesta, que es la del apartado siguiente: ¿cómo entra un recién nacido en todo esto?

§35 · Socialización y enculturación

Nacemos indefensos y, en algún momento, somos miembros funcionales de una sociedad. ¿Cómo ocurre ese cambio? Mediante la socialización o enculturación6. Nacemos casi sin instintos, pero con una enorme capacidad de aprender; así que aprendemos.

Socialización primaria. Desde que nacemos recibimos estímulos de la familia y el entorno: nos abrazan, nos hablan, nos cantan, nos cuidan. Empezamos observando e imitando, y el modo en que nos hablan y se comportan va conformando nuestras conductas. El método principal es muy simple: premio y castigo. Esta fase termina cuando el círculo de relaciones se amplía más allá de la familia, lo que en nuestra cultura coincide con la entrada en la escuela primaria.

Socialización secundaria. A medida que se desarrollan nuestras capacidades cognitivas, seguimos aprendiendo por imitación y por premio-castigo, pero sumamos el aprendizaje intelectual —como el que haces al leer esto—. Nuestros pares pasan a ser decisivos: con ellos compartimos cada vez más tiempo, tenemos más en cuenta su opinión que la de nuestros padres, y gracias a su influencia cuestionamos parte de nuestra educación y construimos la identidad en oposición a la de los progenitores. Al terminar somos ya miembros plenamente funcionales de la sociedad.

Resocialización. El fin de la adolescencia no cierra la socialización, que continúa toda la vida; y a veces nos vemos obligados a resocializarnos, a reaprender cosas fundamentales de la conducta social. Dos ejemplos:

  • Entrar en una institución total. Los internados, el ejército o las cárceles exigen valores, comportamientos y símbolos distintos —una cultura nueva—, así que hay que reaprender mucho de lo aprendido antes: formas de hablar, de moverse, de actuar.
  • Migrar. Al mudarse de país se reaprenden cosas que en el lugar de origen ya no costaban ningún esfuerzo —idioma, comida, tradiciones—; no hace falta olvidar lo anterior, pero sí transformar partes importantes de la vida.

§36 · Niveles de cultura

Todos tenemos cultura y nos identificamos con culturas; pero la combinación concreta de elementos que nos configura puede ser extremadamente compleja. No es lo mismo criarse en un pueblo no contactado de la Amazonía que ser un nómada digital que habla varios idiomas y vive sucesivamente en distintos países. Como tantos rasgos humanos, la cultura depende del zoom con que la miremos: con un zoom out hasta toda la humanidad hay elementos compartidos por todas las culturas conocidas; con zoom in hasta el individuo, rasgos que solo unas pocas personas comparten. Algunas distinciones útiles:

Subcultura. Las culturas grandes no son homogéneas. En Euskadi lo vemos con el idioma: hay quien lo aprendió en casa como lengua materna, quien lo adquirió en la escuela y quien solo habla castellano; y hay valores y costumbres distintos según la clase social, la comarca o la profesión. Llamamos subcultura a cada grupo que comparte gran parte de la cultura general pero tiene especificidades suficientes para formar un subgrupo, sea consciente de ello o no.

Contracultura. Dentro de culturas amplias pueden surgir grupos que rechacen alguno o varios elementos de la cultura dominante: los hippies, el movimiento punk o, hoy, colectivos animalistas, feministas o antifascistas. Suelen ser conscientes de su particularidad y fomentarla, ya promoviendo el cambio social, ya viviendo al margen.

Cultura nacional y regional. Hay Estados culturalmente diversos: en España, distintos grupos nacionales reivindican identidades diferenciadas sobre la base de una lengua y una historia propias. Tratar esas reivindicaciones como subculturas o como culturas nacionales depende de la perspectiva política desde la que se analicen.

Transnacionalidad y cultura global. Las culturas transnacionales se extienden más allá de las fronteras de un Estado —como la cultura vasca a ambos lados de la frontera hispano-francesa—. Y hay elementos que trascienden la idea misma de nación: compartimos con Europa y con el mundo el sistema de producción industrial, la democracia representativa, la escolarización obligatoria, el inglés como lengua franca o las mismas redes sociales; también hay instituciones transnacionales, políticas (Unión Europea, ONU), militares (OTAN), culturales (UNESCO) o deportivas (los Juegos Olímpicos). El acceso a estas oportunidades, eso sí, no es igualitario.

Cultura generacional. Compartimos circunstancias y contexto histórico con quienes vivieron sus etapas formativas en la misma época: piensa en quienes ya eran adultos cuando se popularizaron internet o el móvil.

§37 · Actitudes ante la diversidad cultural

Casi todo lo que somos lo hemos aprendido de otros: nadie ha inventado su casa, su medio de transporte, su escritura o su religión, aunque a veces aportemos algo a su transformación. A nivel individual somos una combinación única —nadie ha tenido nuestra misma exposición cultural ni nuestra herencia genética7—; pero, ampliando el zoom, compartimos muchísimo con quienes nos rodean, desde el euro y el autobús hasta el idioma o el hecho de dormir en camas. Cuánto nos parecemos a otros depende, pues, de la distancia con que lo miremos.

Los rasgos culturales no están atados para siempre a la geografía y varían mucho con el tiempo: hasta las culturas en apariencia más conservadoras se transforman. Eso, unido a la migración —una de las grandes características de nuestra especie—, hace que las culturas rara vez se desarrollen aisladas8. Lo habitual es el contacto por comercio, guerra o migración; y, cada vez más, que en una misma ciudad convivan personas de orígenes muy distintos. Cuando las otras culturas ya no son noticia de viajeros, sino vecinas, se plantea la convivencia: ¿cómo deben relacionarse personas de culturas diversas?, ¿cómo tratar a las minorías?

Etnocentrismo. Una etnia es un grupo que comparte cultura y se reconoce como distinto de otros9. El etnocentrismo consiste en tomar la cultura propia como norma y juzgar a las demás desde ella. Normalmente el etnocentrista considera que su cultura es mejor: si mis costumbres son las correctas, las demás estarán equivocadas, y los otros serán bárbaros o primitivos.

Relativismo cultural. Sostiene que no podemos —ni debemos— juzgar otras culturas con nuestros valores, porque cada una es fruto de su historia y circunstancias: lo correcto solo lo es dentro de cada grupo. Se opone frontalmente al etnocentrismo y concibe cada cultura como un universo propio; el idioma, por ejemplo, no es solo una herramienta, sino que trae insertos conceptos y juicios sobre la realidad. Llevada al extremo, esta postura considera las culturas inconmensurables: ni siquiera podríamos entender de veras lo que piensan los miembros de otra, porque viven en universos distintos. De ahí que toda cultura tenga valor en sí misma y que no quepa hablar de valores morales universales.

Universalismo cultural. Frente al relativismo, defiende que existen principios y valores universales desde los que evaluar todas las culturas —la ajena y la propia—, a los que todas deberían adherirse. No busca una cultura mundial única, sino unos mínimos morales. Su reflejo son los Derechos Humanos (§118), que atribuyen a toda persona dignidad y derechos inalienables —aunque algunos relativistas los critican como expresión de la moral occidental—. En esta línea, existen universales culturales: elementos presentes en todas las culturas sin excepción, como los nombres propios, la familia, la división por edades, el matrimonio, el pensamiento mágico, la poesía o los adornos corporales.

§38 · Modelos de gestión de la diversidad

En cuanto a cómo tratar la diversidad cuando varias culturas conviven en un mismo lugar, hay varias posiciones, que suele adoptar el grupo mayoritario o el Estado —aunque, en la inmigración, también cuenta la actitud de quienes llegan—:

Multiculturalismo o pluralismo étnico. Las culturas pueden convivir y enriquecerse mutuamente manteniéndose relativamente distintas. Canadá reconoce la multiculturalidad por ley desde 1988. Sus defensores, desde el relativismo, lo creen más tolerante y mejor para resolver conflictos; Will Kymlicka (1962) aboga por derechos diferenciados que ayuden a las minorías a desenvolverse en la sociedad amplia. No está claro que el ideal sea realizable ni, desde una óptica universalista, deseable.

Asimilacionismo. Las minorías o los inmigrantes deben adoptar las normas y valores de la cultura dominante, abandonando los propios, hasta volverse culturalmente indistinguibles de los nativos. Francia es un ejemplo, con su promoción del francés y de una identidad dominante. Puede entenderse desde el etnocentrismo o desde el universalismo, e incluso imponerse por ley; una forma más suave propone resocializar a los inmigrantes añadiendo valores nuevos sin reemplazar los originales.

Segregación o aislamiento. Las minorías son a veces obligadas por ley a vivir separadas de la cultura dominante —los guetos judíos en Europa hasta el III Reich—, o empujadas a ello por su economía o por el deseo de vivir cerca de sus allegados. Con frecuencia, además, ven limitados sus derechos y oportunidades.

Integración selectiva. Algunas políticas eligen a los inmigrantes por su formación, su conocimiento del idioma, las necesidades del empleo o su «compatibilidad» percibida con la cultura dominante.

Pluralismo cultural. Busca el equilibrio entre multiculturalismo y asimilacionismo: reconoce el valor de la diversidad y, a la vez, la importancia de una cultura cívica compartida. Estimula mantener la identidad propia junto con el respeto a la democracia (§136), el imperio de la ley y los Derechos Humanos, e incentiva la participación activa de los inmigrantes en la vida del país de acogida. Alemania es su modelo.


  1. Sin duda tenemos instinto de supervivencia y actos reflejos. Lo que quiero decir es que no podemos depender para sobrevivir solo de nuestros pocos instintos: no nos empuja nada a migrar al sur en invierno, como a muchas aves, ni a almacenar comida, como a las ardillas.↩︎

  2. Los occidentales los llamamos «esquimales», palabra que al parecer significa «comedores de carne» y que a ellos les resulta despectiva. Se llaman a sí mismos inuit, «los humanos». Prefiero usar ese nombre.↩︎

  3. Heath, J. (2024). Methodological Individualism. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Summer 2024). https://plato.stanford.edu/archives/sum2024/entries/methodological-individualism/↩︎

  4. Miller, S. (2025). Social Institutions. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Winter 2025). https://plato.stanford.edu/archives/win2025/entries/social-institutions/↩︎

  5. Epstein, B. (2024). Social Ontology. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (ed. Spring 2024). https://plato.stanford.edu/archives/spr2024/entries/social-ontology/ La formulación clásica es de Searle, J. R. (1995). The construction of social reality. Free Press.↩︎

  6. Uso ambos términos indistintamente, aunque no sean exactamente iguales.↩︎

  7. Salvo un gemelo, nadie tiene nuestro mismo genotipo; y ni siquiera un gemelo comparte nuestra misma experiencia.↩︎

  8. Aún existen pueblos no contactados, pequeñas sociedades que nunca han tenido relación con las de su alrededor. Son muy frágiles —carecen de la tecnología y los anticuerpos para enfrentarse a sociedades mayores— y constituyen rarísimas excepciones: la norma es el contacto y la mezcla.↩︎

  9. Si «cultura» es difícil de delimitar, más aún «etnia», término que nació como eufemismo de «raza». La «raza» pretendía distinguir grupos por su biología; la «etnia», por su cultura. Pero, como la cultura no es una cosa, tampoco es un criterio nítido. Entiéndela en sentido amplio: grupo que comparte gran parte de su cultura y presenta rasgos que lo diferencian de otros —idioma, creencias, vestimenta—. Igual que «racismo» viene de «raza», «etnocentrismo» viene de «etnia».↩︎