Tema 24 · Psicología de la ética

Si hubiera dos anillos así y se pusiera uno el justo y otro el injusto, nadie sería, al parecer, tan de acero como para mantenerse en la justicia. […] Y sería buena prueba de que nadie es justo de buen grado, sino forzado.

—Platón, República, II, 360b-c · traducción de Claude, del griego

Hay otro principio que Hobbes no advirtió y que templa el ardor que el hombre siente por su bienestar mediante una repugnancia innata a ver sufrir a su semejante. […] Hablo de la piedad, virtud tanto más universal cuanto que precede en él al uso de toda reflexión.

—Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres · traducción de Claude, del francés

Podemos discutir interminablemente qué comportamientos debemos tener y cuáles debemos evitar, pero existe otro problema que la ética debe tratar: aunque lleguemos a considerar un comportamiento como bueno, ¿por qué debemos practicarlo? ¿Qué nos impulsa a querer comportarnos moralmente? ¿Por qué ser morales? ¿Hay algo en la norma moral que nos obligue a ser buenos? Quizás obremos bien para evitar el castigo, para obtener reconocimiento o alabanzas; para obtener la felicidad, o, simplemente, para encajar en la sociedad.

No hay tribunal, y esa es la diferencia. Si estuviéramos hablando de leyes civiles y de derecho, podríamos al menos invocar una multa, la cárcel o algún otro tipo de castigo efectivo que disuada de cometer un delito. Pero en lo que a la moral se refiere, no hay tribunal. De alguna manera se supone que debemos conocer en qué consiste el comportamiento correcto y que de alguna manera tenderemos a obrar así. Sócrates (470-399 a. e. c.) estaría en total desacuerdo con este planteamiento, ya que creía que el verdadero conocimiento del comportamiento bueno y del bien nos obligaba a actuar correctamente. Quien actúa mal no lo hace con mala intención, ya que todos actuamos con el fin de beneficiar a alguien, aunque sea solo a nosotros mismos. El que obra mal lo hace porque desconoce en qué consiste el bien, aunque crea que sí. A esta posición la llamamos «intelectualismo moral».

§91 · Egoísmo y altruismo

Las personas realizamos acciones como consecuencia de motivos muy distintos. Algunas de ellas las hacemos por nuestro propio bien. ¿Es posible que otras las hagamos por el bien de los demás sin esperar nada a cambio?

Egoísmo psicológico. El filósofo británico Thomas Hobbes (1588-1679) consideraba que todas o casi todas nuestras acciones las mueve el egoísmo, porque vivimos en un mundo de recursos limitados en los que tenemos que pelearnos por sobrevivir y por progresar. De ahí que dijera que «el hombre es un lobo para el hombre». Según Hobbes, las personas actuamos movidos por el doble principio de evitar el dolor y procurarnos placer. Desde ese punto de vista nos muestra cómo hasta un acto aparentemente generoso —como puede ser realizar una donación a la caridad— no es más que un acto egoísta, pues el fin último del donante es ejercer poder o recibir crédito por su acción.

Altruismo psicológico. Como no podía ser de otra manera, también hay filósofos que aseguran que el ser humano es capaz de mostrar benevolencia hacia sus congéneres sin esperar nada a cambio. Llamamos a esta idea altruismo psicológico. Su mayor representante fue Joseph Butler (1692-1752), que se opuso a Hobbes. Butler no era un optimista iluso; entendía que muchas de las acciones humanas las provoca el egoísmo y el principio de beneficiarse a uno mismo. Pero junto al impulso por satisfacer nuestro amor propio, una persona con el espíritu bien estructurado dispone también de otro principio, el de la benevolencia, que persigue el bienestar general.

§92 · Emoción y razón

¿Otra vez razón y emoción? Sí: asomaron al tratar la personalidad (§42) y los sesgos (§59), y aquí vuelven convertidas en problema moral. Como buenos filósofos, estamos explorando el ámbito del buen y el mal comportamiento humano desde la razón. Sin embargo, no podemos negar que gran parte de nuestro comportamiento se produce movido por nuestras emociones. ¿Tienen cabida las emociones en las consideraciones morales? Los filósofos han sido sensibles a esta cuestión, y todos comprenden que las emociones están inextricablemente unidas con nuestros pensamientos. La cuestión es si las emociones son o deben ser algo más que motivadoras de nuestra acción. Cuando digo que «robar está mal», ¿estoy realizando una afirmación racional o tan solo estoy mostrando que el robo me desagrada?

Emotivismo. David Hume (1711-1776) consideraba que las expresiones morales dependían de nuestras emociones y no de nuestra razón. Entendía que la razón nos provee de información útil en cuestiones morales, pero que por sí solas las razones no son suficientes para que manifestemos una afirmación moral; para eso necesitamos una reacción emocional.

Este emotivismo humeano no quedó atascado en el siglo XVIII. En el siglo XX, Alfred Jules Ayer (1910-1989) hizo una elaborada propuesta sobre el papel de las emociones en las afirmaciones morales. Ayer propuso que las afirmaciones morales no son descripciones de hechos. Si decimos que «es bueno donar a obras benéficas», parece que estamos realizando una descripción sobre las obras benéficas, indicando que uno de sus atributos es que son buenas. Pero lo que estamos haciendo, en realidad, tiene simultáneamente dos elementos distintos:

  1. Elemento emotivo: estamos expresando nuestro sentimiento personal de aprobación hacia la caridad. Algo así como «¡Vivan las obras benéficas!».
  2. Elemento prescriptivo: estamos diciéndole al oyente que done. Le estoy dando la orden «¡dona a caridad!».

Cognitivismo. En oposición al emotivismo tenemos a Immanuel Kant (1724-1804), que entendía que los factores emocionales condicionan a menudo nuestra conducta, pero que tendríamos que resistirnos a eso, ya que la verdadera acción moral está dirigida únicamente por la razón. Veremos la propuesta ética kantiana en detalle al llegar a las éticas del deber (§105).

§93 · El desarrollo moral según Lawrence Kohlberg

Cuando los filósofos éticos piensan en el sujeto moral —en las personas que realizamos acciones sujetas a juicios morales— piensan en individuos intercambiables. La persona moral no tiene edad ni sexo; si es capaz de comprensión y razonamiento moral deberá comportarse correctamente1.

El psicólogo Lawrence Kohlberg (1927-1987), sin embargo, partió de que las personas no nacemos plenamente desarrolladas y que no todas tenemos el mismo grado de madurez intelectual2. Estudió experimentalmente las respuestas que diversos individuos daban a ciertos dilemas morales y llegó a la conclusión de que existen seis etapas de desarrollo moral y que el desarrollo moral está principalmente concernido con la justicia.

El dilema de Heinz. El caso con que se abrió la unidad —el enfermo, la medicina que no se puede pagar, la puerta forzada del laboratorio— no es una invención mía: es uno de los dilemas morales que Kohlberg pasaba a sus sujetos, y en su versión el marido que entra a robar se llama Heinz3.

¿Qué harías tú si fueras Heinz? Piénsalo durante unos minutos y razona tu respuesta: ¿qué hace buena tu opción? ¿En qué razonamiento, norma o valores se basa?4

Las etapas del desarrollo moral. Según Kohlberg, los distintos juicios morales que diferentes personas dan a este y a otros dilemas no son aleatorios, sino que responden a una serie bien definida de etapas del desarrollo moral. Son seis, agrupadas en tres fases, y se recorren en orden, sin saltarse ninguna, porque cada una necesita la anterior; rara vez se retrocede. Fíjate en algo que quizá te choque al leer la tabla: en cada etapa hay argumentos a favor y en contra de que Heinz robe. No es un descuido, es la tesis: a Kohlberg le interesa el razonamiento que sostiene la respuesta, no la respuesta misma. Dos personas pueden robar la medicina por razones que las sitúan en etapas opuestas.

Las tres fases marcan desde dónde se juzga. En la pre-convencional, propia de la infancia, el niño aún no ha asumido el bien y el mal de su sociedad y juzga sus acciones solo por las consecuencias que tienen para él. En la convencional, a la que llegan casi todos los adolescentes y adultos, se aceptan e integran las convenciones sociales y se cumplen aunque incumplirlas no tuviera consecuencias5, sin ponerlas en cuestión. Y en la post-convencional el individuo se distingue de la sociedad y sus principios pueden pesar más que las normas, que son útiles pero ni absolutas ni incuestionables; ojo, no son principios egoístas como los de la primera fase, sino que se apoyan en derechos como la vida, la libertad y la justicia.

Las seis etapas del desarrollo moral de Kohlberg y los razonamientos que cada una produce ante el dilema de Heinz.
Etapa En qué consiste Qué diría sobre Heinz
1 · Obediencia (pre-convencional) Una acción es mala porque quien la comete es castigado: a peor castigo, peor acción. No se reconocen los puntos de vista ajenos y hay una marcada deferencia hacia quien tiene el poder de castigar. A favor: la medicina solo cuesta 200 €, y además prometió pagar y no robó nada más. En contra: si roba irá a la cárcel, y eso lo convertiría en mala persona.
2 · Interés propio (pre-convencional) «¿Qué gano yo?». Hay algún interés por los demás, pero instrumental: quid pro quo, si tú me ayudas yo te ayudo. De ahí una moral relativista, ajustada al propio interés. A favor: será más feliz con su mujer viva, aunque tenga que pasar por la cárcel. En contra: la cárcel es un lugar horrible; prefiere afrontar la muerte de su mujer.
3 · Conformidad (convencional) Las buenas intenciones las determina el consenso social: uno se porta como «un buen chico» o «una buena chica» porque el juicio de los iguales es lo que cuenta. Aparecen el respeto, la gratitud y la regla de oro. A favor: quiere ser un buen marido, y eso es lo que su mujer espera de él. En contra: robar está mal, y Heinz ya ha hecho todo lo que podía sin saltarse la ley.
4 · Ley y orden (convencional) Se ha interiorizado por qué existen las normas: sin ellas no hay orden social, que es el bien superior. «Si yo me salto la norma, podría hacerlo cualquiera». La mayoría de las personas se queda aquí. A favor: robaría por su mujer, pero pagaría después la medicina y aceptaría la condena, porque los actos tienen consecuencias. En contra: no roba porque la ley lo prohíbe, sin más.
5 · Contrato social (post-convencional) Hay opiniones, derechos y valores distintos que merecen respeto, y las leyes nacen de un acuerdo, no de un edicto rígido (§130): si una ley no promueve el bienestar general, se cambia. De ahí la preferencia por gobiernos democráticos. A favor: el derecho a la vida está por encima de la ley. En contra: el farmacéutico tiene derecho a una compensación justa, y la enfermedad no justifica el robo.
6 · Principios éticos universales (post-convencional) Razonamiento abstracto: solo son válidas las leyes justas, y la justicia exige desobedecer las injustas. Se decide de forma categórica, como en Kant (§105), poniéndose en el lugar del otro. Kohlberg sostenía que se alcanza, pero que casi nadie opera en ella de forma consistente. A favor: salvar una vida vale más que respetar la propiedad de otro. En contra: otros pueden necesitar esa medicina tanto como ella, y sus vidas importan igual.

Críticas al esquema. El esquema tiene el mérito de mostrar que el desarrollo moral es constructivo: se avanza a la etapa siguiente cuando uno cae en la cuenta de las limitaciones de la etapa en la que está. Pero ha recibido críticas serias que conviene que conozcas. La primera, que Kohlberg construyó su escala observando solo a varones, y que al colocar la justicia como única medida de la madurez moral dejó fuera otra voz igual de madura, la que razona en términos de responsabilidad y cuidado hacia los demás; es la objeción de Carol Gilligan (1936-), y volveremos sobre ella (§113). La segunda, que la sexta etapa apenas aparece en los datos, hasta el punto de que se retiró de las versiones posteriores del sistema de puntuación. Y la tercera, la más incómoda: el esquema mide cómo razonamos, no lo que hacemos, y entre lo uno y lo otro hay a menudo mucha distancia.

La justicia como medida. Para Kohlberg, el eje del razonamiento moral es la justicia, y el comportamiento justo se apoya en dos operaciones: la igualdad, que consiste en considerar a las personas imparcialmente, con independencia de quiénes sean o de qué relación tengamos con ellas, y la reciprocidad, que consiste en tener en cuenta el mérito personal. De ahí que la mejor decisión sea siempre la que cumple el principio de reversibilidad: evaluar la situación de manera que los actores puedan intercambiar sus papeles y seguir aceptando la decisión. ¿Cómo se aplicaría ese principio al caso de Heinz?


  1. Como ya te habrás dado cuenta, los relativistas sí que consideran que los individuos no son intercambiables; a fin de cuentas, ya sea el individuo, la cultura, la religión, la ideología política o cualquier otro factor que se considere la base ética diferencial de una persona varía hasta el punto en el que justifican su moral distintiva y característica.↩︎

  2. Se fijó en las etapas del desarrollo cognitivo que había estudiado su maestro Jean Piaget (1896-1980), que también había propuesto unas etapas del desarrollo moral. Aquí nos quedamos con la propuesta de Kohlberg porque es más refinada y ha tenido mayor influencia.↩︎

  3. En el original la medicina es una forma de radio recién descubierta; el farmacéutico paga 200 dólares por el material y cobra 2.000 por una dosis, y Heinz solo logra reunir la mitad. Aquí las cifras van en euros. Kohlberg no pedía a sus sujetos que decidieran, sino que explicaran por qué: la respuesta no le interesaba, le interesaba el razonamiento.↩︎

  4. Por otro lado, ¿cómo valoras moralmente la actitud y el comportamiento del farmacéutico?↩︎

  5. Porque no hubiera forma de que te pillaran, por ejemplo.↩︎